El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Bajo la Quietud del Mar
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Bajo la Quietud del Mar

El sol ya estaba alto. Sus rayos iluminaban la arena con una suavidad inusual, sin quemar, sin agredir.

El viento costero traía olor a sal y a agua vieja.

Las olas, antes monstruosas, ahora besaban la costa con un vaivén cansado, como si todo el océano hubiera exhalado finalmente después de días de agonía.

Los pasos eran lentos.

Kael y Thoren caminaban uno al lado del otro.

Samvarg avanzaba cerca, dejando huellas cristalizadas de escarcha sobre la arena caliente, como si el hielo recordara a cada paso que aún había cicatrices bajo la calma.

Valgor los seguía detrás, imponente, como una montaña silenciosa que aún cargaba un mundo sobre los hombros.

Nadie hablaba.

Hasta que Kael, mirando al horizonte, dijo con voz baja:

—No quería creerlo.

Thoren no lo miró, pero respondió.

—Yo tampoco.

Pasó un momento.

Kael pateó suavemente una piedra.

—El Titán de Fuego… ¿Por qué?

Thoren cerró los ojos por un segundo.

—Tal vez fue traicionado. Tal vez está corrompido. Tal vez… simplemente olvidó.

Kael suspiró.

—¿Cómo olvida un titán? —¿Cómo olvida el fuego su origen?

Silencio.

El viento se llevó sus preguntas sin responderlas.

—¿Crees que podamos convencer a los otros? —preguntó Kael.

Thoren se encogió de hombros.

—Depende.

—¿De qué?

—De si ya nos consideran parte del problema.

Kael bajó la vista.

—Tú crees que sin el fuego estamos perdidos.

—No —dijo Thoren—. ...Creo que sin esperanza estamos perdidos. Y tú lo sabes, aunque no lo quieras aceptar.

Kael lo miró.

—¿Y tú? ¿Lo aceptas?

Thoren caminó unos pasos más antes de hablar. Sus palabras salieron como piedra cayendo al mar:

—Soy el único que sobrevivió a la destrucción de mi tribu. ¿Sabes lo que eso significa?

Kael no respondió.

—Significa que no tengo el lujo de rendirme.

Ambos se detuvieron.

El mar se extendía ante ellos, azul profundo, con reflejos de cielo en cada ondulación.

—Es hermoso —dijo Kael.

—Sí —respondió Thoren, respirando hondo—. Y cruel.

Samvarg se sentó en la arena y levantó el hocico, cerrando los ojos como si estuviera escuchando algo lejano. Kael acarició su pata, sintiendo el frío agradable de su pelaje.

—Tal vez aún haya otra tribu dispuesta a escuchar —dijo Kael, mirando a Samvarg—. Tal vez aún haya una chispa.

—O tal vez esa chispa esté en nosotros —respondió Thoren.

Kael sonrió.

—Siempre tan sabio para no tener barba.

Thoren lo miró de reojo.

—No la necesito. Mi ceño fruncido hace el trabajo.

Ambos rieron.

El cielo estaba claro. No había nube, ni amenaza, ni rugido. Solo el canto de unas aves lejanas y el crujido de sus pasos sobre la arena mojada.

Thoren miró hacia atrás, donde Valgor avanzaba, dejando profundas pisadas en la costa. Y aunque no hablaba, Thoren sintió su pensamiento. Como si dijera: No están solos.

La brisa sopló con más fuerza. Una hoja reseca flotó sobre el agua y se perdió en la inmensidad.

Kael miró al cielo.

—¿A dónde iremos ahora?

Thoren se frotó la nuca.

—A donde podamos.

Kael sonrió con cansancio.

—Eso suena a plan.

Thoren lo miró y dijo, más firme:

—A donde debamos.

Y siguieron caminando.

La costa se extendía hacia lo desconocido. El mar seguía cantando su antiguo lamento, pero ahora… ya no estaban huyendo. Ahora caminaban hacia algo.