BLOQUE 2
Lucía permaneció unos segundos frente a la pantalla de Marta.
La fotogrametría seguía mostrando la losa antigua.
La línea principal era visible.
El corte del borde también.
Nada en aquella imagen parecía espectacular.
Precisamente por eso le resultaba convincente.
No había una inscripción escondida esperando ser descifrada.
Tampoco una cavidad.
Había una superficie de trabajo.
Una marca hecha para que una piedra volviera a ocupar una posición concreta.
Riveiro seguía comparando las medidas con las dimensiones históricas de la pieza sesenta y dos.
—No puedo ajustar más sin conocer cuánto sobresalía realmente la señal del asiento.
Lucía lo miró.
—No hace falta.
—Podría intentar corregir el margen con el desgaste de la pieza.
—No.
Tomás levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque empezaríamos a introducir variables que no conocemos.
Marta asintió.
—La piedra pudo perder material.
—O no —respondió Lucía—. Y la muesca tampoco sabemos si marcaba exactamente el borde.
Riveiro cerró la herramienta de medición.
—Entonces dejamos compatibilidad.
—Sí.
Eso era suficiente.
Una losa situada dentro del área históricamente documentada presentaba una incisión cuya orientación era coherente con el antiguo camino. Cerca aparecía un corte cuya separación coincidía aproximadamente con una dimensión de la señal.
Todo eso sostenía una hipótesis.
No la convertía en certeza.
Adrián observó la pantalla.
—¿Qué documento podría cerrar la identificación?
Lucía pensó.
La mejor posibilidad sería una descripción de la marca suficientemente concreta como para compararla con la losa.
No necesitaban otra referencia genérica a una cruz.
Necesitaban saber cómo estaba construida.
—Una memoria de reparación —dijo.
Marta la miró.
—¿Por qué?
—Porque alguien tuvo que ordenar hacerla.
Ya habían encontrado la frase que explicaba su origen:
«Vuélvase a su modo y márquese el suelo.»
Pero eso no describía cómo debía hacerse.
Podía existir una relación de gastos o una orden posterior donde aparecieran medidas.
Riveiro guardó el equipo.
—Entonces otra vez al archivo.
Adrián sonrió.
—Qué sorpresa.
Lucía no respondió.
Antes de marcharse, pidió a Marta la signatura exacta del sondeo.
No quería trabajar a partir de la fotografía sin conservar el vínculo con su documentación.
Marta se la dio.
También anotó qué partes del modelo procedían de superficies directamente observadas y cuáles habían sido reconstruidas por el software a partir de imágenes parciales.
Lucía agradeció la distinción.
Eso evitaría interpretar como forma real algo generado por interpolación.
Clara Nogueira los recibió con una pregunta.
—¿Era la marca?
Lucía dejó el bolso junto a la mesa.
—Puede ser.
Clara sonrió.
—Cada vez que preguntás algo parece que la respuesta se aleja.
—Se vuelve más precisa.
Adrián señaló a Lucía.
—Eso dice siempre.
Clara ya había empezado a buscar documentación de reparación relacionada con el asiento.
La primera pieza era una relación de gastos.
Aparecían pagos por piedra y mano de obra.
Nada sobre la marca.
Otra hoja mencionaba:
«Por hacer raya en la losa donde ha de volver la señal.»
Lucía se detuvo.
Eso confirmaba que la incisión principal era una línea.
No necesariamente una cruz completa.
Siguió leyendo.
«Y pequeño corte al costado para conocer el ancho.»
Adrián se inclinó.
Lucía permaneció inmóvil.
Ahí estaba.
La muesca del borde tenía exactamente la función que habían sospechado.
No era necesario inferirla desde el modelo.
La fuente la describía.
Riveiro leyó dos veces.
—Entonces la línea orienta y el corte fija la anchura.
Lucía asintió.
La identificación de la losa ganaba una fuerza enorme.
La combinación de ambas marcas coincidía con la documentación.
—¿Hay medida? —preguntó Adrián.
Clara siguió.
«Hágase el corte según el pie de la piedra.»
No aparecía cifra.
Eso era lógico.
El trabajador podía utilizar la propia pieza como referencia.
Lucía observó.
El corte no tenía por qué coincidir exactamente con la dimensión total conservada siglos después.
Marcaba dónde terminaba el apoyo en aquel momento.
Eso explicaba el margen de centímetros.
Marta había dicho que la piedra podía haber sufrido desgaste.
Ahora ya no necesitaban calcular cuánto.
La función estaba documentada.
Clara pasó a otra relación.
«La raya mira al camino viejo.»
Lucía sintió que esa frase reforzaba la orientación.
Otra anotación:
«El corte queda hacia el muro.»
Riveiro abrió su computadora.
—Eso puedo compararlo con el sondeo.
Lucía lo dejó trabajar.
El modelo mostraba precisamente la línea orientada hacia el corredor antiguo y la muesca en el lado opuesto, próxima a la alineación del límite posterior.
Tomás levantó la vista.
—Coincide.
Lucía se acercó.
—¿Dentro de qué margen?
—Muy pequeño.
Eso era distinto de las aproximaciones anteriores.
La relación entre dirección y lado del corte era cualitativa.
No dependía de convertir unidades.
Si la losa estuviera girada o trasladada, la correspondencia se perdería.
Marta había considerado probable que permaneciera in situ.
