CAPÍTULO 1 El peregrino que nunca llegó #2
Lucía reconoció inmediatamente el nombre escrito en la parte superior.
Martín de Armentia.
—¿De dónde salió eso?
Lucía no respondió.
Amplió un poco más.
La fotografía parecía tomada con rapidez.
Una de las hojas estaba parcialmente cubierta por la libreta.
Sin embargo, podían leerse algunas palabras.
«...llegó a Compostela...»
Más abajo:
«...no entró...»
Adrián acercó el rostro a la pantalla.
—¿No entró dónde?
La línea siguiente estaba tapada.
Lucía intentó ampliar.
La resolución no permitía recuperarla.
En el margen inferior aparecía algo más.
Una anotación escrita con tinta diferente.
No pertenecía al documento antiguo.
Era reciente.
Dos palabras.
«Buscar señal.»
Adrián miró a Lucía.
—¿Varela?
—No lo sé.
Lucía llamó al número que había enviado la fotografía.
No obtuvo respuesta.
Volvió a intentarlo.
Esta vez una grabación informó que la línea no estaba disponible.
La lluvia golpeaba con más fuerza.
Adrián observó alrededor.
—Alguien sabe que estamos buscando la piedra.
Lucía negó.
—Alguien sabe que estamos buscando una señal.
La diferencia importaba.
Todavía no tenían derecho a afirmar que ambas cosas fueran lo mismo.
Guardó el teléfono.
Mañana podrían preguntárselo a Varela.
A las ocho y cincuenta y siete de la mañana siguiente estaban frente al archivo.
La lluvia había cesado.
El cielo continuaba cubierto y las calles conservaban el brillo húmedo de la noche.
Lucía mostró el mensaje de Varela en recepción.
La mujer que los atendió miró la pantalla.
Después los miró a ellos.
—¿Manuel Varela?
—Sí.
La mujer dudó.
—¿Tenían cita con él?
—A las nueve.
La expresión de la empleada cambió.
—Eso no puede ser.
Adrián se acercó.
—¿Por qué?
La mujer volvió a mirar el teléfono de Lucía.
—El señor Varela no trabaja aquí.
—Ya lo sabemos. Nos pidió encontrarnos acá.
—Entonces tendrá que ser otra persona.
Lucía abrió el mensaje.
—Manuel Varela.
La mujer permaneció unos segundos en silencio.
Después llamó a un hombre que estaba detrás de una puerta.
Hablaron en voz baja.
El hombre se acercó.
—¿Ustedes vienen por Varela?
—Sí.
—¿Cuándo hablaron con él?
—Ayer.
El hombre frunció el ceño.
—¿Ayer personalmente?
—Por mensaje.
Lucía le mostró la pantalla.
El hombre leyó.
Su reacción fue inmediata.
—No puede haber enviado esto ayer.
Adrián miró a Lucía.
—¿Por qué?
El hombre tardó unos segundos antes de responder.
—Manuel Varela murió hace once días.
Nadie habló.
Lucía volvió a mirar el mensaje.
La fecha estaba allí.
El día anterior.
No necesitaba imaginar ninguna explicación extraordinaria.
Un teléfono podía permanecer activo.
Otra persona podía tener acceso a una cuenta.
Un mensaje podía haber sido programado.
Había varias posibilidades perfectamente racionales.
Pero alguien había utilizado el nombre de un hombre muerto para llevarlos hasta aquel archivo.
—¿De qué murió? —preguntó Adrián.
—Un accidente.
Lucía levantó la vista.
—¿Qué clase de accidente?
El hombre dudó.
—Cayó por unas escaleras.
—¿Aquí?
—No.
Lucía guardó el teléfono.
—¿Dejó documentación en este archivo?
El hombre no respondió inmediatamente.
—Estaba investigando algunas cosas.
—¿Sobre accesos medievales a Santiago?
El silencio bastó.
El hombre los condujo hacia una sala lateral.
No era grande.
Había una mesa junto a una ventana.
Sobre ella descansaban dos cajas documentales.
Lucía reconoció la mesa.
Era la de la fotografía recibida la noche anterior.
Adrián también.
Se acercó.
Las cajas seguían allí.
La libreta no.
Lucía miró al hombre.
—¿Quién estuvo en esta sala ayer?
—Nadie autorizado.
—¿Está seguro?
—La sala permaneció cerrada.
Lucía sacó el teléfono.
Le mostró la fotografía.
El hombre perdió el color del rostro.
—¿De dónde sacaron eso?
—Nos la enviaron anoche.
El hombre observó la mesa.
Después miró hacia la puerta.
—Esa documentación pertenecía al trabajo de Varela.
Lucía señaló las cajas.
—¿Podemos verla?
El hombre dudó.
Finalmente abrió la primera.
Dentro había reproducciones y fichas.
Adrián comenzó a revisar los títulos sin tocar nada.
Lucía vio un apellido.
Armentia.
—Ahí.
El hombre sacó la carpeta.
La abrió.
Dentro había varias hojas.
La primera contenía el registro que ya conocían.
La segunda era diferente.
Lucía comenzó a leer.
Era una transcripción realizada por Varela a partir de una fuente que no figuraba identificada con claridad.
El texto hablaba de la llegada de Martín de Armentia a Compostela.
Adrián se inclinó.
Lucía siguió hasta encontrar la frase que habían visto parcialmente en la fotografía.
Esta vez estaba completa.
«Llegó a Compostela al caer la tarde, mas no entró ante el Apóstol, pues tomó primero el camino señalado junto a la piedra.»
Adrián permaneció inmóvil.
—Entonces no se perdió.
Lucía siguió leyendo.
La frase continuaba.
«Debía cumplir antes aquello que correspondía a quienes llegaban por aquella vía.»
Después, el texto se interrumpía.
La parte inferior de la hoja estaba dañada.
Adrián miró a Lucía.
—¿Qué tenían que hacer?
Ella no respondió.
Todavía no podían saberlo.
Pero el problema acababa de cambiar.
La piedra no parecía limitarse a indicar dónde estaba la Catedral.
Marcaba un paso previo.
Algo que ciertos peregrinos hacían después de llegar a Compostela y antes de presentarse ante el Apóstol.
Lucía volvió a mirar la carpeta.
En el margen, escrita por Varela, aparecía una observación:
«La ruta actual no explica esta instrucción.»
Debajo había otra frase.
«Buscar el trazado anterior.»
Lucía levantó la vista.
Alguien había entrado en aquella sala después de la muerte de Varela.
Había fotografiado sus documentos y retirado la libreta que aparecía sobre la mesa.
No sabían quién.
Tampoco sabían por qué había decidido enviarles la fotografía.
Pero por primera vez tenían una certeza.
Martín de Armentia había llegado a Santiago.
Lo que nunca había hecho, al menos en el momento en que aquel registro fue escrito, era aquello que todos habían dado por supuesto.
Entrar directamente en la Catedral.
Antes había seguido otra dirección.
Y en algún lugar de una Compostela que ya no existía como entonces, una piedra le había indicado el camino.