El silencio de Santiago (Los Secretos de España 4) BLOQUE 2 #2
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El investigador había intentado reconstruir dos configuraciones distintas.

Una anterior.

Otra posterior.

Si las mezclaban, la señal podía aparecer relacionada con recorridos que nunca habían funcionado simultáneamente.

La lección era conocida.

Pero Santiago presentaba un problema diferente.

Aquí no estaban deshaciendo una falsa red.

Estaban intentando recuperar una ruta que había dejado de utilizarse.

El responsable del archivo recogió las carpetas.

Lucía le mostró la fotografía recibida.

—Necesitamos saber si la libreta era de Varela.

El hombre amplió la imagen.

—Creo que sí.

—¿La reconoce?

—Lo vi escribir en una parecida.

—¿Dónde está?

—No estaba entre sus cosas cuando revisamos la mesa después de su muerte.

Adrián se acercó.

—Entonces ya faltaba.

—Sí.

Lucía señaló la fecha de la fotografía.

—Pero alguien la puso acá anoche.

El hombre no respondió.

La conclusión era difícil de evitar.

La libreta había salido del archivo antes de que se inventariaran las pertenencias de Varela y había regresado, al menos durante el tiempo necesario para tomar aquella fotografía.

—Las cámaras —dijo Lucía.

El hombre negó.

—No hay dentro de esta sala.

—¿En el pasillo?

—Sí.

—Necesitamos saber quién entró ayer.

—Eso tendrá que solicitarse formalmente.

Lucía asintió.

No insistió.

Podían hacerlo.

Adrián observó la puerta.

—Quien nos mandó la fotografía quería que viniéramos.

—Sí.

—Y quería que encontráramos esta carpeta.

Lucía miró la mesa.

Eso parecía más probable.

El remitente no había intentado ocultar la documentación.

Había hecho exactamente lo contrario.

Los había dirigido hacia ella.

La pregunta era por qué no entregaba simplemente la libreta.

Salieron del archivo cerca del mediodía.

La lluvia había regresado.

Lucía caminó unos metros sin hablar.

Adrián la siguió.

—Tenemos que encontrar Lavacolla.

—Sabemos dónde está Lavacolla.

—Sabés a qué me refiero.

Necesitaban encontrar el documento que situaba allí a Martín dos días después de su llegada a Compostela.

Lucía sacó el teléfono.

Había enviado una consulta mientras estaban dentro.

Todavía no tenía respuesta.

—Primero quiero reconstruir la vía oriental.

—¿Desde Lavacolla?

—Hasta la ciudad.

Adrián observó.

—Martín hizo ese camino al llegar.

—Probablemente.

—Y después pudo recorrerlo en sentido contrario.

—Eso es lo que tenemos que demostrar.

Caminaron bajo los soportales.

Lucía pensaba en la piedra.

La primera referencia la situaba como señal útil para quienes llegaban desde el este.

Después las obras obligaron a moverla.

Más tarde el tránsito cambió hacia otro paso.

En algún momento dejó de ser necesaria.

No había desaparición misteriosa.

Al menos todavía no.

Había transformación urbana.

Pero Martín introducía otra pregunta.

¿Por qué un peregrino que ya había alcanzado Compostela habría seguido una indicación que parecía alejarlo del destino?

El teléfono vibró.

Lucía miró la pantalla.

El mismo número desconocido de la noche anterior.

Esta vez había texto.

«Varela encontró a Martín dos días después.»

Adrián leyó por encima de su hombro.

Llegó otro mensaje.

«No estaba regresando.»

Lucía escribió inmediatamente:

¿Quién es usted?

La respuesta tardó menos de un minuto.

No contestaba la pregunta.

«Busquen dónde estaba la piedra en 1486.»

Lucía escribió otra vez.

¿Tiene la libreta de Varela?

No hubo respuesta.

Intentó llamar.

La línea volvió a aparecer como no disponible.

Adrián miró hacia la calle.

—Sabe exactamente lo que encontramos.

Lucía guardó el teléfono.

—O sabe exactamente lo que encontró Varela.

Eso era más preciso.

Continuaron caminando.

Al llegar a una esquina, Lucía se detuvo.

Había una pequeña marca pétrea integrada en una fachada.

Adrián siguió su mirada.

—No me digas que...

—No.

Lucía apartó los ojos.

No empezarían a convertir cada piedra de Santiago en la señal que buscaban.

Necesitaban la ubicación de 1486.

Nada posterior serviría si no podían demostrar continuidad.

Adrián sonrió.

—Por un segundo pensé que ibas a acercarte.

—Por un segundo yo también.

Siguieron.

La Catedral apareció al fondo entre edificios.

Lucía pensó en Martín de Armentia.

Había viajado durante semanas, quizá durante meses, hasta alcanzar Compostela.

La ciudad ya estaba delante de él.

El destino que había justificado el viaje se encontraba a poca distancia.

Sin embargo, un registro afirmaba que no entró inmediatamente ante el Apóstol.

Primero buscó una señal.

Después siguió un camino.

Dos días más tarde, Varela lo había localizado nuevamente hacia el este.

El mensaje recibido aseguraba que no estaba regresando.

Si eso era cierto, entonces Martín había salido de Santiago para continuar algo que todavía consideraba parte de su llegada.

Adrián rompió el silencio.

—¿Y si Santiago no era el último punto?

Lucía lo miró.

La pregunta era razonable.

Muchos peregrinos podían prolongar sus recorridos por motivos diferentes.

Pero no tenían ninguna evidencia de que Martín hubiera hecho eso.

—No adelantemos la respuesta.

Adrián asintió.

Lucía volvió a mirar hacia la Catedral.

El peregrino había llegado.

Eso ya podían afirmarlo.

El verdadero misterio no era por qué nunca alcanzó Santiago.

Era por qué, después de alcanzar Santiago, todavía no consideraba terminado aquello que había ido a hacer.

Y la única indicación que Varela había dejado para comprenderlo señalaba hacia una piedra cuya posición original nadie parecía recordar.