Capítulo 17 · Valdemoro
El lunes, Valdemoro tenía la luz plana de los sitios hechos para que nadie mirara demasiado tiempo.
Nora lo vio desde el asiento trasero del coche oficial, con las manos quietas sobre las rodillas y el bolso cerrado junto a la puerta.
A la derecha, detrás de la verja, el centro penitenciario aparecía por tramos: muro, cámara, garita, otra verja, una bandera sin viento.
Nada allí parecía esperar a nadie. Ni siquiera a quienes llegaban.
Sergio conducía.
—Normas —dijo Gálvez cuando el coche se detuvo ante el control.
—Ya las dijiste ayer.
—Las repito porque ayer no las aceptaste. No entras en la sala. No preguntas. No golpeas el cristal. No levantas acta. Si Mateo Alcántara pide verte, no te ve.
La primera verja ocupó todo el parabrisas.
—¿Y si no habla?
—Entonces no habla.
—Hablará.
Sergio apagó el motor.
—Eso es lo que me preocupa.
Nadie añadió nada.
En el control les retiraron los móviles, las llaves y los bolígrafos propios. A Nora le dieron un pase amarillo sin nombre, solo con un número y la palabra VISITA TÉCNICA. Lo miró durante un segundo.
—No soy visita.
El funcionario no levantó la vista.
—Hoy sí.
Gálvez firmó el registro. Sergio también. Nora firmó la tercera. El funcionario cotejó la rúbrica con el documento y los dejó pasar.
Valdemoro olía a lejía, metal y café recalentado.
No olía a culpa. Nora siempre había pensado que las cárceles no olían a lo que contenían, sino a lo que intentaban borrar.
Pasillos largos. Puertas que no cerraban: encajaban.
Voces detrás de paredes. Un televisor lejos. Zapatillas en un patio invisible.
Los llevaron a una sala pequeña junto al módulo de comunicaciones. No parecía una sala de interrogatorio. Era peor. Mesa blanca, tres sillas, una cámara en la esquina y un espejo que no era espejo. Al otro lado, una habitación técnica con dos monitores y un altavoz bajo.
—Aquí —dijo el funcionario a Nora.
Sergio dejó la carpeta sobre la mesa de entrevistas antes de pasar a la sala contigua. No miró a Nora al hacerlo.
Gálvez sí.
—Si se levanta, salimos.
—Si miente, también.
—Eso lo decido yo.
La puerta se cerró entre ellos.
Nora se quedó en la habitación técnica con un funcionario joven que fingía no escuchar. En el monitor, Sergio y Gálvez se sentaron frente a una silla vacía. La imagen tenía un segundo de retraso. El sonido, medio. Lo bastante para que todo pareciera ya recuerdo.
El funcionario le dejó un bolígrafo azul del centro, sujeto a una cadena corta. Gálvez lo vio antes de cerrar la puerta y no dijo nada.
Mateo Valls Alcántara entró a las diez y diecinueve.
No llevaba esposas visibles. Dos funcionarios lo acompañaban hasta la puerta y lo dejaron dentro.
Vestía ropa gris del centro, zapatillas oscuras y una sudadera sin cordones.
Tenía la cara más delgada que en 2025. O quizá era la luz.
La cárcel hacía eso con algunas caras: les quitaba volumen y les dejaba los bordes.
Mateo miró a Sergio.
Luego miró a Gálvez.
Después miró al espejo.
Sonrió poco.
—La han dejado fuera.
Nora fijó la vista en la mano.
Sergio abrió la carpeta.
—Buenos días, Mateo.
—Para ustedes.
Gálvez apoyó las manos sobre la mesa.
—Esta entrevista queda grabada. Está autorizada por el juzgado. Usted puede negarse a contestar.
—Entonces no sería tan divertido para ustedes.
—No estamos aquí para divertirnos.
Mateo miró otra vez al espejo.
—Ella tampoco.
Sergio no siguió ese hilo.
—Rafael Cuesta. Elvira Solé Rivera. Matilde Ocaña Blasco.
Mateo no cambió la cara.
—Nombres de mayores.
—Muertos.
—Eso también les pasa a los mayores.
Gálvez deslizó una hoja sobre la mesa. Una copia de trabajo: el reverso de la fotografía que Raquel había enviado.
Rafael C. Elvira S. M. Ocaña. San Bernardo, 1998.
Mateo bajó la vista.
La sonrisa se le fue sin ruido.
Sergio lo vio.
Nora también.
—San Bernardo —dijo Sergio.
Mateo siguió mirando la hoja.
—Eso no deberían haberlo encontrado.
Gálvez se inclinó apenas.
—¿Por qué?
—Porque si aparece San Bernardo es que alguien está limpiando tarde.
—¿Limpiando qué?
Mateo levantó la cabeza.
—Listas.
