CAPÍTULO 24 Quien buscaba antes que ellos
BLOQUE 1
El nombre del investigador no significaba nada para Lucía.
Para Nuria, en cambio, bastó escucharlo para cambiar de expresión.
—Álvaro Cid —repitió.
Adrián la miró.
—¿Quién es?
Nuria tardó un momento en responder.
No parecía estar pensando qué contar.
Parecía decidir cuánto.
—Historiador independiente. Trabajó varios años con archivos de obras urbanas y colecciones privadas relacionadas con materiales procedentes del entorno antiguo de Santiago.
Lucía observó.
Aquello explicaba por qué podía haberse interesado en la piedra.
—¿Universidad?
—No actualmente.
—¿Institución?
—Tampoco.
Eso no tenía nada de excepcional.
Muchos investigadores trabajaban de manera independiente.
La ausencia de vínculo institucional no decía nada sobre la calidad de su trabajo ni sobre sus intenciones.
El problema era otro.
Álvaro Cid era la persona que, años antes, había enviado a Nuria la fotografía de la piedra apoyada contra una pared.
Y ahora era también la persona registrada en el corredor técnico la noche en que desapareció la fotografía original.
Eso ya no era una coincidencia fácil de ignorar.
Lucía pidió a Nuria que empezara desde el principio.
No desde la intrusión.
Desde el primer contacto.
Nuria abrió una carpeta antigua de correos.
—Me escribió después de una entrada del blog donde hablábamos del giro perdido.
—¿Cuál?
—Una versión muy anterior. Todavía creíamos que Porta Vella y el Camino de Detrás formaban parte de la misma ruta.
Lucía asintió.
Una fase del mapa que ellos ya habían desmontado.
Nuria encontró el mensaje.
«Su reconstrucción contiene un punto correcto por una razón equivocada.»
Adrián arqueó las cejas.
—Entró fuerte.
—Sí.
Nuria respondió en aquel momento preguntando a qué se refería.
Cid había contestado:
«La piedra existe. El recorrido no es el que dibujaron.»
Lucía se quedó inmóvil.
Eso era importante.
Años antes de que ellos empezaran su investigación, Álvaro Cid ya sospechaba que la piedra era real y que el mapa publicado tenía errores.
Exactamente la conclusión a la que ellos estaban llegando ahora.
—¿Por qué no lo incorporaron al grupo? —preguntó Adrián.
Nuria soltó una risa breve.
—Porque no quería trabajar con nosotros.
—¿Por qué?
—Decía que publicábamos demasiado pronto.
Lucía no pudo evitar mirar el mapa corregido.
Cid había detectado el problema metodológico desde el inicio.
Eso no justificaba lo ocurrido en el edificio.
Pero sí cambiaba la imagen del personaje.
No era un aficionado que hubiera leído el blog y salido a buscar una piedra por impulso.
Llevaba años investigando.
Quizá incluso más que ellos.
Nuria continuó.
Durante varios meses intercambiaron mensajes.
Cid enviaba referencias incompletas.
Nunca documentos enteros.
A veces daba una signatura.
Otras simplemente sugería dónde buscar.
Manuel Varela empezó a desconfiar de ese método.
—¿Por qué? —preguntó Lucía.
—Porque parecía saber siempre un poco más de lo que decía.
Eso sí era extraño.
Un investigador podía proteger una línea de trabajo propia.
Pero si pretendía corregir públicamente a otros, esconder las fuentes fundamentales reducía el valor de su crítica.
Nuria abrió otro mensaje.
«No busquen la señal donde la colocan los mapas. Sigan la historia de la casa.»
Lucía se quedó inmóvil.
Riveiro levantó la vista.
Aquello era exactamente lo que habían hecho pocas horas atrás.
Seguir la parcela.
El corral.
La transformación del espacio.
Cid ya conocía ese camino documental.
—¿Fecha?
Nuria respondió.
Varios años antes.
Adrián observó.
—Entonces llegó a la casa mucho antes que nosotros.
—Sí.
La respuesta no dejaba dudas.
Álvaro Cid no estaba siguiendo ahora su investigación.
Ellos estaban siguiendo, sin saberlo, una línea que él había recorrido tiempo atrás.
Lucía sintió una incomodidad distinta.
Hasta ese momento la carrera contemporánea parecía haber empezado con la desaparición de la Concha o con las últimas búsquedas de Manuel.
Ahora comprendían que existía un investigador que había trabajado sobre aquella señal durante años, quizá en paralelo a todos ellos.
Eso explicaba por qué sabía exactamente qué fotografía buscar.
Y quizá también por qué estaba dispuesto a arriesgarse tanto para obtenerla.
—¿Manuel llegó a reunirse con él? —preguntó Lucía.
Nuria dudó.
—Una vez, que yo sepa.
Eso era nuevo.
—¿Dónde?
—En Santiago.
—¿Cuándo?
Nuria buscó.
El encuentro había sido bastante anterior a la ruptura final del grupo.
—¿Qué pasó?
—Manuel nunca me contó todo.
Otra ausencia.
Lucía empezaba a acostumbrarse a ellas.
Nuria conservaba un mensaje enviado por Varela esa misma noche.
«Cid no busca demostrar que exista una segunda ruta. Busca una pieza.»
Lucía se quedó completamente inmóvil.
Adrián se acercó.
—Entonces Manuel lo sabía desde hace años.
—Al menos sospechaba cuál era su objetivo.
Lucía pidió leer el mensaje completo.
Continuaba:
«Cree que una señal retirada durante las reformas puede conservar una inscripción suficiente para fijar el giro anterior a la plaza.»
Ahí estaba.
No una reliquia.
No un tesoro.
