El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 15 · Hortaleza
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Capítulo 15 · Hortaleza

El domingo, a las seis y cincuenta y cuatro, el móvil vibró sobre la mesa baja.

Nora abrió los ojos antes de tocarlo.

Contestó.

—Dime.

—Hortaleza —dijo él.

Nora se incorporó despacio.

—Residencia.

—Sí.

—¿Papel?

Sergio tardó medio segundo.

—Ven.

La palabra bastó.

Nora se levantó. Había dormido en el sofá, con la ropa puesta y una manta a los pies que no recordaba haber cogido. Miró el recibidor. El reloj de su padre seguía parado a las 17:42.

—¿VISTO? —preguntó.

—Ven, Vidal.

Esta vez colgó él.

No se duchó. Se lavó la cara en el baño, se cambió la camiseta y metió el cuaderno rosa en el bolso. Dudó con la libreta de Manuel. La dejó en la mesa. Después volvió, la guardó en la caja y cerró la tapa.

Era su casa.

Antes de salir miró el móvil por si Berta había llamado.

Nada.

La casa de Segovia seguía callada.

Bajó los cuatro pisos sin esperar al ascensor. Madrid tenía la luz azul de los domingos tempranos. Un taxi frenó al verla levantar la mano.

—Hortaleza —dijo Nora—. Residencia San Román.

El conductor no preguntó.

Durante el trayecto dejó el teléfono quieto. Miró la ciudad pasar por la ventanilla: semáforos para casi nadie, aceras lavadas, Madrid sin testigos. Al llegar a Arturo Soria, el móvil vibró.

Gálvez.

Nora contestó.

—Estoy llegando.

—No entres sola.

—Ya estoy cerca.

—No sonaba a recomendación.

El respaldo del asiento delantero quedó a la altura de sus ojos.

—¿Quién es?

—Matilde Ocaña Blasco. Ochenta y dos. Residencia San Román. Muerte con apariencia natural. Papel en el bolsillo de la bata.

—¿VISTO?

El silencio de Gálvez fue distinto al de Sergio. Más administrativo. Peor.

—No.

El taxista llevaba una estampita pequeña pegada junto al taxímetro. Una virgen con el borde gastado.

—¿Qué pone?

—Te lo digo allí.

—Dímelo ahora.

—No.

Gálvez colgó.

El taxi la dejó frente a un edificio de ladrillo oscuro, cuatro plantas, ventanas estrechas y una entrada con rampa metálica. Residencia San Román. Centro sociosanitario autorizado. Hortaleza. En la puerta había dos patrullas, una ambulancia sin luces y Gálvez fumando junto a una jardinera vacía.

Gálvez apagó el cigarro al verla.

No lo tiró al suelo. Lo guardó en una cajetilla metálica. Ese gesto le dijo a Nora que llevaba allí más tiempo del que quería reconocer.

—Buenos días —dijo él.

—No.

—Eso mismo he pensado.

Gálvez tenía el pelo negro, una barba corta y una manera de mirar que no buscaba simpatía. En el abrigo llevaba una acreditación del juzgado colgando del bolsillo interior.

—Sergio está arriba —dijo.

—¿Lena?

—En camino.

—¿Científica?

—Subiendo. El papel ya está embolsado.

Nora dio un paso hacia la entrada.

Gálvez se puso delante.

—Tú no firmas nada aquí.

—Apártate.

—No.

La palabra no tuvo volumen. Tuvo orden.

Nora lo miró.

—Hay una tercera víctima.

—Y un papel con tu nombre.

Nora tardó un segundo en contestar.

Detrás de Gálvez, una auxiliar salió a la puerta con una bolsa de basura pequeña en la mano. Vio a los dos, se detuvo y volvió dentro.

Sostuvo la mirada.

—Quiero verlo.

—Lo vas a ver. Sin tocar. Sin dirigir. Sin preguntar a personal. Sin cuaderno oficial.

—¿Desde cuándo decides tú mi cuaderno?

—Desde que la fiscal me ha pedido que no dejemos que este caso se caiga por una firma tuya.

El bolso le golpeó la cadera. Dentro estaba el cuaderno rosa. El otro. El que no existía para nadie salvo para ella.

—¿La fiscal ya lo sabe?

—Sabe que hay tres papeles. Sabe que fuiste a Velázquez sin diligencia. Sabe que hay una grabación que no quiero ver en ningún índice hasta entender qué es. Y sabe que el tercer papel dice tu nombre.

Se volvió hacia la puerta.

—¿Se lo has dicho tú?

—Se lo ha dicho el caso.

—Eso no contesta.

Gálvez bajó la voz.

—Aranda me ha contado lo justo para proteger la causa. No para protegerte a ti. Esa diferencia importa.