La documentación histórica reforzaba ahora esa interpretación.
Lucía anotó:
Losa del sondeo 4: identificación muy probable como antiguo asiento de la señal.
No escribió segura.
Adrián la vio.
—Muy probable.
—Sí.
—Eso en tu idioma es casi una celebración.
Lucía sonrió.
Clara siguió leyendo.
La siguiente relación pertenecía a una reparación posterior.
«No se rehaga la raya. Todavía se reconoce.»
Eso indicaba que la marca había sobrevivido al menos una intervención.
Después otra memoria decía:
«Al mover la piedra al nuevo acceso, queda la señal del suelo sin utilidad.»
Ahí estaba el momento de separación.
La losa permaneció.
La piedra se fue.
Lucía sintió que podían reconstruir físicamente un gesto ocurrido siglos atrás.
Unos trabajadores retiraron la señal.
El pavimento quedó con una raya que ya no servía para nada.
Más tarde nuevas capas cubrieron el lugar.
La ciudad olvidó su función.
No había ocultamiento.
Había obsolescencia.
Adrián observó.
—¿Y nadie volvió a preguntarse qué significaba esa marca?
—Probablemente muchos la vieron.
Pero sin contexto podía parecer una incisión cualquiera.
Eso había ocurrido incluso con Varela.
Vio la fotografía y la interpretó como una posible marca de cantero.
No era un error absurdo.
Era lo razonable sin la memoria de reparación.
La fuente transformaba una raya anónima en una evidencia funcional.
Clara encontró otra hoja.
«Cuando ya no se use el asiento, cúbrase con el firme nuevo.»
Lucía se quedó quieta.
Eso explicaba directamente por qué terminó debajo.
No fue escondida.
Fue cubierta porque había perdido utilidad.
Adrián leyó.
—La diferencia es enorme.
Sí.
Una frase podía separar dos historias completamente distintas.
En una, alguien cubría una marca para ocultar el acceso.
En la otra, trabajadores renovaban un pavimento y cubrían una referencia que ya no servía.
La segunda estaba documentada.
Lucía observó.
—Esto también desmonta parte del blog.
Adrián asintió.
Bajo Compostela había presentado restos cubiertos como evidencia de ocultamiento.
La memoria mostraba una razón constructiva ordinaria.
Lucía pidió copia de la signatura.
Quería comparar fecha y obra con la elevación posterior del pavimento.
Todo encajaba con la misma fase.
Clara siguió.
Una relación posterior mencionaba:
«Aún se veía parte de la raya antes de colocarse la nueva losa.»
Eso podía explicar por qué alguna copia tardía conservaba referencias al asiento incluso después de que la piedra se hubiera marchado.
La memoria material del punto sobrevivió un tiempo.
Luego desapareció.
Riveiro trabajó durante media hora.
No necesitó mover la ubicación propuesta.
La nueva documentación confirmaba que el corte debía quedar hacia un límite del pavimento, mientras la raya principal seguía la dirección del camino viejo.
Eso era exactamente lo que mostraba la fotogrametría.
Tomás dejó de escribir.
—Ahora sí diría que la identificación es muy fuerte.
Lucía asintió.
—Sí.
Adrián miró el plano.
—Entonces podemos situar la piedra de 1486 prácticamente sobre esta losa.
—Con el margen del sondeo y de la documentación, sí.
Eso era mucho más de lo que habían tenido al llegar a Santiago.
La señal ya no flotaba entre reconstrucciones.
Tenía un lugar muy probable.
Y ese lugar permitía volver a medir el resto del recorrido.
Tomás abrió el mapa antiguo.
Desde la losa proyectó la dirección documentada del camino oriental.
Después siguió la vía hasta el giro.
No utilizó la posición posterior de la piedra.
Tampoco una línea recta.
La secuencia conducía hacia el paso de los caminantes de forma coherente.
Lucía observó.
—Ahora comprobá la distancia.
Riveiro lo hizo.
La diferencia respecto de las cuarenta y dos varas documentadas era pequeña dentro del margen de reconstrucción.
—Encaja.
Adrián respiró.
Lucía permaneció mirando.
Por primera vez, posición y distancia se sostenían mutuamente mediante fuentes independientes.
Eso era importante.
No porque produjera un mapa perfecto.
Porque cada dato provenía de un problema distinto.
El topónimo había ayudado a reducir el área.
La memoria de reparación identificaba la losa.
La distancia por la vía antigua conectaba esa posición con el paso.
Lucía evitó resumir más.
No necesitaban una estructura demasiado cerrada.
Riveiro siguió hacia el alto de la vista.
Con el nuevo punto de origen, el recorrido cambiaba apenas.
La zona probable permanecía dentro del sector que habían obtenido.
—No rompe nada —dijo Adrián.
—Eso no prueba que esté bien.
Tomás sonrió.
—Pero ayuda.
Sí.
Una reconstrucción consistente con varias fuentes independientes era mejor que una sostenida por un único plano.
Lucía observó la bajada hacia Porta Alba.
El trazado también mantenía coherencia.
La puerta podía recibir caminantes desde ese punto visual sin necesidad de crear un recorrido especial.
Todo empezaba a formar una estructura funcional comprensible.
El teléfono de Lucía permanecía en silencio.
Eso le resultó extraño.
Desde que habían llegado, el anónimo aparecía cada vez que avanzaban.