El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) La Semilla de Otro Tiempo #4
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La Semilla de Otro Tiempo #4

A su alrededor, el bosque se había adormecido. La tarde tejía sombras largas entre las raíces, como si todo el mundo supiera que había que hablar más bajo.

—¿De dónde vienen? —preguntó Ara sin mirar—. ¿Y a dónde van?

Kael intercambió una breve mirada con Thoren. No había manera fácil de resumirlo. Tampoco querían asustarla con palabras como titanes caídos, resistencia, experimentos o venganza. Así que Kael eligió una verdad más simple.

—Venimos del norte. De muy lejos. No tenemos un lugar fijo… pero buscamos algo. Buscamos respuestas.

—Y sentido —añadió Thoren, encogiéndose de hombros—. A veces una comida decente. Pero sobre todo… sentido.

Ara los observó. No era burla lo que escondía la respuesta. Era una capa más de honestidad.

—¿Y qué buscan exactamente?

Kael bajó la mirada un momento. Su familia. La verdad. Justicia. Pero solo dijo:

—Lo sabremos cuando lo encontremos.

Ella parpadeó despacio. Aún desconfiaba, pero algo en su tono la desarmaba.

—No podemos dejarte aquí —dijo Thoren, esta vez sin bromas—. No sabes quién eres. No sabes dónde estás. Y este bosque puede parecer pacífico, pero está lleno de cosas que no se ven hasta que es tarde.

—No estás obligada a confiar en nosotros —añadió Kael—. Pero al menos déjanos acompañarte hasta una aldea cercana. Tal vez allí alguien te reconozca… o podamos encontrar algo que te ayude a recordar.

Ara dudó.

Miró de nuevo la cápsula. Como una tumba sin epitafio.

La verdad era que no tenía muchas opciones. No sabía ni en qué dirección caminar. Si se quedaba, estaría sola, sin recursos, sin nombre, sin identidad. Si iba con ellos, al menos no sería una sombra entre árboles.

Pero el miedo… el miedo aún pesaba como piedra húmeda en el pecho.

Los titanes se mantenían en la distancia.

Samvarg, inmóvil como una estatua de hielo.

Valgor, de pie como una cordillera, con los ojos hundidos como cuevas profundas.

Ambos sabían que su sola presencia aún era una amenaza para la muchacha.

Por eso retrocedían cuando ella los miraba.

Por eso guardaban el silencio de los sabios.

"No es el momento. Aún no."

Ara se giró hacia ellos.

—Está bien —murmuró—. Iré con ustedes. Solo por ahora.

Thoren sonrió, casi con alivio.

—Bien. En ese caso, sería un honor que viajaras sobre Valgor. Más cómodo que tus pies, y sin cobrar tarifa.

Ella lo miró como si le hubiera ofrecido trepar un volcán. Luego alzó la mirada hacia el coloso de piedra, de cincuenta metros de altura. Sus extremidades parecían pilares de cantera viva. Sus ojos, pozos sin fondo.

Ara negó con firmeza.

—Prefiero caminar.

Kael ni siquiera se lo propuso. Solo caminó a su lado.

Thoren soltó un resoplido casi teatral, pero se lo guardó. Ambos intercambiaron una mirada: resignación fraternal.

Comenzaron a andar entre raíces, con el sol escondiéndose detrás del follaje, y el silencio llenando los huecos entre ramas. Los titanes se desplazaban más lejos, atentos pero distantes.

Ara se volvió una última vez hacia la cápsula. No sabía por qué lo hacía. No esperaba que hablara. No creía que le revelara nada. Pero aun así, la miró.

Una parte de ella esperaba que algo sucediera. Un parpadeo. Una chispa. Pero no hubo nada.

Ni un ruido. Ni una señal.

Solo ella. Y un nombre prestado.

Dio un paso más, dejando atrás la cápsula, y al hacerlo, sintió una pequeña punzada de pérdida. Como si algo suyo quedara atrapado dentro, sin haber sido nombrado.

—Toma —dijo Kael, con voz baja.

Se quitó la capa. No era gruesa, pero bastaba para cubrir los hombros delgados de Ara.

Ella lo miró, dudando. No por desconfianza. Por… costumbre. Aceptar algo implicaba vínculos. Vínculos eran peligrosos.

Pero al final lo tomó. Con un movimiento lento, casi ceremonioso. Se la colocó sobre los hombros y asintió en silencio, como si el abrigo fuera una tregua tácita.

—Gracias —murmuró, sin mirar directamente a Kael.

Thoren los observó. Con una leve tensión en la mandíbula. No celos. Pero sí precaución.

Mientras caminaban, Ara notó algo entre las piedras. Una huella leve. Hendida. Brillando brevemente como si el sol se reflejara solo en ella.

Se detuvo. Pero al mirar de nuevo… había desaparecido.

Solo bosque.

Y pasos.

Y un grupo de desconocidos, que, por alguna razón, se sentían menos ajenos con cada minuto.

Caminaron sin prisa, sin destino claro. Solo el sonido de las hojas acariciadas por el viento, el eco lejano de criaturas nocturnas y el susurro leve de los pasos sobre la tierra húmeda.

El bosque los envolvía como un sueño con bordes suaves.

Habían recorrido apenas unos kilómetros, pero el tiempo parecía haberse estirado como una tela mojada bajo el cielo. La noche ya los cubría por completo. Era una noche limpia, de esas que se sienten recién nacidas, con un cielo tachonado de estrellas y constelaciones que ningún mapa conocía.

