BLOQUE 2
Lucía no respondió enseguida.
La frase de Celia Barreiro había sido demasiado precisa.
«Porque fui yo quien tomó algunas.»
La lluvia golpeaba el paraguas de Adrián mientras ambos permanecían quietos junto a la entrada de un comercio cerrado.
Lucía acercó el teléfono.
—¿Qué fotografías?
Celia tardó en contestar.
—Las de la libreta de Manuel.
—¿Cuántas?
—No lo recuerdo exactamente.
—Inténtelo.
Otro silencio.
—Varias páginas.
Lucía observó a Adrián.
Él ya había entendido.
Celia podía ser la fuente de parte del material que alguien estaba utilizando para enviarles mensajes.
Eso no significaba que fuera la remitente.
—¿Cuándo las tomó?
—Antes de que muriera.
Lucía frunció el ceño.
—¿Con permiso?
—Sí.
—¿Manuel sabía que estaba fotografiando su libreta?
—Estaba delante.
Eso modificaba bastante la situación.
Lucía había imaginado por un momento que Celia podía haber accedido a las notas después de la muerte de Varela.
Según ella, no había ocurrido así.
—¿Por qué se las permitió?
—Porque estábamos comparando documentación.
—¿Dónde?
—En mi casa.
Adrián hizo un gesto.
Lucía continuó.
—¿Cuándo fue eso?
Celia dio una fecha.
Era cuatro días antes del accidente.
Eso situaba las fotografías antes de las correcciones finales que Varela parecía haber realizado después de visitar la colección Mosquera y recorrer San Paio.
—Entonces usted no fotografió la libreta completa.
—No.
—¿Vio la anotación de las cuarenta y dos varas?
Celia tardó.
—Sí.
—¿Decía que no debía medirse desde la posición conservada de la piedra?
—No.
Eso coincidía con la cronología que ya habían reconstruido.
Aquella corrección era posterior.
Lucía siguió.
—¿Vio la lista de los diecisiete casos?
—Sí.
Adrián levantó la mirada.
Celia tenía acceso a otra de las piezas utilizadas por el remitente.
—¿Vio a Martín como dieciocho?
—No.
Otra coincidencia.
La incorporación de Martín había ocurrido después.
Por lo tanto, si Celia decía la verdad, las fotografías que tomó no podían contener algunas de las páginas que estaban recibiendo.
Alguien más había tenido acceso posterior.
—¿Por qué dijo que sabía que alguien estaba enviando fotografías?
Celia respiró.
—Porque una de las que circuló la hice yo.
—¿Cuál?
—La página donde Manuel había anotado los nombres.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Circuló dónde?
—Me llegó hace una semana.
—¿De quién?
—Un número desconocido.
Lucía miró a Adrián.
El patrón se repetía.
—¿Todavía conserva el mensaje?
—Sí.
—No lo borre.
—No pensaba hacerlo.
Lucía preguntó:
—¿Qué decía?
Celia respondió:
«Todavía falta uno.»
Lucía sintió que la frase encajaba con el mensaje posterior:
«Martín era el dieciocho.»
Quien enviaba las fotografías había tomado una imagen antigua, hecha por Celia antes de que Martín fuera incorporado a la reconstrucción, y después la había utilizado para anticipar el descubrimiento posterior.
Eso implicaba acceso a dos momentos diferentes del trabajo de Varela.
—¿A quién envió usted sus fotografías?
—A nadie.
Lucía esperó.
Celia añadió:
—Excepto a Manuel.
—Entonces existían en su teléfono y en el de Varela.
—Sí.
Eso ampliaba las posibilidades.
Si alguien había accedido al teléfono de Varela después de su muerte, podía tener las fotografías tomadas por Celia junto con imágenes posteriores.
—Necesitamos vernos.
—Ya lo supuse.
—¿Hoy?
—Ahora no puedo.
Lucía miró a Adrián.
—Esta tarde.
Celia dudó.
—A las seis.
—¿Dónde?
La mujer dio una dirección cercana al centro.
Antes de cortar, Lucía preguntó:
—¿Conoce la pieza sesenta y dos?
Celia guardó silencio.
—Sé que existe.
—¿La vio?
—No.
—¿Intentó verla?
—Sí.
—¿Los Mosquera la dejaron entrar?
—No.
Eso coincidía con Reigosa.
Más de un investigador había intentado acceder a la colección.
No podía extrañarla.
Una pieza capaz de aportar evidencia material sobre un problema histórico relevante despertaría interés.
—¿Cuándo pidió acceso?
—Antes que Manuel.
Lucía se detuvo.
—¿Cuánto antes?
—Meses.
—¿Por qué?
—Porque conocía la ficha antigua.
—¿La inscripción?
—No.
Eso era importante.
Celia había buscado la piedra antes de que Varela descubriera la posible palabra Lavacolla.
—Entonces ¿qué esperaba encontrar?
La respuesta tardó.
—La marca frontal.
—¿La vieira?
—Eso es lo que algunos creen que representa.
Lucía observó.
Celia también mantenía prudencia con la identificación.
—¿Para qué la necesitaba?
—Para una reconstrucción de accesos diferenciados.
Ahí aparecía el vínculo con su trabajo antiguo.
Lucía continuó:
—¿Todavía sostiene esa hipótesis?
—No de la misma manera.
—¿Qué cambió?
—Manuel.
Lucía esperó.
—Me mostró los registros de las partidas incompletas.
Eso explicaba la colaboración entre ambos.
—¿Y qué entendió?
—Que una parte de lo que yo había interpretado como diferenciación institucional podía ser simplemente organización de la llegada.
Lucía observó.
