Capítulo 30 · La llave pequeña
El sobre REPARTO no se abrió en la Pecera.
Gálvez lo mandó a la sala de evidencias pequeña, la misma de la caja de Raquel, con cámara fija, mesa limpia y una técnica distinta a la de la mañana. La anterior llevaba quince horas de turno y nadie sensato dejaba una pieza nueva en manos de una persona que ya confundía el café con el agua.
Celia Montoro esperó sentada junto a la pared.
No estaba detenida. No estaba libre del todo. La diferencia ocupaba una silla de plástico y una abogada que tardó veintiséis minutos en llegar.
Nora esperó en la sala, al fondo, sin guantes y sin bolígrafo. Gálvez la había dejado entrar porque el sobre no contenía todavía nada. Solo una palabra en la cara exterior. Una palabra que todos habían visto ya.
REPARTO.
—Si aparece tu nombre, el de tu padre, el de tu madre, Sara o cualquier cosa que Aranguren pueda usar para decir que no debía estar aquí, sales —dijo Gálvez.
—Qué lista tan familiar.
—No estoy de humor.
—Eso tampoco es nuevo.
Sergio la miró una vez. No la corrigió. Ese era su modo de pedirle que no empujara.
Inés abrió el acta.
—Entrega voluntaria de sobre cerrado por Celia Montoro Arce, previa visualización de soporte de garaje incorporado como copia de trabajo, pendiente de pericial completa.
La compareciente manifiesta que el sobre le fue entregado por Mateo Valls Riera a las dieciséis diecinueve, en garaje del inmueble de calle Velázquez, con posterioridad a la cancelación de agenda y antes de la entrada judicial.
La abogada de Celia levantó una mano.
—Mi clienta no ha reconocido contenido ni finalidad del sobre.
—Consta —dijo Inés.
Celia tenía las manos encima del bolso, abiertas. No se escondía. Eso no la hacía inocente. Solo más cansada.
Gálvez la miró.
—Señora Montoro. Antes de abrirlo, necesito que confirme una cosa. ¿Lo abrió usted?
—No.
—¿Sabe qué contiene?
—No.
—¿Qué le dijo Valls Riera al entregárselo?
La abogada giró la cabeza hacia Celia. Celia no la miró.
—Que no era para mí.
—¿Algo más?
—Que lo entregara cuando preguntaran por lo que faltaba.
Nora no movió la cara.
Lo que faltaba.
La etiqueta M sin llave. R once sin domicilio. Valls Riera sin estar en Velázquez. El cuaderno sin abrir. El nombre que siempre parecía llegar medio segundo después de que alguien cerrara una puerta.
Inés anotó la frase sin subrayarla. Subrayar no existía en un acta, pero había manos que subrayaban incluso al escribir recto.
—¿Por qué no lo entregó antes? —preguntó Gálvez.
Celia tragó saliva.
—Porque nadie me preguntó por lo que faltaba.
La abogada cerró los ojos un instante.
—Mi clienta contestará a lo necesario.
—Eso acaba de hacer —dijo Sergio.
Gálvez no siguió. Señaló a la técnica.
La cámara encendió la luz roja.
El sobre fue fotografiado por las dos caras. Frente: REPARTO, bolígrafo azul, imprenta limpia, sin remite. Reverso: tira adhesiva intacta. Bordes sin humedad. Papel blanco barato, tamaño medio folio. Peso: veintinueve gramos.
—Veintinueve —dijo Robles desde el portátil.
—Gracias por repetir el número que todos hemos oído —dijo Inés.
—Era para que constara mi utilidad.
—Consta lo contrario.
El humor no llegó a Celia. Tampoco tenía por qué.
La técnica cortó la tira con bisturí, sin romper más papel del necesario. Abrió el sobre y volcó el contenido sobre una lámina limpia.
Una llave pequeña cayó primero.
Luego, un papel doblado.
Nada más.
La llave era de latón viejo, más corta que las de puerta, con la cabeza redonda y un diente simple. Iba atada con un hilo de algodón blanco. No llevaba etiqueta.
