El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) La Semilla de Otro Tiempo #3
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La Semilla de Otro Tiempo #3

Thoren carraspeó ligeramente y se puso de pie. El bisonte colosal, Valgor, muy atrás entre los árboles, exhaló como una colina desmoronándose.

El joven de tierra inclinó la cabeza con gravedad, como si se disculpara ante una reina extraviada.

—Perdona nuestra descortesía —dijo con su voz grave, serena—. Supongo que lanzarnos ramas no era la mejor manera de comenzar. Mi nombre es Thoren Tavros, heredero de Vorghal, y... con frecuencia tengo más fuerza que tacto.

Una sonrisa ladeada, humilde y un poco egocéntrica. Luego alzó un brazo y señaló a su compañero.

—Este es Kael Vorias, el hielo que no se rompe. No te asustes por su cara, es más cálido de lo que parece.

Kael rodó los ojos, cruzado de brazos, pero no lo negó.

—Y ellos —añadió Thoren con un ademán amplio— son nuestros titanes. Los guardianes. Las raíces del mundo.

ARA los miró. Por fin los miró.

Samvarg, entre los árboles, parecía una constelación cristalina a punto de desvanecerse. Su pelaje blanco y azul brillaba bajo la luz filtrada como un espíritu antiguo. No se movía. Solo la contemplaba, con esa mirada ancestral que no requería palabras.

Valgor, más cercano a un risco viviente que a un ser, agachó ligeramente la cabeza. Las placas pétreas de su cuello crujieron como tectónicas en movimiento.

ARA no podía ocultar su asombro. Sus ojos se agrandaron. Se enderezo, aunque esta vez sin miedo, solo desbordada.

—¿Son… reales?

Kael respondió sin sonreír, pero con la voz suave.

—Tanto como tú. Aunque no hablan con palabras.

Ella lo miró, confundida.

Kael señaló a Samvarg.

—Lo que sienten, lo que piensan… se comunica aquí —se tocó la sien—. Yo lo escucho. Y ahora me dice que no quiere asustarte. Que tú eres… importante. Aunque él no sabe por qué.

ARA bajó la mirada. La palabra “importante” retumbó dentro de ella sin dejar raíz. No sentía eso. No sentía nada. Solo vacío y confusión.

Kael la miró un momento. Luego caminó lentamente hacia un lado y extendió un brazo.

—Cuando te encontramos, estabas ahí —dijo, señalando la cápsula metálica con forma de semilla gigante, medio incrustada entre raíces—. En el costado… tenía una marca.

ARA lo siguió con la mirada. Se acercó un poco, conteniendo el aliento.

Kael la llevó hasta uno de los bordes, donde el metal desgastado tenía grabados en filigrana que, bajo el ángulo correcto de luz, revelaban una inscripción:

AR.Δ.

—Lo único que pudimos leer —continuó Kael— fue eso. ARA. Pensamos que... tal vez eras tú.

Ella frunció el ceño, bajando la vista hacia el grabado. Extendió la mano y rozó la superficie. No hubo chispa, ni pulso, ni respuesta.

—Ara... —repitió, como si el sonido fuera nuevo para su boca—. ¿Es eso un nombre?

—Suena bien, ¿no crees? —intervino Thoren, dando un pequeño paso hacia adelante—. Podría ser peor. Podrías haberte llamado “Contenedor de Alta Presión Cero Seis Uno”, o... “Chispa Estelar Tres”.

Ara... sonrió, no pudo evitarlo.

Sus labios se curvaron por primera vez desde que despertó.

Kael y Thoren retrocedieron un poco, sin que se los pidieran. Y lo notó. Por primera vez, Ara lo notó. No estaban presionando. No la estaban rodeando. Incluso los colosos gigantes, que antes parecían de otro mundo, se habían retirado.

Ara caminó hacia la cápsula como si fuera un espejo. Apoyó ambas manos en el metal frío y observó los detalles. Las curvas talladas, los respiraderos sellados, los conectores oxidados. Tocó el borde del grabado. Nada.

