El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 25 · Sergio, otra vez
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Capítulo 25 · Sergio, otra vez

El Complejo Asistencial de Segovia a las doce y veintidós de la noche tenía la luz de los lugares donde nadie duerme de verdad.

Nora entró detrás de la camilla sin enseñar placa.

Eso fue lo primero.

La pistola y la placa habían quedado en el coche de Sergio, cerradas en la caja portátil antes de subir a la ambulancia. Lo había hecho sin discutir. Eso fue lo segundo.

En urgencias se quitó la chaqueta y la dejó doblada sobre el respaldo de una silla de plástico, con el móvil y las llaves dentro de un bolsillo.

Nada más. Respondió a las preguntas de admisión con la voz de una hija que sabía los datos.

Nombre completo. Edad. Medicación habitual.

Alergias conocidas. Teléfono de contacto.

Cuando la administrativa le preguntó parentesco, Nora tardó medio segundo.

—Hija.

La palabra salió más rara que inspectora.

Lola protestó cuando la pasaron a una cama de observación. Protestó por la bata abierta por detrás, por el frío, por el oxímetro en el dedo y por una enfermera que le llamó Dolores sin pedir permiso. La enfermera se disculpó. Lola dijo que no pasaba nada y luego volvió a quejarse del oxímetro.

Nora se quedó de pie junto a la cama.

No preguntó por el hombre.

No preguntó por Manuel.

No preguntó por la frase.

Mantuvo las manos visibles, apoyadas en la barandilla metálica. La barandilla estaba fría. Eso ayudaba.

El médico de guardia era joven, con ojeras de turno largo y una letra imposible. Exploró a Lola con una paciencia correcta. Pupilas. Tensión. Auscultación. Fuerza en manos. Orientación.

—¿Sabe dónde está?

Lola miró a Nora.

—En un hospital donde me han traído contra mi voluntad.

—Bien —dijo el médico—. ¿Qué día es?

—El día en que todo el mundo cree que soy tonta.

El médico anotó.

—Eso también orienta bastante.

Nora bajó la mirada. El gesto le salvó la cara.

—No hay signos neurológicos focales, de momento —dijo él después, ya en el pasillo—. La tensión está alta, pero encaja con el susto. Vamos a hacer analítica, electro, control toxicológico básico y observación. Si todo queda limpio, mañana valoramos alta.

—¿Puede quedarse alguien con ella?

—Una persona. Sin molestar. Sin interrogar.

Nora levantó la vista.

El médico había dicho la palabra sin saber lo que estaba diciendo.

—Sin interrogar —repitió Nora.

—Es una paciente, no una declaración.

—Lo sé.

—Bien. A veces las familias no lo saben.

Nora volvió a la cama.

Lola tenía los ojos cerrados. No dormía. Nora lo sabía por la forma en que movía un dedo contra la sábana. Uno. Dos. Tres. Pausa. Uno. Dos. Tres. Una cuenta antigua. Manuel había contado así cuando pensaba. Nora también.

La enfermera dejó una manta más sobre los pies de Lola y salió.

—No le preguntes —dijo Lola, sin abrir los ojos.

Nora se sentó.

—No voy a preguntarte.

—Quieres.

—Sí.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Lola abrió los ojos.

—Qué cansada estás.

—Tú más.

—Yo estoy vieja. Es distinto. Lo mío tiene papeles.

Nora se fijó en la vía en el dorso de la mano de su madre. La piel fina. La cinta blanca. El esparadrapo con una arruga mínima. Le dieron ganas de despegarlo y volverlo a poner bien. No lo hizo.

—Sergio se ha quedado en casa —dijo.

—Bien.

—Va a venir cuando pueda.

—Sergio vendrá cuando pueda.

Nora no contestó.

Lola volvió la cabeza hacia la pared. En la pared había una televisión apagada, un dispensador de gel y un cartel sobre lavado de manos. Cinco pasos entre la cama y la puerta. Una cortina gris a medio correr. Otra paciente al otro lado, dormida o fingiendo.

—Me dijo una cosa —dijo Lola.

Nora dejó la espalda más recta.

—Mamá.

—No voy a declarar. Voy a hablar con mi hija.

—Ahora no tienes que hablar conmigo de nada.

—Entonces escucha y no uses.

Nora se quedó quieta.

Lola tardó. El cansancio le llegaba por oleadas pequeñas.

—No me llamó Dolores.

Nora no habló.

—No hablo de la enfermera —dijo Lola.

Nora apoyó una mano sobre la barandilla, no sobre la sábana.

Lola tragó saliva.

—Me llamó Lola.

La otra paciente, al otro lado de la cortina, siguió inmóvil.

—Eso no lo apunta nadie esta noche —dijo Nora.

—Me da igual quién lo apunte.

—A mí no.

Lola cerró los ojos otra vez.

