El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 24 · Segovia, segunda vez
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Capítulo 24 · Segovia, segunda vez

A las diez y dos, Sergio cruzó Moncloa con la sirena apagada.

Nora iba en el asiento del copiloto, con el móvil en la mano y la pantalla negra. No lo guardaba. Tampoco lo encendía. Lo sostenía como se sostiene una puerta que puede abrirse sola.

La funda de San Bernardo se había quedado en Lavapiés.

Sergio la había cerrado, embolsado y dejado dentro del maletero de su coche, bajo su nombre. Antes de salir, había enviado a Gálvez una foto de la bolsa, la hora de cierre y una frase seca.

Copias de trabajo bajo custodia. Salimos a Segovia por comprobación familiar.

Gálvez había contestado medio minuto después.

No toques nada si hay escena.

Sergio no había enseñado el mensaje a Nora. Nora lo había leído de lado.

—Lo sé —dijo ella.

—No lo he dicho.

—Por eso.

El coche dejó atrás Plaza de España. Madrid se fue cerrando por detrás con sus luces y sus carriles. Nora volvió a llamar al fijo de Segovia.

Nada.

Después al móvil de Lola.

Apagado.

Berta.

Comunicando.

Esperó veinte segundos y volvió a intentarlo.

Comunicando otra vez.

Sergio no comentó la cuarta llamada. Condujo con las dos manos en el volante. No llevaba la placa visible. La tenía en el bolsillo interior, junto al móvil de servicio.

A las diez y dieciséis sonó su teléfono.

Número de Segovia.

Contestó en manos libres, pero no puso el altavoz hasta hablar primero.

—Aranda.

Escuchó.

—Sí. Soy yo. Dígame.

Nora giró la cabeza hacia él.

Sergio tocó la pantalla. La voz de un hombre llenó el coche, baja y con ruido de calle detrás.

—Inspector, soy el agente Ruiz, Policía Local de Segovia. Estamos en el domicilio de doña Lola. La señora está viva. Consciente. Algo desorientada. Está siendo atendida por sanitarios.

Nora cerró los dedos sobre el móvil.

—¿Berta? —preguntó Sergio.

—Aquí también. Fue ella quien llamó al 112. Por eso comunicaba su teléfono, dice. No ha resultado herida.

Nora soltó aire por la nariz. Poco. Lo justo para no quedarse sin él.

—¿Hay indicios de entrada? —preguntó Sergio.

El agente tardó un segundo.

—No forzada. Puerta principal cerrada sin llave. Patio abierto. La vecina refiere que ella no suele dejarlo abierto de noche.

—¿Han tocado algo?

—No lo imprescindible. Los sanitarios han tenido que mover una mesita. Había un papel sobre el regazo de la señora. Lo hemos fotografiado antes de retirarlo para que la exploraran.

Sergio no miró a Nora.

—¿Qué pone?

Ruido al otro lado. Una voz de fondo. Un perro ladró dos veces.

—Inspector, preferiría que lo viera su equipo.

—Dígalo.

El agente tragó saliva. Se oyó.

—NORA, NO PARES.

El coche siguió avanzando.

Las luces de la autovía parecían todas iguales.

—¿Con qué escrito? —preguntó Sergio.

—Bolígrafo azul. Letras grandes. Imprenta. Papel blanco, doblado una vez.

—Guárdenlo en funda limpia. Sin manipulación adicional. Anoten quién lo ha retirado, hora exacta y motivo sanitario. Nadie más entra en la estancia salvo personal médico y policía. Voy para allá con la inspectora Vidal.

—Entendido.

—Y agente Ruiz.

—Sí.

—La inspectora Vidal va como hija. Yo llevo la parte policial hasta que llegue Policía Judicial.

Hubo una pausa breve.

—Entendido, inspector.

Sergio colgó.

Nora no dijo nada.

A las diez y veintidós entraron en la A-6.

Tres kilómetros después, Sergio llamó a Gálvez.

No pidió permiso.

—Lola está viva —dijo cuando el comisario respondió—. Hay papel. NORA, NO PARES. Domicilio de Segovia. Policía Local en escena. Sanitarios dentro. Berta viva. Puerta de patio abierta, sin fuerza.

Escuchó.

—Sí. Voy con Vidal. Ella entra como hija si el médico lo permite. Yo preservo hasta que lo asuma Judicial de Segovia y lo coordines con el juzgado de guardia. Y llama a Aranguren tú, no ella.

Nora notó la última frase sin moverse.

Gálvez habló más tiempo. Sergio contestó poco.

—Lo sé. Lo sé. No. No va a preguntar por el caso. Si pregunta, la saco. Sí. Te llamo al llegar.

Colgó.