Una pieza capaz de resolver una cuestión topográfica.
Exactamente el núcleo racional que necesitaban.
Riveiro observó.
—¿Inscripción?
Hasta ahora la piedra del quiebro solo aparecía descrita como marcada o con corte antiguo.
No tenían una palabra documentada.
La posibilidad de una inscripción cambiaba algo.
Pero debían comprobarla.
Lucía preguntó:
—¿Cid mostró alguna prueba?
Nuria negó.
—Decía que había una descripción en un inventario perdido.
—¿Perdido cómo?
—Una copia que ya no estaba donde debía.
Lucía sintió una ironía incómoda.
Otra vez un documento separado de su serie.
Otra vez una referencia que quizá sobrevivía en algún lugar inesperado.
Nuria abrió otro correo de Cid.
«La piedra no tiene valor por ser piedra. Tiene valor porque conserva un nombre.»
Lucía leyó lentamente.
Eso sí era importante.
Un nombre podía conectar el objeto con un lugar.
Y un lugar podía corregir toda una reconstrucción.
Adrián observó.
—¿Qué nombre?
—Nunca lo dijo.
Eso explicaba por qué Manuel había seguido buscando.
Quizá también por qué Cid estaba ahora detrás de la fotografía original.
Si la pizarra de obra permitía identificar el expediente exacto de la pieza, podía llevarlo finalmente hasta el inventario donde figuraba esa inscripción.
Lucía preguntó:
—¿Por qué dejó de escribirles?
Nuria cerró un correo y abrió otro.
—Porque discutió con Manuel.
—¿Sobre qué?
—Sobre publicar la existencia de la piedra.
Eso tenía sentido.
Una pieza no localizada todavía podía ser vulnerable si se difundía demasiado pronto una descripción capaz de identificarla en depósitos o colecciones.
Manuel quizá temía que alguien intentara encontrarla sin coordinación.
La ironía era evidente.
Eso era exactamente lo que parecía estar ocurriendo ahora.
Nuria encontró el correo.
Manuel Varela:
«No publiques ubicación ni descripción completa hasta saber dónde está la pieza.»
La respuesta de Cid:
«Si nadie sabe que existe, nadie la buscará donde corresponde.»
Lucía observó.
Dos posiciones defendibles.
Una priorizaba protección.
La otra, visibilidad.
Pero después Cid había ido mucho más lejos.
Si realmente había retirado la fotografía técnica sin autorización, ya no estaban discutiendo sobre una diferencia académica.
Estaban ante una conducta concreta.
Adrián preguntó:
—¿Manuel llegó a saber dónde estaba?
Nuria negó.
—Creo que no.
—¿Y Cid?
—No sé.
Lucía miró el inventario del almacén patrimonial.
Tal vez ahora estuvieran a punto de descubrirlo.
Clara, que había permanecido trabajando mientras Nuria hablaba, levantó la vista.
—Encontré algo que podría ser el inventario que menciona Cid.
Lucía se volvió.
—¿Cómo?
—No está perdido.
—¿Dónde estaba?
—Mal referenciado.
Otra vez.
Clara colocó una copia.
Era una relación de materiales recibidos en el almacén patrimonial antes de una reorganización.
La piedra aparecía con una descripción más extensa que en las fichas posteriores:
«Bloque procedente del antiguo corral, con corte lateral y letras gastadas en cara superior.»
Lucía se quedó inmóvil.
—Letras.
Adrián se acercó.
Eso confirmaba que la pieza no tenía únicamente un corte.
Había caracteres.
El problema era que la relación no los transcribía.
Nuria palideció.
—Eso es lo que buscaba Álvaro.
Probablemente.
La frase del correo adquiría sentido.
Conserva un nombre.
Pero todavía no sabían cuál.
Clara siguió leyendo.
«No se lee entero.»
Nada más.
Lucía sintió frustración.
El inventario confirmaba la existencia de letras sin resolverlas.
Quizá otra ficha las hubiera copiado.
Riveiro preguntó:
—¿Número de pieza?
Sí.
Uno provisional.
El mismo que más tarde se había perdido durante la migración del almacén.
Lucía observó.
La cadena seguía.
Necesitaban identificar a qué lote moderno había pasado aquel número.
Eso podía conducirlos físicamente a la pieza.
Adrián observó.
—Entonces Cid necesitaba el número de la reforma para llegar a este inventario.
—Quizá.
La pizarra fotografiada podía conectar la piedra con la obra que la había sacado del antiguo corral.
Desde allí era posible seguir el depósito y luego la transferencia patrimonial.
Eso explicaba la lógica de toda la búsqueda.
Nuria preguntó:
—¿Podemos saber qué letras eran?
Clara buscó alrededor.
Había una anotación marginal.
No una transcripción completa.
Solo:
«...AGO»
Lucía se quedó completamente quieta.
Adrián la miró.
Nuria también.
Era inevitable pensar en SANTIAGO.
Pero Lucía cortó la posibilidad antes de que creciera.
—No completamos.
Tres letras no eran una palabra.
Podían pertenecer a muchas.
La piedra podía conservar un final de topónimo.
O una abreviatura.
Cualquier cosa.
Necesitaban más.
Riveiro observó.
—Si Cid completó eso como Santiago...
—Puede haber construido una teoría igual que las que estamos corrigiendo.
Exactamente.
El peligro era el mismo.
La expectativa podía terminar leyendo una palabra que la piedra no conservaba.
Clara encontró una segunda anotación, realizada años después por otra mano:
«Parece ...IAGO.»
Lucía sintió atención.
Eso aumentaba la posibilidad.
Pero seguía siendo parcial.
Nuria susurró:
—Santiago.