Capítulo 31 · El cuarto de contadores
A las ocho y cuatro, Monte Igueldo, once era menos una dirección que una espera con portero automático nuevo.
Nora no entró en el portal.
Gálvez la dejó en la unidad móvil aparcada al otro lado de la calle, con Robles, una pantalla partida en dos y el sonido del canal interior bajado lo justo para que no se confundiera con la acera.
Había dormido una hora y media en una silla de la quinta planta, con el abrigo puesto y la luz de emergencia encima.
A las seis y cuarenta y ocho, Sergio la había despertado con un café que no había pedido.
—Hay auto —había dicho.
Nora no preguntó si podía ir.
Sergio tampoco le dijo que no fuera.
Ese era el modo que tenían, a veces, de discutir sin gastar voz.
Ahora, en la furgoneta, Nora veía la entrada de Monte Igueldo, once desde una cámara de pecho y otra fija en el salpicadero.
La fachada estaba pintada de un amarillo cansado.
En la planta baja había un local cerrado con persiana metálica y un cartel antiguo de reparación de calzado que ya no reparaba nada.
Los buzones nuevos brillaban en el vestíbulo, alineados junto al ascensor.
Demasiado nuevos para una historia vieja.
—Canal limpio —dijo Robles—. Grabación duplicada. Hora sincronizada. Si alguien quiere decir después que no vimos un cuarto de contadores, tendrá que aburrirse mucho.
—No te encariñes con la frase —dijo Nora.
—Estoy intentando no tener voz propia.
—Sigue.
Robles hizo un gesto con dos dedos sobre el teclado.
En la pantalla de Sergio, Gálvez hablaba con una mujer de pelo blanco y abrigo de paño.
Presidenta de la comunidad. A su lado, un hombre de unos cincuenta años sostenía una carpeta azul con recibos, planos, actas y esa forma de miedo menor que tienen los administradores cuando la policía entra en un portal que ellos no han sabido leer.
Inés estaba con ellos. Llevaba el auto en una funda transparente.
—Entrada limitada a elementos comunes —leyó—.
Cuarto de contadores, cuarto de limpieza si comunica, armarios o depósitos donde consten almacenados buzones retirados en la reforma de 2012.
Queda excluido el acceso a viviendas, trasteros privativos y correspondencia actual no relacionada.
La llave intervenida no se probará en cerradura alguna fuera de presencia de la comisión, cámara y técnico.
—La llave la llevo yo —dijo la técnica de Científica.
No la enseñó a la cámara.
Mejor.
La presidenta de la comunidad tragó saliva.
—Los buzones viejos están abajo. No los hemos tirado porque el administrador anterior decía que podían hacer falta por si alguien reclamaba una carta antigua. Nadie reclamó nada.
—Hasta hoy —dijo Gálvez.
La frase no fue una acusación. Tampoco una absolución.
El administrador abrió el cuarto de contadores con su llave. Esa sí era de ellos. Corriente. Actual. Con una etiqueta de plástico rojo que ponía COMUNIDAD.
La puerta cedió hacia dentro con un ruido de bisagra seca.
El primer olor fue a polvo caliente.
El segundo, a electricidad vieja.
Nora lo recibió en la furgoneta como si el olor pudiera atravesar cables. No podía. Su cabeza lo puso de todos modos.
—Entrada a cuarto común a las ocho y once —dijo Inés.
—Consta —respondió la técnica.
El cuarto era estrecho. A la izquierda, los contadores nuevos. A la derecha, una estantería metálica con cubos de pintura, una escalera plegable, dos cajas de azulejos rotos y un bloque de buzones antiguos apoyado de lado contra la pared. Tenía polvo en el frontal y cinta de embalar en los bordes.
Doce bocas metálicas.
Doce números pequeños, algunos caídos.
El once seguía entero.
Nora apoyó la nuca en el respaldo.
—No me gusta —dijo Robles.
—No está para gustarte.
—Eso tampoco.
Sergio se acercó al bloque sin tocarlo.
—Buzones retirados en 2012 —dijo—. Se solicita fotografía general antes de mover.
La técnica empezó por el conjunto. Frente. Laterales. Trasera. Estado de conservación. Polvo. Cinta. Número once. Cerraduras visibles. Después pidió ayuda al cerrajero judicial para estabilizar el bloque sobre una mesa plegable que había llevado el equipo.