La autovía subía hacia la sierra. En los márgenes, los árboles eran manchas negras.

—Está viva —dijo Sergio.

—Ya lo he oído.

—Te lo digo igual.

Nora dejó el móvil boca abajo sobre la rodilla.

—No voy a entrar como inspectora.

—Bien.

—No voy a tocar el papel.

—Bien.

—No voy a preguntarle por Portales.

—Bien.

—Si digo que no voy a preguntarle por el hombre, miento.

Sergio la miró un segundo, solo uno.

—Entonces no lo digas.

Nora volvió la cara hacia la carretera.

A las once y veintiocho tomaron la salida de Segovia.

La ciudad apareció como aparecen las cosas conocidas cuando una llega tarde: más pequeña de lo que debería, más fría, con las calles vacías y las ventanas encendidas en sitios que Nora no sabía de memoria pero su cuerpo sí.

La casa de Lola tenía dos luces encendidas. La del recibidor y la del salón.

En la acera había una patrulla de Policía Local, una ambulancia y el coche de Berta mal aparcado, medio subido al bordillo. La puerta del jardín estaba abierta. La cadena colgaba sin romper.

Nora salió antes de que Sergio terminara de apagar el motor.

—Vidal.

Se detuvo.

No porque quisiera. Porque había aprendido a obedecer la voz de Sergio cuando sonaba así.

—Dame diez segundos.

Sergio bajó. Cerró el coche. Se acercó al agente que esperaba en la entrada con una libreta en la mano. Mostró la placa. Habló bajo.

Nora esperó en la acera.

La casa olía a romero mojado. El jardín de Lola tenía tres macetas junto a la puerta y una silla plegada contra la pared. Una de las macetas estaba caída. No rota. Caída. Tierra sobre las baldosas.

Berta salió al porche con una manta sobre los hombros. Tenía el pelo suelto, raro en ella, y el móvil en la mano como si todavía pudiera necesitarlo para sujetarse.

—Nora.

Nora subió los dos escalones.

Berta la abrazó sin pedir permiso. Nora la dejó. Dos segundos. Tres. Después se apartó.

—¿Dónde está?

—Dentro. Con los sanitarios. No tiene nada grave. Eso dicen. La tensión alta. Está asustada. Yo también.

—¿Qué ha pasado?

Berta negó con la cabeza antes de hablar.

—Vine porque me mandó un mensaje raro. A mí también.

A las ocho y treinta y siete. Decía que mañana no hacía falta que pasara.

Lola nunca me dice eso. Nunca. Había estado con ella hasta las seis menos diez.

Me fui a casa. Volví porque no me cuadró.

Pasé antes por la tienda, me encontré con Concha, tardé más, y cuando llegué la puerta no estaba con llave.

La del patio estaba abierta. Entré y la encontré en el sillón.

—Berta —dijo Sergio desde detrás.

La voz no fue dura. Fue suficiente.

Berta cerró la boca.

Nora también.

—Perdón —dijo Berta.

—No pasa nada —dijo Sergio—. Luego lo cuenta por la vía correcta. Ahora solo salud.

Nora asintió. Le costó más de lo que quiso.

El agente Ruiz se acercó.

—El médico dice que puede entrar un familiar. Una sola persona. Dos minutos.

Sergio miró a Nora.

—Dos minutos. Nada de caso.

—Lo sé.

Entró.

La casa de Lola no estaba desordenada. Eso fue lo peor.

El paraguero en su sitio. La alfombra sin arrugar. La fotografía de Sara y Nora niñas sobre la cómoda del recibidor. El plato de llaves junto al teléfono. Un abrigo de Lola en el respaldo de una silla, como siempre que volvía de comprar y decidía que colgarlo podía esperar.

Todo parecía casa.

En el salón, Lola estaba sentada en el sillón de flores, con una manta gris sobre las piernas y un manguito de tensión todavía en el brazo. Un sanitario guardaba material en una mochila. Otro revisaba una hoja.

Lola llevaba el camisón azul y una rebeca beige. El pelo, aplastado por un lado. Los ojos abiertos, muy abiertos.

—Mamá.

Lola giró la cara.

Tardó en encontrarla.

—Nora.

La palabra salió pequeña.

Nora se arrodilló junto al sillón. No le cogió las manos hasta ver que el sanitario asentía. Entonces sí. Las dos. Estaban frías.

—Estoy aquí.

—No tenías que venir.

—Sí tenía.

—Te he escrito que estaba bien.

Nora contó hasta dos.

—Lo he visto.

Lola miró hacia la mesita. La mesita ya no estaba donde debía. La habían desplazado medio metro para que trabajaran los sanitarios. Encima, dentro de una funda transparente, estaba el papel.

Nora no lo leyó.

Ya lo había oído.