—Tu padre decía que el nombre de casa abre antes que el de los papeles.

Nora apretó la barandilla.

—¿Eso lo dijo él?

—Tu padre decía muchas cosas. Algunas eran suyas. Otras no.

—Mamá.

—Ya está. No digo más.

Nora no sabía si agradecérselo o pedirle que siguiera. Eligió quedarse sentada.

A las doce y cuarenta y seis de la noche, Lola se durmió.

Primero dejó de protestar con el dedo. Después la boca perdió tensión. Después el pitido suave del monitor fue el único ritmo suyo que quedaba en la habitación.

Nora esperó diez minutos antes de levantarse.

En el pasillo, compró un café de máquina. La máquina tardó demasiado y echó azúcar aunque Nora había pulsado sin azúcar. Lo tiró entero. Compró otro. También salió dulce.

Se lo bebió.

El azúcar le dejó una película mala en la boca.

Sergio apareció a la una y doce.

No entró en la habitación. Se quedó a dos metros, con el abrigo oscuro, el pelo mojado por una lluvia fina y una carpeta azul fina bajo el brazo. No era expediente. Era la delimitación y dos hojas de coordinación. Nada de piezas. Nada de copias de la escena.

—¿Está dormida?

—Sí.

—¿Tú?

Nora lo miró.

—Qué pregunta tan mala.

—Estoy cansado.

—Ya.

Sergio señaló con la cabeza el pasillo lateral.

—Dos minutos.

Caminaron hasta una zona de máquinas cerrada al público. Había tres sillas, una fuente de agua y un panel con carteles de donación de sangre. Sergio dejó la carpeta sobre sus rodillas cuando se sentó. No la abrió.

—Gálvez ha coordinado la escena con Judicial de Segovia —dijo—.

Policía Local queda como primer interviniente.

Científica de Madrid sube mañana a primera hora para refuerzo, con autorización del juzgado de guardia.

La taza, el papel, la funda y las muestras de acceso al patio están en cadena.

Tú constas solo como familiar acompañante.

—Bien.

—Aranguren ya lo sabe.

—Qué rápido.

—Gálvez la llamó antes de que ella llamara a Gálvez. Por una vez, estrategia.

—¿Y?

—Quiere delimitación actualizada mañana a las nueve. La firmamos Gálvez y yo. A ti te la notifican cuando esté cursada. Esta noche no la peleas.

Nora sostuvo el vaso de café vacío. No recordaba haberlo traído desde la máquina.

—La peleo ahora.

—No.

—Sergio.

—No. Ahora eres hija. Mañana, cuando duerma tu madre y Gálvez tenga la casa, peleas lo que quieras. Esta noche no.

Nora bajó la vista a la carpeta azul.

—¿La segunda taza?

—Está en cadena como indicio separado. No necesito contarte el informe en un pasillo.

—Eso lo decido yo.

—Hoy no.

La frase quedó entre los dos.

Sergio no la retiró.

Nora dejó el vaso en el asiento de una silla. Luego lo cogió otra vez. Luego lo tiró a la papelera.

—No me hables como si fuera a romper una escena por no saber controlarme.

—No lo hago.

—Sí lo haces.

—Te hablo como alguien que ha visto tu cara en esa casa.

Nora se quedó sin réplica. No porque no tuviera una. Porque todas eran mentira.

Sergio bajó la voz.

—Vidal. Tu madre está viva. La escena está preservada. Celia tiene vigilancia desde esta noche. Raquel no mueve la caja sin abogada. Gálvez está haciendo su trabajo. Esta noche no ganas nada volviendo a ser policía en un pasillo de urgencias.

Nora apoyó una mano en la fuente. El metal estaba húmedo.

—Ha entrado en casa de mi madre.

—Sí.

—Ha usado a mi padre para entrar.

—Sí.

—Ha sabido cómo decirlo.

—Sí.

—Y yo no estaba.

Sergio tardó en contestar.

—No.

Aquello sí la tocó.

No el sí. No el caso. El no.

—No sé cómo dejar de ser policía sin dejar de ser hija —dijo.

—No tienes que saberlo esta noche.

—Siempre es esta noche.

—No.

Nora lo miró.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

Una celadora cruzó empujando una silla de ruedas sin paciente. Las ruedas sonaron mal en una baldosa.

Sergio no le pidió a Nora que se sentara. Eso fue lo que hizo que ella acabara sentándose.

No a su lado. En la silla de la pared de enfrente.

—Te voy a decir cómo va a ser la noche —dijo Sergio—.

Tú vuelves con Lola. Yo me quedo en el pasillo.

Si el médico sale, estoy. Si Gálvez llama, contesto yo.

Si tu madre despierta y quiere agua, se la das tú.

Si dice algo del hombre, no preguntas. Si insiste, llamas a la enfermera o al médico para que conste como manifestación espontánea.

No hay libreta. No hay grabadora. No hay atajos.

