BLOQUE 3 #2
Lucía cerró los ojos un instante.
Javier tenía información sobre el recorrido.
Sabía de la fotografía de Nuria.
También conocía una versión avanzada del mapa de Manuel.
Y ahora había salido sin explicar adónde iba.
Nada de eso demostraba que fuera la persona grabada en el edificio.
Pero era demasiado para ignorarlo.
Nuria preguntó:
—¿Dónde estaba la casa antigua?
Riveiro señaló el área moderna aproximada.
La construcción original ya no existía como tal.
Parte del volumen había sido incorporada a otro edificio.
El antiguo corral quedaba dentro de una propiedad privada cuyo acceso actual no tenía ninguna relación visible con el recorrido medieval.
Lucía sintió una preocupación nueva.
Si Javier había reconstruido la misma cadena documental, podía haber ido hasta allí buscando la piedra.
No porque quisiera robarla.
Quizá porque seguía obsesionado con verla.
Con comprobar.
Con devolver algo a un lugar.
Lo habían visto antes.
Adrián observó.
—Tenemos que avisar a alguien.
—Si creemos que va a entrar sin permiso, sí.
Lucía llamó a Elena otra vez.
—Necesito que si Javier te llama, le digas que no entre a ninguna propiedad ni intente mover nada.
Elena guardó silencio.
—¿Qué está pasando?
—Todavía no lo sabemos.
No iba a asustarla con sospechas.
—Solo decile eso.
—Está bien.
Clara siguió trabajando.
—Encontré el depósito exterior.
Lucía volvió a la mesa.
La institución había recibido materiales de varias obras.
Existía un inventario.
Eso era excelente.
El listado era más reciente y sistemático.
Clara empezó a revisar entradas.
Piedra de muro.
Losas.
Elementos de cornisa.
Después apareció:
«Bloque antiguo con incisión. Procedencia: casa del antiguo corral.»
Lucía se quedó completamente inmóvil.
Ahí estaba.
La piedra había llegado al depósito exterior.
Ya no era una hipótesis.
La cadena documental alcanzaba otro punto.
Adrián observó.
—Entonces no quedó en la casa.
—No después de esa reforma.
Eso significaba que cualquiera que fuera hoy a la propiedad buscando la pieza llegaría demasiado tarde.
La piedra había salido de allí hacía décadas.
Era otra lección perfecta sobre el peligro de tratar un mapa histórico como dirección actual.
Nuria preguntó:
—¿Qué pasó con el depósito?
Clara siguió.
El lugar fue reorganizado años después.
Parte de las piezas pasaron a otras dependencias.
La descripción del bloque marcado aparecía en una relación de transferencia.
«Se entrega con otros materiales antiguos para clasificación.»
Destino: almacén patrimonial.
Ese dato cambiaba todo.
La piedra podía haber sobrevivido hasta época relativamente reciente.
Riveiro observó.
—Entonces existe la posibilidad real de que siga guardada en algún sitio.
—Sí.
Lucía sintió que por primera vez desde el inicio del tomo la pieza que buscaban dejaba de ser solo una posibilidad histórica.
Había una cadena documental suficientemente continua para plantear supervivencia.
No necesitaban excavar.
No necesitaban abrir paredes.
Podían seguir inventarios.
Clara encontró una referencia moderna del almacén patrimonial.
La colección había sido reordenada.
Algunas piezas recibieron números nuevos.
Otras quedaron como material pétreo sin clasificación.
Ahí podía perderse otra vez el rastro.
Pero al menos sabían dónde buscar documentalmente.
El teléfono de Lucía vibró.
Era Javier.
Por fin.
Atendió inmediatamente.
—¿Dónde estás?
Silencio.
—En un coche.
—Eso no responde.
Javier suspiró.
—Volviendo.
—¿De dónde?
Otra pausa.
—Del edificio de la antigua casa.
Lucía sintió irritación.
—¿Entraste?
—No.
—¿Pediste acceso?
—Sí.
Eso era importante.
—¿Te lo dieron?
—No.
—Entonces te fuiste.
—Sí.
Lucía respiró.
Si decía la verdad, no había hecho nada indebido allí.
—¿Por qué fuiste?
—Porque pensé que la piedra podía seguir en el muro.
Lucía miró el inventario del depósito.
—No está ahí.
—¿Qué?
—La trasladaron hace décadas.
Silencio.
—¿Adónde?
Lucía no respondió enseguida.
—Primero necesito saber otra cosa. ¿Estuviste hace tres noches en el edificio del pavimento?
Javier tardó demasiado.
—No.
—¿Entraste alguna vez a ese sector técnico?
—No.
—¿Tenés la fotografía que falta?
—¿Qué fotografía?
La sorpresa parecía real, pero eso no demostraba nada.
Lucía explicó lo mínimo.
Javier guardó silencio.
—No fui yo.
—Está bien.
No iban a resolverlo por teléfono.
Antes de cortar, Javier dijo:
—Pero sé quién estaba buscando esa foto.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—No sé el nombre.
—Entonces, ¿qué sabés?
—Hace semanas Manuel me dijo que alguien le había pedido el número de la reforma donde apareció la piedra.
Eso era exactamente la información de la pizarra.
—¿Quién?
—Me dijo que era una persona que había llegado a él después de leer el blog.
—¿Del grupo?
—No.
