BLOQUE 3
La solicitud firmada por Santiago Mera había sido presentada nueve días antes de que apareciera la primera publicación de Bajo Compostela.
Lucía leyó la fecha otra vez.
No demostraba que Mera fuera el autor.
Pero sí que alguien utilizando ese nombre había tenido acceso a parte del material técnico poco antes de que fotografías semejantes empezaran a circular fuera de contexto.
Marta Seixas se quedó junto a ellos mientras revisaban la copia autorizada del registro.
—La afiliación era una asociación de estudios históricos —dijo—. Cuando intentamos verificarla después, no encontramos actividad reciente.
Adrián observó.
—¿Existía?
—Había referencias antiguas.
—¿Y Santiago Mera?
—No pudimos confirmar que perteneciera.
Lucía mantuvo la mirada sobre el formulario.
El correo de contacto estaba desactivado.
La dirección postal correspondía a un apartado que ya no funcionaba.
Nada de eso demostraba una identidad falsa.
Podía tratarse de datos desactualizados.
—¿Pidió documentación sobre algún otro sector? —preguntó.
Marta revisó.
—Sí.
Lucía levantó la vista.
—¿Cuál?
La restauradora buscó otra solicitud.
—Antiguas entradas del entorno catedralicio.
Adrián se acercó.
—Entonces no vino solo por el pavimento.
—No.
Marta siguió.
La segunda solicitud era posterior.
Incluía una referencia a señales de orientación retiradas durante reformas.
Lucía sintió que el interés de Mera comenzaba a parecer demasiado cercano al trabajo de Varela para ignorarlo.
—¿Accedió a esa documentación?
—A una relación parcial.
—¿La pieza sesenta y dos?
Marta negó.
—No figuraba con ese número.
Eso era importante.
La colección Mosquera utilizaba otra clasificación.
Pero la solicitud hablaba de señales retiradas.
El interés podía ser general.
Lucía preguntó:
—¿Cuándo fue esto?
Marta señaló la fecha.
Un mes antes de la muerte de Varela.
Adrián observó.
—Entonces el blog ya estaba investigando la señal antes de que Manuel cerrara su interpretación.
—Si Mera está relacionado con el blog —corrigió Lucía.
Todavía no podían unir ambos nombres.
Pero la proximidad temporal merecía comprobarse.
Marta encontró otra anotación.
—Acá pidió acceso a documentación sobre cambios de nivel.
Lucía leyó.
«Relación entre pavimentos anteriores y accesos actualmente absorbidos.»
La formulación era técnica.
Quien hubiera hecho la solicitud sabía qué buscar.
—¿Le dieron copia?
—Parcial.
—¿Incluía las cotas?
—Sí.
Lucía pensó en la publicación anónima.
Había utilizado imágenes reales y después había presentado restos de superficie antigua como supuesto corredor oculto.
Un lector sin contexto podía aceptar la conclusión.
El error estaba en la función atribuida.
Adrián señaló.
—Si tenía las cotas, podía saber que el nivel antiguo estaba más abajo.
—Sí.
—Y aun así lo llamó corredor subterráneo.
Lucía observó.
Eso era lo que necesitaban determinar.
Quizá el autor no hubiera comprendido correctamente la estratigrafía.
O quizá hubiera elegido una formulación más espectacular a sabiendas.
No sabían cuál.
Marta cerró los registros.
—Eso es todo lo que puedo mostrarles hoy.
Lucía agradeció.
Antes de irse, volvió a mirar la alineación antigua.
Una parte del pavimento se conservaba debajo de la ciudad actual.
Nada allí sugería por sí mismo un secreto.
El misterio aparecía solo cuando alguien le añadía una historia.
De regreso al centro, Lucía llamó a Rodrigo Lema.
No quería esperar.
—Necesito preguntarte por Santiago Mera.
Silencio.
—¿Quién?
—Un investigador que pidió acceso a documentación sobre niveles y señales antes de que empezara Bajo Compostela.
Rodrigo tardó.
