El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Donde el Mar Respira con Ellos
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Donde el Mar Respira con Ellos

Después de dos días de seguir la costa buscando señales del Titán del Mar o de su tribu, el cansancio se había vuelto compañero constante.

Ni rastros, ni voces. Solo las ruinas de estructuras corroídas por la sal, tótems caídos, escamas sueltas flotando entre restos de conchas. Y un mar que no se calmaba.

El océano rugía desde el primer amanecer tras su llegada. Aullaba como si aún peleara con algo… o llorara por alguien.

Las olas golpeaban sin cesar, pero ni Kael ni Thoren sabían si era señal o simple furia natural.

En silencio, caminaban al borde del abismo líquido, cada uno con los pensamientos como rocas a la espalda.

Samvarg los acompañaba sin emitir sonido, y Valgor, con sus pasos profundos, parecía arrastrar el horizonte.

Kael no soportó más el silencio.

Se adelantó unos pasos, aguzó la vista hacia el océano… y entonces, con una sonrisa traviesa y una voz despreocupada, soltó:

—Creo que vi algo en el agua… …algo grande.

Thoren arqueó una ceja, cansado. —¿Grande como qué?

—No lo sé. Tal vez una serpiente marina… o un pez con dientes más grandes que tu ego.

—Tonterías. Solo estás buscando excusas para dejar de caminar.

—¿Y si lo estoy? Vamos, hermano, ya tenemos suficiente arena en los pies como para construir otra ciudad. Quizá un poco de agua nos lo saque.

Thoren suspiró, pero algo en sus hombros se relajó. Kael lo notó.

—Mira, no es nada oficial. Ni misión, ni estrategia, ni mapas. Solo… un respiro. El mundo no se va a arreglar más rápido si nos convertimos en piedra antes de llegar.

Thoren lo miró. Por un segundo, pensó en negarse. Pero la verdad era que lo necesitaba. No por debilidad. Por supervivencia.

—Está bien. Pero si me muerde algo, te voy a culpar incluso después de muerto.

—Justo lo que quería oír.

Sin esperar más, Kael se quitó la capa, la camisa, lanzó su cinturón a la arena, y corrió al mar.

El agua lo golpeó con fuerza, pero él rio como si el océano le hablara con cariño.

Thoren dudó… pero solo un segundo. Dejó a un lado sus guanteletes pesados y su capa tribal endurecida por el sol, y corrió detrás de su hermano de vida.

El impacto fue inmediato. El mar los recibió con su abrazo helado, su voz profunda, su energía brutal. Pero, bajo su superficie, el caos desaparecía.

Las corrientes los mecían. La sal curaba. El mundo se ralentizaba.

Kael buceó unos metros y volvió a emerger, riendo. —¡Está más frío que el culo de un titán!

Thoren resurgió a su lado. —¿Y tú cómo sabes eso?

—Tú no me conoces tan bien como crees.

Rieron los dos. Una risa real. Sin sangre. Sin batallas. Solo risa.

Entonces se sumergieron de nuevo.

Y vieron.

El mundo sumergido era un poema sin palabras. La fauna ya no los atacaba.

Cardúmenes de peces escarlata, tan densos que parecían masas líquidas con forma propia.

Criaturas traslúcidas con antenas de luz, nadando entre estructuras de coral que parecían ciudades sumergidas.

Tiburones con aletas desgarradas y ojos sabios cruzaban las profundidades sin temor, respetados por todos.

A lo lejos, una familia de ballenas fantasma emergía para tomar aire.

Sus cuerpos eran tan claros que dejaban ver sus huesos, como si fueran espejismos vivos.

Salían del agua con un salto elegante, salpicando a los humanos como si también quisieran jugar, antes de volver a hundirse suavemente, acompañadas por sus crías.

Thoren y Kael salieron a la superficie.

—¿Viste eso? —susurró Thoren, casi con reverencia.

Kael asintió, jadeando. —Es como si el mar se negara a morir.

Fue entonces cuando un gran estruendo hizo vibrar el mar. Valgor había entrado.

La montaña viviente se sumergió como un templo hundido, y el océano, en lugar de resistirse, pareció apartarse para darle paso.

Su cuerpo colosal se hundió lentamente, y desde las profundidades se vio su silueta gigante, como una cordillera en movimiento.

La fauna marina lo rodeó con respeto. Incluso los tiburones pasaron junto a él, rozando su piel de roca con sumisión casi espiritual.

Thoren nadó cerca de él. Rodearlo era imposible, pero trazó un arco amplio, pasando entre sus patas colosales. Valgor lo observó sin moverse, complacido.

“Gracias por esto.” Ese fue el mensaje que Thoren sintió en su pecho, sin palabras. Solo tierra entendiendo a sangre.

Más cerca de la costa, Samvarg también decidió unirse. Pero el lobo de hielo no se sumergió. En cambio, puso una de sus garras sobre el agua… y la congeló.

Un enorme disco de hielo cristalino se extendió hacia el mar, permitiéndole caminar sobre él como un espíritu danzante.

Con gracia animal, Samvarg comenzó a deslizarse. A veces caminando, a veces patinando, siempre en silencio. Con cada paso, el hielo debajo de él se volvía más claro. Observaba a través del cristal las criaturas marinas como si mirara un mundo ajeno, con una quietud solemne.

Kael, flotando en la superficie, vio a su titán. Y Samvarg también lo miró. Por un momento, dos seres de mundos distintos se reverenciaron. Kael levantó la mano. Samvarg bajó la cabeza. No dijeron nada. No hacía falta.

Cuando salieron del agua, horas después, el sol ya se ocultaba tras el horizonte. Las gotas sobre sus cuerpos reflejaban las últimas luces del día. Las olas seguían agitadas, pero el mar ya no se sentía como un enemigo, sino como una advertencia.

Kael y Thoren salieron lentamente del mar. El salitre se les pegaba a la piel, pero algo más se había quedado atrás.

La guerra. La culpa. Por unos minutos, al menos.

Samvarg desapareció entre la niebla marina y volvió caminando por la costa helada, que pronto se derritió tras su paso.

Valgor emergió del mar como un dios antiguo. Conchas, algas, peces adheridos a su espalda. Parecía más una isla viva que un ser en movimiento.

Kael se sentó en la arena, exhausto.

—¿Sabes algo? —dijo mientras sacudía su cabello mojado—. Cuando termine todo esto… podríamos quedarnos en el mar. Solo construir una cabaña y comer peces brillantes.

Thoren se dejó caer junto a él. —Y pelear con tiburones si no se cocinan bien.

—Obvio.

Rieron, una vez más.

La noche comenzaba a cubrirlos con su manto. El fuego interior se mantenía, pero ahora, el aire tenía otro sabor. El del océano. El del descanso. El del propósito renovado.

Porque al día siguiente, continuarían.

Buscarían al próximo titán. Buscarían la unión. Buscarían esperanza.

Pero hoy… hoy el mar los abrazó.