Leerlo allí habría sido otra cosa.

—Había un hombre —dijo Lola.

El sanitario levantó la vista.

Nora apretó un poco las manos de su madre y luego aflojó.

—Ahora no, mamá.

Lola frunció el ceño, como si esa prudencia le molestara.

—No me hizo daño.

—Ahora no.

—Dijo que venía de parte de Manuel.

Nora no se movió.

Sergio, desde la puerta, tampoco.

El sanitario miró al agente Ruiz.

Ruiz escribió una línea en su libreta sin preguntar nada.

Eso era suficiente por ahora.

—Mamá —dijo Nora—. Te va a ver un médico. Después descansarás. Luego, si tienes que contar algo, lo cuentas bien. Con alguien que pueda escribirlo como toca.

Lola la miró con una lucidez breve y feroz.

—No me trates como si no supiera.

Nora bajó la cabeza.

—No lo hago.

—Sí lo haces.

El manguito del tensiómetro resbaló un poco por el brazo de Lola. El sanitario lo recolocó sin intervenir en la conversación.

—Tengo miedo —dijo Lola.

La frase le bajó a las rodillas, no al pecho. Estaba arrodillada y el suelo era duro. Eso ayudaba. El dolor concreto siempre ayudaba.

—Lo sé.

—Pero no por mí.

—Mamá.

—No pares.

Sergio dio un paso.

—Lola —dijo Nora, antes de que él llegara—. Escúchame. No vamos a hablar de eso ahora.

—Lo ponía el papel.

—Por eso mismo.

Lola se quedó quieta.

Después retiró una mano de las de Nora y le tocó la mejilla con dos dedos. Hacía años que no hacía ese gesto. O quizá lo hacía y Nora no se dejaba.

—Tienes la cara de tu padre cuando mentía para protegerme.

Nora cerró la mano vacía.

—Eso tampoco lo vamos a hablar ahora.

—Pues no lo hables.

El sanitario se incorporó.

—Nos gustaría trasladarla para observación. No parece haber golpe ni intoxicación evidente, pero con la edad y el susto conviene. Tensión alta. Saturación bien. Pupilas normales. La señora está orientada a ratos.

—¿A qué hospital? —preguntó Sergio.

—Complejo Asistencial de Segovia.

—Vamos detrás —dijo Nora.

—No —dijo Sergio.

Nora se levantó despacio.

—¿Cómo que no?

—Tú vas con tu madre en la ambulancia si el sanitario lo permite. Yo me quedo con la escena hasta que llegue Judicial. Luego voy al hospital.

Nora miró el salón.

La funda transparente sobre la mesita.

La manta.

El sillón.

La taza de Lola en la mesa auxiliar, con una marca de carmín en el borde. Otra taza, sin carmín, junto a la ventana. No debería estar allí. Lola no ponía tazas junto a la ventana. Decía que los cercos en la madera eran para gente sin educación.

Nora apartó la vista antes de hablar.

Sergio ya la había visto.

—Ruiz —dijo él—. Taza junto a la ventana. Que se fotografíe antes de moverla y que vaya como indicio separado. Sin prisa.

—Entendido.

Nora salió del salón sin tocar nada.

En el recibidor, el agente Ruiz hablaba por teléfono con alguien de guardia. Berta estaba sentada en el primer peldaño de la escalera, con la manta aún encima.

Nora se acercó a ella.

—Gracias por venir.

—Si tardo más…

—No.

—Nora.

—No.

Berta obedeció. También estaba demasiado cansada para discutir.

Los sanitarios prepararon a Lola para moverla. Lola protestó por la manta, por las zapatillas y por el bolso. Protestar era bueno. Protestar ocupaba aire.

Sergio salió al porche para hablar con Gálvez.

Nora se quedó junto a la puerta del salón, sin entrar. Desde allí veía solo una parte de la mesita. La funda transparente. Las letras azules.

NORA, NO PARES.

No era para Lola.

No del todo.

A las doce y ocho sacaron a Lola en la silla de traslado. Nora caminó a su lado hasta la ambulancia. Lola le sostuvo la muñeca con una fuerza pequeña.

—No era Manuel —dijo.

Nora se inclinó.

—Lo sé.

—Pero sabía decirlo.

Nora no contestó.

Lola cerró los ojos.

—Eso es peor.

La ambulancia abrió la puerta trasera. El interior olía a plástico limpio y a metal.

Sergio llegó hasta Nora antes de que subiera.

—Vidal.

—Dime.

—Tu madre está viva.

—Sí.

—Eso es lo primero.

Nora lo miró.

Sergio no añadió nada.

Porque lo segundo estaba dentro de la casa, dentro de una funda transparente, escrito en azul.

Y ya había llegado a Segovia antes que ellos.