Capítulo 23 · Lavapiés, otra vez
A las nueve y diecisiete, la mesa del salón de Nora tenía menos riesgo que la Pecera solo porque Sergio estaba delante.
Subieron desde la calle con una funda negra. No eran originales. No eran copias para incorporar al procedimiento. Eran copias de trabajo, numeradas en la esquina inferior y registradas a nombre de Aranda hasta su devolución.
En la tapa, Robles había pegado una etiqueta blanca.
SAN BERNARDO / COPIA OPERATIVA.
Debajo, con letra de Gálvez:
BAJO CUSTODIA DE ARANDA.
—Esto no entra en mi casa como prueba —dijo Nora.
—No entra como prueba. Entra como copia de trabajo y sale conmigo.
—Eso suena a frase de Gálvez.
—Lo es casi entera.
En la tercera planta, una vecina abrió la puerta antes de que pasaran. Miró la funda, miró a Nora, miró a Sergio.
—Buenas noches.
—Buenas noches —dijo Sergio.
Nora no contestó. Si contestaba, la mujer iba a preguntarle por Lola, por la lluvia, por el ascensor roto o por cualquier cosa pequeña que el mundo usaba para fingir que seguía entero.
Entraron en el piso.
El apartamento olía a café viejo, a papel y a una lavadora que Nora había puesto dos días antes y no había tendido. Sergio dejó la funda sobre la mesa del salón. Luego fue a la cocina, abrió la lavadora, sacó la ropa húmeda y la extendió sobre dos sillas.
—Eso no consta en cadena de custodia —dijo Nora.
—Esto sí podía contaminar algo.
Nora miró el reloj de su padre.
17:42.
No daba la hora. Daba una posición.
—Si vas a decirme que duerma, ahórratelo.
—No iba a decirte eso.
—¿Qué ibas a decirme?
—Que la ropa iba a oler mal.
Nora casi sonrió. No llegó.
Sergio volvió a la mesa, sacó una bolsa transparente vacía y escribió la hora, la dirección y su nombre. Después abrió la funda.
Cinco hojas. El índice de San Bernardo. La relación de anexos. La hoja de incidencias. La ampliación del anexo C. Una impresión de trabajo de la fotografía de Raquel, con el recorte de la carpeta del piano.
Nada original.
Nada que Nora pudiera llevarse a un juzgado.
—Yo escribo —dijo Sergio.
Nora lo miró.
—¿Perdona?
—Tú hablas. Yo escribo. Si algo sirve, lo firma Gálvez o lo firmo yo. Si no sirve, no sale de esta mesa.
—Mi letra no muerde.
—Para Aranguren, ahora mismo, sí.
Nora aceptó la frase. No porque le gustara. Porque era cierta.
Sergio cogió una hoja limpia y la dividió en tres columnas.
AGOSTO.
OCTUbrE.
AHORA.
—Robles preparó el mapa por orden mía —dijo—. Escala aproximada. No pericial.
—Bien.
—Que conste que alguien ha pedido algo a alguien antes de que el mapa aparezca justo cuando lo necesitamos.
—Estás aprendiendo.
—Me vigilan mucho.
Extendió el mapa de Puente de Vallecas de 1998 a la izquierda y la copia actual de Monte Igueldo a la derecha. Entre ambos dejó la hoja de columnas.
Sergio escribió en AGOSTO: San Bernardo. Salida no programada. Nueve de agosto. Itinerario B. Anexo B retirado. Inicial R.
En OCTUbrE: Foto de la esquina. Portal. Nora niña. Segunda capa.
En AHORA: Tres víctimas. VISTO / VISTO / NORA. Caja Raquel. Celia. Umbral Civil. Portales.
No escribió la M.
Nora tampoco la dijo.
—Agosto no es octubre —dijo Sergio.
—Ponlo arriba.
Él escribió la frase como regla, no como hipótesis.
AGOSTO NO ES OCTUbrE.
La tinta quedó demasiado negra en la hoja.
—Agosto es San Bernardo —dijo Nora—. El día del secuestro. Una salida no programada. Un anexo de menores retirado después.
Sergio escribió.
—Octubre es la foto de la esquina —continuó ella—. Otra capa. Otro momento. Otra intención.
—Y Portales.
Nora miró la impresión. La etiqueta sobre la carpeta seguía siendo mala, borrosa, casi una mancha. PORTALES se leía lo suficiente para molestar. MTE. IGUELDO, 11 se leía peor y pesaba más.
