El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 16 · El equipo
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Capítulo 16 · El equipo

Ese domingo, a las once y veintitrés, alguien había movido la silla de Nora.

No mucho.

Lo justo.

La Pecera seguía siendo la misma: mesa grande, cristal esmerilado, persianas a medio bajar. Pero su silla estaba un metro más atrás, junto al archivador bajo.

Nora se quedó en la puerta.

Inés no levantó la vista del portátil.

—No he sido yo.

—Claro.

—Habría elegido una silla peor.

Sergio estaba de pie frente a la pizarra, con la camisa de Hortaleza todavía arrugada y una carpeta gris bajo el brazo. Gálvez ocupaba el extremo de la mesa. No se había quitado el abrigo. Eso significaba dos cosas: que pensaba irse pronto o que no confiaba en sentarse.

Había un hombre más junto a la ventana.

Treinta y muchos. Barba corta. Sudadera negra bajo una chaqueta de moto. Una mochila en el suelo. Miraba una pantalla portátil con la concentración de quien no escucha hasta que decide escuchar.

Gálvez lo señaló sin ceremonia.

—Daniel Robles. Robles en sala, para no liarnos con Quirós. Imagen y sistemas. Viene del área de análisis técnico. No investiga. No opina. Mira cámaras, registros y metadatos.

Robles levantó dos dedos sin sonreír.

—Hola.

—Inspectora Vidal —dijo Nora.

—Lo sé.

Nora lo miró.

Robles giró la pantalla hacia ella. En una esquina había una captura de la entrada de San Román. Nora aparecía de perfil, bajando del taxi.

—Es fácil reconocerla —dijo—. Incluso sin querer.

Gálvez carraspeó.

—Empezamos.

Nora dejó el bolso junto a la silla apartada. No se sentó.

Sergio escribió en la pizarra con rotulador negro:

RAFAEL CUESTA · LOS NARANJOS · VISTO

ELVIRA SOLÉ · LAS ADELFAS · VISTO

MATILDE OCAÑA · SAN ROMÁN · NORA

Debajo, añadió:

1998

VELÁZQUEZ

SEGOVIA

RAQUEL

LIbrETA

No escribió Valls Riera.

Nora lo vio no escribirlo.

Gálvez apoyó las dos manos sobre la mesa.

—Reglas. Aranda firma diligencias. Inés trabaja documentación interna y oficios. Robles trabaja vídeo, accesos y trazas digitales. Lena informa de cuerpos. Yo hablo con fiscalía y juez. Vidal aporta contexto cuando se le pida.

—Qué bonito —dijo Inés—. Parece una boda triste.

—Inés.

—Ya.

Gálvez miró a Nora.

—Tú no llamas a residencias. No llamas a familiares. No vuelves a Velázquez. No pides nada por fuera. Si tienes una idea, la dices aquí.

—¿Y si no estoy aquí?

—Entonces la apuntas y esperas.

Nora cogió la silla apartada y la acercó diez centímetros a la mesa.

Gálvez no dijo nada.

Eso fue lo más parecido a una concesión.

Sergio abrió la carpeta.

—San Román. Cámara de entrada limpia hasta las 23:57.

Después, tráfico normal de noche: una enfermera, un celador, dos residentes desorientados, una auxiliar con medicación.

Ascensor: subida a tercera a las 00:14. Bajada a las 00:18.

Sin visita registrada. Sin personal que reconozca ese movimiento como suyo.

Robles tocó una tecla.

En la pantalla apareció el interior del ascensor. Imagen gris. Mala altura. Una figura de abrigo oscuro entraba con la cabeza baja. No llevaba paraguas. No llevaba maletín visible. Guantes, quizá. O manos en los bolsillos. Cuatro segundos. Puerta cerrándose.

—Eso es todo lo que da —dijo Robles—. El reflejo del espejo está muerto por el ángulo. La gorra tapa media cara. La otra media es compresión y ruido.

—¿Altura? —preguntó Sergio.

—Entre uno setenta y uno setenta y ocho. Peso medio. Andar controlado. No cojea. No arrastra. Sabe dónde está la cámara.

