CAPÍTULO 5 Otra ruta hacia el Apóstol #2
Los documentos empezaban a bastar para reconstruir la organización de llegada.
El objeto podía confirmar.
No dirigir.
Adrián preguntó:
—¿Por eso volvió al archivo dos días después de su muerte?
Reigosa asintió.
—Quería ver si las relaciones de espera sostenían la interpretación sin la pieza.
—¿Y la sostienen?
—Más de lo que yo esperaba.
Lucía observó.
Eso era significativo.
—Entonces ¿qué sigue discutiendo?
—La extensión.
—¿Qué extensión?
Reigosa volvió a abrir el esquema.
—Manuel empezaba a creer que el sistema de espera no estaba vinculado solamente con la vía oriental.
Lucía frunció el ceño.
Hasta ahora todos los documentos fuertes se relacionaban con peregrinos que llegaban desde el este.
—¿Qué otra vía?
Reigosa señaló un sector diferente.
—Hay referencias a caminantes que llegan por otra entrada y también esperan antes de continuar.
Adrián se acercó.
—¿Otro punto de espera?
—No sabemos.
Lucía observó.
Eso podía cambiar mucho.
Si existían prácticas similares en otras aproximaciones, la casa de espera oriental no sería una excepcionalidad.
Podía formar parte de una forma más amplia de organizar llegadas.
—¿Dónde está la fuente?
Reigosa abrió otra hoja.
«Los de la vía del norte aguardarán junto al hospital si no estuvieren completos.»
Lucía se quedó en silencio.
No era la misma casa.
Ni la misma señal.
Pero la función era comparable.
Eso reforzaba que el caso de Martín no perteneciera a un rito particular del acceso oriental.
Era una respuesta práctica a grupos fragmentados.
Adrián observó.
—Entonces la idea de ruta reservada se debilita todavía más.
—Sí.
Reigosa parecía decirlo con cierta incomodidad.
Quizá porque había defendido esa interpretación durante años.
Lucía lo entendió.
Cambiar de hipótesis después de haber publicado no era sencillo.
Pero también era parte del trabajo serio.
—¿Manuel conocía esto?
—Lo encontró al final.
—¿En su libreta?
—Sí.
Lucía se detuvo.
—¿La vio?
Reigosa miró la mesa.
—Sí.
Adrián se inclinó.
—¿Cuándo?
—El día antes de que muriera.
Lucía sintió que por fin se acercaban a la pregunta contemporánea.
—¿Tuvo la libreta en sus manos?
—Sí.
—¿Se la llevó?
Reigosa levantó la vista.
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Dónde la vio?
—En el café donde nos reunimos.
—¿Después de San Paio?
Reigosa calculó.
—No. Antes de que fuera con Rodrigo.
Eso era importante.
La libreta seguía con Varela antes de la visita a San Paio.
Después podía haberla llevado consigo.
—¿Qué había anotado?
—No leí todo.
—¿Vio la lista de los diecisiete?
Reigosa se quedó quieto.
Adrián observó.
—La vio.
Reigosa asintió.
—Sí.
Entonces conocía la cifra que el remitente anónimo había utilizado.
Eso lo convertía en posible fuente de los mensajes.
No en autor demostrado.
Lucía siguió.
—¿Vio a Martín como dieciocho?
—No.
Eso era interesante.
—Entonces esa anotación fue posterior.
—Probablemente.
—¿Vio las cuarenta y dos varas?
—Sí.
—¿La corrección sobre no medir desde la piedra conservada?
—No.
Eso situaba esa nota después de su reunión.
El remitente anónimo tenía acceso a una fase posterior del trabajo de Varela que Reigosa, según decía, no había visto.
Lucía lo observó con más atención.
—¿Por qué me advirtió que no confiáramos en quien tiene la libreta?
Reigosa se tensó.
—Porque sé que alguien la usa.
—¿Cómo?
—Recibí mensajes.