—Portales puede ser programa, ruta, carpeta o código —dijo.
—Eso no lo pongo como conclusión.
—No lo es.
Sergio escribió: PORTALES: lectura pendiente. No nombrar operación. No cerrar.
—¿Qué te dice? —preguntó.
Nora apoyó los codos en las rodillas. En la cocina, la nevera hizo un ruido bajo. El piso tenía sonidos propios. La madera del pasillo. La tubería del baño. El vecino del quinto arrastrando una silla siempre a la misma hora. Iván habría conocido el piso en dos noches.
No pensó en Iván.
Lo intentó, al menos.
—Me dice que hemos estado mirando edificios —dijo—. Residencias, consulta, centro, fundación. Y quizá el patrón sean entradas.
Sergio levantó la vista.
—Portales.
—No como dirección. Como paso. Un sitio donde una persona entra en un sistema y sale de otro antes de que el papel la alcance.
Sergio dejó el bolígrafo un segundo.
—Eso no entra en informe así.
—No.
—Pero se puede convertir.
—Si lo firma otro.
—Eso ya lo tenía pensado.
El móvil de Sergio vibró sobre la mesa.
Gálvez.
Sergio no puso el altavoz de inmediato.
—Aranda.
Escuchó. Miró a Nora una vez.
—Está conmigo. No está firmando nada. No está tocando originales. Sí. Lo sé.
Nora se quedó quieta.
Nora oyó solo ruido de voz. Sergio escribía en la libreta pequeña.
—Lo traslado yo —dijo él—. Sí. Vidal no firma. No entrevista. No va a Velázquez. No va a Monte Igueldo. Segovia solo si es personal, y eso lo digo yo.
Nora no se movió.
Sergio escuchó otra vez.
—Celia desde ya. Entendido. Protección discreta. Sin contacto. Inés lo manda por vía formal. Caja de Raquel con abogada. Portales pendiente. Sí.
Esperó.
—Mañana a las ocho. Buenas noches.
Colgó.
—Gálvez acaba de hablar con Aranguren —dijo Sergio.
—¿Y?
—Informe de avance mañana a las ocho. Lo firma él. Sin literatura. Sin flechas emocionales. Hechos y pendientes.
—Qué poco cariño por la cartografía.
—También quiere delimitación reforzada de tus funciones. Otra.
—Colecciono límites.
—No firmas nada. No entrevistas a Celia. No vas a Velázquez. No vas a Monte Igueldo. No llamas a Segovia por el caso ni conviertes a tu madre en archivo vivo.
Nora miró las columnas.
—Entendido.
—Celia Montoro: dos agentes de paisano desde ya. Uno en Moratalaz y otro en Velázquez. Protección discreta, sin contacto directo. Si sale, seguimiento. Si intenta salir de Madrid, Gálvez pide autorización inmediata.
—Bien.
—Inés confirma que Celia no consta como empleada de Valls Riera. No hay nómina, contrato laboral ni alta vinculada a la consulta. Servicios externos de gestión documental. Facturas trimestrales a través de una asesoría.
Nora miró la hoja de San Bernardo.
—Eso la pone dentro sin ponerla dentro.
—Lo escribo como hipótesis, no como conclusión.
Sergio escribió en AHORA: Celia. Protección discreta esta noche. Gestión documental externa. No entrevista directa.
—Caja de Raquel —continuó—. Autorización pedida para abrir bolsa de tela y libreta de anillas con abogada citada. Si entra mañana, por la tarde. Si no entra, se espera.
—La caja no puede esperar mucho.
—La cadena sí.
Nora aceptó eso también.
—Y Portales queda como etiqueta pendiente. No operación. No subgrupo. No carpeta formal.
—Robles va a sufrir.
—Ya ha sufrido. Preguntó si podía abrir carpeta técnica con ese nombre. Gálvez le dijo que fecha y número de diligencia. Robles contestó con un pulgar.
Sergio le enseñó la pantalla. El pulgar azul seguía allí, pequeño y absurdo.
—En Robles eso suele ser obediencia y protesta.
El piso quedó con el ruido de la calle. Una moto en la plaza. Una persiana que bajaba. Alguien llamó a un niño por su nombre y el niño no contestó.
Sergio leyó lo escrito.
—Esto es bueno.
—Es poco.
—Es bueno porque es poco.