—No conozco ese nombre.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Varela lo mencionó?
—No.
Lucía observó.
—¿Y la asociación de estudios históricos que figura en la solicitud?
Le dio el nombre.
Rodrigo pensó.
—Eso sí.
—¿Qué es?
—Era un grupo pequeño. Organizaron encuentros hace años.
—¿Sigue activo?
—No que yo sepa.
—¿Quién participaba?
—Gente distinta.
Lucía esperó.
—¿Reigosa?
—Creo que alguna vez.
—¿Celia?
—Puede ser.
—¿Cernadas?
—Sí.
Eso no ayudaba demasiado.
Una asociación académica informal podía reunir a muchos investigadores.
No implicaba relación con el blog.
—¿Quién la dirigía?
Rodrigo dudó.
—No recuerdo.
—Intentalo.
Pasaron unos segundos.
—Un hombre llamado Mauro Seara.
Lucía anotó.
—¿Historiador?
—Periodista cultural.
Adrián, que caminaba junto a ella, levantó la mirada.
Eso era distinto.
—¿Publicaba sobre peregrinaciones?
—De todo.
—¿Conocía a Varela?
—Sí.
—¿Se llevaban bien?
—Al principio.
Lucía sintió la palabra.
—¿Después?
—Manuel dejó de colaborar con él.
—¿Por qué?
Rodrigo tardó.
—Porque Seara exageraba las conclusiones.
Eso encajaba demasiado bien.
—¿Cuándo fue?
—Hace años.
—¿Siguieron en contacto?
—A veces.
—¿Podría usar el nombre Santiago Mera?
Rodrigo guardó silencio.
—No lo sé.
Lucía miró a Adrián.
No necesitaban la coincidencia fonética para sospechar.
Santiago Mera y Mauro Seara compartían algunas letras, pero eso no demostraba nada.
Sería absurdo construir una identificación por semejanza de nombre.
—¿Mauro Seara sigue en Santiago?
—Creo que sí.
—¿Contacto?
Rodrigo se lo envió.
Lucía agradeció.
Antes de cortar preguntó:
—¿Seara conocía la existencia de la piedra?
—No sé cuándo la conoció.
—¿La teoría del corredor?
Rodrigo soltó una risa breve.
—Esa clase de cosas le encantaban.
No era evidencia.
Solo una opinión.
Lucía la dejó fuera de sus conclusiones.
Cortó.
Adrián miró el contacto recién recibido.
—Periodista cultural que exageraba conclusiones.
—Eso dice Rodrigo.
—Grupo histórico desaparecido.
—Sí.
—Solicitud con nombre que no se puede verificar.
Lucía lo miró.
—No hagas un retrato antes de conocerlo.
—Estoy empezando a disfrutar de que me digas eso.
Lucía sonrió apenas.
Antes de llamar a Seara, regresaron al hotel.
Lucía quería revisar las entradas de Bajo Compostela buscando un estilo.
No para identificar autor mediante intuición.
Para ver si había referencias a conocimientos periodísticos o acceso a fuentes que pudieran relacionarse con una persona concreta.
Adrián abrió las capturas.
—La primera tiene un tono más sensacionalista.
—Sí.
—Después cambia.
Lucía observó.
La primera entrada hablaba de camino que nadie quiere mostrar.
La segunda insistía en una puerta bajo el nivel actual.
Más adelante, cuando la documentación obligaba a corregir la interpretación, el tono se volvía algo más técnico.
Eso podía apoyar lo dicho por el anónimo:
«Al principio, dos. Después quedó una.»
Quizá dos personas habían colaborado.
Una más inclinada a titulares.
Otra más interesada en la investigación.
No podían demostrarlo por estilo.
Pero era una línea útil para hacer preguntas.
Lucía encontró una frase en una de las publicaciones tempranas:
«La ciudad oficial ha enterrado su propia llegada.»
La formulación era deliberadamente dramática.
Otra entrada decía:
«Los especialistas conocen los restos, pero prefieren llamarlos estratigrafía.»