No hubo prisa.
Ese era el primer alivio del día.
Cuando la pieza quedó fija, la técnica sacó la bolsa rígida con la llave pequeña.
La abrió bajo cámara. Fotografió la llave, el hilo blanco, la cabeza redonda, el diente simple.
Inés leyó el número de pieza. Gálvez confirmó que se procedía a comprobación de correspondencia con buzón número once de bloque antiguo retirado.
—Sin forzar —dijo.
—Sin forzar —repitió el cerrajero.
La llave entró.
No giró.
Nora dejó de respirar un segundo.
El cerrajero la retiró, miró la bocallave con una linterna y volvió a introducirla medio milímetro más alta.
Esta vez giró.
Un cuarto de vuelta. Nada espectacular. Un sonido pequeño, casi pobre.
La puerta del buzón once se abrió hacia abajo.
Dentro había un sobre.
No era blanco.
Era marrón, pequeño, con los bordes pegados por años de humedad y polvo. En el frente se leía, a máquina, una línea.
R11 · RETENIDO · NO CURSAR
Debajo, escrito a mano con lápiz, otra línea casi borrada.
Para M.
Nadie habló.
La técnica no metió la mano. Fotografió el interior del buzón desde tres ángulos. Después sacó el sobre con pinzas largas y lo dejó sobre una lámina limpia.
—Sobre interior localizado en buzón antiguo número once —dijo Inés—. Estado: cerrado. Sin manipulación previa visible en esta actuación.
—Eso no significa que no lo manipularan antes —dijo Gálvez.
—Lo añado.
Nora miró la pantalla.
El sobre no parecía capaz de sostener a una persona. Ningún sobre podía. Pero había sistemas enteros diseñados para guardar una vida en un papel y después decir que no sabían dónde estaba el cuerpo.
La técnica abrió el sobre por el borde lateral ya despegado. No cortó. No rompió más.
Dentro había tres piezas.
Una ficha de cartulina amarilla.
Una fotografía de carnet.
Y una tira estrecha de papel azul, como las que se arrancaban de un talonario antiguo.
La fotografía quedó boca abajo.
La ficha no.
Inés se movió antes de leer. Puso una plantilla opaca sobre la parte superior, tapando el nombre completo. La cámara de la unidad móvil recibió solo los campos inferiores.
Nora no protestó.
No porque no quisiera ver.
Porque ya había demasiadas cosas que no debía haber visto.
—Ficha de tránsito —leyó Inés—. Fecha: nueve de agosto de 1998. Origen: San Bernardo. Destino previsto: MTE. IGUELDO, 11. Estado: retenido. Observación: no entregar a familia externa. Responsable de custodia: M.
Gálvez cerró los ojos un instante.
—¿Edad?
Inés miró la parte que no tapaba.
—Ocho años.
La presidenta de la comunidad se llevó una mano al pecho.
—¿Había un niño aquí?
—No responda a nada —dijo Gálvez, sin dureza—. Y no pregunte nada ahora.
El administrador miraba el suelo.
Sergio señaló la tira azul.
—Eso.
La técnica la colocó bajo la cámara.
No era una pulsera médica. Tampoco una etiqueta escolar. Era un resguardo de depósito, con dos números perforados y una palabra impresa.
PORTALES.
A mano, debajo:
Once queda en espera.
Robles bajó el volumen de la furgoneta sin darse cuenta.
Nora vio su mano moverse sobre el control.
—Déjalo —dijo.
Robles lo volvió a subir.
Gálvez habló hacia la cámara de Sergio.
—La fotografía no se muestra en canal compartido. Se embala separada. Inés, consulta de vida por canal cerrado. Aranda, conmigo.
Sergio salió del cuarto de contadores al descansillo. La cámara de su pecho mostró baldosas grises, una pared con desconchones y el borde de la puerta del ascensor.
Nora dejó de ver el sobre.
Solo oyó voces bajas.
Eso también era una forma de estar fuera.
Pasaron siete minutos.
Siete minutos en un portal de Vallecas pesan más que en otros sitios. Nora lo sabía desde los once años, aunque entonces no sabía contar nada que no fueran pasos entre una esquina y otra.
El canal volvió.
Sergio entró primero. No miró a la cámara. Gálvez detrás.