La palabra llegó al altavoz con medio segundo de retraso. A Nora le pareció que el cuarto se estrechaba. No porque la palabra fuera nueva. Porque no lo era.
Sergio sacó otra hoja. Esta vez, la línea de la libreta de Manuel.
Mateo leyó la copia de la línea de Manuel sobre Ocaña, la lista incompleta y septiembre. Al llegar al No, parpadeó.
—Ese no es de ella —dijo.
—¿De quién? —preguntó Gálvez.
—Del policía.
—Alfonso Vidal.
Mateo sonrió apenas, sin alegría.
—Ustedes lo llaman Alfonso cuando quieren que parezca limpio.
El funcionario joven de la sala técnica miró de reojo a Nora.
Sostuvo la vista en el monitor.
Sergio mantuvo el bolígrafo quieto.
—¿Conocías a Alfonso Vidal?
—No.
—Pero sabes cómo lo llamaban.
—Sé cómo funcionan los nombres. Eso no es conocer a nadie.
Gálvez señaló la copia.
—¿Qué lista?
Mateo apoyó las manos sobre la mesa. Las uñas cortas. Los dedos quietos.
—Las listas completas no existen. No en menores. No en derivaciones. No cuando hay adultos decidiendo qué niño cabe en qué sitio. Siempre falta alguien. Siempre sobra alguien. Siempre hay un nombre escrito en otra columna.
—Eso no contesta.
—Sí contesta. No les gusta porque no trae una dirección.
Sergio cambió de hoja.
Esta era más pequeña. Una reproducción del papel VISTO.
Mateo no la tocó.
—¿Qué significa? —preguntó Sergio.
Mateo miró al espejo.
—Ella sabe más que ustedes.
—Ella no está en la sala.
—Por eso lo digo.
Gálvez intervino.
—¿Qué significa VISTO?
Mateo dejó pasar la pregunta.
El silencio no fue de resistencia. Fue de cálculo.
—No es una firma —dijo al fin.
Nora escribió en su cuaderno, apoyada en la pared:
No es firma.
—¿Qué es? —preguntó Sergio.
—Cierre.
—Explíquese.
Mateo hizo un gesto mínimo con los hombros.
—Te ponían delante de algo. Una puerta. Una foto. Una niña en un parque. Un hombre esperando en un coche. Tenías que mirar hasta que la cosa dejaba de moverse por dentro. Si apartabas la vista, repetías. Si mirabas bien, alguien decía visto. Entonces podías pasar a lo siguiente.
Nora dejó de escribir.
El funcionario joven tragó saliva.
Gálvez no se movió.
—¿Quién decía visto?
—El que corregía.
—¿Valls Riera?
Mateo sonrió otra vez.
—Les gusta mucho un apellido.
Sergio se inclinó hacia delante.
—Mateo Valls Riera aparece en residencias, en convenios, en la ficha de Velázquez, en conexiones con Garrido, en el anexo de 1996 y en su expediente penitenciario como referencia paterna.
—Referencia —repitió Mateo—. Qué palabra más cobarde.
—¿Era su padre?
Mateo miró a Sergio. Esta vez no sonrió.
—Un padre de sangre sirve para un certificado. El otro sirve para obedecer.
Gálvez apuntó algo.
—¿El otro era Valls Riera?
—El otro era una función.
—No le he preguntado eso.
—Pero es lo que puedo contestar sin regalarle una mentira.
Nora apoyó la mano izquierda contra la pared. La pintura estaba fría.
Mateo continuó:
—A mí no me enseñaron a matar primero. Eso vino después. Me enseñaron a mirar. A quedarme. A no pedir que algo acabara antes de tiempo. La palabra era una llave. Visto. Ya puedes. Visto. Ya está. Visto. No vuelvas a preguntar.
Sergio no miró al espejo.
Eso fue una forma de protegerla.
Gálvez pasó a una copia del tercer papel.
La copia del papel de San Román. NORA.
Mateo lo vio y bajó la cabeza.
No por sorpresa.
Por reconocimiento.
—Eso no es lo mismo —dijo.
—¿Qué es?
—Una silla movida.
Sergio levantó la vista.
—Explícalo.
—Si escriben VISTO, quieren que miren al pasado. Si escriben NORA, quieren mover a Nora del sitio. Sacarla de la escena. Poner a otros a hablar por ella. Hacer que el equipo cambie de forma.
Gálvez no miró al espejo.
Sergio tampoco.
Nora sí miró a ambos en el monitor.
—¿Quién quiere eso? —preguntó Gálvez.
Mateo se recostó en la silla.
—Alguien que sabe que ella mira mejor cuando le prohíben mirar.
—No estamos aquí para hablar de Vidal.
—Sí lo están.
Gálvez cerró un poco la carpeta.
—Está muy cómodo para alguien que no quiere contestar.
