Capítulo 29 · Reparto
A las ocho y siete de la tarde, proteger a doce personas empezó con una hoja boca abajo.
Inés la dejó en el centro de la Pecera y puso encima un vaso de agua.
No era una metáfora. Era un peso.
—Lista de riesgo —dijo Gálvez—. No lista de víctimas. No lista de próximas muertes. No lista de nada que no podamos sostener mañana delante de Aranguren.
Nadie discutió.
Nora estaba sentada junto a la pared, en la misma silla que le habían dejado antes de Velázquez. Ya no había línea roja en el suelo. No hacía falta. Gálvez la había mirado al entrar y ella había entendido la línea sin verla.
La hoja no estaba para ella.
La carpeta NORA tampoco. El cuaderno V.R. observación seguía precintado en otra sala, con la orden escrita de no abrirlo hasta que las personas de la lista dejaran de ser solo nombres.
Sergio sí la tenía. Inés también. Robles, solo la versión codificada, con direcciones parciales y prioridad técnica. Gálvez llevaba la completa dentro de una carpeta gris con cierre de goma.
Doce carpetas actuales. Doce personas vivas. Doce puertas a las que llegar antes que un hombre que había salido de Velázquez con una ventaja limpia: nadie podía detenerlo por haber salido.
—Estado —dijo Gálvez.
Inés se puso de pie. No leyó nombres. Leyó códigos.
—R uno y R dos, Madrid capital. Domicilios confirmados.
Patrulla discreta enviada. Contacto directo pendiente de autorización verbal de fiscalía.
R tres, Leganés. Comisaría local avisada con clave de protección, sin detalles clínicos.
R cuatro, Getafe. Domicilio confirmado, no responde al teléfono.
R cinco, Toledo. Se activa Provincial. R seis, residencia privada en Chamartín.
Dirección verificada. R siete, centro de día en Vallecas.
Cerrado desde las dieciocho. R ocho, hospital público, turno de noche.
R nueve, Segovia. Policía Local en comprobación de bienestar.
R diez, domicilio compartido en Carabanchel.
R once, sin domicilio actual fiable. R doce, Los Naranjos.
Nora levantó la cabeza.
No preguntó.
Sergio tampoco la miró, pero cambió el peso de un pie a otro.
—Los Naranjos —repitió Gálvez.
—Iván Lobato —dijo Inés.
El nombre entró como entran los nombres que ya estaban en la habitación antes de que alguien los diga.
—¿Está en una carpeta actual? —preguntó Nora.
Gálvez giró apenas la cara hacia ella.
—Memoria, no intervención.
—No he pedido verla.
—No. Has preguntado.
Sergio habló antes de que la frase creciera.
—Sí. Iván está en una de las carpetas actuales. Hay seguimiento de visitas, horarios de medicación y una foto reciente desde el patio. No hay instrucción homicida. No hay amenaza escrita. Solo vigilancia.
Nora apoyó las manos sobre las rodillas.
—Eso ya es amenaza.
—Eso no lo escribimos así —dijo Inés.
—No.
Gálvez abrió la carpeta gris.
—Los Naranjos tiene dos uniformados en puerta desde esta tarde por la preservación de Iván. Se refuerza con un coche de paisano. Nadie entra a verlo sin autorización. Nadie le dice que está en una lista.
—Él lo va a oír —dijo Nora.
—Entonces que oiga poco.
Robles tenía los auriculares colgados al cuello. La cara de quien llevaba demasiadas horas viendo imágenes de puertas.
—Cámaras de Los Naranjos solicitadas en continuo desde las dieciséis. Si alguien se acerca al centro, lo tendré antes de que vuelva a decir que lo tendré.
—Eso sí es una frase bonita —dijo Inés.
—No me acostumbro.
El humor cayó y no hizo daño. Eso ya era bastante.
Gálvez repartió las tareas sin levantar la voz.
Sergio coordinaba protección. Inés tramitaba cobertura judicial y fiscal para contacto mínimo con cada persona.
Robles centralizaba cámaras, matrículas y soportes digitales de Velázquez sin abrir contenido clínico.
Dos equipos de Homicidios quedaban bajo mando de Gálvez para traslados si alguna persona aceptaba protección física.
A Nora le asignó nada.
—Tú escuchas.
—Qué generoso.
—No es generosidad. Es contención. Si alguno de esos nombres toca tu historia, lo sabremos por otro camino.
—Todos tocan mi historia.
—Entonces todavía más.