Sergio se inclinó.
—Buzón.
Robles amplió la imagen en pantalla.
—O taquilla antigua. Cerradura simple. Sin marca visible por este lado.
—No se prueba en nada —dijo Gálvez.
—Nadie ha sacado un portal del bolsillo —dijo Inés.
—Lo digo antes.
—Eso sí consta.
La técnica desplegó el papel.
No era una nota reciente.
Era una copia antigua, de las que conservaban el gris sucio de una fotocopiadora mal cerrada. El borde superior estaba cortado. Aun así, se leía un encabezado, escrito a máquina o con plantilla vieja.
PORTALES · REPARTO
Debajo, una fecha incompleta.
Agosto 1998.
La sala se quedó quieta.
Inés no leyó más hasta que la cámara tomó la hoja completa. Después se acercó un paso, sin tocar.
—Hay una tabla. Tres columnas. Número, destino, observación. La mayoría está ilegible o tapada por sombra de copia.
—Lo que se lea —dijo Gálvez.
Inés respiró por la nariz.
—Línea nueve: Segovia, sin dirección completa. Observación: familia externa. Línea diez: Carabanchel, centro puente. Observación ilegible. Línea once: MTE. I. 11. Observación: reparto retenido.
Nora miró la llave.
No la hoja.
La llave era pequeña. No abría una vivienda. No abría una consulta. No abría una habitación de residencia. Abría algo que alguien podía dejar cerrado durante años sin que pareciera una amenaza.
Un buzón. Una taquilla. Una caja de pared.
Algo pensado para recibir.
—¿Línea doce? —preguntó Sergio.
Inés bajó la vista.
—Los Naranjos. Observación: oído.
Nadie dijo Iván.
No hacía falta.
Celia cerró las manos sobre el bolso. Esta vez sí.
—Eso no estaba en el sobre cuando me lo dio —dijo.
Gálvez la miró.
—Usted ha dicho que no lo abrió.
—Lo sé.
—Entonces no puede saberlo.
—No. Pero él no me entregó papeles viejos. Me entregó una cosa que pesaba como esto. La llave se notaba. El papel también. No estoy diciendo que no estuviera. Estoy diciendo que él sabía que yo iba a saber que era viejo.
La abogada tocó su brazo.
—Celia.
—Ya he terminado.
Inés terminó de fotografiar la primera cara. La técnica levantó la hoja con pinzas y mostró el reverso.
Había una frase escrita a mano con bolígrafo azul.
Letra de imprenta. Actual. La misma pulcritud sin firma.
El reparto no acabó. Once no está perdido. Está guardado.
Gálvez cerró la mandíbula.
—Esto no es una confesión.
—No —dijo Sergio.
—No es una amenaza individualizable.
—No.
—No es prueba de que Valls Riera haya matado a nadie.
—Tampoco.
Gálvez miró a Nora.
—Y tú no vas a decir la frase que estás pensando.
Nora sostuvo su mirada.
—Está usando nuestra protección para enseñarnos su archivo.
—Esa era la frase.
—Podía haber sido peor.
—Siempre puede.
El móvil de Gálvez vibró. Miró la pantalla.
—Aranguren.
Salió de la sala sin salir del todo. Se quedó en la puerta, con un pie dentro y otro fuera, como si el edificio también necesitara verlo obedecer.
—Sí. Abierto con acta. Una llave pequeña y una copia antigua. No. No contiene nombres completos. Sí contiene Portales. Sí contiene Monte Igueldo abreviado. Sí. Ya lo sé.
Escuchó.
—No voy a detener a nadie por una llave de buzón y una frase de imprenta. Si quiere discutir eso, venga usted a la sala y lo pone en voz alta delante de la cámara.
Otra pausa.
—Gracias.
Colgó.
—Ha dicho que no venga —dijo Robles.
—Ha dicho muchas cosas.
—Esa era la importante.
Gálvez volvió a la mesa.
