El silencio de Santiago (Los Secretos de España 4) BLOQUE 2 #3
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BLOQUE 2 #3

Esta vez no hizo bromas.

—Quieren el nombre.

—Sí.

Seara miró a Lucía.

—Primero quiero dejar algo claro. Él no robó la piedra.

—¿Quién?

—La persona con la que escribí Bajo Compostela.

Lucía sostuvo la mirada.

—Nombre.

Mauro bajó la voz.

—Padre Xoán Cernadas.

Adrián se quedó inmóvil.

Lucía no reaccionó.

Celia ya había mencionado a Cernadas.

El sacerdote había ayudado a Varela con documentación y después se había retirado porque consideraba que la investigación se estaba convirtiendo en una carrera.

Pero ahora Seara decía algo distinto.

—Celia dijo que Cernadas se retiró.

—Se retiró del grupo de Manuel.

—¿Pero siguió con el blog?

—Durante un tiempo.

Lucía sintió que la historia cambiaba.

—¿Cernadas es quien nos escribe?

Seara negó.

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Entonces ¿quién continuó el blog después de usted?

Mauro la miró.

—No fue Xoán.

Lucía se quedó quieta.

—Acaba de decir que era la persona con la que escribió.

—Al principio éramos Xoán y yo.

Eso coincidía con el mensaje:

«Al principio, dos.»

Lucía esperó.

—¿Y después?

Seara bajó la vista.

—Xoán dejó el blog antes que yo.

—Entonces cuando usted dijo que otra persona continuó...

—Era una tercera persona que ya nos enviaba documentación.

Lucía sintió que por fin la estructura se aclaraba.

El anónimo había dicho:

«Al principio, dos. Después quedó una.»

Había omitido una sustitución.

El blog comenzó con Seara y Cernadas.

Después alguien más entró.

Al final quedó esa persona.

—Nombre.

Mauro guardó silencio.

Lucía esperó.

—Mauro.

Él levantó la vista.

—Tomás Riveiro.

Lucía no se movió.

Adrián tampoco.

El nombre cayó de una manera completamente distinta a los anteriores.

Riveiro.

La persona que había trabajado a su lado durante días.

Quien había corregido mapas con ellos.

Quien tenía la carpeta compartida con Varela.

Quien podía ver de primera mano cada modificación hasta que Lucía ordenó cerrar el acceso.

Seara continuó:

—Tomás empezó enviándonos mapas y referencias. Después escribió algunas entradas.

Lucía sintió que muchas piezas se reorganizaban.

—¿Él usó el nombre Santiago Mera?

—No lo sé.

—¿Es quien manda los mensajes?

—Eso tampoco lo sé.

Pero ahora la posibilidad era mucho más fuerte.

Riveiro tenía conocimiento técnico.

Acceso a las cuentas compartidas.

Había estado con Varela la última noche.

Y había ocultado, al menos, su participación en el blog.

Lucía recordó una frase:

«Porque Manuel descubrió quién era yo.»

Si el anónimo era Riveiro, eso podía explicar la ruptura entre ambos.

Pero todavía no estaba demostrado.

—¿Quién dañó San Paio? —preguntó.

Mauro negó.

—No Tomás.

—¿Quién?

—Una investigadora joven que empezó a trabajar con él.

—Nombre.

Seara tardó.

—Nuria Seoane.

Era un nombre nuevo.

Lucía lo anotó.

—¿Historiadora?

—Arqueóloga.

—¿Ella tomó la piedra?

—No lo sé.

—¿Quién la tomó?

Mauro se pasó una mano por el rostro.

—Eso sí no lo sé.

Lucía lo observó.

Podía ser verdad.

La red no era una sola persona.

Había colaboradores.

Fuentes compartidas.

Interpretaciones enfrentadas.

Y quizá cada uno conocía solo una parte.

—¿Por qué no dijo antes que Riveiro participaba?

—Porque él me pidió que no lo hiciera.

—¿Cuándo?

—Después de la muerte de Manuel.

Lucía sintió un cambio inmediato.

—¿Después?

—Sí.

—Entonces habló con él después del accidente.

—Claro.

—¿Qué quería?

—Que cerráramos cualquier relación pública con Bajo Compostela.

—¿Por qué?

—Decía que había ido demasiado lejos.

Lucía se quedó inmóvil.

Eso podía referirse a la investigación.

O a algo ocurrido la noche anterior.

No debía interpretar todavía.

—¿Dijo qué había hecho?

—No.

—¿Mencionó la libreta?

Seara pensó.

—Sí.

Lucía se inclinó.

—¿Qué dijo?

—Que faltaba.

—¿Cómo sabía que faltaba?

Mauro negó.

—No se lo pregunté.

Lucía sintió que debía detenerse.

No iban a acusar a Riveiro en ese café.

Necesitaban comprobar lo que Mauro acababa de contar.

Registros del blog.

Correos.

Documentos.

También hablar con Tomás.

Pero no sin preparar primero las preguntas.

Adrián permanecía serio.

—Entonces trabajamos todos estos días con alguien que pudo haber escrito los mensajes.

Lucía respondió:

—Pudo.

No más.

Mauro observó.

—Si es Tomás quien les escribe, no creo que quiera hacerles daño.

Lucía lo miró.

—Eso no es lo que me preocupa.

Lo preocupante era otra cosa.

Riveiro había participado en la construcción de una interpretación y después en su corrección.

Había tenido acceso a Varela.

También conocía los errores del mapa.

Si era el anónimo, había estado utilizando a Lucía y Adrián para completar lo que él mismo no podía demostrar.

Y, durante todo ese tiempo, había fingido sorprenderse ante pistas que quizás conocía de sobra.

Lucía guardó sus notas.

Afuera, Santiago estaba otra vez mojada.

Las marcas de la ciudad antigua habían sido borradas por obras y por lluvia.

Algunas habían quedado atrapadas dentro de muros.

Pero las marcas recientes podían ser más difíciles de leer.

No estaban talladas en piedra.

Estaban en silencios.

En nombres omitidos.

En personas que colaboraban mientras ocultaban una parte del camino que ya habían recorrido.