Sergio cerró la carpeta que tenía delante.
—Vidal puede ayudar con mapa de Monte Igueldo y Segovia sin ver nombres.
Gálvez lo miró.
—Puede ayudar si alguien le pregunta. No antes.
—Le estoy preguntando yo.
El silencio duró cuatro segundos.
Gálvez aceptó con un movimiento mínimo de barbilla.
Sergio puso sobre la mesa un plano sin datos personales. Solo marcas: Carabanchel, Vallecas, Chamartín, Leganés, Getafe, Toledo, Segovia. Ningún nombre. Ningún piso. Ningún teléfono.
—Riesgo por dispersión —dijo Sergio—. No podemos sacar a todos a la vez sin hacer ruido.
Prioridad uno: personas solas, movilidad reducida, acceso fácil, vínculo San Bernardo o residencia.
Prioridad dos: personas con familia localizable y domicilio seguro.
Prioridad tres: contacto informativo y vigilancia exterior.
—¿R once? —preguntó Gálvez.
Inés revisó la hoja.
—Sin domicilio fiable. Último padrón en Puente de Vallecas, baja por caducidad. Seguridad Social sin actividad bajo ese identificador. No consta fallecimiento. No consta centro público actual. Nombre repetido en archivo Portales de 1998.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Nora miró el plano. No había nombres, pero los huecos también tenían dirección. R once era un hueco con forma de persona.
—¿Edad aproximada? —preguntó.
Gálvez abrió la boca para cortar. Sergio le ganó.
—No fiable.
Nora tardó menos de un segundo.
—Buscad centros sociosanitarios, fundaciones tutelares y cambios de identidad.
Si estuvo en Portales y desaparece del padrón sin fallecimiento, puede estar institucionalizado con nombre rectificado, segundo apellido cambiado o expediente protegido.
No lo busquéis como domicilio. Buscadlo como custodia.
Inés ya estaba escribiendo.
Gálvez señaló su bolígrafo.
—Eso entra como propuesta de Aranda.
—Por mí —dijo Sergio.
Nora no discutió.
Esperar también era dejar que otro firmara una frase que era tuya.
A las ocho y treinta y ocho, Aranguren llamó.
Gálvez puso el manos libres solo para él y Sergio. Nora no oyó la voz de la fiscal. Vio sus efectos. El cuello de Gálvez más rígido. La mano de Sergio quieta sobre la carpeta. Inés esperando con el cursor parpadeando en la pantalla.
—Sí —dijo Gálvez—. Preventivas. No detenciones. No interrogatorios. Comprobación de bienestar y ofrecimiento de protección. No, la inspectora Vidal no accede a los datos completos. Sí, consta por escrito. Sí, también consta que su madre no se usa como fuente. No, no necesito que me lo repita.
Pausa.
Gálvez cerró los ojos una décima.
—Lo pondré así: riesgo objetivo derivado de documentación incautada en registro judicial, pendiente de análisis, suficiente para activar protección sin atribución individual de amenaza. ¿Le gusta más?
Otra pausa.
—A mí tampoco. Pero sirve.
Colgó.
—Aranguren está encantadora —dijo Robles.
—Aranguren está haciendo su trabajo —dijo Gálvez.
—Lo decía por eso.
Inés envió el primer paquete de oficios. La Pecera olía a tóner caliente y café viejo. Afuera, el pasillo se vaciaba. En una mesa del fondo quedaban una chaqueta y una manzana mordida.
A las ocho y cincuenta y dos llegó el primer retorno.
—R seis localizado —dijo Inés—. Residencia de Chamartín. Vivo. Sin incidencias. Dirección acepta vigilancia exterior y no informa al residente hasta mañana, salvo orden médica o familiar.
—Bien.
A las ocho y cincuenta y ocho, R tres.
—Leganés. Localizada. Vive con una hija. La hija acepta presencia discreta en portal. No quiere traslado.
—Que no se discuta por teléfono —dijo Sergio—. Presencia y segunda llamada mañana por equipo local.
A las nueve y cuatro, R nueve.
Inés miró a Nora antes de hablar. Fue un error pequeño. O una cortesía imposible.
—Segovia. Localizada. No es Lola. Mujer de setenta y seis años. Vive con su hermano. Policía Local comprueba. Sin incidencias.
Nora bajó la vista.
No era Lola.
La frase no arreglaba nada, pero quitaba un cuchillo de una mesa.
A las nueve y doce, Los Naranjos.
Robles levantó la mano.