—¿Hombre? —preguntó Gálvez.

Robles hizo una mueca.

—Ropa de hombre. Movimiento neutro. No identifico sexo por cuatro segundos y una cámara de residencia mal colocada.

Inés levantó un dedo.

—Eso último sí es opinión.

—Eso último es experiencia profesional.

Atendió a la pantalla.

—¿El salto?

Robles cambió de archivo.

—Pasillo tercera planta. Salto exacto de 00:14:32 a 00:18:09. No es apagón de red. Es corte local. El archivo no está roto. Está editado o sobrescrito desde el propio sistema.

—¿Quién tiene acceso? —dijo Sergio.

—Dirección, mantenimiento externo y dos usuarios antiguos que nadie dio de baja.

Gálvez cerró los ojos un segundo.

—Dime que eso último es mentira.

—Ojalá.

Robles abrió una tabla.

—Uno de los usuarios antiguos pertenece a una empresa de soporte que ya no trabaja con San Román. El nombre comercial cambió dos veces. Estoy esperando CIF. Sin oficio, no saco más.

—Con oficio —dijo Gálvez.

—Con oficio.

Nora se sentó por fin.

—¿Matilde Ocaña?

Inés giró el portátil hacia ella.

—Cruce documental incompleto, pero suficiente para no apartarla. Matilde Ocaña Blasco, 82, administrativa jubilada. En San Román desde hace un año. Antes vivía con la hija en Alcalá. Lo nuevo: aparece como personal externo de apoyo documental en dos programas residenciales entre 1997 y 1999.

—¿Menores?

—No exactamente. Archivo. Listados. Derivaciones. Convenio 14/98 la roza por un anexo de control administrativo. No firma decisiones. Ordena papeles.

—Los papeles también matan —dijo Nora.

Inés la miró.

—Eso no lo he dicho yo.

—No.

—Bien. Porque me gustaba y me daba rabia.

Sergio subrayó MATILDE OCAÑA en la pizarra.

—¿Relación con Rafael y Elvira?

Inés abrió otra imagen.

—Raquel.

La cara de Nora no cambió, pero algo en la mesa se movió sin moverse.

—La caja sigue con la abogada —dijo Inés—. Dice que no entrega nada sin copia de requerimiento y sin saber quién firma la recepción. No es tonta.

—¿Y lo demás? —preguntó Nora.

Inés puso en la pantalla una fotografía hecha con móvil. Mala luz. Un marco de madera boca abajo. En el reverso, pegado con cinta vieja, había una etiqueta amarillenta.

Rafael C.

Elvira S.

M. Ocaña

San Bernardo, 1998

Debajo, en otra tinta:

No abrir caja sin M.

Sergio dejó de escribir.

Gálvez se inclinó hacia la pantalla.

—¿De dónde sale?

—Casa de Elvira. Raquel lo encontró detrás de una foto de su tía con dos personas más. No ha mandado la foto frontal. Solo el reverso. Dice que lo otro está en la caja.

—Claro que sí —dijo Gálvez—. Todo lo importante siempre está en una caja que no se entrega.

—La gente se protege como puede —dijo Nora.

Gálvez la miró.

—La gente también destruye pruebas creyendo que se protege.

—Raquel no ha destruido nada.

—Todavía.

Inés intervino antes de que Nora contestara.

—San Bernardo aparece en la libreta de Manuel.

Nora ya lo sabía. Aun así, no dijo nada.

Inés abrió otra imagen. Esta era limpia. Escaneada. La página de la libreta de Manuel, ampliada en blanco y negro. La línea del dieciséis de agosto que Nora había marcado con una tira de papel ocupaba el centro de la pantalla.

La letra de Manuel, pequeña. Más dura que en otras páginas.

Dieciséis de agosto.

Ocaña confirma lista incompleta. R. dice cerrar línea menores hasta septiembre. No.

Nadie habló durante unos segundos.

El ventilador del portátil hizo un ruido mínimo.

Sergio dejó el rotulador sobre la mesa.

—Léelo por partes —dijo Gálvez.

