El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Epílogo · Tu padre, antes de morir
100%

Epílogo · Tu padre, antes de morir

El Bar de Paco abría antes que las preguntas.

A las siete y veintidós de la mañana, Nora empujó la puerta con el hombro y entró con la chaqueta cerrada hasta arriba. La cafetera ya estaba en marcha. Paco había subido medio palmo la persiana y el local tenía esa luz de tubo que hacía parecer a todos culpables de no haber dormido.

No había clientes todavía. Una bandeja de cruasanes esperaba bajo una campana de plástico. En la televisión, sin sonido, un presentador movía la boca delante de una imagen de Monte Igueldo, once, tomada desde la acera de enfrente.

Paco bajó el volumen que no existía.

—Café.

—Solo.

—Ya.

No preguntó por el caso. Paco tenía esa forma de saber cuándo una noticia era noticia y cuándo era una herida con cámaras alrededor. Dejó la taza delante de Nora y puso al lado un vaso de agua.

Nora se sentó en el taburete del fondo, el que daba al cristal. Enfrente, la comisaría empezaba a encenderse por plantas. Tercera. Cuarta. Quinta. La Pecera tendría ya luz, aunque ella no estuviera dentro.

Había dormido una hora y catorce minutos.

No seguidos. En la mesa de la cocina seguían la carta de Lola dentro del bolsillo de la chaqueta, el móvil cargando y una nota de Berta: Tu madre pregunta si has comido.

Eso era nuevo. Lola no preguntaba por comida cuando estaba asustada. Preguntaba por llaves.

El teléfono vibró.

Sergio.

Estoy entrando.

Nora no contestó. Miró la puerta.

Sergio llegó a las siete y treinta. Traía la camisa limpia, el abrigo oscuro y una carpeta azul bajo el brazo. No llevaba café. Eso significaba que venía a hablar antes de hacer otra cosa.

Se sentó a su lado.

Paco le puso un café sin preguntar.

—Gracias.

—De nada.

Paco se fue al otro extremo de la barra y empezó a ordenar vasos que ya estaban ordenados.

Sergio dejó la carpeta azul sobre sus rodillas. No encima de la barra.

—Valls Riera ha pasado la noche en dependencias —dijo.

—Ya.

—Abogado de oficio hasta que llegue el suyo. No ha declarado todavía. Ha pedido agua, una manta y papel.

—¿Papel?

—Se lo han negado.

Nora cogió la taza. El café quemaba poco.

—¿R once?

—San Damián. Sin incidencias. Ha dormido seis horas. La psicóloga dice que hoy puede declarar solo sobre el intento de traslado. Nada de 1998.

—Bien.

—Iván sigue estable. Marisol dice que se ha quejado de que la radio tiene demasiada tertulia.

—Eso también es estabilidad.

Sergio casi sonrió.

—Lola tendrá el alta esta tarde si la tensión se mantiene. Berta se queda con ella. Gálvez ha pedido que no subas hoy a Segovia.

—Gálvez pide muchas cosas.

—Esta vez tiene razón.

Nora no discutió. Bebió otro sorbo.

En la televisión apareció una imagen vieja de Valls Riera, sacada de una web profesional que alguien había olvidado cerrar a tiempo. Pelo blanco, gafas finas, sonrisa de consulta. Debajo, un rótulo decía PSICÓLOGO DETENIDO POR CASO PORTALES.

Portales ya era un nombre público.

Tarde o temprano todo aprendía a salir.

—No he venido por el parte —dijo Sergio.

—Lo sé.

—¿Lo sabes desde cuándo?

—Desde que has entrado sin café.

Sergio miró la taza que Paco le había puesto delante. No la tocó.

—Hay una cosa que tengo que decirte antes de que Valls Riera empiece a hablar.

Nora apoyó la taza en el platillo.

El sonido fue pequeño.

—Dímela.

Sergio abrió la carpeta azul. Dentro no había atestados. No había oficios. No había fotografías. Había un sobre blanco, más pequeño que una cuartilla, con los bordes cansados de haber pasado años dentro de otras carpetas.

Lo sacó.

Lo puso sobre la barra.

El nombre de Nora estaba escrito en el frente, con una letra que no necesitaba firma.

Nora no tocó el sobre.

La letra de Manuel seguía siendo la letra de Manuel incluso después de tantos años.

Pequeña. Clara. Un poco inclinada hacia la derecha.

La misma de las listas de compra que Lola guardaba en cajas de galletas.

La misma de las notas que dejaba en la nevera cuando salía de servicio.

La misma que había escrito VISTO y lo había tachado tres veces.

En la esquina inferior había una fecha.

Enero de 2015.

Nora miró a Sergio.

—¿Desde cuándo lo tienes?

—Desde entonces.

—Doce años.

—Sí.

—¿Y no me lo diste?

—No.

—¿Por qué?

Sergio sostuvo la pregunta. No bajó la vista. Eso era lo peor y lo mejor de Sergio: no huía cuando debía.

—Porque no era para entonces.

Nora dejó pasar tres segundos.

Cuatro.

Cinco.

—Eso parece una frase de mi padre.

—Lo es.

Paco dejó de ordenar vasos. No miró hacia ellos, pero dejó de mover las manos.

—Sergio.

—Vidal.

—Dime qué hay en el sobre.

—Una carta. Y una instrucción.

—¿Para mí?

—Para los dos.

Nora miró otra vez la fecha. Enero de 2015. Un mes antes de la caída. Un mes antes del patio interior. Un mes antes de que Lola empezara a llamar Manuel al silencio y Alfonso a los periódicos.

El café se enfrió delante de ella.

—Tú sabías que existía Valls Riera.

—Sabía un nombre.

—No es lo mismo.

—No.

—Pero pesa parecido.

—Sí.

Nora tocó el borde del sobre con un dedo. No lo levantó.

—¿Me protegiste o me mentiste?

Sergio tardó menos de lo que ella esperaba.

—Las dos cosas.

La respuesta quedó sobre la barra, entre el café y el sobre, sin sitio para esconderse.

Nora retiró la mano.

No se levantó.

Eso también era una respuesta.

Al otro lado del cristal, la comisaría había terminado de encenderse. La ciudad seguía entrando en su horario. Un autobús frenó frente al paso de peatones. Tres personas bajaron con sueño en la cara. Una mujer cerró el abrigo de un niño.

Nora miró a Sergio.

—Empieza por el principio.

Sergio puso las dos manos sobre la carpeta azul.

—Vidal —dijo—. Tu padre, antes de morir, me pidió un favor.

FIN DEL LIbrO TRES

Continuará en

Libro 4 de la serie Nora Vidal