—No tenemos anexo B. No tenemos R. No tenemos M. No tenemos originales de la etiqueta. No tenemos a Celia. No tenemos al hombre sin placa.
—Y por una vez lo sabemos antes de equivocarnos.
Nora miró la hoja de columnas.
—Si Portales era un programa interno, San Bernardo tuvo una ruta hacia Monte Igueldo antes de la foto.
—Sí.
—Si era una carpeta, alguien agrupó documentos de esa zona.
—Sí.
—Si era una etiqueta posterior, alguien quiso que la foto dijera lo que el anexo no decía.
—Sí.
Sergio cerró el bolígrafo.
—Tres condicionales. Ninguno firma.
—Lo sé.
Nora cogió una nota adhesiva blanca. Escribió PORTALES / MTE. IGUELDO, 11 y la dejó fuera de las tres columnas. Ni agosto. Ni octubre. Ni ahora. A un lado.
Una etiqueta sin casa.
Sergio aprobó el gesto con un movimiento mínimo de cabeza.
—Así.
—¿Así qué?
—Sin meterla donde todavía no cabe.
Nora separó también a Celia de Umbral Civil. Dos nombres distintos. Una línea fina entre ambos, no una flecha. La línea decía: comprobar función real.
—Entonces mañana no salimos a buscar una esquina —dijo Sergio—. Salimos a buscar quién puso ese nombre en una carpeta.
Nora dobló el mapa actual por la mitad.
No lo guardó. Solo lo dobló.
—Mañana necesitamos tres cosas —dijo Sergio—. Uno: San Bernardo. Dos: Umbral Civil. Tres: Celia viva y protegida hasta que pueda hablar por vía limpia.
—Celia va a callar.
—Es probable.
—O va a mentir.
—También.
—O va a decir que no recuerda.
—Eso no siempre es mentira.
Nora lo miró.
Sergio sostuvo la mirada.
No hablaba solo de Celia.
El móvil de Nora estaba al cinco por ciento. Lo enchufó junto al sofá. Al encenderse la pantalla, aparecieron dos notificaciones antiguas. Una de Berta, de media tarde, con una foto desenfocada de una receta de farmacia. Otra de Lola, enviada a las seis y veinte.
No vengas este fin de semana si estás con trabajo. Estoy bien.
Nora leyó el mensaje dos veces.
Lola no escribía así. Lola mandaba fotos de una planta, un recordatorio de Berta o una frase partida por la mitad. Estoy bien era una frase de alguien que sabía que podía no estarlo.
Sergio no se inclinó para verlo.
—Mi madre me ha escrito.
—¿Todo bien?
Nora no contestó.
—No la llamo por el caso —dijo.
—Lo sé.
—La llamo porque ese mensaje no es suyo.
Marcó el fijo de Segovia.
Un tono.
Dos.
Tres.
Cuatro.
A la quinta señal, entró el contestador viejo de Lola con la voz de Nora de hacía quince años, grabada una tarde en que su madre no quería aprender a hacerlo.
Ha llamado a casa de Lola. Deje el mensaje después de la señal.
Nora colgó antes de la señal.
—Puede estar dormida —dijo Sergio.
—Son las diez menos cuarto.
—Puede estar en la cocina. Puede no oír el fijo.
Nora llamó al móvil.
Apagado.
Llamó a Berta.
Comunicando.
Esperó quince segundos y volvió a marcar.
Comunicando otra vez.
Escribió un mensaje a Berta: Llámame en cuanto puedas. Es urgente, pero no es del caso.
Después escribió a Lola: Mamá, dime algo.
No hubo doble marca azul en ninguna de las dos pantallas.
—Dame un minuto —dijo Sergio.
Se apartó hasta la ventana y llamó desde su móvil. No dijo caso. No dijo San Bernardo. Pidió una comprobación de bienestar a Policía Local de Segovia con los datos de Lola y los de Berta. Dio su identificación, no la de Nora. Escuchó. Dio las gracias.
Volvió con la chaqueta en la mano.
—Una patrulla va hacia la casa. Diez minutos, quizá quince.
—Yo también.
—Voy contigo.
—No he dicho que vaya.
—Por eso voy contigo.
Nora miró las tres columnas abiertas sobre la mesa: AGOSTO, OCTUbrE, AHORA.
Después miró el teléfono.
El fijo no había devuelto la voz de Lola. El móvil de Berta, por segunda vez, comunicaba.
La casa de Segovia no sonaba.