—Iván está en su habitación. Marisol confirma desde pasillo, sin entrar. Dos agentes de paisano en acceso. Cámara interior limpia desde las diecinueve y dos. Ningún visitante no autorizado.
Nora soltó aire por la nariz. Poco. Lo justo para seguir sentada.
Sergio lo oyó.
No dijo nada.
A las nueve y diecisiete, el mundo volvió a torcerse por una vía pequeña.
Robles estaba revisando la salida de Velázquez. No la del portal principal. Esa ya la tenían. Valls Riera no había pasado por ella después de las 16:04. La cámara del garaje privado, solicitada al administrador por vía urgente, llegó tarde y con mala calidad.
Robles la abrió sin sonido.
—Gálvez.
La sala dejó de teclear.
En la pantalla apareció el garaje del edificio de Velázquez. Imagen gris, ángulo alto, marcas de humedad en la lente. A las dieciséis y diecinueve, una puerta lateral se abrió. Mateo Valls Riera salió con abrigo oscuro y una cartera de cuero en la mano izquierda.
No corría.
No miró a la cámara.
Detrás de él, a tres pasos, Celia Montoro sostuvo la puerta.
No habló. Al menos no había audio.
Valls Riera cruzó el garaje, se detuvo junto a una plaza vacía y dejó la cartera sobre el capó de un coche que no era suyo. Sacó algo del bolsillo. Una llave pequeña. La dejó dentro de un sobre blanco. Celia recogió el sobre sin mirar dentro.
Después él siguió caminando hacia la rampa.
La cámara lo perdió antes de la calle.
—Hora —dijo Gálvez.
—Dieciséis diecinueve treinta y dos —dijo Robles—. Siete minutos después de la cancelación de agenda por usuario C.M. Antes de que hubiera auto.
Sergio miró la pantalla.
—Celia nos ocultó entrega.
—Celia no ha declarado todavía —dijo Inés.
—Entonces no nos ha ocultado nada en acta.
—Exacto.
Gálvez se pasó la mano por la mandíbula.
—¿Dónde está el sobre?
Nadie contestó.
Porque todos sabían la respuesta antes de tenerla.
La agente Rodríguez seguía con Celia en la sala de espera.
El bolso de Celia había sido revisado solo para seguridad, no registrado como pieza vinculada porque ella no estaba detenida y el auto era de la consulta, no de su persona.
El móvil sí. El sobre, si lo llevaba encima, no había entrado todavía en ningún acta.
—No se registra a Celia sin base —dijo Gálvez.
—La base acaba de aparecer —dijo Sergio.
—La base abre una petición. No una mano en su bolso.
Inés ya estaba redactando.
—Ampliación urgente: entrega observada en garaje, soporte vídeo, posible pieza relacionada con salida de Valls Riera. Solicitud de requerimiento voluntario a Celia Montoro y, en caso de negativa, autorización para intervención de objeto concreto si se identifica.
—Eso —dijo Gálvez.
Nora seguía mirando la pantalla congelada.
Valls Riera de perfil. Celia en la puerta. Un sobre blanco que no pesaba lo suficiente para contener un arma ni bastante poco para ser nada.
—No es importante porque lo haya tocado él —dijo Nora.
Gálvez no la cortó.
—Es importante porque se lo dio a ella antes de irse.
Sergio asintió.
—Y porque Celia se quedó.
—Sí.
La frase de Celia volvió a la sala, sin que nadie la repitiera.
Él no guarda lo importante donde parece importante.
A las nueve y veintinueve, la agente Rodríguez entró en la Pecera con Celia Montoro detrás.
Celia llevaba el abrigo puesto. Las manos visibles. La cara más pequeña que en Velázquez.
Gálvez se levantó.
—Señora Montoro. Tenemos una imagen de garaje en la que Mateo Valls Riera le entrega un sobre a las dieciséis y diecinueve. Le voy a pedir que, de forma voluntaria y con presencia de su letrada si lo desea, indique si ese sobre está en su poder.
Celia miró a Sergio. Después a Nora.
No debería haberla mirado.
La miró.
—No era para mí —dijo.
—No responda al contenido —dijo Inés.
—No estoy respondiendo al contenido.
Celia metió dos dedos en el bolsillo interior del abrigo y sacó un sobre blanco, intacto, cerrado con una tira adhesiva.
Lo dejó sobre la mesa.
La escritura del frente era azul, en imprenta limpia.
No decía NORA.
Decía:
REPARTO.