Inés obedeció.

—Ocaña confirma una lista incompleta.

—R. quiere cerrar la línea de menores hasta septiembre.

Bajó la vista al final.

—Y Manuel escribió no.

Su padre la había escrito sola. Sin signo de exclamación. Sin subrayado. Una negativa puesta en mitad de una maquinaria que quería cerrar algo.

—R. no tiene por qué ser Ramón —dijo Sergio.

—No —dijo Nora.

—Ni Fuentes.

—No.

Inés bajó un poco la pantalla.

—Pero ahora Ocaña ya no es solo una residente de Hortaleza.

—No —dijo Nora—. Ahora es alguien que confirmó una lista incompleta en agosto de 1998.

—Y está muerta —dijo Robles.

Lo dijo bajo. Como si hasta entonces las imágenes le hubieran permitido mantenerse fuera.

Gálvez se incorporó.

—Esto no sale de esta sala.

—Nada sale de esta sala —dijo Inés—. Esto empieza a parecer un armario.

—Inés.

—Ya.

Sergio volvió a la pizarra y escribió:

LISTA INCOMPLETA

SAN BERNARDO

R.

CAJA RAQUEL

Después dudó.

Nora vio la duda.

Él escribió al final:

NORA = presión

No escribió amenaza.

Gálvez lo aprobó con un gesto.

—Velázquez —dijo.

Robles cambió de carpeta.

Apareció una captura del vestíbulo de la consulta de Valls Riera. Nora entrando. La recepción. La mujer de la mesa. Pelo recogido, blusa clara, manos quietas sobre el teclado.

Nora recordó la voz.

Inspectora Vidal.

Antes de que ella enseñara nada.

—La recepcionista no figura como empleada de la consulta —dijo Robles—. No en Seguridad Social vinculada a Valls Riera. No en datos públicos de la clínica. No en la web.

—¿Nombre?

—Celia Montoro Arce. Administrativa externa. Factura a través de servicios profesionales. La empresa que aparece en dos recibos antiguos está vinculada a Fundación Umbral Civil.

Inés cerró los ojos.

—Me cae fatal tener razón.

Gálvez miró a Nora.

—¿La conocías?

—No.

—¿Ella te conocía?

—Me llamó inspectora antes de que yo dijera el cargo.

—Eso es sí.

No contestó.

Sergio anotó:

CELIA MONTORO

UMbrAL CIVIL

VELÁZQUEZ

—No la llamamos —dijo Gálvez.

—No —dijo Sergio—. Oficio. Contratos. Facturación. Cámaras. Y después, si procede, citación.

—Gracias por no precipitarlo —dijo Gálvez.

—Hago lo que puedo.

Se volvió hacia Sergio. Él no le devolvió la mirada.

Trabajaba.

Seguía ocupando su sitio.

Inés apoyó los codos en la mesa.

—Entonces tenemos tres víctimas, una lista incompleta de 1998, una caja que no llega, una fundación que aparece dos veces, una recepcionista que funciona como filtro de Valls, una cámara editada en San Román y un papel con el nombre de Nora.

—Y VISTO —dijo Robles.

Todos lo miraron.

Robles levantó las manos.

—No resuelto. Solo digo que sigue ahí.

—Sigue ahí —dijo Nora.

Gálvez cogió una carpeta vacía y la abrió como si dentro hubiera algo.

—Esto se divide. Aranda y Robles: San Román, cámara, ascensor, usuarios antiguos. Inés: Raquel, caja, Ocaña, San Bernardo, libreta y línea marcada. Yo pido oficios y contengo a la fiscal. Vidal…

Nora esperó.

—Tú haces memoria.

—Eso no es un trabajo.

—En este caso sí.

—No voy a sentarme a recordar mientras los demás investigan.

—No te lo estoy pidiendo. Te estoy pidiendo que no regales otra irregularidad a quien te ha escrito en un papel.

La frase no fue dura. Fue peor. Fue exacta.

Nora abrió el bolso y sacó el cuaderno rosa.

Gálvez miró el cuaderno.

—¿Eso qué es?

—Memoria.

