CAPÍTULO 2 Santiago bajo la lluvia
BLOQUE 1
La lluvia comenzó antes de que pudieran decidir si regresar al hotel.
No cayó de golpe.
Primero apareció como una humedad ligera que parecía suspendida sobre las calles. Después empezó a golpear los adoquines con suficiente fuerza para obligar a quienes caminaban por el casco histórico a buscar refugio bajo soportales y aleros.
Lucía permaneció unos segundos debajo de una cornisa.
Tenía el teléfono todavía en la mano.
La fotografía de la piedra seguía abierta.
Una superficie cubierta de polvo.
Una talla desgastada.
Al fondo, la numeración M-17.
Adrián miró la pantalla.
—Si esa pieza salió de la colección Mosquera, alguien quiere que lo sepamos.
—O quiere que pensemos eso.
—Seguís sin confiar en quien nos está escribiendo.
Lucía guardó el teléfono.
—No sé quién es.
Eso era suficiente.
La persona anónima conocía detalles del trabajo de Varela que no parecían públicos. Había tenido acceso a la sala donde quedaron sus documentos y sabía que la colección Mosquera podía contener una pieza relacionada con la señal.
Eso podía significar cercanía a la investigación.
No demostraba buenas intenciones.
Caminaron bajo la lluvia.
Santiago tenía otro aspecto cuando el agua ocupaba las calles.
Las fachadas de piedra se oscurecían y algunas zonas parecían absorber la luz. Los turistas avanzaban con paraguas inclinados mientras varios peregrinos protegían sus mochilas con cubiertas de colores.
Lucía observó el flujo.
—Quiero hacer el recorrido.
Adrián giró hacia ella.
—¿Ahora?
—Desde la aproximación oriental.
—Con esta lluvia.
—Precisamente.
Adrián la miró unos segundos.
—No creo que Martín de Armentia necesitara que lloviera para llegar.
—No.
Lucía señaló el pavimento.
—Pero las fuentes mencionan desgaste, agua y desplazamientos del camino. Quiero ver el terreno.
No pretendía reconstruir el siglo XV caminando por calles actuales.
Eso sería absurdo.
La ciudad había cambiado demasiado.
Pero la topografía seguía condicionando parte del espacio.
Podían observar pendientes y entender por qué ciertos accesos podían haber resultado más cómodos que otros.
Adrián aceptó.
Comenzaron a alejarse del centro.
Lucía había preparado una ruta aproximada basada en referencias históricas y cartografía posterior.
No era la vía de Martín.
Todavía no podían afirmar eso.
Era simplemente una aproximación al corredor oriental por el que las fuentes indicaban que llegaban algunos caminantes.
A medida que avanzaban, la Catedral desapareció detrás de los edificios.
Adrián se detuvo.
—Esto ya responde algo.
Lucía miró hacia atrás.
—¿Qué?
—Que desde algunos puntos no se ve.
La Catedral había dejado de ser visible.
Lucía observó la calle.
Era evidente.
Pero la ciudad moderna no podía utilizarse directamente para inferir visibilidad medieval.
La altura de las construcciones había cambiado.
También la distribución.
—No nos sirve todavía —dijo.
Adrián asintió.
—Pero tampoco podemos asumir que cualquier peregrino veía la Catedral apenas entraba.
—Eso sí.
La necesidad de una señal dentro de la ciudad dejaba de parecer tan extraña.
Un viajero podía llegar a Compostela sin conocer su trazado.
La presencia de una gran iglesia no garantizaba que supiera cómo alcanzar el acceso adecuado.
La lluvia aumentó.
Entraron en una cafetería pequeña.
Lucía eligió una mesa cerca de la ventana.
Sacó la libreta y comenzó a ordenar lo que sabían de la señal.
Adrián dejó el abrigo sobre una silla.
—Primera mención.
Lucía escribió:
1486 o anterior: señal utilizada por quienes llegan desde la vía oriental.
Después se detuvo.
No quería añadir la fecha como si la fuente hubiera sido escrita exactamente ese año.
La referencia de Martín era de 1486.
La relación de mantenimiento podía corresponder a otro momento cercano.
Corrigió la nota.
Adrián observó.
—Segunda.
Lucía escribió:
La señal permite tomar un paso antes de continuar hacia la iglesia.
La tercera era diferente.
En una intervención posterior, la piedra fue movida y recolocada para conservar su función.
Adrián se sentó frente a ella.
—Y más tarde deja de aparecer cuando cambia la entrada.
Lucía anotó esa transformación sin convertirla en una conclusión cerrada.
Todavía necesitaban reconstruir qué significaba el llamado paso septentrional.
El cambio de acceso podía haber reducido la utilidad de la piedra.
No sabían si esa fue la única razón de su desaparición documental.
El camarero dejó dos cafés.
Adrián esperó hasta que se alejó.
—Hay algo que no me convence.
—¿Qué?
—La colección Mosquera.
Lucía levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque la ficha dice que la señal fue retirada de un acceso oriental.
—Sí.
—Y Varela entra ahí justo antes de morir.
Lucía esperó.
—Después alguien nos manda una foto de una piedra.
—Sí.
—¿Y todavía no pensás que están conectadas?
Lucía tomó el café.
—Pienso que pueden estar conectadas.
No era lo mismo.
Adrián lo sabía.
Lucía continuó.
—La ficha puede referirse a otra señal. La fotografía puede ser de otra piedra. M-17 puede no tener ninguna relación con Mosquera.