Celia también había revisado su hipótesis.
Eso reducía la imagen de una rivalidad cerrada entre escuelas enfrentadas.
El trabajo de Varela estaba obligando a varias personas a corregir posiciones anteriores.
—Entonces ¿por qué siguió buscando la piedra?
—Porque todavía puede demostrar algo.
—¿Qué?
Celia tardó demasiado en responder.
Lucía insistió.
—¿Qué puede demostrar?
—Que existió una señal física en el punto donde el movimiento se dividía.
—Eso ya aparece en documentos.
—La documentación puede interpretarse.
—También una piedra.
Celia guardó silencio.
Lucía continuó:
—Un objeto aislado no resuelve su función.
—Lo sé.
La respuesta sonó cansada.
—Manuel me repitió eso tantas veces que podría decirlo de memoria.
Adrián sonrió apenas.
Lucía no.
—Nos vemos a las seis.
Cortó.
Durante unos segundos ninguno habló.
Adrián fue el primero.
—Celia tampoco parece la villana que Rodrigo quería vendernos.
—Rodrigo no dijo eso.
—Casi.
—Dijo que defendía una interpretación diferente.
Adrián guardó el teléfono.
—Ahora resulta que todos cambiaron de idea gracias a Varela.
Lucía empezó a caminar.
—Eso puede ser precisamente el problema.
—¿Cuál?
—Si varias interpretaciones publicadas dependen de una lectura que ahora necesita corregirse, el descubrimiento afecta a más de una persona.
Adrián la alcanzó.
—Pero cambiar de idea no es un delito.
—Por supuesto que no.
Lo importante era otra cosa.
Varela parecía haber unido documentación capaz de revisar reconstrucciones consolidadas sobre la llegada medieval.
No hacía falta una conspiración para que existieran resistencias.
Podían surgir desacuerdos metodológicos o intereses profesionales.
La desaparición de la piedra seguía siendo un hecho distinto que todavía no podían relacionar con esos conflictos.
Lucía miró la hora.
—Tenemos varias horas.
—¿Archivo?
Ella lo miró.
—Archivo.
Adrián suspiró.
—Tenía que preguntar.
La nueva búsqueda se centró en una frase encontrada durante la mañana:
«Una vez resuelta la falta, tomarán el paso que se halle libre.»
Lucía quería saber qué significaba se halle libre.
Podía referirse a cierres por obras.
También a restricciones temporales de acceso.
Si existían distintas formas de continuar hacia la Catedral, necesitaban distinguir función y fecha.
El responsable del archivo ya no parecía sorprendido cuando los vio entrar.
—¿Qué falta ahora?
—Relaciones de mantenimiento de accesos próximos al entorno catedralicio durante la segunda mitad del siglo XV.
El hombre la miró.
—Eso es bastante.
—Empecemos por referencias a cierres temporales.
Tardaron.
La primera serie apenas contenía información útil.
Después apareció una relación sobre reparaciones realizadas en un paso próximo al entorno eclesiástico.
La frase decía:
«Mientras dure la obra, los caminantes tomarán el costado hasta volver al acceso acostumbrado.»
Adrián observó.
—Desvío temporal.
—Sí.
Eso explicaba una de las rutas que Reigosa había mostrado.
Lucía siguió.
Otra memoria decía:
«No se tenga por entrada nueva lo que solo sirve durante la reparación.»
Lucía se detuvo.
La advertencia era extraordinariamente útil.
Alguien de la época ya había querido evitar una interpretación equivocada.
Adrián leyó.
—Eso podría haberle ahorrado años a varios investigadores.
—Si hubieran tenido esta fuente.
Lucía pidió la procedencia.
La pieza no había sido citada en las reconstrucciones modernas que habían revisado.
No necesariamente porque alguien la hubiera ocultado.
Podía haber pasado inadvertida dentro de una serie de obras.
Eso demostraba otra vez el peligro de buscar únicamente documentos sobre peregrinos.
Una memoria constructiva podía resolver un problema de circulación.
Adrián señaló una línea.
«Los que vengan desde la casa aguardarán hasta que pueda darse paso.»
Lucía observó.
La casa de espera aparecía vinculada directamente con la reparación.
Eso significaba que algunos grupos podían permanecer allí más tiempo no porque faltara un compañero, sino porque el acceso estaba temporalmente impedido.
—Entonces había al menos dos motivos para esperar —dijo Adrián.
Lucía lo miró.
—No conviertas eso en sistema todavía.
—Está escrito.
—Tenemos un motivo documentado por partida incompleta y otro por cierre del paso. No sabemos si la misma casa funcionaba siempre igual.
Adrián asintió.
Lucía siguió leyendo.
Otra hoja aclaraba:
«Cuando vuelva a abrirse el paso principal, cesará el uso del costado para los caminantes.»
No había duda.
La variante lateral había sido temporal.
Eso debilitaba aún más cualquier reconstrucción que la presentara como itinerario paralelo permanente.
—Reigosa tenía razón al corregirse —dijo Lucía.
Adrián observó.
—Y Varela también.
Sí.
La historia se estaba simplificando.
No porque hubiera menos caminos.
Porque cada uno empezaba a recuperar su función concreta.
Lucía encontró una referencia distinta:
«En días de gran llegada, manténgase también abierto el paso menor.»
Adrián volvió a acercarse.
—Esto sí puede ser simultáneo.
—Sí.
La apertura no dependía de una reparación.
Dependía de la cantidad de personas.
Eso introducía una segunda razón para utilizar una alternativa.
La entrada menor podía funcionar como apoyo durante momentos de mayor afluencia.
No era reservada.
Era complementaria.