CAPÍTULO 1 El peregrino que nunca llegó
BLOQUE 1
La lluvia había comenzado antes de que el tren entrara en Santiago de Compostela.
No era intensa.
Caía con una persistencia suficiente para borrar los contornos del paisaje detrás del cristal y convertir las luces dispersas de las últimas poblaciones en manchas amarillentas que aparecían durante unos segundos antes de desaparecer.
Adrián Salvatierra permanecía junto a la ventana.
Había dejado de leer hacía casi media hora.
Sobre la mesa plegable descansaba una carpeta gris que Lucía Orive había abierto varias veces durante el viaje sin conseguir avanzar demasiado en su contenido.
Dentro había nueve reproducciones documentales.
Ninguna parecía extraordinaria.
Eso era precisamente lo que inquietaba a Lucía.
—Volvé a enseñarme la última —dijo Adrián.
Lucía buscó entre las hojas.
Sacó una reproducción de papel amarillento y la colocó frente a él.
La escritura original era irregular. La transcripción moderna ocupaba el margen derecho.
Adrián volvió a leer la frase que los había llevado hasta allí.
«Entró por la vía de los francos al caer la tarde. Preguntó dónde debía presentarse antes de llegar al Apóstol.»
Debajo aparecía una fecha.
17 de octubre de 1486.
Y un nombre.
Martín de Armentia.
Adrián levantó la vista.
—Hasta ahí no tenemos nada extraño.
—No.
Lucía señaló la línea siguiente.
«Se le indicó la piedra del camino.»
Después, nada.
La anotación terminaba.
No figuraba llegada a la Catedral.
Tampoco aparecía alojamiento posterior.
El nombre de Martín de Armentia desaparecía de los registros que habían conseguido revisar.
Adrián apoyó los dedos sobre la mesa.
—Un peregrino perdido hace más de quinientos años.
—Eso sería lo fácil.
—También lo probable.
Lucía no discutió.
Habían aprendido a desconfiar de cualquier misterio que comenzara necesitando una explicación extraordinaria.
Un registro incompleto podía deberse simplemente a que la documentación restante no había sobrevivido.
Un viajero podía cambiar de destino.
También podía morir antes de completar el trayecto.
Nada de eso justificaba un viaje a Santiago.
El problema era otra cosa.
Lucía sacó una segunda hoja.
Pertenecía a una relación diferente, fechada seis años después.
Leyó:
«Los que llegan sin conocer la villa han de buscar la señal de piedra antes de continuar hacia la iglesia.»
Adrián miró la frase.
—Otra vez la piedra.
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—No lo dice.
Lucía colocó una tercera reproducción.
Esta era posterior.
«La señal antigua continúa siendo reconocida por los caminantes que vienen desde levante.»
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué clase de señal?
—Eso tampoco aparece.
El tren comenzó a reducir la velocidad.
Las luces de Santiago se hicieron más frecuentes detrás del cristal.
Lucía ordenó las hojas.
La investigación había comenzado diez días antes, cuando recibió una reproducción procedente de una colección documental privada. El propietario no sabía explicar por qué aquel papel estaba separado del resto.
Era una transcripción realizada a comienzos del siglo XX.
No conservaba dibujo.
Tampoco descripción material de la pieza.
Solo una frase:
«Piedra que orientaba a quienes llegaban al término del camino.»
Debajo figuraba una referencia archivística incompleta.
Lucía había intentado localizar el documento original.
No pudo.
Pero la búsqueda reveló otras menciones.
Demasiadas para ignorarlas.
Ninguna suficientemente precisa para saber qué estaban describiendo.
—Seguimos teniendo el mismo problema —dijo Adrián.
—¿Cuál?
—Estamos llamando piedra a algo porque las copias dicen piedra.
Lucía lo miró.
—Eso es exactamente lo que dicen.
—Sí. Pero puede ser un mojón. Una columna. Parte de una cruz.
Lucía esperó.
Adrián comprendió.
Había empezado a enumerar posibilidades que no podían demostrar.
—Bien —dijo—. No sabemos qué era.
—Eso sí podemos sostenerlo.
El tren entró finalmente en la estación.
Lucía guardó las reproducciones.
Afuera, la lluvia continuaba.
No habían viajado para encontrar una piedra.
Habían viajado porque una de las referencias contenía algo que ninguna copia posterior parecía conservar.
Una instrucción.
Y esa instrucción podía alterar la manera en que se interpretaba la llegada de determinados peregrinos a la Compostela medieval.
Salieron de la estación poco después.
El aire húmedo tenía un frío inesperado para aquella época del año.
Adrián levantó el cuello del abrigo.
—Podríamos haber esperado a mañana.
Lucía siguió caminando.
—Podríamos.
—Pero no vamos a hacerlo.
—No.
La respuesta le hizo sonreír.
Subieron hacia el casco histórico.
La lluvia transformaba el pavimento en una superficie brillante. Los pasos de quienes caminaban delante parecían prolongarse sobre la piedra mojada antes de desaparecer bajo nuevas gotas.
Lucía no necesitaba mirar el mapa.
Había estudiado durante días la disposición actual de las calles.
El problema era precisamente que la ciudad que iban a investigar ya no existía de aquella manera.
Santiago había cambiado.
Las vías de acceso habían modificado su importancia y algunos espacios habían sido reformados hasta alterar completamente la percepción del recorrido medieval.
La Catedral permanecía.
El modo de llegar hasta ella no necesariamente.
