BLOQUE 2 #2
Ahora llevaban horas trabajando con una identificación importante y no había mensaje.
Adrián también lo notó.
—¿Lo habrán desconectado del acceso?
—Riveiro cerró la sincronización.
Eso podía explicarlo.
Si el remitente dependía de la cuenta de Varela para seguir los mapas, ya no veía los cambios.
Lucía sintió cierta satisfacción.
Por primera vez tenían una ventaja.
No sabían quién era.
Pero habían cortado al menos uno de los canales por los que obtenía información.
Clara cerró una caja.
—¿Y ahora?
Lucía miró la documentación.
La marca de asiento permitía devolver la señal a su posición.
El paso siguiente era comprender si quedaban otras marcas asociadas al recorrido.
No porque esperara símbolos secretos.
Las vías antiguas podían conservar incisiones de mantenimiento o señales de orientación.
Y el título del siguiente problema ya estaba delante de ellos.
La marca junto al camino había demostrado que algo tan pequeño podía conservar una relación desaparecida.
Pero no debían empezar a interpretar cualquier raya como indicio.
—Quiero saber si se utilizaron marcas parecidas en otros puntos —dijo.
Adrián la miró.
—¿Para colocar señales?
—Sí.
Si existían referencias semejantes, podrían entender si aquella técnica era excepcional o habitual.
Eso también ayudaría a evitar sobredimensionarla.
Clara buscó.
Encontró una memoria en otro sector:
«Márquese el asiento del mojón para que vuelva a su lugar después de la obra.»
Lucía sonrió.
Ahí estaba.
La técnica no era única.
Se utilizaba con otros elementos.
Eso era importante.
La marca junto a la Concha no era un código especial.
Era una práctica de mantenimiento.
Adrián observó.
—Entonces otra vez lo extraordinario se vuelve ordinario.
—Y por eso más creíble.
Lucía pidió ver más ejemplos.
Aparecieron referencias similares en cruces y señales urbanas.
No todas utilizaban la misma forma.
Algunas tenían cortes.
Otras simples líneas.
Eso demostraba que los trabajadores empleaban marcas según necesidad.
La losa de la Concha pertenecía a ese mundo práctico.
No a un lenguaje secreto.
Adrián señaló una relación donde se decía:
«Alinee la cara señalada con el camino.»
Lucía observó.
El mecanismo era casi idéntico.
Eso reforzaba la interpretación.
No necesitaban buscar simbolismo.
La cruz o raya indicaba posición y orientación.
Clara encontró un documento aún más interesante.
«Las marcas del suelo no son para los caminantes, sino para quienes ponen las señales.»
Lucía se quedó quieta.
Era una aclaración directa.
El peregrino no tenía por qué conocer la marca de asiento.
La veía, si acaso, sin saber qué significaba.
Su destinatario era el trabajador que recolocaba la piedra.
Eso eliminaba cualquier intento de interpretar la incisión como símbolo peregrino.
La concha era para los caminantes.
La raya del suelo no.
Funciones distintas.
Adrián observó.
—Entonces si alguien encuentra la marca y la presenta como código de ruta...
—Está confundiendo destinatarios.
Eso era una distinción excelente.
La misma ciudad podía contener señales para usuarios distintos.
Una marca de mantenimiento podía coexistir con una señal de orientación pública.
Sin documentos, siglos después, ambas podían mezclarse.
Lucía anotó.
Eso iba a ser importante cuando revisaran las marcas borradas de la ciudad.
No todo lo tallado estaba destinado al peregrino.
Cerca del mediodía, Riveiro recibió una llamada.
Se apartó.
Volvió varios minutos después con una expresión seria.
—La plataforma respondió.
Lucía lo miró.
—¿Sobre la cuenta de Manuel?
—Sí.
—¿Tienen actividad posterior a su muerte?
—Confirmada.
Adrián se acercó.
—¿Desde dónde?