Adrián y Lucía se miraron.
—¿Cuándo? —preguntó ella.
—Después de la muerte de Manuel.
—¿Del mismo número?
—No siempre.
Lucía se inclinó.
—¿Qué decían?
Reigosa sacó el teléfono.
Buscó.
Mostró uno.
«No estabas equivocado sobre la otra entrada.»
Lucía leyó.
Otro:
«Manuel encontró la prueba después de verte.»
Más abajo:
«La libreta está completa.»
Adrián observó.
—Entonces alguien también lo está guiando.
Reigosa negó.
—No. Alguien intenta empujarme hacia mi antigua teoría.
Eso era mucho más interesante.
Lucía volvió al primer mensaje.
No estabas equivocado sobre la otra entrada.
El remitente parecía querer reactivar la interpretación de un acceso diferenciado.
—¿Respondió?
—Al principio.
—¿Qué dijo?
Reigosa mostró.
¿Quién eres?
No hubo respuesta.
Después había enviado:
Manuel había descartado esa hipótesis.
La contestación:
«Solo públicamente.»
Lucía se quedó inmóvil.
—Eso es falso.
—Eso pensé.
—¿Por qué?
—Porque discutimos justo lo contrario.
Varela había cambiado de interpretación.
Si alguien estaba utilizando su libreta para insinuar que secretamente sostenía una ruta reservada, podía estar manipulando sus notas.
Eso encajaba con la frase que Rodrigo había recordado:
«Si encuentra el punto antes que yo, va a convertirlo en otra cosa.»
Quizá Varela no temía que alguien robara el descubrimiento.
Temía que utilizara elementos de su investigación para sostener una teoría que él mismo había abandonado.
Adrián preguntó:
—¿Quién querría hacer eso?
Reigosa lo miró.
—Alguien que necesite una ruta excepcional.
—¿Para qué?
—Para demostrar que existía un acceso distinto hacia el Apóstol.
Lucía observó.
No tenía que ser una conspiración.
Podía haber interés académico, comercial o incluso turístico.
Una ruta exclusiva y desconocida resultaba mucho más atractiva que una explicación basada en logística de peregrinos retrasados.
—¿Tiene un nombre? —preguntó.
Reigosa dudó.
—Una persona llevaba años buscando algo parecido.
Lucía esperó.
—Celia Barreiro.
Adrián levantó la vista.
El nombre ya había aparecido.
Lucía no mostró sorpresa.
—Clara dijo que trabaja sobre hospitalidad.
—Sí.
—Eso no parece llevarla hacia una ruta reservada.
—Porque ésa no era su hipótesis original.
Reigosa abrió otro documento.
Era un artículo antiguo de Barreiro.
El título hablaba de diferenciación de accesos en la llegada jacobea tardomedieval.
Lucía leyó el resumen.
Celia había planteado que ciertas instituciones podían organizar itinerarios diferentes según el origen o condición de algunos viajeros.
No afirmaba un acceso secreto.
Pero sí consideraba posible una diferenciación más fuerte de la que los nuevos registros parecían demostrar.
—¿Varela discutía con ella?
—Más que conmigo.
Lucía cerró el documento.
—Eso no convierte a Barreiro en quien envía los mensajes.
—No dije que lo hiciera.
Bien.
Reigosa mantenía cierta prudencia.
Adrián preguntó:
—¿Ella vio la libreta?
Reigosa pensó.
—No delante de mí.
—¿Sabía de la pieza sesenta y dos?
—Sí.
—¿Intentó verla?
—No lo sé.
Lucía recordó que Celia había vuelto al archivo tres días después de la muerte de Varela.
Podía haberlo hecho por razones legítimas.
Necesitaban hablar con ella.
Pero todavía no.
Primero quería terminar la conversación con Reigosa.
—¿Qué fue lo último que Manuel le dijo?
Reigosa bajó la mirada.