Lucía sintió que el círculo volvía a abrirse.
—¿Tenés algún mensaje de Manuel sobre eso?
—Sí.
—No lo borres. No me lo mandes todavía. Guardalo.
Si la retirada de la fotografía estaba bajo revisión formal, no quería contaminar nada.
Javier aceptó.
—¿La piedra existe?
—Sabemos que llegó a un almacén patrimonial.
Hubo un silencio largo.
—Entonces está viva.
Lucía corrigió:
—Puede haber sobrevivido.
No era una persona.
No era una reliquia milagrosa.
Era una pieza de piedra cuya cadena documental aún continuaba.
Cortó.
Nuria la miraba.
—Entonces había alguien más.
—Quizá.
Eso cambiaba el tono.
La investigación podía haber atraído a una persona externa interesada en la misma pieza.
Alguien que hubiera leído el blog y seguido las referencias de Manuel.
Eso explicaría por qué la identidad confirmada por Barreiro correspondía a una persona que había consultado documentación sobre el recorrido, sin necesidad de que fuera Javier, Samuel o Nuria.
Clara continuó con el almacén.
Encontró una vieja base de datos impresa.
Cada pieza estaba registrada con una descripción breve.
El bloque marcado aparecía con un número provisional.
Después, en una migración posterior, ese número desaparecía.
Lucía sintió frustración.
Otra pérdida administrativa.
Pero ya habían visto este mecanismo.
La solución no era suponer destrucción.
Era seguir la transferencia.
Riveiro observó.
—La migración tiene correspondencias parciales.
Clara asintió.
Algunos números viejos habían sido agrupados bajo lotes nuevos.
El bloque podía haber terminado dentro de uno de esos lotes.
Eso era rastreable.
No fácil.
Pero posible.
Nuria se sentó nuevamente.
—Entonces la piedra puede estar en un almacén y nadie saber qué es.
—Exactamente.
Lucía recordó la Concha.
Otra vez.
Un objeto podía sobrevivir perfectamente y perder su función dentro de una ficha demasiado genérica.
La historia se repetía, pero con un mecanismo distinto.
Clara encontró una nota manual en la migración:
«No desechar bloques con marcas antiguas.»
Lucía se quedó inmóvil.
Eso aumentaba aún más la posibilidad de supervivencia.
Alguien había dado una orden explícita de conservarlos.
No porque supiera qué era aquella señal.
Simplemente porque las marcas podían tener interés.
Otra pequeña decisión había protegido la pieza.
Adrián observó.
—Entonces cada vez que estuvo a punto de desaparecer, alguien la dejó aparte.
—Sí.
No por una cadena secreta de custodios.
Por decisiones administrativas independientes.
Un encargado de obra que no quiso cortarla.
Un inventario que la separó.
Después una migración que ordenó conservar material marcado.
Eso podía parecer providencial visto hacia atrás.
Pero era perfectamente explicable.
El teléfono vibró de nuevo.
Barreiro.
Esta vez la voz era más seria.
—Ya puedo darle el nombre de la persona que estuvo en el corredor.
Lucía sintió que todo se detuvo.
Nuria se levantó.
Adrián dejó de mirar el mapa.
—Dígame.
Barreiro pronunció un nombre que ninguno de ellos conocía.
Lucía frunció el ceño.
—¿Quién es?
—Investigador independiente. Ha consultado varias veces documentación jacobea.
Nuria palideció.
—Decime el nombre.
Lucía se lo repitió.
Nuria se quedó completamente inmóvil.
—Yo sí lo conozco.
Adrián la miró.
—¿De dónde?
Nuria tardó.
—Es la persona que me mandó la fotografía hace años.
El silencio cayó sobre la mesa.
Lucía observó a Nuria.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Dijiste que no sabías quién era.
—No lo sabía entonces.
—¿Cuándo lo supiste?
Nuria bajó la mirada.
—Mucho después.
Aquello cambiaba todo.
No solo existía un investigador externo.
Nuria conocía su identidad y no lo había contado.
Pero antes de que Lucía preguntara por qué, Nuria abrió su ordenador.
—Porque cuando descubrí quién era, Manuel me pidió que no lo contactara.
—¿Por qué?
Nuria buscó un correo.
Lo abrió.
El mensaje de Varela decía:
«No le des más información sobre la piedra hasta que sepamos qué pretende hacer con ella.»
Lucía se quedó inmóvil.
Ahora sí.
El componente contemporáneo tenía un rostro.
No necesariamente un delincuente.
No necesariamente alguien peligroso.
Pero sí una persona que llevaba años siguiendo la misma pieza y que, según la evidencia disponible, acababa de entrar donde no debía para obtener un documento.
Lucía miró el mapa.
La historia había avanzado durante días siguiendo transformaciones urbanas, nombres perdidos y señales fuera de contexto.
Ahora el presente empezaba a repetir el mismo error que el pasado les había enseñado a evitar.
Alguien estaba buscando la piedra como si el objeto por sí solo pudiera resolverlo todo.
Y mientras ellos reconstruían su historia mediante documentos, ese investigador parecía dispuesto a ir directamente detrás de la pieza.
Eso convertía la carrera en algo extraño.
No competían por llegar primero a un tesoro.
Competían por algo mucho más simple.
Evitar que una piedra histórica volviera a perder su contexto precisamente en el momento en que estaban a punto de recuperarlo.