—No me dieron ubicación. Solo dijeron que hay accesos desde más de un dispositivo.
Lucía sintió atención inmediata.
—¿Cuántos?
—Al menos dos posteriores al último uso conocido por Manuel.
Eso complicaba el problema.
No había un único dispositivo evidente.
—¿La policía lo sabe?
—La plataforma remitirá la información por la vía formal.
Bien.
Lucía no necesitaba más.
No iban a hacer investigación digital por su cuenta.
Pero el dato demostraba que alguien o más de una persona había utilizado la cuenta después de la muerte.
Adrián observó.
—Entonces el anónimo puede no ser el único.
—Exactamente.
Eso encajaba con la posibilidad de varios autores o personas con acceso parcial.
No debían reducir todo a un solo individuo.
Riveiro añadió:
—Hay algo más.
Lucía esperó.
—Uno de los accesos coincide con el día en que se cerró Bajo Compostela.
Eso era interesante.
No demostraba que quien cerró el blog hubiera usado la cuenta.
Pero la coincidencia temporal merecía conservarse.
—¿Hora?
—No me la dieron.
—Entonces no vayamos más lejos.
Tomás asintió.
Lucía sintió que el thriller contemporáneo ganaba una nueva capa racional.
No había un observador omnisciente.
Había credenciales abiertas y materiales compartidos.
Eso explicaba mucho mejor la sensación de que alguien siempre sabía dónde estaban.
Podía haber varios accesos.
Y quizá los mensajes provinieran de una persona que solo conocía parte de la actividad.
El teléfono vibró por primera vez en horas.
Número desconocido.
Lucía abrió.
«Cerraron la carpeta.»
Adrián la miró.
Eso confirmaba que el remitente había perdido acceso.
Lucía no respondió.
El siguiente mensaje:
«No importa.»
Otro:
«Ya sé dónde está la marca.»
Lucía sintió un cambio.
Ahora el anónimo conocía la existencia de la marca por material anterior o por sus propios archivos.
Pero quizá no supiera que ellos habían identificado la losa con mucha mayor precisión.
Escribió:
¿Dónde?
La respuesta tardó.
Finalmente apareció una ubicación.
Lucía la leyó.
Después miró a Riveiro.
—No coincide.
Tomás tomó el teléfono.
La dirección enviada correspondía al área anterior que Varela había considerado antes de incorporar el topónimo de la Concha.
Era una posición desplazada varios metros.
Adrián observó.
—Está trabajando con la versión vieja.
Lucía sintió que por primera vez podían comprobar que el anónimo estaba detrás de ellos.
No adelante.
Escribió:
Esa posición es incorrecta.
Silencio.
Pasaron casi dos minutos.
Respuesta:
«No.»
Lucía escribió:
La señal estaba más al este.
Nada.
Otro minuto.
Después:
«¿Qué encontraron?»
Adrián sonrió.
—Ahora pregunta él.
Lucía guardó el teléfono.
—No le vamos a decir.
Era exactamente lo que necesitaban.
El control había cambiado.
El remitente tenía fragmentos de Varela.
Ellos acababan de encontrar una fuente nueva capaz de corregirlos.
Eso demostraba algo más profundo.
Nadie podía reconstruir la historia únicamente desde la libreta desaparecida.
El trabajo de Varela era valioso, pero estaba incompleto.
La respuesta seguía en los archivos.
En los pavimentos.
También en las contradicciones que él mismo no alcanzó a resolver.
Lucía observó la fotogrametría otra vez.
Aquella marca junto al camino no era importante porque Varela la hubiera previsto.
Era importante precisamente porque no llegó a comprenderla.
Y ahora, gracias a una memoria olvidada de reparación, una raya que durante siglos no había significado nada para quien la mirara empezaba a recuperar la función para la que había sido hecha.
No conducía a un tesoro.
No abría ninguna puerta.
Simplemente indicaba dónde debía volver a colocarse una piedra para que los caminantes pudieran encontrar su camino.