Nora bajó la vista a sus manos.

Tenía una marca roja en la muñeca donde Lola la había sujetado en la ambulancia.

—¿Y si me pide que no pare?

—Le dices que no vas a parar. Eso no es una diligencia.

Nora levantó la vista.

Sergio tenía los codos apoyados en las rodillas y las manos juntas. La carpeta azul seguía cerrada. En otra vida, habría abierto la carpeta. Habría puesto el caso entre ellos para que los dos cupieran mejor.

Esa noche no.

—¿Te ha dicho algo Berta? —preguntó Nora.

—Solo lo básico. Estuvo con Lola hasta las seis menos diez.

A las seis y veinte salió el mensaje a tu móvil desde el teléfono de Lola.

A las ocho y treinta y siete salió otro para Berta.

Después el terminal se apagó. Berta fue a la casa y llamó a Policía Local antes de llamarte.

Por eso comunicaba. Gálvez ha pedido trazas al operador y registro de desbloqueo, si lo hay.

Nora cerró los ojos un momento. No para descansar. Para colocar la pieza.

—Él hizo que ella mandara «todo bien».

—O ella lo mandó para ganar tiempo.

Nora abrió los ojos.

Sergio no añadió hipótesis. Mejor así.

—No lo sabemos —dijo ella.

—No.

—Y no se lo voy a preguntar esta noche.

—No.

Nora asintió. Una vez.

A la una y treinta y ocho, el móvil de Sergio vibró. Miró la pantalla.

—Gálvez.

Contestó de pie.

—Aranda.

Escuchó. Caminó tres pasos hasta la pared. Nora no oyó la voz al otro lado, solo los huecos.

—Sí. … No. Vidal está con la madre. … No entra en escena. … Mañana. … Díselo así a Aranguren: familiar acompañante, excluida de diligencias. … La segunda taza va como indicio separado. … El papel no se incorpora a ninguna conversación con ella.

Sergio buscó a Nora al decirlo.

Nora no protestó.

Él siguió escuchando.

—Celia. … Bien. Dos agentes ya, hasta relevo. Sin contacto. … Raquel, mañana a las diez, con abogada. … Sí. La bolsa y la libreta. … No, no me gusta tampoco. … Ya.

Colgó.

—Mañana abren lo que quedaba de la caja —dijo.

—Sin mí.

—Sin ti al principio.

—Sergio.

—Vidal, tu madre está en observación. Si por la mañana está estable y tú quieres ir, Gálvez decidirá si puedes estar en sala técnica sin tocar nada. Yo no voy a prometerte lo que no puedo sostener.

Nora se levantó. Dio dos pasos hacia la habitación de Lola y se detuvo.

—Estoy enfadada con un hombre que lleva doce años muerto.

—Lo sé.

—Y con otro que acaba de entrar en casa de mi madre.

—También.

—Y contigo porque estás aquí.

—Eso es nuevo.

—No.

Sergio la miró.

Nora no supo si la frase se había ido de su boca o de una parte más antigua.

—No es nuevo —dijo.

Sergio guardó el móvil.

—Entonces me quedo igual.

Lola se movió dentro de la habitación. Un sonido pequeño. Sábana, barandilla, un vaso contra plástico.

Nora fue hacia la puerta.

Sergio la siguió hasta el umbral, pero no entró.

Lola tenía los ojos abiertos.

—¿Se ha ido? —preguntó.

Nora se acercó.

—¿Quién?

Lola frunció el ceño.

—Sergio.

—Está fuera.

—Dile que entre.

Nora salió al pasillo y llamó a la enfermera.

—Un minuto —dijo.

La enfermera miró a Lola, luego a Sergio.

—Un minuto.

Sergio entró con cuidado, como se entra en una casa ajena. Nora se quedó en el umbral, fuera de la habitación.

—Lola.

—Tú no eres médico.

—No.

—Bien. Los médicos preguntan demasiado.

—Yo puedo preguntar poco.

Lola lo observó con una atención cansada.

—No la dejes salir sola esta noche.

Sergio miró primero a Nora. Luego a Lola.

—Esta noche no.

—No he dicho que solo esta noche.

Sergio no sonrió.

—Lo sé.

Lola pareció satisfecha. Cerró los ojos.

—Ahora sí.

Volvió a dormirse casi al instante.

Sergio salió antes de que la enfermera tuviera que recordarle el minuto.

A las dos y cinco, arrastró una silla hasta la puerta de observación. Se sentó. La carpeta azul quedó cerrada sobre sus rodillas.

Nora volvió a la silla junto a la cama.

Lola dormía con la boca un poco abierta. Más vieja que por la mañana. Más viva también.

Nora le acomodó la manta sin tocar la vía.

No preguntó nada.

No escribió nada.

No fue a ningún sitio.

Sergio, al otro lado de la puerta, tampoco.