El silencio de Santiago (Los Secretos de España 4) BLOQUE 3
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Tomás Riveiro respondió al tercer intento.

La voz sonó cautelosa.

—¿Sí?

Lucía miró a Adrián antes de hablar.

—Tomás Riveiro.

Hubo un silencio breve.

—Sí.

—Soy Lucía Orive. Estamos revisando el trabajo de Manuel Varela sobre los antiguos accesos de peregrinos a Santiago.

La pausa fue más larga.

—¿Quién les dio mi número?

—Celia Barreiro.

Riveiro respiró al otro lado.

—Entonces ya hablaron con ella.

—Sí.

—¿Y con Álvaro?

—También.

La respuesta pareció incomodarlo.

—¿Qué quieren de mí?

—Saber qué encontró Manuel la noche que murió.

No hubo reacción inmediata.

Lucía continuó:

—Celia nos mostró un mensaje. Usted creía haber ubicado el llamado alto de la vista.

Riveiro no negó.

—Creía tener una correspondencia probable.

Lucía observó la precisión.

—¿Probable?

—No estaba cerrada.

—¿Qué faltaba?

—Una referencia.

—¿Cuál?

Riveiro guardó silencio.

Adrián se acercó para escuchar mejor.

—Tomás —dijo Lucía—, Manuel murió esa misma noche. Desde entonces faltan su libreta y una pieza de piedra que estaba estudiando. Alguien está enviándonos fotografías de sus notas. Necesitamos saber qué encontró usted.

La voz de Riveiro cambió.

—No sé nada de la piedra.

—No le pregunté si se la llevó.

—Ya sé cómo suena todo esto.

—Entonces ayúdenos a no interpretarlo mal.

Otro silencio.

Finalmente:

—No voy a hablar por teléfono.

Lucía miró la hora.

—¿Dónde?

Riveiro dudó.

—En una hora. Alameda.

—¿Qué punto?

—Cerca del paseo central.

—Vamos.

Antes de cortar, Riveiro añadió:

—No lleven a nadie más.

Lucía miró a Adrián.

—Solo estamos nosotros.

—Mejor.

La llamada terminó.

Adrián guardó el teléfono.

—Eso fue bastante misterioso para alguien que trabaja con cartografía.

—O bastante prudente para alguien que sabe que Varela murió después de reunirse con él.

Adrián asintió.

No hicieron más comentarios.

La Alameda estaba húmeda por la lluvia reciente.

El cielo seguía gris, aunque algunas zonas más claras comenzaban a aparecer entre las nubes.

Tomás Riveiro los esperaba junto a uno de los paseos.

Tendría unos cuarenta y cinco años.

Llevaba una mochila pequeña y una carpeta plástica enrollada bajo el brazo.

No extendió la mano.

—Lucía.

—Sí.

Miró a Adrián.

—Adrián Salvatierra.

Él asintió.

Riveiro señaló un banco, pero no se sentó.

—Prefiero caminar.

Lucía no preguntó por qué.

Empezaron a avanzar.

—Celia les contó que trabajaba con Manuel —dijo Riveiro.

—Nos contó que georreferenciaba documentación para él.

—Eso hacía.

—¿Desde cuándo?

—Años.

—¿Por qué dejó de aparecer en sus notas recientes?

Riveiro miró al frente.

—Porque discutimos.

Adrián se acercó.

—Todos discutían con Varela.

Tomás sonrió sin humor.

—Manuel era bueno consiguiendo eso.

Lucía no se desvió.

—¿Por qué discutieron ustedes?

—Porque empezó a utilizar mis reconstrucciones como si fueran posiciones demostradas.

Lucía se detuvo apenas.

—¿No lo eran?

—Algunas sí. Otras eran aproximaciones.

Eso era importante.

Riveiro continuó:

—Una cosa es reconstruir la posición probable de un elemento mediante linderos y distancias antiguas. Otra es poner un punto sobre un mapa moderno y olvidar el margen de error.

Lucía asintió.

Estaba completamente de acuerdo.

—¿Eso ocurrió con la señal?

—Sí.

—¿Y con el alto de la vista?

