El silencio de Santiago (Los Secretos de España 4) BLOQUE 2 #2
34%

BLOQUE 2 #2

El mismo nombre utilizado para solicitar documentación técnica de Porta Alba.

—Otra vez —dijo Adrián.

Lucía observó la fecha.

Anterior al blog.

También anterior a la intervención.

La persona que utilizaba ese nombre había estudiado el muro.

Eso aumentaba mucho la importancia de identificar quién era realmente.

—¿Pidió copia?

—Sí.

—¿De qué?

—Fotografías y descripción de reparaciones.

Lucía sintió que la cadena contemporánea empezaba a volverse más clara.

Santiago Mera había solicitado documentación sobre pavimentos antiguos.

También sobre señales retiradas.

Ahora aparecía consultando reparaciones de San Paio.

El perfil de búsqueda coincidía con alguien intentando reconstruir físicamente el recorrido.

No demostraba que fuera el anónimo.

Pero era demasiado consistente para ignorarlo.

Lucía llamó a Mauro Seara.

Respondió al segundo tono.

—Otra vez usted.

—Necesito que me diga quién podía utilizar documentación de la antigua asociación bajo el nombre Santiago Mera.

Silencio.

—Ya hablamos de eso.

—No lo suficiente.

—No sé quién era.

Lucía observó el tono.

—La persona pidió documentos que después aparecieron en Bajo Compostela.

—Puede ser.

—Y consultó el muro de San Paio antes de que alguien lo interviniera.

Seara dejó de responder.

—Mauro.

—Yo no tuve nada que ver con ese daño.

—No le pregunté eso.

Otra defensa anticipada.

—¿Quién era la segunda persona del blog?

—Ya le dije que no voy a dar el nombre.

—Esa persona acaba de admitir que entregó a otro la referencia utilizada para buscar una marca en San Paio.

Silencio.

Más largo.

—Entonces está hablando con usted.

—Sí.

Seara respiró.

—No le crea todo.

—No le creo todo.

—Bien.

—Pero usted sí sabe quién es.

—Sí.

Por primera vez lo reconocía sin rodeos.

Lucía mantuvo silencio.

Esperó.

Seara no añadió nada.

—¿Es Santiago Mera?

La pausa fue mínima.

Demasiado mínima.

—No.

Lucía no podía saber si mentía.

—¿Utilizó ese nombre?

—No que yo sepa.

—¿Tenía acceso al membrete de la asociación?

Seara tardó.

—Sí.

Eso era importante.

—¿Quién más?

—Varios.

—Quiero nombres.

—No.

Lucía sintió irritación.

—Mauro, ya no estamos hablando de artículos históricos. Hay daño patrimonial.

Seara guardó silencio.

—La persona con la que escribió conocía documentos utilizados antes de la intervención.

—No fue quien dañó el muro.

—¿Cómo lo sabe?

Silencio.

Ahí estaba.

Seara tenía información.

—¿Habló con quien lo hizo?

—No.

—¿Entonces?

—Porque sé quién fue.

Lucía se quedó inmóvil.

Adrián la miró.

—Nombre.

Seara respiró.

—No por teléfono.

Lucía no cedió.

—Entonces nos vemos.

—Mañana.

—Hoy.

—No estoy en Santiago.

Lucía recordó que había dicho lo mismo antes.

—¿Cuándo vuelve?

—Esta noche.

—Nos vemos cuando llegue.

Seara terminó aceptando.

Antes de cortar, añadió:

—No confundan a quien escribió el blog con quien se llevó la piedra.

Lucía se detuvo.

—¿Sabe quién se llevó la piedra?

Silencio.

La llamada terminó.

Adrián observó.

—Cada vez que alguien dice “no confundan”, resulta que conoce las dos cosas.

Lucía guardó el teléfono.

La red contemporánea se estrechaba.

No parecía haber un único responsable de todo.

Eso era cada vez más evidente.

Una persona había escrito parte del blog.

Otra podía haber continuado la investigación anónima.

Alguien había intervenido San Paio.

La piedra podía estar en manos de otra persona.

Los vínculos existían.

Las responsabilidades no necesariamente coincidían.

Y eso hacía el misterio más creíble que una figura todopoderosa detrás de cada hecho.

Clara encontró una referencia histórica al círculo después de la reforma.

«Queda apenas visible bajo la nueva junta.»

Lucía se detuvo.

Eso explicaba exactamente la situación moderna.

El mortero podía cubrir parte de la marca.

La persona que intervino quizá había leído esa frase.

Si quería encontrar el círculo, sabía que debía mirar cerca de una junta.

Adrián observó.

—Entonces la referencia era casi una instrucción para dañar el muro.

—Si se usa de manera irresponsable.

El documento no ordenaba retirar nada.

Solo describía estado.

Eso era importante.

La fuente no era peligrosa.

La interpretación contemporánea podía serlo.

Lucía siguió.

«No se descubra, pues ya no tiene servicio.»

Se quedó inmóvil.

La propia fuente pedía no volver a exponerla.

Eso era extraordinariamente irónico.

Quien raspó el mortero había hecho justamente lo contrario de lo documentado.

—Mostrame eso otra vez —dijo Adrián.

Lucía señaló.

«No se descubra.»

La razón no era conservación patrimonial en sentido moderno.

