El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Inicio del Viaje al Ecosistema Marítimo
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Inicio del Viaje al Ecosistema Marítimo

El camino hacia la costa no fue inmediato.

Primero vino la niebla. Luego el suelo húmedo, cubierto de musgo pálido. Las rocas, antes firmes y secas, estaban cubiertas de líquenes azulados. A lo lejos, se escuchaban ecos de gaviotas, aunque no se veían. La luz del sol era difusa, quebrada por nubes espesas.

Y entonces, al final de una quebrada profunda, lo vieron.

El océano.

Inmenso, infinito. Una sábana de agua negra, bajo un cielo plomizo. Tan hermoso como peligroso.

Kael se detuvo un momento en un acantilado.

—¿Aquí es donde… estaba la tribu del mar?

Thoren asintió. —Aquí… y en las profundidades. Lo que queda de ellos… está bajo las olas.

Un silencio incómodo se instaló.

Kael sabía que allí yacía la verdad que aún no se les revelaría: que la destrucción de esa tribu no vino de los titanes… sino de manos humanas.

Pero eso, aún, no era parte del presente.

Por ahora… solo sabían que algo antiguo los esperaba.

Thoren aún tenía los ojos húmedos, pero su espalda ya no estaba encorvada. No por orgullo. Por decisión.

Kael permanecía a su lado.

—Gracias —susurró Thoren, sin mirarlo—. No por hablar… sino por quedarte.

Kael asintió.

—Siempre he estado aquí. Incluso cuando no entendía el peso que cargabas.

Thoren lo miró, con esa media sonrisa rota tan suya.

—No se trata de entenderlo. Solo… de no soltarlo.

—Eso es lo que hace un hermano, ¿no?

—Eso —repitió Thoren—. Justo eso.

Detrás de ellos, Valgor, el coloso de tierra, permanecía inmóvil, pero presente. Samvarg levantó el mentón, sus ojos como ventiscas observando con atención. Y desde lo alto de una formación rocosa, una bandada de aves marinas se dispersaba, como si el mundo temiera respirar durante ese momento.

Entonces Valgor habló.

“La piedra que ha sido partida mil veces… no es débil. Es sabia”

Kael alzó la mirada.

—¿Sabiduría por romperse?

“No”—respondió Valgor —. “Por seguir de pie… aún rota”

El silencio fue largo. El grupo entero bajó la cabeza en respeto. Y luego, sin necesidad de hablar más, comenzaron a caminar.

La antigua tribu del mar estaba en ruinas. Ya no quedaban templos, solo esqueletos de coral calcinado. El viento cargaba olor a sal… y a historia muerta.

Los caminos estaban llenos de fragmentos de estatuas, conchas abiertas como bocas gritando desde la arena, restos de estructuras hundidas. El mar era ahora un espejo roto. Uno que devolvía imágenes de lo que ya no estaba.

Thoren y Kael caminaban al frente. Ninguno hablaba por cortesía. Solo cuando era necesario.

—¿Sabes qué es lo más difícil? —preguntó Thoren, sin detenerse.

—¿Perderlos? —respondió Kael.

Thoren negó con la cabeza.

—Saber que no puedo traerlos de vuelta. Ni con todo el poder de la tierra. Ni con mil guerras ganadas.

Kael miró al suelo. Sus botas crujían sobre conchas secas.

—A veces siento que seguimos caminando solo porque… no hay nada más que hacer.

—Y, sin embargo, seguimos.

—Porque si no lo hacemos nosotros… nadie lo hará.

Ambos detuvieron el paso.

La costa se abría en un acantilado. Desde ahí, se veía el mar en toda su extensión. A lo lejos, la línea del horizonte parecía borrosa… como si el mundo estuviera incompleto.

Kael respiró profundo.

—¿Crees que haya algo allá afuera? —señaló—. Algo que valga la pena salvar.

Thoren lo miró.

—Tú vales la pena. Yo valgo la pena. Eso basta.

El Titán del Hielo se acercó a la orilla. Sus patas de hielo no dejaban huellas. Miró al océano. Su mensaje retumbó en sus mentes:

“Los que no recuerdan las aguas… se ahogarán en el barro del pasado.” “El océano no olvida. Ni perdona.”

Valgor se detuvo junto a Kael. Su cuerpo monumental pareció perder sombra. Como si también él recordara algo que no debía volver.

“No hay paz sin juicio Y no hay juicio sin memoria. Ese… es el precio de enfrentar al Caído”

Thoren respiró profundo.

—Entonces caminemos. Hasta donde se quiebre el mundo. Hasta donde las olas guarden el secreto… del porqué todo fue destruido.

Kael asintió.

—Por nosotros. Por los que no pudieron. Por los que aún caminan.

Los titanes los siguieron. No como dioses. Como testigos.

Y así, entre ruinas saladas, pasos firmes y sombras en el fondo del mar… la historia continuó.

Porque, aunque todo parezca muerto… aún hay algo esperando bajo las olas. Algo que tiene voz. Y memoria.