Capítulo 34 · Monte Igueldo, 11
Nora lo miraba desde la acera de enfrente, con la carta de Lola doblada en el bolsillo interior de la chaqueta y el ruido del operativo por debajo de la calle.
Había leído la carta a las tres y doce, en la Pecera, sin testigos y sin acta.
Berta la había mandado desde Segovia dentro de un sobre blanco, por mensajero. Lola no había firmado.
Tampoco hacía falta.
La carta no entró en ninguna carpeta. Nora no la fotografió. No la dejó sobre la mesa. La leyó dos veces, la dobló por los mismos pliegues y se la guardó donde antes llevaba el cuaderno rosa.
Era una cosa de casa.
A las cuatro y ocho, Inés leyó el primer cierre de protección. R uno y R dos localizados. R tres vigilado. R cuatro trasladado. R cinco con Provincial. R seis, siete, ocho, nueve, diez y once cubiertos. R doce, Iván Lobato, sin cambios.
Doce personas.
Ninguna desaparecida.
Ninguna muerta.
Nora escuchó la lista de pie, sin tocar la mesa.
A las cuatro y treinta y seis, Transportes Varela entregó la ruta. A las cuatro y cincuenta, Umbral Civil quedó congelada por conservación. A las cinco y tres, Valdemoro comunicó que Mateo Valls Alcántara ratificaba. A las cinco y once, Lena mandó una línea.
Fibra del pañuelo de Velázquez compatible con fibras de Rafael, Elvira y Matilde. Preliminar. No cantar victoria, que luego os ponéis feos.
Nora no cantó nada.
A las cinco y dieciocho, Mateo Valls Riera apareció en Monte Igueldo, once.
No llegó en coche. No llevó maletín. Cruzó desde la calle de enfrente con un abrigo oscuro doblado sobre el brazo, como si hubiera salido de una consulta y no de un agujero de cuarenta años.
Caminó sin prisa hasta el portal. Se detuvo ante los buzones nuevos.
Miró los nombres. Después miró el local cerrado de reparación de calzado.
Sergio estaba a cuatro metros, junto a la persiana metálica.
Gálvez, al otro lado.
Dos agentes de paisano, más atrás.
Nora lo vio en la pantalla de la unidad móvil. No en directo. Gálvez había mantenido esa distancia por ella y contra ella. Las dos cosas eran verdad.
—Doctor Valls Riera —dijo Sergio.
El hombre giró la cabeza.
No pareció sorprendido. Tampoco satisfecho. La gente que se cree autora de las escenas a veces olvida que el final también puede escribirlo otro.
—Inspector Aranda —dijo.
—Policía Nacional. Queda detenido por tentativa de traslado no autorizado de persona tutelada, falsedad documental y riesgo grave para testigos protegidos. Se le informará del resto en dependencias.
Lo de Rafael, Elvira y Matilde entraba detrás. Con diligencia. Con fibra. Con tres firmas.
El resto.
Rafael. Elvira. Matilde.
Lola viva en una cama de hospital.
Iván oyendo desde Los Naranjos.
R once diciendo hoy no sin que nadie se lo pidiera.
El resto era una palabra pequeña para una mesa llena de muertos.
Valls Riera dejó que le leyeran los derechos. No preguntó por R once. No preguntó por Celia. No preguntó por Nora.
Al terminar, solo dijo:
—Han llegado antes esta vez.
Sergio no contestó.
Gálvez tampoco.
Le pusieron las esposas por delante, por edad y por ausencia de resistencia. La cámara recogió las manos. Uñas limpias. Dedos largos. Piel de hombre que había tocado papeles durante más años que cuerpos, y que aun así había hecho daño con ambos.
Nora apartó la vista.
No porque no pudiera sostenerla.
Porque ya la había sostenido bastante.
A las cinco y treinta y cuatro, el coche sin distintivos se llevó a Valls Riera. No hubo gritos. Una mujer esperó con una bolsa de basura. Un niño saltó dos baldosas. El barrio siguió.
Sergio cruzó hacia la unidad móvil.
Gálvez se quedó junto al portal, hablando con Inés por teléfono.
Nora bajó.
El aire de Vallecas olía a pan tostado de un bar cercano, a gasolina y a polvo de obra. No olía a agosto. No olía a 1998. Eso fue lo primero bueno.
Sergio esperó a que ella cerrara la puerta de la furgoneta.
—No tienes que hacerlo.
—Ya.
—Lo digo en serio.
—Por eso no te contesto mal.
Sergio asintió.
Gálvez se acercó con el teléfono en la mano.
—Cinco minutos. No es diligencia. No tocas nada. No entras en el portal. No hablas con vecinos. No conviertes esto en una escena.
—Qué poco me conoces.
—Te conozco lo suficiente para decirlo antes.
Nora miró el portal.
—Cinco minutos.
Gálvez se apartó.
No era permiso. Era una cuerda corta.
Nora cruzó la calle.
El portal tenía una placa nueva, de acero, con el número once.