—Usted ha traído los papeles. Yo solo estoy sentado.
Sergio cambió el tono.
—San Bernardo. Lista incompleta. Ocaña confirma. ¿Quién falta?
Mateo tardó.
Por primera vez, tardó de verdad.
Sus dedos se movieron sobre la mesa. Una vez. Dos. Tres.
—No sé nombres completos.
—Lo que sepa.
—Una lista de ese año no se cerraba con muertos. Se cerraba con testigos vivos.
El bolígrafo del centro estaba entre sus dedos. No recordaba haberlo apoyado en el cuaderno.
—¿Qué testigos? —dijo Sergio.
Mateo lo miró casi con cansancio.
—Los que no sabían que lo eran.
Gálvez golpeó la mesa con un dedo. Una sola vez.
—No juegue.
—No estoy jugando. Estoy hablando como me enseñaron a hablar.
—Entonces hable de otra manera.
Mateo miró al espejo.
—No sé hacerlo de otra forma.
La frase fue la primera que no sonó preparada.
Nora la notó por eso.
Sergio también. Bajó el bolígrafo.
—¿Qué pasa cuando aparece una lista incompleta? —preguntó.
Mateo volvió a mirar la hoja de Ocaña.
—Se corrige.
—¿Cómo?
—Depende de quién falte.
—¿Y si falta un testigo?
Mateo sostuvo la mirada de Sergio.
—Se le enseña a recordar. O se le enseña a callar.
En la sala técnica nadie se movió durante un segundo.
Esa frase no entró en sus notas.
No quería verla en su letra.
Gálvez preguntó:
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Mateo se rió por la nariz. Una risa seca. Pequeña.
—Ya están contando.
—¿Cuánto?
—Cuando alguien abre una lista vieja, no la deja abierta mucho. Dos días, quizá. Cuarenta y ocho horas era una regla cómoda. Bastante para ordenar. Poco para pensar.
Sergio se quedó inmóvil.
—¿Cuarenta y ocho horas para qué?
Mateo miró otra vez al espejo.
Esta vez, Nora supo que la miraba a ella aunque no pudiera verla.
—Para que Nora elija mal.
Gálvez cerró la carpeta.
—Se acabó.
—No —dijo Mateo.
—Sí.
—Pregúntele por la esquina.
Sergio no se levantó.
Gálvez tampoco.
Nora sí dio un paso hacia la puerta de la sala técnica.
El funcionario joven se movió delante, sin saber bien si debía hacerlo.
—Inspectora.
Nora se detuvo.
En el monitor, Sergio habló muy despacio.
—¿Qué esquina?
Mateo no contestó a Sergio.
Miró al espejo.
—Ella sabe cuál.
Gálvez hizo una seña al funcionario de la sala.
La puerta se abrió. Dos funcionarios entraron. Mateo se levantó sin resistencia.
Antes de salir, se volvió hacia el espejo.
—Visto no era para mirar —dijo—. Era para dejar de mirar.
Después se lo llevaron.
El sonido de la puerta cerrándose llegó tarde por el altavoz.
Nora permaneció de pie.
El funcionario joven apartó la vista.
En la sala de entrevistas, Sergio recogió las hojas una por una. Gálvez se quedó sentado. Ninguno habló hasta que la cámara dejó de grabar.
Cuando salieron, Nora ya había guardado el cuaderno.
Gálvez la miró.
—No entraste.
—No.
—Gracias.
—No te acostumbres.
Sergio se apoyó contra la pared del pasillo. Tenía la cara cansada y la camisa igual de arrugada que el día anterior.
—Cuarenta y ocho horas —dijo.
—Es método —contestó Nora.
Sergio asintió una sola vez.
—Entonces se puede romper.
El pasillo por donde se habían llevado a Mateo estaba vacío. Solo puertas, cámaras y luz blanca.
—No se rompe si seguimos mirando donde nos dicen.
Gálvez guardó la autorización en la carpeta.
—Volvemos a Madrid. Pecera. Todo por vía limpia. Inés con San Bernardo. Robles con usuarios antiguos. Aranda con San Román. Tú con memoria.
—Mi memoria no es una mesa auxiliar.
—Hoy sí.
Nora casi sonrió.
No lo hizo.
Al devolverle el móvil en la salida, tenía tres mensajes de Inés.
Raquel entrega caja a las cinco. Con abogada. Cadena limpia.
San Bernardo responde: archivo incompleto. Qué sorpresa.
Y otro más, enviado un minuto después:
San Bernardo ha localizado una entrada vieja que no cuadra. Pilar no la manda por móvil. Llámame cuando salgas.
Nora apagó la pantalla.
Fuera, el cielo de Valdemoro seguía plano.
Cuarenta y ocho horas.
La lista vieja acababa de empezar a cerrarse.