Adrián la alcanzó.
—¿Vamos directamente?
Lucía negó.
—Primero quiero ver desde dónde habría entrado.
—¿Martín?
—Si la identificación de la vía es correcta.
No era una certeza.
La expresión vía de los francos había tenido usos diferentes y no podían convertir una denominación histórica en una calle moderna sin documentación intermedia.
Pero existían referencias suficientes para establecer una aproximación.
Caminaron durante varios minutos.
El flujo de personas aumentaba a medida que se acercaban al centro.
Algunos llevaban mochilas cubiertas con fundas impermeables.
Otros avanzaban lentamente, apoyados en bastones.
Lucía observó una concha sujeta a una mochila.
Durante siglos, miles de personas habían llegado a Santiago siguiendo señales cuya forma y ubicación cambiaron con el tiempo.
La idea de una señal desaparecida no tenía nada de extraordinario.
Lo extraño era la insistencia documental en aquella piedra concreta.
No parecía señalar Santiago desde lejos.
Aparecía cuando el peregrino ya había llegado.
Adrián había advertido la misma contradicción.
—Si ya estaban en la ciudad, ¿para qué necesitaban una señal?
Lucía se detuvo.
Frente a ellos, una calle descendía suavemente entre fachadas de piedra.
—Eso es lo que quiero entender.
Un mojón caminero tenía sentido antes de llegar.
Una indicación en una bifurcación también.
Pero las fuentes hablaban de personas que ya habían entrado en la villa y que todavía debían localizar aquella referencia antes de continuar hacia la iglesia.
Adrián observó el entorno.
—Quizá señalaba la Catedral.
—Podían verla desde distintos puntos.
—No siempre.
—Es posible.
Lucía no descartó la idea.
Pero había otra dificultad.
Una de las transcripciones utilizaba una expresión concreta:
«Antes de presentarse ante el Apóstol.»
No decía simplemente antes de llegar.
La diferencia podía ser lingüística.
También podía describir una práctica.
Todavía no lo sabían.
Continuaron caminando.
Cuando finalmente alcanzaron la plaza, Adrián se detuvo.
La fachada de la Catedral emergía detrás de la lluvia con una presencia que hacía difícil imaginar el lugar de otra manera.
Lucía no miró inmediatamente hacia arriba.
Miró el suelo.
Después observó los accesos laterales.
Intentó eliminar mentalmente la plaza actual.
No podía.
Nadie podía reconstruir varios siglos de transformaciones simplemente cerrando los ojos.
Necesitaban documentos.
—¿Qué buscás? —preguntó Adrián.
—Nada.
—Llevás cinco minutos mirando piedras.
Lucía señaló el espacio.
—Eso es lo peligroso.
—¿Qué cosa?
—Llegar con una descripción que dice piedra y empezar a decidir cuál podría ser.
Adrián comprendió.
La ciudad estaba llena de piedra.
Podían encontrar coincidencias en cualquier parte si comenzaban por la conclusión.
Lucía abrió el bolso.
Sacó una copia plastificada de un plano antiguo.
No era medieval.
Pertenecía a una reconstrucción mucho más tardía, pero conservaba referencias a trazados anteriores.
Adrián sostuvo un extremo para protegerlo de la lluvia.
—Acá.
Lucía señaló una anotación.
No decía Santiago.
No mencionaba peregrinos.
Solo figuraba:
«Señal vieja.»
La ubicación aproximada estaba varias calles detrás de ellos.
Adrián miró hacia donde habían venido.
—¿Esa es nuestra piedra?
—No lo sabemos.
—¿La fecha?
—Posterior a las primeras referencias.
Lucía guardó el plano.
La coincidencia podía ser importante.
También podía no significar nada.
Las ciudades acumulaban señales de todo tipo.
Necesitaban demostrar continuidad documental.
Un trueno lejano resonó sobre los tejados.
Adrián miró la Catedral.
—Entonces mañana empezamos por los archivos.
—Mañana empezamos por una persona.
Lucía sacó el teléfono.
Había recibido el mensaje mientras estaban en el tren.
Lo mostró.
Archivo Histórico. 9:00. Preguntar por Manuel Varela.
Debajo había otra línea.
«Dice haber encontrado una referencia a Martín de Armentia.»
Adrián levantó la vista.
—¿Nuestro peregrino?
—Eso dice.
—¿Quién es Varela?
—Un investigador local.
—¿Lo conocés?
—No.
Lucía guardó el teléfono.
Había intentado contactar con él durante varios días después de encontrar su nombre asociado a un estudio antiguo sobre accesos medievales a Compostela.
No obtuvo respuesta.
Aquella tarde, finalmente, Varela había escrito.
El mensaje era breve.
No explicaba qué había encontrado.
Solo pedía que fueran al archivo.
Adrián observó la hora.
—Podríamos llamarlo.
Lucía ya lo había intentado.
El teléfono daba apagado.
—Mañana.
Empezaron a alejarse de la plaza.
Habían avanzado apenas unos metros cuando el teléfono de Lucía vibró.
Pensó que podía ser Varela.
No lo era.
Era un número desconocido.
Abrió el mensaje.
No había texto.
Solo una fotografía.
Lucía se detuvo.
Adrián volvió sobre sus pasos.
—¿Qué pasa?
Ella amplió la imagen.
Mostraba una mesa.
Encima había varias hojas antiguas y una libreta abierta.
En el centro aparecía una reproducción documental.