Lucía frunció el ceño.
Eso convertía un término técnico correcto en supuesto eufemismo para ocultamiento.
El autor parecía construir enfrentamiento entre expertos y lectores.
—Esto sí tiene tono periodístico —dijo Adrián.
Lucía lo miró.
—Muchos investigadores escriben así en blogs.
No serviría para identificar.
Siguieron.
Una entrada posterior citaba correctamente una memoria de obra.
La interpretación seguía siendo discutible, pero el manejo documental era más preciso.
Eso podía reflejar un segundo autor.
O simplemente aprendizaje.
Lucía encontró una firma en el código capturado de una página.
No visible en la publicación.
Celia había guardado una captura completa del navegador.
En la parte inferior aparecía un pequeño crédito de imagen:
Archivo MS.
Adrián señaló.
—MS.
Lucía observó.
Podía significar cualquier cosa.
No lo convertirían en Mauro Seara.
Pero podían preguntarle.
Llamó.
El teléfono sonó varias veces.
Una voz masculina respondió.
—¿Sí?
—Mauro Seara.
—Depende de quién pregunte.
Lucía no reaccionó.
—Lucía Orive.
Silencio.
—Ah.
La respuesta fue demasiado reconocedora.
—¿Nos conoce?
—Sé quiénes son.
—¿Por Varela?
—Por todo esto.
—¿Qué es todo esto?
Seara soltó una risa leve.
—Compostela bajo Compostela.
Lucía sintió que el lenguaje se acercaba al blog.
—Queremos hablar con usted.
—Imagino.
—¿Hoy?
—No estoy en Santiago.
—¿Dónde?
—Eso no importa.
—Entonces por teléfono.
—No.
Lucía esperó.
—¿Conocía a Manuel Varela?
—Claro.
—¿Trabajaron juntos?
—Durante un tiempo.
—¿Escribieron Bajo Compostela?
Silencio.
Adrián se acercó.
Lucía repitió:
—Mauro.
—No voy a responder esa pregunta por teléfono.
Eso no era una negación.
Tampoco una admisión.
—¿Conoce a Santiago Mera?
La reacción fue mínima pero perceptible.
—No.
—Ese nombre aparece en solicitudes de documentación vinculadas con el mismo tema.
—Habrá muchos Santiagos.
—¿Usó alguna vez ese nombre?
—No.
Respuesta directa.
Lucía anotó.
—¿La asociación de estudios históricos?
—Participé.
—Rodrigo dice que la dirigía.
—Durante un tiempo.
—¿Seguía activa cuando se hicieron esas solicitudes?
—No formalmente.
Eso hacía extraño que alguien la utilizara como afiliación.
—¿Quién podía seguir usando el nombre?
—Cualquiera que tuviera membrete viejo.
Lucía observó.
—¿Usted tenía?
—Supongo.
No ayudaba.
—¿Varela se alejó de usted porque exageraba sus conclusiones?
Silencio.
Después:
—Rodrigo sigue siendo encantador.
Lucía no se desvió.
—¿Es cierto?
—Manuel y yo teníamos formas distintas de contar las cosas.
—¿Él le pidió que dejara de usar material de su investigación?
Seara tardó.
—Sí.
Eso era importante.
—¿Cuándo?
—Meses antes de morir.
—¿Por qué?
—Porque pensaba que convertía hipótesis en certezas.
Lucía sintió que la frase encajaba exactamente con lo que habían visto.
—¿Y era cierto?
Seara rió brevemente.
—A veces.
La admisión directa la sorprendió.
—Entonces.
—Lucía, contar historia también exige que alguien quiera leerla.
—Eso no permite cambiar el grado de certeza de una fuente.
—No.
—Pero lo hizo.
—Alguna vez.
Lucía dejó el silencio.
—¿Conocía la inscripción de la piedra?
—Sí.
—¿Lavacolla?
—Sí.
—¿Apóstol?
Seara tardó.
—Manuel me dijo que era posible.