Inés bajó la vista para no sonreír.

Nora pasó páginas hasta encontrar una en blanco. Escribió:

Lista incompleta / Ocaña.

San Bernardo.

Umbral Civil.

Celia Montoro.

NORA no sustituye VISTO. Lo desplaza.

Se quedó mirando la última línea.

La tachó.

Volvió a escribir:

NORA presiona a la investigadora. VISTO sigue siendo el patrón.

Gálvez leyó desde donde estaba.

—Eso sí puedes escribirlo.

—Gracias.

—No sonaba a permiso.

—Lo sé.

Sergio recibió una llamada. Miró la pantalla y salió al pasillo antes de contestar. La puerta quedó entornada. Su voz llegó baja, partida por el cristal. Gálvez lo siguió con la mirada.

—Lena —dijo Inés.

Nora cerró el cuaderno rosa.

Sergio volvió treinta segundos después.

—Preliminar de Matilde. Lena no firma natural. Aún sin causa cerrada. Hay presión tenue en boca y nariz, menos clara que en Rafael. Sin defensa. Una fibra en cuello de bata. No sabe más.

Gálvez escribió algo en su móvil.

—Tres.

Nadie corrigió la palabra.

Tres.

Rafael. Elvira. Matilde.

VISTO. VISTO. NORA.

La pizarra sostenía una palabra nueva. Por primera vez, NORA no le pareció su nombre. Le pareció una maniobra. Un objeto colocado para mover a los demás.

Funcionaba.

La habían movido de la escena. También había puesto a Sergio al frente, a Gálvez contra la fiscal antes de que la fiscal entrara y a Inés detrás de una caja que no llegaba. El caso de residencias volvía a una libreta de 1998.

—Quiere que miremos donde él elige —dijo Nora.

Sergio dejó el móvil en la mesa.

—Sí.

—Entonces hay que mirar también donde no elige.

—¿Dónde?

Nora señaló la línea de la libreta en la pantalla.

—En la lista incompleta.

Inés asintió despacio.

—Si Ocaña confirmó una lista incompleta, alguien tenía la completa.

—O alguien sabía qué faltaba —dijo Robles.

Gálvez cerró la carpeta vacía.

—Bien. Oficio a San Bernardo. Oficio a Umbral Civil. Oficio a San Román por usuarios antiguos y mantenimiento. Requerimiento a Raquel para entrega de caja con cadena limpia. Y una cosa más.

Nora ya sabía cuál.

Gálvez buscó a Sergio con la vista.

—Mañana.

La sala cambió de temperatura.

Sergio no preguntó a quién.

Nora tampoco.

Gálvez siguió:

—No hoy. No sin preparar. No con Vidal dentro de la sala.

—No —dijo Nora.

—Sí.

—Mateo Alcántara habla conmigo.

—Mateo Alcántara hablará con quien no le sirva para convertir esto en otra cosa.

—No sabes qué le sirvo.

—Por eso no entras.

Sergio se volvió hacia Nora entonces.

No dijo nada.

No la defendió.

Aquello dolió menos de lo que habría dolido una defensa equivocada.

Inés cerró el portátil.

—Entonces el equipo existe.

Gálvez la miró.

—¿Perdón?

—Hasta ahora teníamos gente haciendo cosas. Ahora tenemos un equipo. Feo, mal sentado y con problemas de autoridad, pero equipo.

Robles levantó un dedo.

—Yo estoy de prestado.

—Los mejores equipos siempre tienen a alguien de prestado —dijo Inés.

La silla que le habían apartado al llegar seguía fuera de sitio.

Seguía diez centímetros más cerca de la mesa.

Era poco.

Lo justo.

Guardó el cuaderno rosa en el bolso.

—Mañana —dijo.

Gálvez negó con la cabeza.

—Mañana, el equipo va a Valdemoro.

Nora sostuvo su mirada.

—Yo también soy el equipo.

Gálvez tardó en contestar.

—Todavía.

La palabra quedó encima de la mesa, junto a los nombres de los muertos.

No cerraba nada.

Pero no la echaba fuera.