Tomás la miró.

—Ahí fue peor.

—Explíquese.

Riveiro abrió la carpeta.

Sacó una reproducción de un plano moderno sobre el que había varias líneas superpuestas.

No parecían rutas completas.

Eran trazados parciales con zonas de incertidumbre.

Lucía agradeció esa diferencia.

—Esto es lo que hicimos.

Señaló una línea que llegaba desde el este.

—La vía de llegada antigua podía reconstruirse con bastante seguridad hasta esta zona.

Después el trazado se abría.

—¿Por qué?

—Porque las referencias cambian.

Una fuente hablaba de la casa de espera.

Otra mencionaba una calle que ya no existe con ese nombre.

Más adelante aparecía la primera referencia al alto de la vista.

Lucía observó.

Riveiro había dejado un área sombreada.

—¿Éste era el margen de error?

—Sí.

—¿Grande?

—Lo suficiente para que no pudiera señalar una esquina concreta.

Adrián observó.

—Pero Manuel escribió que usted había colocado el alto.

—Porque esa noche apareció una referencia nueva.

Lucía levantó la vista.

—¿Cuál?

Riveiro sacó otra hoja.

Era una transcripción.

—Esto.

Lucía leyó:

«Desde el abrigo se sigue hasta el alto donde se toma vista del Apóstol. Queda la fuente menor al costado del mediodía.»

Lucía se detuvo.

—Una fuente menor.

—Sí.

Ese segundo elemento podía reducir considerablemente el área.

—¿Se conserva?

Riveiro negó.

—No con esa función.

—¿Pero puede localizarse?

—Aproximadamente.

Lucía observó el mapa.

Tomás señaló un punto.

—Una relación posterior permite situar una fuente antigua en este sector.

Cuando proyecté la descripción, el área del alto se redujo bastante.

Adrián observó.

—¿Hasta cuánto?

—Unos veinte metros de margen.

Lucía asintió.

Seguía siendo demasiado para afirmar una posición exacta, pero era mucho mejor que una zona amplia.

—¿Y qué encontró Varela?

Riveiro volvió a enrollar parte del plano.

—Otra descripción.

—¿Dónde?

—No me dijo.

—¿Qué decía?

Tomás la miró.

—Que desde el alto podía verse una parte concreta de la iglesia.

Lucía sintió que eso podía resultar decisivo.

—¿Cuál?

—La cabecera.

Adrián frunció el ceño.

—¿No la fachada?

—No.

Riveiro negó.

—La fachada que hoy domina la llegada pertenece a una configuración posterior. Manuel estaba intentando reconstruir qué podía reconocer un peregrino del siglo XV desde un punto situado antes del descenso final.

Lucía observó.

Eso era exactamente el núcleo de la investigación.

No podían proyectar la imagen actual de la Catedral hacia atrás.

—¿Cómo usó esa referencia?

—Con visibilidad.

—¿Una reconstrucción?

—Sí.

Tomás volvió a desplegar el plano.

Había marcado edificios desaparecidos o de altura aproximada cuando la documentación permitía hacerlo.

—No es una simulación perfecta —advirtió—. No sabemos la altura exacta de todo el entorno.

—Entonces no puede demostrar visibilidad.

—No por sí sola.

Buena respuesta.

—Pero puede descartar puntos desde los que la descripción sería imposible.

Lucía asintió.

Eso sí.

Un modelo podía ayudar a eliminar ubicaciones incompatibles.

No necesariamente elegir una única.

Riveiro señaló una zona.

—Desde acá la cabecera podría haber sido visible.

Después indicó otra.

—Desde acá, con la configuración que podemos reconstruir, resulta mucho menos probable.

El área se reducía.

Lucía observó.

—¿Manuel estuvo de acuerdo?

—Sí.

—¿Éste era el punto que creyó haber encontrado?

—No todavía.

Riveiro continuó:

—Esa noche apareció una última referencia.

Lucía permaneció inmóvil.

—¿Cuál?

Tomás tardó en responder.

—Una distancia desde la casa de espera.

—¿Otra medida?

—Sí.