Entre los árboles altos, el grupo cruzaba por claros ocultos —páramos de calma suspendida donde musgo y neblina tejían alfombras, y las raíces se alzaban como esculturas vivientes.

Pequeñas luciérnagas titilaban a su alrededor, y la flora tenía tonos azules y lilas, como si el bosque soñara en colores que los hombres habían olvidado.

Los colosos se desplazaban a los costados, uno a cada flanco.

Valgor era un gigante de piedra tallada por eras, cuyas pisadas hacían temblar la corteza de los árboles.

Samvarg avanzaba como una sombra de escarcha, más sigiloso, casi etéreo.

Pero ambos lo hacían con una reverencia implícita, conteniendo su presencia, cuidando su huella.

Y los animales... Los animales los observaban.

Leopardos de cuernos iridiscentes. Zorros con ojos verdes como líquenes. Aves que no volaban, pero caminaban entre las ramas como si fueran parte del aire. Nadie huía. Ninguno atacaba.

En cambio, se acercaban a Ara. Con pasos pausados. Con la cabeza baja.

Ella no entendía por qué. Tampoco lo cuestionaba. Solo lo sentía. Como si el bosque entero supiera algo de ella que ella no.

Esa armonía —extraña, dulce, casi mágica— suavizó el miedo. Un poco. No del todo, pero lo suficiente.

Kael y Thoren se mantenían cerca, pero sin invadir. Miraban. Aprendían de su lenguaje callado.

Fue entonces, al pasar junto a un árbol viejo cubierto de líquenes, que Ara sintió un vacío en su estómago. No era punzante, ni desesperado. Pero era claro.

El hambre, como todo en ella, se manifestó con elegancia. Una ligera pausa en sus pasos. Una mano que rozó su abdomen. Una respiración contenida.

Thoren lo notó enseguida.

—Debes tener hambre, ¿eh? —dijo en voz alta, pero con tono casi cómplice—. No te preocupes. Conozco una receta de un viejo amigo que juraba revivir hasta al más perdido en la niebla.

Sin esperar respuesta, comenzó a buscar con la mirada. Musgo comestible, raíces suaves, flores de savia dulce, fragmentos de corteza que podían hervirse y convertirse en caldo. Todo estaba ahí, si sabías cómo verlo.

Y Thoren lo sabía.

Kael lo seguía con media sonrisa, sabiendo que algo tramaba.

Poco después encontraron un claro más amplio. Lo suficientemente espacioso para todos, incluso para que los titanes pudieran acercarse un poco sin romper el equilibrio del bosque.

—Vamos —llamó Thoren—. Hora de cenar. Y prometo que no sabrá a barro.

Ara dudó. Pero el hambre era un susurro ya demasiado audible. Asintió con un gesto pequeño.

Thoren se agachó y con manos hábiles encendió una pequeña fogata. Las llamas se alzaron con timidez, iluminando los rostros con una calidez suave, dorada. El humo subía en espirales lentas, como si también bailara con la noche.

El fuego crepitaba como si murmurara secretos a la tierra.

No era una hoguera grande, apenas lo suficiente para dibujar sombras tenues sobre los troncos y las raíces del claro.

La leña usada despedía un aroma dulce, como madera vieja mezclada con cáscara de cítricos.

Unos hongos rojos que Thoren había recogido chispeaban al contacto con el calor, dejando rastros de vapor perlado en el aire, como si el bosque mismo respirara junto a ellos.

Ara estaba sentada sobre una manta improvisada hecha con la capa de Kael. No había dicho nada desde que se acomodaron. Solo observaba, entre desconfiada y asombrada, cómo Thoren se movía entre los ingredientes, con una atención casi reverente.

El chico había atado su cabello hacia atrás con una tira de corteza. Su rostro, iluminado a medias por el fuego, tenía una expresión inusualmente concentrada.

—No se imaginan —murmuró Thoren mientras removía con cuidado el contenido de una pequeña olla de piedra que había traído consigo— lo que puede hacer un buen caldo con flores de savia y raíces de mirto.

El aroma, al principio suave, comenzó a expandirse como una niebla cálida, envolviendo el claro con una mezcla entre tierra húmeda y dulzura floral.

Kael, echado hacia atrás sobre los codos, lo miró con una ceja en alto.

—¿Y tú desde cuándo cocinas como un anciano de leyenda?

La pregunta iba cargada de burla, pero también de ese cariño que solo se permite entre hermanos forjados en batalla y memoria.

Thoren no lo miró. Sonrió apenas, removiendo con movimientos exactos.

—Desde que casi morimos en la montaña de Askar por tu brillante idea de que los frutos morados eran dulces.

Kael chasqueó la lengua y resopló, sin borrar la sonrisa.

—Eran dulces. Hasta que nos envenenaron.

Ambos soltaron una carcajada baja, contenida por el cansancio del cuerpo, pero encendida por la memoria compartida.

Ara los escuchaba en silencio, desde una piedra cercana. No dijo nada. Observó. Esa risa... era vieja. De las que nacen cuando uno ha sangrado por el otro, dormido con hambre a su lado, o cargado su cuerpo herido montaña abajo. Era real. Y era hermosa.

—De no ser por mí, aún estarías comiendo raíces crudas y rocas, Kael —añadió Thoren con fingido orgullo.

—Oh, claro —replicó Kael con sarcasmo—. El gran chef elemental. ¿Dónde aprendiste tus recetas, eh?