—Está muerta —dijo con un susurro, decepcionada. No sabía por qué, pero lo sentía.

Kael dio un paso a su lado, sin acercarse demasiado.

—¿Recuerdas algo?

Ella negó lentamente.

—Nada. Solo... fragmentos. Sonidos. Siluetas. Como si soñara con un lugar que ya no existe.

Thoren se sentó sobre una roca. El bisonte colosal bufó a la distancia.

—Nosotros también soñamos cosas así. Algunas veces. El pasado pesa.

Kael miró a la joven con atención.

—No sabemos cómo llegaste aquí. Pero vimos una luz. Desde la costa. Verde, brillante. Como un cometa descendiendo hacia este bosque.

—¿Una luz...? —repitió Ara, en voz baja.

—Nos guio hasta aquí. O nos hizo huir hacia aquí. No lo sabemos. Pero cuando llegamos, tú estabas ahí. Dormida. Inmóvil.

Silencio.

El viento volvió a moverse. Las hojas danzaron en espiral.

La cápsula no respondió.

La mariposa de savia volvió a volar frente a Ara. Esta vez, ella la dejó posarse en su hombro.

Kael la observó. Y, por un instante, sintió algo vibrar en el aire. Un cambio. Una ramificación invisible del destino.

Pero no dijo nada.

Solo la miró.

Como si supiera que, aunque Ara no lo recordara… la historia acababa de comenzar.

Ara deslizó la mano por la superficie metálica. La cápsula, ahora fría e inerte, le parecía más un ataúd que un hogar. No evocaba ternura ni familiaridad. Solo preguntas.

Un suspiro invisible se alzó en el aire. No de ella. Del bosque.

Las hojas crujieron en la altura, como si algo caminara entre ramas sin ser visto. Kael alzó la mirada brevemente. Thoren frunció el ceño.

Samvarg... guardó silencio.

Valgor no lo rompió.

Ambos titanes sintieron un pulso contenido, antiguo, que no les hablaba… pero se dejaba oler. Como un perfume olvidado, flotando entre cortezas.

Nada se movió.

Ara se giró lentamente hacia ellos. Ya no tenía miedo en la mirada, pero sí un recelo latente, como si una parte de ella aún se preparara para huir en cualquier momento.

—Dijeron que me llamaron… Ara —susurró—. Por lo que decía la cápsula. Pero… ¿y si no soy eso?

—Entonces elegiremos otro nombre —respondió Thoren con una sonrisa suave—. Pero hasta entonces, Ara suena mejor que "desconocida-no-tan-amable-con-las-ramas".

Ella volvió a sonreír, débilmente. Fue entonces que algo cambió.

Un zumbido apenas perceptible le acarició la nuca, como electricidad vegetal. No un sonido real. Un presentimiento.

Se giró de golpe.

Nada.

Solo el bosque. Solo las sombras alargadas. Pero entre las raíces, por un instante, vio algo.

Una huella luminosa.

Del tamaño de un cuenco. En forma de pezuña hendida.

Parpadeó. Desapareció.

—¿Lo vieron? —preguntó, con el corazón acelerado.

Kael y Thoren negaron lentamente.

—¿Ver qué?

—Nada. Olvídenlo.

Pero no lo olvidó. Tampoco lo entendió.

Se sintió observada, pero no acechada. Como si algo la protegiera… desde una distancia intangible.

Dio un paso atrás, aún temblorosa. No por miedo a ellos, sino a sí misma.

—¿Por qué no recuerdo nada? —susurró—. Ni mi nombre… ni siquiera si alguna vez tuve uno. No sé si tengo familia. No sé qué hago aquí…

Su voz se quebró ligeramente. No lloró. No levantó la voz. Pero el temblor en su mano lo dijo todo.

