El silencio de Santiago (Los Secretos de España 4) BLOQUE 2 #2
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BLOQUE 2 #2

—Porque la señal se conservó en otro lugar durante siglos antes de llegar a la colección privada. No tiene sentido buscarla dentro de una construcción que absorbió el trazado antiguo mucho antes de que la pieza fuera retirada de uso.

Lucía asintió.

Era correcto.

Confundir la posición original de la señal con su ubicación posterior como objeto sería otro error temporal.

—Entonces quien entró buscaba el camino.

—O algo que creyó que estaba asociado con él.

Adrián preguntó:

—¿Varela sabía de algún objeto aparte de la señal?

Rodrigo guardó silencio.

—No que yo sepa.

—¿Documentos escondidos?

—No.

—¿Una marca de orientación?

—Puede ser.

Lucía intervino.

—No especulemos.

Rodrigo soltó una respiración breve.

—Gracias.

Adrián la miró.

Lucía siguió:

—Quiero entender qué encontró Manuel aquí antes de irse.

—Una posible correspondencia entre la fábrica y la dirección del paso antiguo.

—¿Nada más?

—Encontró una medida.

Lucía se detuvo.

—¿Dónde?

—En una anotación que llevaba consigo.

—¿Qué medida?

—Distancia entre la piedra y el giro.

Eso era importante.

—¿La fuente?

—No me la enseñó completa.

—¿La anotó?

—Sí, en su libreta.

La libreta desaparecida.

Lucía sintió que la conversación empezaba a cerrar varios huecos.

—¿Usó esa medida aquí?

—Intentó proyectarla desde la posición que creía original de la señal.

—¿El resultado?

Rodrigo tardó.

—Le daba un punto dentro de la construcción posterior.

Adrián observó.

—Entonces ahí nace el interés por entrar.

—No de Manuel.

Rodrigo respondió con rapidez.

—Él dijo que necesitaba otro documento antes de afirmar nada.

Lucía sintió alivio.

Varela había mantenido prudencia.

—¿Cuál?

—Una relación de nombres antiguos del sector.

Eso era inesperado.

—¿Por qué nombres?

—Porque una de las referencias utilizadas para medir la distancia no coincidía con la denominación moderna.

Lucía comprendió.

Podían estar situando el punto desde un lugar mal identificado.

—Entonces la medida podía estar bien y el punto de partida mal.

—Exactamente.

Adrián observó.

—¿Y eso fue lo último que hizo?

—Aquí, sí.

Lucía preguntó:

—¿Cómo se fue?

—Molesto.

—¿Por la discusión con usted?

Rodrigo tardó.

—Por él mismo.

—Explíquese.

—Manuel llevaba semanas persiguiendo la piedra como si fuera a resolverlo todo. Ese día comprendió que la pieza no bastaba.

Eso coincidía con los mensajes anónimos.

—¿Dijo algo?

—Sí.

Lucía esperó.

Rodrigo respondió:

—Dijo que había cometido el mismo error que criticaba en otros.

—¿Cuál?

—Había convertido una señal móvil en un punto fijo.

Lucía permaneció en silencio.

La frase era fundamental.

La piedra había sido trasladada cuando cambió el acceso.

Si Varela utilizaba una posición posterior para proyectar una medida anterior, podía colocar el giro en un punto equivocado.

Incluso sabiendo que la señal había sido movida, podía no conocer todavía cuánto.

—Entonces necesitaba recuperar la posición exacta anterior al traslado.

—Sí.

Eso explicaba el sobre desaparecido.

«No confundir señal conservada con posición original.»

Adrián preguntó:

—¿Después de San Paio adónde fue?

—No lo sé.

—¿No salieron juntos?

—No.

—¿A qué hora se separaron?

Rodrigo dio una aproximación.

Era entrada la tarde.

—¿Le dijo con quién iba a verse?

—No.

Lucía preguntó:

—¿Mencionó la colección Mosquera?

—Venía de allí.

—¿La inscripción de Lavacolla?

Rodrigo guardó silencio.

—Sí.

—¿Y Apóstol?

Otra pausa.

—También.

Lucía miró a Adrián.

El remitente anónimo conocía información real.

—¿Cómo estaban dispuestas esas palabras?

—Según Manuel, en extremos diferentes del lateral.

—¿Leyó usted la piedra?

—Vi las marcas. No podía asegurar las palabras.

—¿Varela sí?

—Dijo que Lavacolla era bastante probable. Apóstol le parecía menos claro.

Lucía anotó mentalmente el grado de certeza.

El mensaje anónimo había presentado ambas como si fueran igualmente seguras.

No lo eran.

Eso era revelador.

El remitente podía conocer las notas, pero estaba simplificando.

Quizá deliberadamente.

—¿Varela hizo un calco?

—No.

—¿Fotografías?

—Sí.

—¿Las vio?

—Algunas.

—¿Dónde están?

—Supongo que estaban en su teléfono.

Otra vez.

Lucía sintió que el dispositivo de Varela se volvía cada vez más importante.

—¿La policía lo recuperó después del accidente?

Rodrigo respondió:

—No lo sé.

Eso podían averiguarlo.

Lucía volvió al presente.

—Quiero verlo personalmente.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para revisar la reconstrucción que usted hizo con Manuel.

Rodrigo dudó.

—Mañana.

—¿Dónde?

—En mi estudio.

Acordaron una hora.

Antes de cortar, Lucía preguntó una última cosa.

—Rodrigo.

—Sí.

—¿Por qué me dijo al principio que Manuel no tenía que tocar el muro?

El silencio volvió.

—Porque lo hizo.

Lucía miró la base de la pared.

—¿Qué hizo exactamente?

—Raspó una pequeña parte del mortero superficial donde creía que se encontraba la diferencia de fábrica.

Adrián frunció el ceño.

—¿Sin autorización?

—Sí.

Lucía cerró los ojos unos segundos.

Varela había cruzado una línea.

No había abierto un muro.

Pero había intervenido materialmente sin permiso.

—¿Usted intentó detenerlo?

—Sí.

—¿Por eso discutieron?

—En parte.

La voz de Rodrigo cambió.

—Manuel estaba obsesionado con llegar antes que otra persona.

Lucía abrió los ojos.

—¿Quién?

—No me lo dijo.

—¿Usó esas palabras?