El Mensaje Bajo las Olas
Kael fue el primero en abrir los ojos. La sal seca en sus mejillas crujía al moverse. Aún sentía el peso del día anterior, pero algo era distinto.
No era el silencio. Era la paz.
Se incorporó lentamente, y lo vio: El mar... dormía.
La superficie, antes embravecida durante días, ahora parecía un espejo. Las olas, apenas suspiros. No había rugido, ni salpicaduras violentas, ni nubes bajas ocultando el sol.
Solo el azul extendido, como una herida cerrada.
Valgor estaba allí, de pie, como una montaña pensativa al borde del agua. Samvarg, recostado sobre una duna con la mirada fija en el horizonte. Aunque ambos permanecían inmóviles, Kael sabía que habían estado despiertos desde mucho antes.
Se acercó al agua y la tocó.
—¿Lo sienten? —dijo en voz baja, como si temiera romper la calma—. El mar... cambió.
Una piedra crujió detrás de él.
—¿Por qué tan temprano? ¿Vas a meditar como un anciano? —Thoren apareció con los ojos hinchados, pero con una sonrisa apagada.
Kael lo miró. —No lo notas, ¿verdad?
Thoren se detuvo. Observó. Escuchó.
—¿...Está tranquilo?
Kael asintió. —Anoche rugía como un dios furioso. Hoy parece que está... en paz.
Thoren miró hacia Valgor. —¿Ellos ya sabían?
Kael se encogió de hombros. —Ellos lo sienten antes que nosotros. Pero no lo dicen. Lo esperan.
El aire era denso, como si los sonidos caminaran con cuidado. Se sentaron los dos cerca de la orilla. La luz de la mañana los bañaba en oro. Pasaron algunos minutos en silencio, compartiendo pensamientos sin hablarlos. Cada uno lanzaba conjeturas en su mente, pero ninguna certeza.
Hasta que algo rompió la superficie.
Un leve chapoteo hizo girar sus cabezas. El agua se arqueó en una columna mínima. Y de entre las olas emergió una criatura imposible.
Parecía una mezcla entre caballito de mar y colibrí.
Alas traslúcidas batiéndose con velocidad imperceptible.
Su cuerpo era curvo y alargado, cubierto de escamas que brillaban con tonos turquesa y violeta.
Tenía pequeños brazos con membranas, ojos grandes sin pupilas, y una corona de corales suaves creciendo desde su lomo.
Flotó sobre el agua un momento, mirando a los cuatro.
Nadie se atrevió a moverse.
Con delicadeza, como si temiera romperse, la criatura extendió sus patas delanteras... ...y dejó caer un objeto en la arena.
Era un artefacto cilíndrico, hecho de metal bruñido y fragmentos volcánicos. Marcas talladas a fuego lo recorrían, aun emitiendo un tenue calor.
Antes de que alguien pudiera hablar, el pequeño ser revoloteó hacia atrás, los observó una última vez... ...y se sumergió de nuevo, desapareciendo sin dejar estela.
Kael se aproximó con cautela.
Thoren ya tenía una ceja arqueada.
—¿Qué demonios fue eso?
—Un mensajero —dijo Kael, sin pensar. No sabía por qué lo dijo, pero lo sentía. —Una criatura del mar. Tal vez una de las últimas de su tipo.
Se agacharon frente al artefacto. No era una bomba, ni un arma. Pero su complejidad era evidente.
Tenía fragmentos móviles, como engranajes naturales que parecían responder al contacto. Una espiral central tenía grabados en un idioma antiguo. Thoren los reconoció de inmediato.
—Esto es... el símbolo del fuego —susurró, con tensión en la voz.
Kael palideció. —Es cierto
Thoren asintió lentamente. —Mira aquí. Estos cortes... es la runa de ignición. Y aquí... el sello de formación de los cráteres. Solo lo usan los herreros de la Tribu de Emberhal.
Kael lo miró sin parpadear.
—¿Entonces... se aliaron?
—¿Y... pelearon juntos contra algo más? —intentó esperanzado Thoren.
Pero Valgor dio un paso.
La tierra crujió. Samvarg alzó la cabeza.
Una vibración se sintió en el suelo. No un terremoto. Una comunicación.
No fue una voz, fue una comprensión.
El mensaje era simple.
“Nai'zaar… ya no está”
Kael se quedó sin palabras.
Thoren se levantó, alterado.
—¡Eso no puede ser! ¡Son titanes! No pueden matarse entre ellos. ¡No es su propósito!
Kael lo miró. —El pacto… el juramento de los elementos.
Samvarg caminó hacia el mar. Su andar era solemne. Con una de sus garras trazó una espiral sobre la arena, que brilló por un segundo.
Valgor se arrodilló.
Y entonces, lo supieron. Ellos también estaban de luto.
Kael bajó la cabeza. —¿Entonces… el mar estaba furioso porque...?
Valgor alzó la mirada al cielo. El sol lo atravesó como si fuera un tótem sagrado.
Thoren completó la frase. —Porque lo mataron. A Nai’zaar. Lo asesinaron… los de su propia especie.
Kael cayó de rodillas. —¿Cómo pueden...? —¿Por qué?
Una vibración suave llegó desde el pecho de Valgor. Un eco sin palabras, pero claro.
“El mar habló. Y no atacó… porque ustedes lo escucharon”
Thoren se volvió hacia Kael.
—La noche anterior. —Sí —dijo Kael—. Cuando nadamos… cuando reímos. Fue entonces cuando el mar entendió.
Valgor continuó:
“El mar ya no confía en los humanos. Ni en los titanes. Solo en los que recuerdan lo sagrado”
Samvarg se sentó en la arena, la cabeza agachada. Silencio. Dolor. Verdad.
Kael, aun temblando, tomó el artefacto.
—Este es un mensaje. —Una advertencia —añadió Thoren.
—O una disculpa —dijo Kael, más bajo. —¿De quién?
Kael miró el horizonte. Su voz fue apenas un susurro.
—Del último sobreviviente de la tribu del mar… o del fuego.
Nadie respondió.
Solo el mar.
Después de un largo rato, Kael se puso de pie.
—Ya no estamos buscando sobrevivientes.
Thoren lo miró.
—¿Entonces?
—Estamos buscando respuestas. Y aliados. Los titanes… deben unirse. Todos. Si no lo hacemos… ...todos moriremos como Nai’zaar.
Valgor emitió un bajo retumbar.
Samvarg alzó el hocico al viento.
La nueva misión había comenzado.
Pero ahora… con el peso de una pérdida imposible de ignorar.