Fue entonces que, sin darse cuenta, alzó la palma. No con violencia. No con decisión. Solo… como quien quiere detener el mundo un segundo. Respirar sin que este se mueva.

Y el bosque obedeció.

El viento cesó. Las hojas quedaron suspendidas en mitad del aire. Los sonidos murieron. Las ramas, inmóviles. Una luciérnaga se detuvo en mitad de su vuelo, como si el tiempo la hubiera contenido con hilos invisibles.

Todo duró… cinco segundos. Y luego…

Una sacudida. Un latido de confusión. Ara vaciló, sintió un vértigo interno como si la realidad la expulsara de ese instante congelado.

El tiempo volvió. La luciérnaga siguió volando.

Kael había sentido algo. Thoren también.

Se miraron, sin saber si hablar.

Samvarg supo.

"Teme lo que no comprende. Lo que no recuerda. Es como una semilla que germina entre dos estaciones. Su pulso aún no tiene ritmo."

Valgor también percibía el eco, pero se mantuvo impasible. En su interior, un pensamiento golpeó como piedra arrojada a un pozo:

"No es una amenaza. Aún."

Pero no dijeron nada. No aún.

Ara se llevó una mano a la sien. Estaba mareada.

—¿Qué fue eso?

—¿Qué? —preguntó Kael, dando un paso sin acercarse demasiado.

—El mundo… se detuvo —dijo ella, con la voz vacía, temblorosa—. Todo. Por un momento. Lo sentí. Como si yo...

Thoren negó con suavidad.

—No hiciste nada malo. A veces, el mundo necesita detenerse.

Kael lo miró de reojo, sorprendido por su calma. Thoren no se jactó. No sonrió. Lo dijo con una serenidad que parecía salida del mismo bosque.

Ara lo miró. Por un instante, algo se suavizó en su expresión.

—Gracias.

—Por lo de las ramas o por eso otro…?

Ella soltó un suspiro sin respuesta, que casi parecía una risa.

Pasaron unos minutos en silencio. Los tres alrededor de la cápsula. Ara se acercó de nuevo, tocando los grabados. Esta vez, los contornos parecían más profundos. Como si sus dedos despertaran líneas que solo ella podía leer.

—No entiendo nada de esto —murmuró—. Pero es lo único que tengo.

—Y ya no estás sola —dijo Kael, con firmeza.

Ella se giró para mirarlo. Por primera vez, sus ojos no estaban llenos de duda. Solo de… espera.

Como si, por dentro, una parte de ella aceptara lo inevitable: la historia no podía seguir sola.

—¿Por qué estaban aquí? —preguntó.

—Seguimos la luz —dijo Kael—. Desde la costa. Verde. Viva. Nos guio... o nos empujó.

Thoren añadió, con un tono más ligero:

—Creímos que encontraríamos una trampa. O un tesoro. Terminamos encontrándote a ti. No me quejo… aunque nos hayas atacado.

Ara volvió a ver su cápsula. Tocó el símbolo que decía A.R.Δ.

—Ara, entonces —murmuró—. Hasta que recuerde… o alguien lo contradiga.

Kael inclinó levemente la cabeza. La aceptaba. Y con él, Samvarg.

Thoren la miró con la seriedad de quien está listo para cargar piedras milenarias en la espalda. Y Valgor, allá atrás, hizo vibrar el suelo con un resoplido bajo.

El cielo comenzaba a teñirse de naranja entre los árboles. La tarde caía sobre el mundo.

Y en las sombras, entre ramas demasiado gruesas para pertenecer a cualquier criatura común, una silueta invisible se alejaba sin ruido.

Una huella leve. Un brillo esmeralda. Luego, nada.

Solo bosque.

Y un nombre perdido entre siglos.

Ara aún contemplaba la cápsula como si pudiera exprimirle alguna verdad. Pero no había respuesta. Solo el grabado: A.R.Δ. Una firma muerta, sellada sobre un sueño interrumpido.