La Semilla de Otro Tiempo #2
Sus ropas —aunque empapadas por el fluido— no eran de este mundo.
Un corset de metal vivo, sujeto a un conjunto complejo de correas, fibra vegetal y placas que parecían latir como si tuvieran savia.
Engranajes diminutos giraban en los bordes de su falda asimétrica.
Una gema hexagonal incrustada en su muñeca parpadeaba suavemente.
—¿Es… humana? —susurró Kael.
Samvarg se acercó, y por primera vez en mucho tiempo, bajó la cabeza hasta tocar el suelo completamente. Como si hiciera una reverencia.
“¿Qué haces…?”
“No a ella. A lo que duerme en su sombra”
Kael miró a la joven otra vez. Los engranajes del panel se detuvieron. La cápsula ya no hacía ningún sonido. Pero la gema en su muñeca parpadeó más rápido. Y un latido sordo comenzó a escucharse desde dentro.
Tum…
Kael retrocedió instintivamente.
Tum… Tum…
Samvarg gruñó levemente. En su mente, Kael lo oyó claro: “Ya no está dormida”
—Unidad cero-nueve... trece... ARA —leyó Kael en voz baja, saboreando el eco suave de las letras. La combinación parecía un código... pero también tenía melodía. ARA. Sonaba como nombre. Sonaba... correcto. El viento susurró en los árboles, y Kael sintió que el bosque entero respiraba con él.
Samvarg permanecía inmóvil, como una escultura esculpida en escarcha, observando el interior de la cápsula abierta. El vaho de su aliento formaba formas que se quebraban en el aire antes de tocar el cristal. "El hilo se tensa. Pero aún no se rompe"
La joven, suspendida en aquel líquido ámbar y pálido, no se movía. Su cabello flotaba a su alrededor como hiedra dormida. El símbolo en su cuello parpadeó una última vez... y luego se apagó. El sistema que la contenía entró en un silencio absoluto, como si hubiese cumplido su propósito.
Kael dio un paso más cerca. Sus dedos recorrieron el borde de la cápsula, ahora fría como una tumba bajo luna nueva. —¿Qué eres, ARA? —susurró.
Kael contuvo el aliento.
Pero no estaba solo.
La tierra tembló suavemente. No como un terremoto. Era más como un ritmo. Un compás antiguo que se aproximaba.
Desde la espesura, las criaturas del bosque comenzaron a huir.
Primero, los jardines móviles: pequeños roedores cubiertos de musgo, con ojos como semillas.
Luego, las pajarillas de viento, aves traslúcidas con alas como pétalos que zumbaban al volar.
Un ciempiés con caparazón de corteza chirrió al perderse entre los helechos.
Incluso un trío de castores de espinas se alejaron con saltos tensos, sus orejas vivas vibrando de alerta.
Los árboles mismos parecían inclinarse. Raíces se replegaron como si temieran lo que se acercaba.
Y entonces apareció Thoren y a su lado, Valgor, el titán bisonte, emergía entre los troncos, descomunal, haciendo que el bosque crujiera a su paso. Cada huella era una nueva grieta en el mundo. A su alrededor, los árboles no se quebraban… se apartaban por su cuerpo ancho.
“Respira con el bosque. No lo rompas”
Thoren se detuvo a varios metros de Kael. El contraste era brutal: hielo y roca. Firmeza y fluidez. —¿Qué es eso? —preguntó, bajando la voz.
—Alguien —respondió Kael, sin apartar la vista de la joven.
Thoren se acercó. Dio un paso... y sin querer, su pie crujió sobre una rama seca. Un sonido mínimo.
Pero fue suficiente.
ARA se movió.
Primero fue un parpadeo. Luego, un temblor de dedos. Como si saliera de un sueño tan antiguo que el cuerpo olvidó cómo despertar. Sus ojos se abrieron, lentos, turbios como savia. —…¿Dónde…?
Se incorporó, torpe, como un animal recién nacido.
Vio a Kael. Luego a Thoren.
Y entonces…
A Samvarg. A Valgor.
Se levantó por puro impulso. El primer sonido que emergió de ARA fue un leve jadeo contenido, como si el aire a su alrededor fuera más espeso de lo que podía respirar.
Luego sus ojos se abrieron completamente, reflejando el dosel del bosque como espejos quebrados.
Luz filtrada, verdes imposibles, siluetas.
Cuatro.
Cuatro figuras la miraban.
Sus pupilas se dilataron. Su cuerpo reaccionó antes que su mente pudiera entender.
Retrocedió con un impulso torpe, tropezando con su cápsula y resbalando en el barro húmedo, empapada de líquido ámbar y hojas.
Sus manos chocaron contra la tierra con fuerza, y de inmediato comenzó a tantear el suelo a ciegas, buscando algo, lo que fuera, para defenderse.
—¡Atrás! —exclamó con voz quebrada, sacudiendo su brazo hacia Kael, quien no se había movido ni un paso.
Sus dedos encontraron una rama seca. La lanzó con una torpeza desesperada, más como acto reflejo que como amenaza real. —¡NO ME TOQUEN!
Kael apenas desvió la cabeza. La rama golpeó su hombro y cayó sin daño. —Tranquila —dijo con calma helada—. No vamos a tocarte.
Ella miró alrededor, jadeando. El bosque ya no era bello. Era una prisión verde, viva, cerrándose como una jaula de raíces.
Detrás de los jóvenes, dos siluetas colosales se alzaban como montañas. El lobo de escarcha y el bisonte de piedra. Samvarg y Valgor. Monstruos imposibles. Gigantes de otro mundo.
Sus piernas temblaron.
—¿Qué… qué es esto? ¿Dónde estoy? —balbuceó.