—Tenemos identidad protegida —dijo Gálvez—. No se verbaliza en canal abierto. R once está vivo.
La presidenta de la comunidad dejó salir el aire.
El administrador no.
—¿Dónde? —preguntó Nora desde la furgoneta.
Robles la miró.
No era su canal.
Gálvez sí la oyó. La cámara de Sergio captó cómo levantaba la cabeza, no hacia ella, sino hacia el micrófono.
—Memoria no. Información operativa mínima. Madrid sur. Centro sociosanitario concertado. Nombre rectificado en 2005. Fundación tutelar vinculada a Umbral Civil hasta 2018.
—¿Protección? —preguntó Sergio.
Inés contestó desde el teléfono.
—Equipo local en salida. Gálvez, hay más.
—Dilo.
—Registro de visitas del centro. Una visita autorizada para hoy a las doce. Profesional externo. No figura como Mateo Valls Riera. Figura como doctor Riera, sin segundo apellido, autorización antigua renovada por defecto.
Nora miró el reloj de la furgoneta.
Ocho y treinta y nueve.
Faltaban tres horas y veintiún minutos.
—Se cancela —dijo Sergio.
—No —dijo Gálvez.
La palabra cayó limpia.
Sergio lo entendió antes de que Gálvez siguiera.
—No se cancela por teléfono. Se cubre. Se avisa al centro por canal seguro, se separa a R once sin alarma, se desplaza equipo y se prepara identificación si aparece. Si cancelamos mal, le decimos que llegamos al buzón.
—Y si aparece antes —dijo Nora.
—No va a aparecer antes en un sitio que tiene hora —dijo Gálvez.
—Tú no lo sabes.
—No. Por eso mando gente ahora.
Robles ya estaba escribiendo. Sus dedos golpeaban el teclado con más ruido del habitual.
—Equipo más cercano: Alcorcón, doce minutos. Homicidios, veintidós. Uniformados locales, nueve. Paisano en puerta, dieciséis si sale ya.
—Que salga ya —dijo Gálvez.
Inés siguió al teléfono, más baja.
La técnica terminó de embalar la ficha, la fotografía y el resguardo. El buzón once quedó abierto, vacío, con el polvo removido en el fondo. La llave pequeña volvió a su bolsa rígida.
El cerrajero no la limpió.
Nadie la tocó más de lo necesario.
La presidenta de la comunidad preguntó si podían volver a cerrar el cuarto.
—Cuando terminemos —dijo Sergio.
La mujer asintió. No entendía el caso. Entendía las puertas.
Nora miró el portal desde la furgoneta. La calle seguía igual. Un repartidor dejó una caja en el local cerrado. Una vecina cruzó con una bolsa de pan. Un niño con mochila pasó saltando las juntas de la acera, una sí y una no.
Monte Igueldo, once no se había detenido por ellos.
Nunca lo había hecho.
A las ocho y cincuenta y seis, Gálvez salió del portal.
Sergio iba a su lado con la carpeta del auto.
Inés se quedó dentro cerrando el acta con la técnica y el administrador.
El cuarto de contadores volvía a estar cerrado.
Los buzones antiguos quedaban precintados dentro, pendientes de retirada completa.
Gálvez abrió la puerta de la furgoneta.
No subió.
—Vidal.
—Dime.
—No vienes al centro.
—No iba a preguntarlo.
—Sí ibas.
Nora no lo negó.
Sergio apareció detrás de él.
—Yo voy —dijo.
—Tú coordinas desde allí —dijo Gálvez—. Robles, conmigo en canal. Inés vuelve a Pecera y abre pieza complementaria. Nora, sala técnica.
—Qué novedad —dijo Nora.
Gálvez la sostuvo con la mirada.
—Hoy la novedad es que alguien que estaba guardado sigue vivo.
Nora volvió a mirar la pantalla, donde el último fotograma del buzón once seguía congelado.
Una boca metálica abierta.
Nada dentro.
El sitio exacto donde una vida había cabido en una ficha.
—Entonces no lleguemos tarde —dijo.
Gálvez cerró la puerta de la furgoneta.
A las nueve en punto, el operativo se partió en dos.
Uno siguió en Monte Igueldo, once, contando buzones viejos.
El otro empezó a correr hacia una visita de las doce.