Adrián se acercó.

—¿La tiene?

Riveiro negó.

—Manuel la escribió en su libreta.

Otra vez.

—¿La recuerda?

—No exacta.

Lucía observó su reacción.

—Inténtelo.

—Treinta y algo.

—¿Varas?

—Sí.

Eso podía bastar para combinarlo con las otras referencias si encontraban la fuente.

—¿Desde qué punto de la casa?

—Eso era el problema.

Riveiro señaló la planta.

—La casa cambia de forma entre documentos.

Si se mide desde una esquina posterior, el resultado cae demasiado al norte.

Desde una referencia más antigua, el punto entra dentro del área que habíamos obtenido por visibilidad.

Lucía sintió que otra vez aparecía el mismo patrón.

Una medida podía ser correcta y fallar por utilizar una configuración posterior.

—¿Varela encontró la fase adecuada?

—Eso creyó.

—¿Cómo?

—Con un documento que mencionaba una pared baja junto a la casa.

Lucía esperó.

—¿Dónde está ese documento?

—No lo sé.

—¿Él sí?

—Sí.

—Entonces usted no lo vio.

—Solo la anotación.

Lucía sintió frustración.

La libreta seguía concentrando las correcciones finales.

—¿Qué escribió?

Tomás recordó.

—Algo parecido a «medir desde el muro de llegada, no desde la casa posterior».

Adrián observó.

—Otra vez el punto de partida.

—Sí.

Riveiro asintió.

—Manuel estaba obsesionado con eso al final.

Lucía pensó en todas las correcciones.

La piedra había cambiado de posición.

El paso había cambiado de nombre.

Ahora también la casa había cambiado de forma.

La ciudad posterior estaba empujando constantemente las medidas antiguas hacia lugares incorrectos.

—Entonces ¿consiguieron ubicar el alto?

—Con un margen pequeño.

—¿Cuánto?

—Menos de diez metros.

Eso ya era mucho más preciso.

—¿Dónde?

Riveiro no respondió.

Lucía lo miró.

—Tomás.

—No quiero decirlo todavía.

—¿Por qué?

—Porque alguien ya intentó entrar en un lugar guiándose por una reconstrucción incompleta de Manuel.

Adrián frunció el ceño.

—San Paio.

—Sí.

—Pero esa ubicación estaba mal.

—Precisamente.

Riveiro guardó el mapa.

—Una posición aproximada terminó convertida en destino físico.

Después alguien forzó un acceso.

No pienso repetirlo.

Lucía entendía el argumento.

—No necesitamos una dirección exacta ahora.

—Entonces sigamos así.

—Pero necesitamos saber qué hizo Manuel después.

Tomás continuó caminando.

—Fuimos al área.

Lucía lo miró.

—¿Esa misma noche?

—Sí.

—Entonces sí se reunió con usted.

—Sí.

La declaración de Celia quedaba confirmada.

—¿A qué hora?

Tomás dio una aproximación.

Era después del mensaje en el que Varela había escrito que Riveiro creía haber colocado el alto.

—¿Qué hicieron?

—Recorrimos el sector desde el exterior.

—¿Entraron en alguna propiedad?

—No.

—¿Tocaron algo?

—No.

Eso era importante.

—¿Qué buscaban visualmente?

—La relación entre la pendiente y la línea hacia la Catedral.

Lucía observó.

—¿Podían verla?

—Desde un punto, sí.

—¿La cabecera?

—Parcialmente, con la configuración actual no sirve como prueba.

Lucía asintió.

La ciudad moderna había cambiado demasiado.

Tomás continuó:

—Pero Manuel estaba convencido de que el lugar encajaba con la descripción antigua.

—¿Usted?

—Decía que era compatible.

Otra vez la palabra correcta.

Adrián preguntó:

—¿Discutieron ahí?

Riveiro sonrió apenas.

—No esa noche.

—¿Entonces qué pasó?

Tomás dejó de caminar.

Miró hacia los árboles.

—Manuel recibió una llamada.

Lucía se detuvo.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Escuchó algo?

—Muy poco.

—¿Qué dijo Manuel?