—Medidas. Uno: el sobre se incorpora como pieza separada.
Dos: pericial de papel, tinta, fibra e impresión.
Tres: no se prueba la llave sin autorización específica.
Cuatro: ampliación al juzgado para inspección de elementos comunes y buzones antiguos de Monte Igueldo, once. Cinco: R once pasa a prioridad máxima.
—¿Y el cuaderno V.R.? —preguntó Sergio.
Gálvez miró la hoja.
El cuaderno seguía cerrado en otra sala. V.R. observación. Una etiqueta mínima en un lomo negro. Doce personas vivas fuera, una llave pequeña dentro, una frase que decía que alguien estaba guardado.
—Índice —dijo Gálvez—. Solo índice. Con acta específica. Sin lectura de contenido clínico. Sin Nora en la sala.
Nora no contestó.
Sergio tampoco.
La decisión no era injusta. Eso era lo peor de algunas decisiones.
Celia habló sin levantar la voz.
—Él decía que guardar era mejor que esconder.
La abogada hizo un gesto de cansancio.
—Mi clienta no tiene obligación de continuar.
—No continúe —dijo Gálvez.
Celia miró la llave.
—No lo digo por él.
—Entonces ¿por quién?
Celia tardó cinco segundos.
—Por los niños.
El plural no añadió información nueva.
Solo quitó aire.
Inés cerró el acta de apertura. La técnica precintó la llave en una bolsa rígida. La hoja fue a una funda transparente, sin doblar. El sobre exterior se guardó separado. Todo con número, hora y firma.
Gálvez esperó a que la técnica retirara las piezas antes de dirigirse a Celia.
—Usted no está detenida. Tampoco se va sola. Se le ofrece protección discreta esta noche y traslado a domicilio alternativo si acepta. Si prefiere su casa, irá con vigilancia exterior y contacto directo.
—¿Como testigo? —preguntó la abogada.
—Como persona que acaba de entregar una pieza que el principal investigado quiso sacar de Velázquez antes de que entrara el juzgado. La palabra testigo llegará cuando corresponda.
Celia miró la puerta.
—Él sabrá que lo he entregado.
—Es probable.
—No me mienta por amabilidad.
—No acostumbro.
Celia asintió. La cara se le movió muy poco. Era una mujer entrenada en no ocupar espacio delante de hombres que hablaban con frases completas. Aquella noche ocupaba una silla, un acta y dos agentes que iban a seguirla hasta donde quisiera dormir. No era mucho. Era más que antes.
A las diez y doce, Robles recibió imagen del equipo de paisano en Monte Igueldo, once. No habían entrado. No tenían autorización para entrar. Habían llamado al presidente de la comunidad y habían pedido información externa.
Robles leyó el mensaje en voz alta.
—Portal reformado en 2012. Buzones nuevos en planta baja. Buzones antiguos retirados y guardados en cuarto de contadores. Cuarto cerrado. Llave en poder de administrador de finca. Administrador localizable mañana a las ocho.
Gálvez levantó la mano.
—Nadie va esta noche.
—R once —dijo Nora.
—R once está siendo buscado por tres vías.
—Y si está guardado ahí.
—Si está guardado ahí, necesitamos entrar con auto. No con ganas.
Nora miró la funda donde la llave pequeña ya no parecía pequeña.
Sergio se acercó lo justo para hablar bajo.
—No la vas a ganar esta noche.
—No quiero ganar.
—Sí quieres.
Nora no respondió.
A las diez y dieciocho, Inés envió la ampliación al juzgado.
A las diez y veintidós, Sergio mandó a R11 a búsqueda nacional con prioridad de vulnerable vivo, sin nombre visible fuera de canal seguro.
A las diez y veintisiete, Los Naranjos confirmó que Iván dormía, puerta abierta, Marisol en pasillo y dos agentes abajo.
La noche siguió trabajando.
Nora se quedó mirando la llave precintada.
Reparto no era una respuesta.
Era otra cerradura.