El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 33 · Carta a mi hija
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Capítulo 33 · Carta a mi hija

Hija,

No sé cuándo vas a leer esto. Tampoco sé si debo escribirlo. En el hospital me han dado un bolígrafo azul que no pinta bien y una hoja de esas que llevan el nombre del centro arriba. He pedido otra. Sin membrete. No quiero que esto parezca una cosa de médicos ni una cosa de policías.

Esto es una cosa de casa.

Cuando dije aquello de que las dos lo visteis, no sé si estaba hablando de la esquina.

A veces mi cabeza coge una palabra de un sitio y la deja en otro.

Lo sabes. Te enfadas menos que antes, pero lo sabes.

He pensado mucho en esa frase desde que me enseñaste la foto.

Las dos. Creo que no eran dos mujeres. Creo que erais tú y Sara.

No en la esquina.

En el salón.

Fue antes. La foto dice octubre de 1996 y yo no discuto con una fecha escrita en el reverso, pero en mi memoria era una tarde fría.

Manuel me llamó desde comisaría. Dijo que un consultor venía en tren y que si podía recogerlo porque él llegaría tarde.

Yo fui. Llevaba el coche gris. El aparcamiento de la estación olía a gasoil y a castañas.

Eso sí lo recuerdo. También recuerdo que el hombre esperaba junto a una columna, con un abrigo claro y un maletín estrecho.

No parecía perdido.

Eso fue lo primero que no me gustó.

Los hombres que no conocen una ciudad miran carteles. Él no miraba carteles. Miraba salidas. Miraba quién subía a qué coche. Cuando le dije mi nombre, no preguntó nada. Dijo: «Lola Vidal». Como si ya lo hubiera ensayado.

Lo llevé a casa.

Manuel llegó tarde. Tú estabas haciendo deberes en la mesa del comedor. Tenías el pelo recogido mal, con una goma roja. Sara estaba en pijama aunque todavía no era hora. Se había empeñado en dormir con un muñeco pequeño, el conejo amarillo, el que perdió después y que todos buscamos dos días.

El hombre entró y miró la casa.

No miró como quien admira. Miró como quien mide.

El pasillo. La puerta de la cocina. El marco con la foto de tu comunión.

La ventana del patio. Las llaves en el cuenco de cerámica.

Yo vi eso y pensé que era deformación profesional.

Tu padre traía a casa gente que miraba raro.

Policías. Jueces. Médicos que hablaban con la voz baja.

Uno se acostumbra a justificar lo que no entiende.

No debería.

Sara salió al pasillo. Manuel le dijo que saludara. Ella se quedó quieta. Tenía el muñeco apretado contra el pecho. El hombre se agachó un poco, no demasiado, y le dijo que era muy bonita. Sara no contestó. Manuel insistió con la mirada. Sara dio un paso atrás y se escondió detrás de mi falda.

Tú lo viste.

Estabas en la mesa, con el lápiz en la mano. Dejaste de escribir. Miraste a Sara. Luego miraste al hombre. Luego me miraste a mí. No dijiste nada. Tenías nueve años y ya sabías guardar silencio cuando los mayores hacían algo que no encajaba.

Esa es la imagen que vuelve.

No la esquina. No el parque. No el coche. Eso no lo vi. Eso me lo han contado tantas veces que a veces mi cabeza lo coloca como si hubiera estado allí. Pero esa tarde sí. Esa tarde estaba. Tú también. Sara también.

Las dos lo visteis.

Después cenamos. Tortilla, creo. O sopa.

No me fío de la comida en mis recuerdos.

Me fío de los vasos. Él no bebió vino. Bebió agua.

Tocó el vaso con dos dedos, por arriba, como si no quisiera dejar la mano entera en nada.

Manuel casi no comió. Se levantó dos veces para hablar por teléfono en el pasillo.

Al final discutieron en la entrada.

No oí todo. Oí tu padre decir: «No vuelvas a poner los pies en mi casa». Lo dijo bajo. Manuel no gritaba cuando estaba de verdad enfadado. Cerraba la voz. El otro no contestó. Recogió el abrigo. Me dio las gracias por la cena. Antes de salir, miró hacia el pasillo donde estaban los dormitorios.

Eso también lo vi.

Cuando se fue, Manuel lavó a mano dos vasos que ya estaban limpios. Los lavó despacio. Yo le pregunté qué pasaba. Me dijo que nada que tuviera que entrar en casa. Esa frase era su manera de cerrar una puerta.

Yo acepté la puerta cerrada.

No porque fuera tonta. No porque no me importara.

Porque en aquella casa tu padre era el que sabía de los peligros y yo era la que mantenía las meriendas, los zapatos, las vacunas, los cumpleaños.

Una división cómoda. Una división cobarde también.

A veces las dos cosas son la misma mesa con mantel limpio.

Cuando Sara desapareció, pensé en muchas caras. Pensé en hombres del parque. En vecinos. En primos. En cualquiera. No pensé en él. O sí pensé y lo aparté. Hay recuerdos que una madre no toca porque, si los toca, tiene que aceptar que vio una sombra antes de que la sombra entrara del todo.

No te escribo esto para que me perdones.

No te escribo para que lo uses como declaración. Si alguien necesita preguntarme, que lo haga bien, con hora, con papel y con una persona que sepa cuándo parar. Hoy solo puedo darte esto como madre. Un salón. Dos niñas. Un hombre que miraba demasiado. Tu padre cerrando la voz.

Y una cosa más.

Sara se apartó.

Tú lo viste.

Yo también.

No pares.

Pero vuelve.