Simplemente no tenía utilidad.

Pero la instrucción existía.

La marca había sido deliberadamente absorbida por la nueva fábrica.

No ocultada por secreto.

Incorporada porque el espacio cambió.

Riveiro buscó una relación del paso antiguo con el muro.

El círculo quedaba fuera del eje principal que el mapa viejo había convertido en ruta reservada.

Eso era importante.

Incluso si se localizaba físicamente, no confirmaría ese itinerario.

—Entonces el que lo buscó podía encontrarlo y aun así demostrar nada de lo que esperaba.

—Sí.

Lucía sintió que ese era el problema recurrente.

Objetos reales.

Interpretaciones equivocadas.

La presencia de la marca no validaba automáticamente una teoría.

Solo demostraba lo que la fuente permitía demostrar.

En este caso, que durante una fase concreta existió una referencia asociada a obras del antiguo paso.

Nada más.

A primera hora de la tarde llegó otra autorización documental.

Podían consultar el expediente completo de restauración del muro.

Lucía revisó fotografías previas a la intervención reciente.

En una de ellas aparecía una pequeña discontinuidad circular.

Muy tenue.

No podía asegurar que fuera una incisión.

Pero estaba en el sector aproximado.

Adrián la vio.

—¿Puede ser?

—Puede.

No más.

La fotografía posterior al daño mostraba esa superficie parcialmente afectada.

Si la marca era aquella, quizá ya no pudiera estudiarse en condiciones originales.

Lucía sintió una molestia profunda.

No por la pérdida de una revelación.

Porque una intervención innecesaria podía haber destruido evidencia justamente antes de ser documentada correctamente.

Marta Seixas, consultada por teléfono, fue prudente.

—La superficie debe examinarse por especialistas.

—¿Se puede determinar si había una incisión previa?

—Tal vez comparando fotografías y microrrelieve.

—Entonces no toquemos nada más.

—Eso ya está indicado.

Bien.

Lucía no necesitaba hacer más.

El posible círculo debía pasar ahora a análisis patrimonial formal.

El anónimo volvió a escribir.

«La encontraron en una foto.»

Lucía miró el mensaje.

No contestó.

Otro:

«Yo también la vi antes.»

Lucía sintió irritación.

Escribió:

Entonces debió impedir que tocaran el muro.

Silencio.

Después:

«Intenté hacerlo.»

¿Cómo?

«Le dije que esperara.»

¿Y no esperó?

«No.»

Lucía preguntó:

¿Por qué tanta urgencia?

La respuesta tardó.

«Porque creía que la piedra iba a aparecer primero.»

Lucía frunció el ceño.

Eso conectaba la búsqueda del círculo con la pieza desaparecida.

Quien dañó San Paio pensaba que encontrar una marca fija podía demostrar la posición antes de que apareciera la piedra y quizá reclamar la interpretación.

Una carrera.

Tal como Cernadas había advertido meses antes.

La investigación se había convertido en competencia.

Eso podía explicar decisiones irresponsables sin necesidad de un plan criminal complejo.

Lucía escribió:

¿Competía con quién?

Respuesta:

«Con todos.»

Adrián observó.

—Eso suena a alguien bastante obsesionado.

Lucía guardó el teléfono.

No iba a especular con nombres.

Seara hablaría por la noche.

Clara encontró otra nota de Rivas Soutelo.

«Las marcas que sobreviven no deben buscarse como prueba de un recorrido completo. Solo conservan puntos aislados de fases diferentes.»

Lucía la leyó lentamente.

Otra vez Rivas había llegado cerca del problema.

Las marcas no formaban necesariamente una cadena.

Un círculo podía pertenecer a una obra.

Una concha pintada a una fase provisional.

La raya de un muro podía ser técnica.

Solo algunos elementos estaban destinados a peregrinos.

Si siglos después alguien unía todas esas huellas, podía fabricar una secuencia inexistente.

Eso era exactamente lo que Bajo Compostela había hecho en sus primeras publicaciones.

Adrián observó.

—Entonces el blog convirtió marcas sueltas en camino.

—Sí.

Y el mapa anterior había facilitado el proceso.

No era necesario inventar ninguna piedra.

Bastaba seleccionar marcas reales y darles una única función.

Riveiro abrió la versión más antigua de su mapa.

Había casi ocho símbolos entre la llegada oriental y el entorno catedralicio.

Después de varios días de revisión, solo una parte tenía función peregrina demostrada para la fase de Martín.

La piedra de la Concha seguía siendo central.

Otros elementos pertenecían a obras.

Algunos correspondían a otros accesos.

La supuesta red de señales se deshacía.

Lo que quedaba era mucho más simple.

Una ciudad donde el viajero se orientaba mediante puntos concretos cuando los necesitaba.

No una ruta codificada.

Lucía observó.

—No elimines las marcas del archivo histórico.

—No.

—Solo sacalas de la ruta.

Tomás asintió.

Cada marca debía conservarse en su contexto.

Eso impediría que la corrección destruyera información.

El problema nunca había sido que las marcas no existieran.

Era haberlas hecho caminar juntas.

La noche llegó antes de que Mauro Seara regresara a Santiago.

Lucía y Adrián lo esperaron en un café distinto al de Reigosa.

Mauro apareció cansado.

Se sentó.