BLOQUE 2 #3
Eso significaba que quizá no hubiera ninguna pieza material que encontrar.
El punto podía haber desaparecido bajo transformaciones urbanas o perder visibilidad cuando cambiaron las construcciones.
—¿Varela llegó a ubicarlo?
Celia guardó silencio.
Lucía esperó.
—Creo que sí.
—¿Por qué cree?
—Porque la última vez que hablamos me dijo que había encontrado una referencia que permitía medir desde allí hasta una de las entradas.
Adrián se acercó.
—¿Otra distancia?
—Sí.
—¿Cuál?
Celia negó.
—No me la dijo.
Lucía sintió que aparecía otra parte del trabajo final perdido.
—¿Estaba en la libreta?
—Supongo.
Otra vez esa palabra.
Lucía abrió el teléfono.
—Muéstreme las fotos que tomó.
Celia buscó en su ordenador.
Abrió una carpeta.
Las imágenes aparecieron por fecha.
Lucía reconoció algunas páginas que ya habían visto parcialmente en mensajes.
Los diecisiete nombres.
Un esquema temprano de la señal.
También una nota sobre rutas diferenciadas tachada después.
Lucía se acercó.
En una página, Varela había escrito:
«Piedra = regreso. Vista = entrada.»
Adrián leyó.
—Ahí está.
Lucía sintió que la frase ordenaba todo.
La piedra servía para el retorno hacia el camino cuando alguien faltaba.
El punto de vista, en cambio, orientaba la aproximación final hacia la iglesia.
Dos funciones.
Dos momentos.
No un único símbolo que gobernara toda la llegada.
Celia señaló la anotación.
—Cuando Manuel escribió esto, empezó a abandonar la teoría de accesos diferenciados por condición.
—Porque las variantes podían depender de disponibilidad y de la situación de la partida.
—Sí.
Lucía preguntó:
—¿Por qué fotografió esa página?
Celia sonrió con cansancio.
—Porque me estaba demostrando que yo también estaba equivocada.
La respuesta sonó auténtica.
No demostraba nada sobre lo ocurrido después.
Pero explicaba la colaboración.
Adrián observó la carpeta.
—¿Hay fotografías posteriores?
—No.
—Entonces no tiene las correcciones finales.
—No.
Lucía preguntó:
—¿Quién pudo tenerlas?
Celia la miró.
—La última persona que vio a Manuel con vida.
El silencio cambió.
—¿Quién fue? —preguntó Lucía.
Celia tardó.
—No Rodrigo.
—¿Reigosa?
—No.
Lucía esperó.
Celia cerró la carpeta de fotografías.
—Un hombre llamado Tomás Riveiro.
Adrián tomó nota.
—¿Quién es?
—Trabajaba con Manuel en la reconstrucción cartográfica.
Lucía frunció el ceño.
Ese nombre no había aparecido en ningún momento.
—¿Por qué nadie lo mencionó?
Celia respondió:
—Porque Manuel dejó de hablar de él pocas semanas antes de morir.
—¿Discutieron?
—No lo sé.
—¿Qué hacía Riveiro exactamente?
—Georreferenciaba planos antiguos sobre cartografía moderna.
Lucía sintió inmediatamente la importancia.
Era precisamente la persona capaz de convertir medidas y referencias documentales en ubicaciones actuales.
—Entonces podía conocer la posición de la señal.
—Sí.
—Y el alto de la vista.
Celia negó lentamente.
—Eso fue lo último que intentaron ubicar juntos.
Lucía observó a Adrián.
El mapa contemporáneo acababa de cambiar.
Hasta ahora habían seguido historiadores y arquitectos.
Tomás Riveiro tenía una función distinta.
Podía convertir el trabajo documental de Varela en puntos concretos sobre la ciudad actual.
—¿Cuándo estuvo con Manuel por última vez?
Celia respondió:
—La noche del accidente.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Está segura?
—Manuel me escribió antes de encontrarse con él.
—¿Qué dijo?
Celia abrió una conversación antigua.
Buscó el mensaje.
Lo mostró.
«Riveiro cree haber colocado el alto. Si coincide con la relación, mañana podremos reconstruir la llegada sin depender de la piedra.»
Lucía leyó otra vez.
La piedra dejaba definitivamente de ser el centro.
Varela esperaba reconstruir la llegada mediante documentos y geografía histórica.
—¿Dónde iban a reunirse?
—No lo dijo.
—¿Riveiro declaró haberlo visto?
—No lo sé.
—¿Tiene su contacto?
Celia asintió.
Lucía tomó el número.
Antes de levantarse, volvió a mirar la página fotografiada:
«Piedra = regreso. Vista = entrada.»
La explicación histórica empezaba a adquirir una lógica sorprendentemente simple.
Los peregrinos que llegaban incompletos podían detenerse antes de entrar.
La señal de piedra permitía reconocer el camino de retorno si era necesario auxiliar a alguien.
Una vez reunida la partida, continuaban hasta un punto desde donde la iglesia se hacía visible y desde allí se organizaba el descenso hacia el acceso disponible.
No había una ruta secreta.
Había una secuencia funcional adaptada a una ciudad cambiante.
Lucía guardó el contacto de Tomás Riveiro.
El misterio contemporáneo, en cambio, acababa de volverse más complicado.
Alguien tenía las notas finales de Manuel Varela.
Alguien conocía correcciones escritas después de que Celia fotografiara la libreta.
Y ahora sabían que, la noche en que Varela murió, debía reunirse con la persona capaz de transformar sus últimas referencias históricas en una ubicación concreta sobre Santiago.
Lucía miró el número.
Por primera vez tenían a alguien que quizá no necesitara preguntar dónde había terminado el camino.
Podía haberlo calculado.