—Todo junto empieza a ser mucha coincidencia.
—Empieza.
Eso era cuanto podía conceder.
Adrián sonrió.
—A veces me pregunto si alguna vez te permitís entusiasmarte antes de tener tres documentos firmados.
Lucía lo miró.
—Dos pueden alcanzar.
Adrián soltó una risa breve.
La lluvia golpeaba el vidrio.
Lucía volvió a mirar hacia la calle.
Un grupo de peregrinos pasó frente al local.
Uno de ellos se detuvo para consultar el teléfono.
Otro señaló hacia una esquina.
No era difícil imaginar la misma necesidad muchos siglos antes.
La diferencia estaba en los recursos disponibles.
Una señal podía resultar decisiva.
—¿Y si la piedra no señalaba un lugar? —preguntó Adrián.
Lucía volvió la mirada.
—¿Qué querés decir?
—Quizá no decía “por ahí está la Catedral”. Quizá indicaba qué hacer.
La frase tenía sentido.
Las fuentes hablaban de una dirección.
También mencionaban un paso que correspondía a quienes llegaban por determinada vía.
La señal podía tener función de orientación y, al mismo tiempo, organizar una circulación concreta.
Lucía escribió una pregunta:
¿La señal indicaba destino o recorrido?
No respondió.
Adrián continuó.
—Martín llega. Busca la piedra. Después no entra inmediatamente ante el Apóstol.
Lucía levantó la mano.
—Eso es lo que dice una transcripción cuya fuente todavía no vimos.
—Está bien.
—Y la referencia del día 18 tampoco está verificada.
—Pero el pago del 19 sí.
—Sí.
Adrián se reclinó.
—Entonces tenemos un hombre que llegó a Santiago y dos días después está otra vez al este.
Eso sí podía sostenerse.
Lucía observó la libreta.
—Lo que falta es saber qué ocurrió entre esos dos puntos.
—Y Varela estaba buscando exactamente eso.
Lucía recordó la frase de Teresa.
Todos la estaban buscando en el lugar equivocado.
No sabía quiénes eran todos.
Pero Varela parecía convencido de que la posición conocida de la señal no correspondía con la ubicación relevante para 1486.
La piedra había sido movida.
Eso significaba que cualquier reconstrucción posterior podía estar desplazada.
—Necesitamos planos anteriores al traslado —dijo Lucía.
—¿Existen?
—Eso vamos a averiguar.
Pagaron y salieron.
La lluvia continuaba con la misma intensidad.
Caminaron hacia una zona desde donde podían comparar la pendiente actual con varias descripciones antiguas.
Lucía no buscaba una coincidencia exacta.
Solo quería entender las relaciones espaciales.
Una referencia hablaba de una bajada dañada por agua cerca de la antigua entrada.
Otra mencionaba la necesidad de mantener libre un paso cuando llegaban caminantes.
El terreno moderno había sido modificado, pero todavía conservaba desniveles que explicaban por qué ciertas rutas podían resultar problemáticas durante lluvias persistentes.
Adrián señaló una pendiente.
—Si el camino bajaba por algo parecido a esto, mover la entrada unos metros podía cambiar mucho.
—Sí.
La modificación no tenía que haber sido monumental.
Una pequeña alteración podía desplazar el punto de llegada.
Eso podía explicar por qué la señal había sido recolocada sin dejar de cumplir su función.
Lucía observó la calle.
La ciudad actual superponía siglos de decisiones.
El error sería buscar un único punto fijo y asumir que siempre había funcionado igual.
Un mensaje apareció en su teléfono.
Teresa.
Los Mosquera aceptan recibirlos. Hoy 18:30. Solo una hora.
Lucía mostró la pantalla a Adrián.
—Cambió de opinión.
—O alguien los convenció.
—Teresa, probablemente.
La respuesta llegó inmediatamente después.
No mencionen la fotografía hasta que ellos hablen de la pieza.
Adrián levantó una ceja.
—Eso suena tranquilizador.
Lucía guardó el teléfono.
—Suena prudente.
No sabían cómo había desaparecido la piedra del inventario ni si realmente estaba ausente.
Quizá la familia simplemente no lograba localizarla.
La colección podía haber sufrido traslados.
No necesitaban empezar la visita tratando un problema archivístico como un robo.
Continuaron caminando.
La lluvia empezó a disminuir.
Lucía tomó varias fotografías de puntos de pendiente y cruces actuales.
No para utilizarlos como evidencia histórica.
Le servirían para mantener orientación durante el trabajo documental.
Adrián observó una de las imágenes.
—No vas a terminar poniendo una flecha encima y diciendo “Martín pasó por acá”, ¿no?
Lucía lo miró.
—Si lo hago, tenés permiso para sacarme la computadora.
—Queda registrado.
Llegaron a una zona donde la Catedral volvía a hacerse visible entre edificios.
Lucía se detuvo.
No por la vista.
Por una placa moderna situada cerca de una esquina.
Hacía referencia a uno de los antiguos accesos de peregrinos.
Adrián la leyó.
—Esto sí nos interesa.
—Como punto de partida bibliográfico, quizá.
La placa era moderna.
No demostraba por sí misma cómo funcionaba el acceso en 1486.
Pero podía indicar qué interpretación histórica se había consolidado.
Lucía tomó una fotografía.
La descripción presentaba el ingreso peregrino de manera bastante directa.
No mencionaba ninguna señal previa.
Tampoco hablaba del recorrido de Martín.