Debajo, el portero automático. Doce timbres.
Algunos nombres recientes. Uno escrito en una tira de papel amarillenta, metido torcido detrás del plástico.
En el vestíbulo, los buzones nuevos seguían alineados junto al ascensor.
Los viejos estaban abajo, en el cuarto de contadores, con el once abierto y vacío.
Vacío no significaba limpio.
Nora no entró.
Se quedó en el umbral, fuera, donde el escalón marcaba la frontera entre la calle y el edificio. Sara había pasado por una frontera parecida sin saber que era una frontera. Nora había esperado en otra esquina sin saber que también lo era.
La carta de Lola pesaba contra el pecho.
Sara se apartó.
Tú lo viste.
Yo también.
La frase no trajo una imagen completa. Trajo una mesa. Un lápiz. Una goma roja mal puesta en el pelo. Un pasillo de casa. El conejo amarillo de Sara. Nada más.
Nora no forzó el resto.
Forzar recuerdos era una forma educada de inventarlos.
Del portal a la esquina había doce pasos si una caminaba despacio. Once si una era niña y tenía prisa. Nora los hizo en doce.
Uno.
El local de reparación de calzado.
Dos.
Una grieta en la acera, reparada con cemento más claro.
Tres.
Un balcón con dos macetas secas.
Cuatro.
Un vecino cerrando una persiana.
Cinco.
Un olor a café de bar.
Seis.
Una moto mal aparcada.
Siete.
La sombra de una señal de tráfico.
Ocho.
La puerta del portal detrás.
Nueve.
La carta de Lola delante.
Diez.
Sara apartándose.
Once.
Nora mirando.
Doce.
La esquina.
Se detuvo.
No temblaba.
Eso no la hizo valiente. Solo la hizo presente.
Durante años había pedido a esa esquina que devolviera algo. Una matrícula. Una cara. Una mano. El ruido de una puerta. El instante exacto en que una hermana dejó de estar y la otra empezó a quedarse. La esquina no había devuelto nada. Las esquinas no devuelven. Las esquinas aguantan.
Nora miró el suelo.
No había marca. No había línea. No había un sitio exacto donde poner el pie y decir aquí.
Mejor.
La precisión a veces era otra mentira.
Sergio se quedó a tres pasos. No invadió. Tampoco se fue. Esa distancia era nueva y vieja a la vez.
—Todas están cubiertas —dijo.
Nora no se volvió.
—¿R once?
—Dentro. Con la psicóloga. Ha comido. No ha preguntado por la salida.
—¿Iván?
—Durmiendo. Marisol dice que le han puesto la radio baja.
—¿Celia?
—Casa segura. Dos agentes. Ha entregado otro listado de claves de archivo. Sin declaración todavía.
—¿Lola?
—Berta está con ella. Tensión estable. Ha pedido sopa.
Nora asintió.
La sopa era un dato. Los datos pequeños salvaban días grandes.
—¿Valls?
—Custodia. Abogado en camino. No ha pedido verte.
Nora sí se volvió entonces.
—Bien.
Sergio la miró. Tenía el cansancio colocado en la cara con orden, como si también lo hubiera planchado antes de salir.
—Mañana va a querer hablar.
—Mañana hablará con quien toque.
—¿Y tú?
Nora miró otra vez la esquina.
No había respuesta completa.
Había una carta sin firma, doce personas protegidas, un hombre detenido y tres muertos camino de meses de papel. Había una niña que se había apartado. Había otra que había callado porque tenía nueve años.
Había una mujer adulta de pie en la esquina.
Eso sí.
—Yo hoy vuelvo a casa —dijo.
Sergio no sonrió.
—Vale.
Nora metió la mano en el bolsillo interior. Tocó la carta de Lola. No la sacó.
No perdonaba a Manuel. No absolvía a Lola. No entendía a Sara. No cerraba Portales. No sabía quién era M. No sabía qué nombre completo iba debajo de R. No sabía quién había estado detrás de la última puerta del 98.
El caso que podían sostener empezaba con una detención.
La vida no.
Eso también era limpio.
Nora dio la espalda a la esquina.
Caminó de vuelta sin contar los pasos.
Al pasar junto al portal, no miró los buzones.
No necesitaba ver otra boca abierta para saber lo que habían guardado.
Siguió hasta la furgoneta. Gálvez hablaba por teléfono.
Robles comía una barrita que parecía yeso.
Inés, desde el canal, pedía que alguien le confirmara si «programa Portales» iba con mayúscula en el oficio o si todavía estaban fingiendo que no era un nombre propio.
—Con mayúscula —dijo Nora.
Robles levantó la cabeza.
—Ha hablado la memoria.
—Ha hablado una persona cansada.
—Consta.
Sergio abrió la puerta del coche.
Nora se sentó.
Antes de cerrar, miró una última vez Monte Igueldo, once.
No recordó más.
Esta vez no le hizo falta.
—¿Volvemos? —preguntó Sergio.
Nora cerró la puerta.
—Volvemos.