—Que habíamos estado buscando una puerta especial cuando lo especial era que no hacía falta ninguna.
Lucía esperó.
Reigosa continuó:
—Dijo que los peregrinos no necesitaban una ruta reservada. Necesitaban saber qué hacer cuando alguien de su partida todavía estaba en el camino.
Eso coincidía exactamente con los documentos.
—¿Lo dijo antes o después de encontrar la otra vía de espera?
—Después.
Lucía sintió que la interpretación de Varela quedaba mucho más definida.
Había llegado a una conclusión general:
la práctica de espera no demostraba una ruta exclusiva.
Demostraba organización.
Los grupos incompletos podían ser retenidos o desviados antes de entrar.
La ruta utilizada dependía de las condiciones y de la configuración urbana.
Adrián observó el esquema.
—Entonces «Otra ruta hacia el Apóstol» no sería una ruta secreta.
Lucía lo miró de inmediato.
No iba a permitir metanarrativa.
Adrián reformuló:
—Lo que tenemos es otra forma de llegar.
—En determinadas circunstancias.
—Sí.
Reigosa asintió.
—Eso era lo que Manuel intentaba explicar.
Lucía se quedó mirando los dos recorridos.
Uno directo.
Otro condicionado por la espera.
No competían necesariamente.
Podían formar parte del mismo sistema de llegada.
Un peregrino completo seguía.
Otro aguardaba.
Si su partida se reunía, continuaba después por el acceso disponible.
La ciudad medieval aparecía menos ceremonial y más humana.
Eso la hacía más interesante.
Reigosa guardó sus papeles.
—¿Van a hablar con Celia?
—Sí.
—No le digan que yo la mencioné.
Lucía lo miró.
—No prometo eso.
Reigosa sonrió con amargura.
—Me lo imaginaba.
Antes de levantarse, Lucía preguntó:
—Una última cosa.
—¿Qué?
—¿Usted sabe dónde está la piedra?
Reigosa negó.
—No.
—¿Sabe quién puede tenerla?
—No.
—¿La buscaría si supiera dónde está?
Reigosa tardó.
—Sí.
La sinceridad volvió.
—¿Por qué?
—Porque quiero verla.
—¿Para demostrar su teoría anterior?
Reigosa negó.
—Para saber si estaba equivocado.
Lucía observó.
Eso era diferente.
Y profundamente humano.
Salieron del café poco después.
La lluvia había vuelto a cubrir Santiago.
Adrián caminó unos metros en silencio.
—Reigosa no me parece el anónimo.
—Eso no demuestra que no lo sea.
—Pero los mensajes que recibió parecen intentar manipularlo también.
—Si son auténticos.
Adrián la miró.
—Siempre hay una puerta más.
Lucía no respondió.
Había algo que la inquietaba.
El remitente no estaba enviando la misma información a todos.
A ellos les daba pistas que conducían hacia la explicación práctica.
A Reigosa parecía empujarlo hacia una interpretación que Varela había abandonado.
Eso significaba que el objetivo podía no ser simplemente revelar la verdad.
Podía estar intentando enfrentar interpretaciones.
O conducir a cada investigador hacia el lugar donde fuera más fácil prever su reacción.
Lucía sacó el teléfono.
Buscó el contacto de Celia Barreiro.
La llamó.
Respondió una mujer.
—¿Sí?
—Celia Barreiro.
—Sí.
—Soy Lucía Orive.
Silencio.
Después:
—Tardaron bastante.
Lucía se detuvo bajo la lluvia.
Adrián también.
—¿Nos esperaba?
—Desde que alguien empezó a mandar fotografías de la libreta de Manuel.
Lucía sintió que la investigación acababa de abrirse otra vez.
—¿También recibió mensajes?
Celia respondió:
—No.
—Entonces ¿cómo sabe lo de las fotografías?
La mujer guardó silencio.
Lucía esperó.
Finalmente, Celia dijo:
—Porque fui yo quien tomó algunas.