BLOQUE 3 #2
Si la piedra había permanecido después de que el recorrido original se modificara, las referencias tardías podían situarla correctamente para su propia época y, aun así, ser inútiles para reconstruir 1486.
Varela no buscaba simplemente dónde había estado la señal.
Buscaba dónde había estado cuando Martín la utilizó.
Adrián observó.
—Por eso escribió «buscar el trazado anterior».
—Sí.
Ahora la anotación tenía sentido.
Lucía cerró la carpeta.
La piedra podía haber sido movida y continuar funcionando durante años.
Después el camino cambió.
Finalmente la señal perdió utilidad.
Si alguien intentaba reconstruir la llegada medieval desde una ubicación posterior, podía enviar a los peregrinos por una vía que todavía no existía.
Ese era el verdadero problema histórico.
No una señal desaparecida.
Una señal desplazada en una ciudad que también había cambiado.
Salieron poco después de las tres.
Teresa había prometido intentar contactar con la familia Mosquera.
No garantizaba respuesta.
Lucía y Adrián caminaron hacia el centro mientras revisaban lo que podían afirmar.
Martín de Armentia había llegado a Compostela el 17 de octubre de 1486.
Eso estaba documentado.
Dos días después aparecía en un registro del paso de la fuente.
También estaba documentado.
La referencia intermedia del día 18 procedía de una colección a la que todavía no tenían acceso.
Debían comprobarla antes de utilizarla.
Adrián caminó un rato en silencio.
—Entonces el peregrino sí llegó.
—Sí.
—Y no desapareció.
—No.
—Solo hizo algo que dejamos de entender.
Lucía observó la calle.
Esa formulación era mejor.
Martín había parecido ausente porque lo habían buscado únicamente donde esperaban encontrar a un peregrino después de llegar a Santiago.
Cuando ampliaban la búsqueda, reaparecía.
No había desaparecido.
Había seguido moviéndose.
—¿Por qué Varela no publicó esto? —preguntó Adrián.
—Quizá todavía estaba investigando.
—O esperaba encontrar la piedra.
Lucía no respondió.
Era posible.
Pero un investigador serio podía esperar simplemente a comprobar la correspondencia entre las fuentes.
No necesitaban convertir cada demora en señal de peligro.
El teléfono vibró.
Otra vez el número desconocido.
Lucía abrió el mensaje.
Había una fotografía.
Esta vez no mostraba documentos.
Mostraba una piedra.
Estaba apoyada horizontalmente sobre una superficie cubierta de polvo.
Solo podía verse una parte.
En uno de los extremos aparecía una marca tallada.
Adrián acercó el rostro.
—¿Es una concha?
Lucía amplió.
No podía asegurarlo.
La talla estaba desgastada.
Podía ser una figura radial o parte de un motivo mayor.
Debajo de la fotografía había una frase:
«Varela llegó hasta aquí.»
Lucía respondió:
¿Dónde está eso?
No obtuvo contestación.
Escribió:
¿La fotografía es de Varela?
Nada.
Adrián observó la imagen.
—Si esa es la piedra...
—No sabemos que lo sea.
—Pero alguien quiere que pensemos que sí.
Lucía guardó la fotografía.
Eso era más interesante.
El remitente estaba construyendo una dirección para ellos.
Primero Martín.
Después la libreta.
Ahora una piedra.
No sabían si estaba ayudándolos o intentando llevarlos hacia una conclusión preparada.
Lucía volvió a abrir la imagen.
En el fondo se veía parte de un muro.
Había una etiqueta pequeña adherida a una superficie vertical.
No podía leerse.
Pero junto al borde inferior aparecía algo que reconoció.
Una numeración pintada.
M-17.
Lucía se detuvo.
Adrián volvió.
—¿Qué viste?
Ella amplió.
M-17.
Sacó la hoja con la referencia de Varela.
F-17 / R-4 / 62.
No eran iguales.
Pero la coincidencia del número bastaba para plantear una posibilidad.
—Mosquera —dijo Adrián.
Lucía no respondió.
Podía ser.
También podía ser cualquier otro sistema de inventario.
No llamarían a una familia acusándola de conservar una pieza desaparecida por una fotografía anónima.
El teléfono sonó.
Esta vez era Teresa.
Lucía atendió.
—¿Sí?
La voz de la mujer había cambiado.
—Hablé con los Mosquera.
—¿Podemos ver la colección?
Hubo una pausa.
—Dicen que no.
—¿Dieron alguna razón?
—Sí.
Lucía esperó.
—La colección está cerrada desde la muerte de Varela.
Adrián escuchaba junto a ella.
—¿Por qué? —preguntó Lucía.
—Porque fue la última persona ajena a la familia que entró en el depósito.
Lucía miró la fotografía de la piedra.
—¿Cuándo?
—La tarde anterior a su accidente.
Lucía permaneció en silencio.
Teresa continuó.
—Hay algo más.
—Decime.
—Pregunté por la referencia que me mostraste.
Lucía apretó el teléfono.
—¿La reconocieron?
—Sí.
La lluvia comenzaba nuevamente sobre Santiago.
—¿Qué es?
Teresa respondió:
—Un registro antiguo de piezas retiradas durante reformas.
Lucía miró a Adrián.
—¿Y la número sesenta y dos?
Teresa tardó apenas un segundo.
—Una señal de piedra.
Lucía no dijo nada.
—¿Tiene descripción?
—Muy poca. La ficha antigua dice que procede de un acceso oriental y que fue retirada cuando dejó de cumplir función.
Lucía sintió que todas las referencias empezaban a acercarse.
—¿Dónde está ahora?
Teresa guardó silencio.
—Eso es lo extraño.
—¿Qué cosa?
—Según los Mosquera, no está en la colección.
Lucía volvió a mirar la fotografía anónima.
—¿Desde cuándo falta?
—No lo saben con seguridad.
—¿La vio Varela?
—Eso tampoco quisieron responderme.
La llamada terminó pocos minutos después.
Adrián permaneció junto a Lucía bajo el alero de un edificio.
La gente pasaba delante de ellos protegiéndose de la lluvia.
—Tenemos una piedra desaparecida —dijo.
Lucía negó.
—Tenemos una pieza que no está donde una ficha antigua dice que debería estar.
Adrián la miró.
—Está bien.
Lucía sabía que parecía una diferencia mínima.
No lo era.
Todavía no podían afirmar que hubiera sido robada ni que la fotografía mostrara esa pieza.
Pero ya tenían una nueva dirección.
Varela había entrado en la colección Mosquera la tarde anterior a morir.
Allí existía un registro sobre una señal retirada de un acceso oriental.
La pieza ya no estaba en el depósito.
Y alguien acababa de enviarles una fotografía de una piedra afirmando que Varela había llegado hasta ella.
Lucía volvió a mirar la marca tallada.
No intentó decidir qué representaba.
Todavía no.
Lo importante era otra cosa.
Martín de Armentia había seguido una señal después de llegar a Compostela.
Más de cinco siglos después, Manuel Varela había intentado reconstruir dónde se encontraba esa señal cuando Martín la vio.
Y la última jornada de su investigación lo había llevado hasta una colección donde figuraba registrada una piedra retirada precisamente de un antiguo acceso oriental.
Lucía guardó el teléfono.
Por primera vez desde que habían llegado a Santiago, ya no buscaban solamente un camino desaparecido.
También necesitaban averiguar qué había ocurrido con la señal que alguna vez lo había indicado.