Sus ojos saltaron hacia la cápsula rota. ARA la observó como si fuera una trampa de cristal, rota, violada. —¿Fueron ustedes...? ¿Qué me hicieron? ¡¿Por qué me trajeron aquí?!
Thoren alzó una mano, con voz firme pero pausada.
—No te trajimos, te encontramos.
ARA no lo escuchó. Ya estaba arrojando otra cosa, esta vez un puñado de tierra húmeda que se deshizo en el aire. Gritó, pero no con histeria. Era un grito que venía del instinto. Del miedo más ancestral: el de estar completamente sola, rodeada, y sin saber quién eres.
De pronto, algo se movió en el follaje. Un zorro arbóreo, de pelaje cubierto por líquenes, se asomó desde una rama. Sus ojos grandes como nueces observaron a la joven con una curiosidad silenciosa.
Ella lo vio y dio un respingo aún más fuerte, como si también el bosque mismo la juzgara. —¡¿Qué… qué es todo esto?! ¡¿Qué son ustedes?! ¡¿QUÉ SOY YO?! —clamó, su voz rompiéndose como vidrio en hielo.
Las criaturas comenzaron a retroceder. Los ratones pétalos, los caballitos de savia, los búhos de raíces torcidas... todos se alejaban. Pero no con miedo. Con respeto. Con... expectación.
ARA se tambaleó hacia atrás, tropezando con una raíz. Intentó correr, pero el terreno mojado la vencía. No sabía hacia dónde ir. Solo sabía que debía alejarse.
Kael no se movía. No quería intimidarla más. Su voz era brisa entre tormenta. —Escúchame. Solo escúchame un segundo.
—¡No! —gritó ella, apuntándole con una piedra que ni siquiera lanzaría. Su cuerpo temblaba. Su garganta tragaba en seco. El barro en su piel, el olor de las hojas, el frío, todo era ajeno.
Valgor resopló, haciendo vibrar la tierra.
“Déjala. El miedo la cubre como lodo.”
Samvarg ladeó la cabeza. “No somos lo que necesita ahora.”
Ambos titanes comenzaron a dar un paso hacia atrás. Lentamente. Como si fueran montañas retrocediendo. Cada movimiento era silencio contenido.
Thoren, en cambio, no se movió. Se acercó, muy despacio, con las palmas abiertas.
—Estás deshidratada. Respirar se vuelve más difícil cuando tienes miedo y la garganta seca.
Toma esto —sacó un pequeño cuenco de su mochila, hecho de piedra pulida, y comenzó a llenarlo con agua recogida en una hoja ancha.
ARA miró el recipiente como si fuera veneno. Se apartó más, arrastrándose.
—No... ¡aléjate!
—Está limpia. No vamos a tocarte. Solo beber. Solo eso. La voz de Thoren era roca hablándole a una flor. Firme, pero sin peso.
Pero ARA no confiaba. Retrocedió aún más, desesperada, hasta que su espalda chocó contra el muro natural de un tronco enorme. Se acurrucó. Su cuerpo entero temblaba. Sus ojos saltaban entre uno y otro, buscando rutas de escape imposibles.
—¡DÉJENME EN PAZ!
Kael soltó el aire.
—No te dejaremos sola —dijo. No como amenaza. Como promesa.
El bosque se detuvo. El viento calló.
Thoren dejó el cuenco a un par de pasos de ella, sin tocarla, sin avanzar más. Luego se echó hacia atrás, sentándose en una roca cubierta de musgo.
ARA lo miró.
Luego a Kael.
Luego al agua.
Sus labios se entreabrieron. Respiraba rápido, pero ya no tan agitadamente.
Silencio.
Una hoja cayó sobre su hombro. La tomó sin pensar. Observó su textura. Su color. Por un instante, solo uno, algo en ella se calmó. Como si la hoja le hablara.
Se inclinó. Tomó el cuenco con dedos temblorosos.
Y bebió.
Un sorbo.
Luego otro.
La tensión en su cuerpo no desapareció. Pero disminuyó. Apenas.
Kael se quedó quieto. Solo observándola.
Thoren habló de nuevo, sin moverse.
—No tienes que decirnos nada. Pero ahora estás a salvo. Aquí nadie te hará daño.
Ella lo miró. Aún dudaba. Aún temblaba.
Pero por primera vez… no intentó huir.
Las criaturas volvieron a acercarse. El zorro arbóreo se sentó sobre una raíz, observándola.
Y en una colina distante, un par de ojos antiguos, incrustados en un cráneo de ramas y sabiduría, parpadearon por primera vez en siglos.
ARA tragó saliva.
El mundo no era como lo recordaba.
Claro que no.
Porque ya no recordaba nada.
El bosque seguía conteniendo el aliento.
Las ramas altas crujían suavemente, dejando caer hojas como suspiros. Las criaturas que habían huido comenzaban a regresar, cautelosas, como si el miedo de ARA se hubiera disipado solo lo justo para que el bosque lo notara primero.
Ella permanecía en cuclillas, junto al tronco, todavía con el cuenco de piedra entre las manos. Aún desconfiada. Aún tensa. Pero sus ojos, antes frenéticos, ahora se movían más despacio. Observaban. Sentían.
Una mariposa traslúcida, con alas que parecían hechas de savia sólida, flotó frente a su rostro. ARA no retrocedió esta vez. Solo la siguió con la mirada, mientras el insecto se posaba en una flor cercana.
Entonces lo dijo. Su voz apenas era un murmullo.
—¿Quién… soy?
El viento no respondió.
—¿Y ustedes? —agregó, esta vez alzando apenas el rostro—. ¿Quiénes… son ustedes?