No respondió.

La puerta automática se abrió desde dentro. Sergio apareció en el vestíbulo. Llevaba guantes en una mano y el móvil en la otra. No se acercó al principio. Miró a Gálvez, luego a Nora.

—Habitación 304 —dijo—. Tercera planta. Matilde Ocaña. La encontró una auxiliar a las seis y doce. Estaba sentada en el sillón, no en la cama. Sin signos visibles de violencia. Médico de guardia iba a firmar parada cardiorrespiratoria. La auxiliar vio el papel al cerrar la bata.

—¿Quién lo tocó?

—Ella. Sin guantes. Después avisó. Municipal lo embolsó con guantes buenos esta vez.

—¿Cámaras?

—Entrada principal, ascensor, pasillo de planta. La cámara del pasillo no graba audio y tiene un salto entre las 23:48 y las 00:06.

—Qué casualidad —dijo Nora.

—No uses esa palabra —dijo Gálvez.

Nora pasó entre los dos.

Esta vez Gálvez no la detuvo.

La residencia olía distinto a las otras. Menos a lejía. Más a calefacción antigua y a flores de plástico. En la pared del vestíbulo había fotografías de bingo, gimnasia, cumpleaños, una excursión a un parque. San Román había aprendido a parecer hogar sin serlo.

Subieron en ascensor.

Nadie habló.

En la tercera planta, una mujer de uniforme verde esperaba junto al control de enfermería. Tenía los ojos rojos y las manos metidas en los bolsillos de la bata.

—Soy Isabel —dijo—. Yo la encontré.

Nora la miró.

Sergio dio un paso antes de que Nora pudiera hablar.

—Ahora le tomará declaración el inspector Aranda —dijo Gálvez—. La inspectora Vidal solo va a ver la escena.

La auxiliar asintió sin entender. O entendiendo demasiado.

La habitación 304 estaba al final del pasillo, a la izquierda. La puerta permanecía abierta. Un agente de científica se apartó al verlos.

Matilde Ocaña Blasco estaba sentada en un sillón junto a la ventana.

En el bolsillo superior de la bata llevaba un clip azul, doblado por el uso.

No parecía dormida.

La cabeza le caía un poco hacia el hombro derecho. Tenía una manta sobre las rodillas, una bata azul cerrada hasta la mitad y zapatillas de lana gris. Una mano descansaba en el reposabrazos. La otra colgaba hacia el suelo, con los dedos curvados, como si hubiera soltado algo.

En la mesilla había un vaso de agua sin tocar, un pastillero semanal, una libreta de crucigramas y una fotografía en color de una mujer joven con dos niños. La persiana estaba medio levantada. Fuera, Hortaleza empezaba a tener coches.

Nora se detuvo en el umbral.

No entró hasta que Sergio le dijo:

—La alfombra está marcada. Pisa por la derecha.

Nora pisó por la derecha.

Miró el sillón. La bata. La manta. Las zapatillas. La mano caída. La ventana.

—No está en la cama —dijo.

—La cama está hecha —respondió Sergio—. Sin marcas útiles a simple vista.

—¿Hora?

—Última ronda a las 22:55. Matilde pidió que le dejaran la ventana un poco abierta.

A las 00:14 hay registro de ascensor hasta tercera planta.

No hay visita autorizada a esa hora. A las 00:18, ascensor baja.

La cámara de planta pierde esos cuatro minutos.

El centro dice fallo intermitente desde hace dos semanas.

—Claro.

Gálvez se quedó en la puerta.

—No ironices en acta.

—No estoy en acta.

—Eso es lo único bueno de momento.

Sergio levantó una bolsa de pruebas sobre una bandeja metálica. A través del plástico se veía un papel blanco, doblado dos veces. Igual tamaño que los otros. Igual trazo azul. Igual letra de imprenta.

No estaba escrito VISTO.

NORA.

Cuatro letras.

Nora lo miró sin acercarse.

Durante un segundo, el nombre no fue suyo. Fue papel, tinta, bolsa, etiqueta. Después volvió a ella de golpe. Nora. La niña de la esquina. La inspectora de Velázquez. La hija de Manuel Vidal. La hermana de Sara.

—¿Dónde estaba? —preguntó.

Sergio contestó sin mirarla.

—Bolsillo derecho de la bata.

—¿Doblado igual?

—Sí.

—¿Mismo papel?

—A simple vista, sí. No lo afirmo.

—No afirmes nada.

—No lo estoy haciendo.

Gálvez observó a ambos desde la puerta.

—Aranda asume escena. Tú quedas fuera de diligencias directas. Memoria de contexto solo si se te pide. Nada de entrevistas, residencias, Valls Riera ni Velázquez sin orden.

Nora levantó la vista de la bolsa.

—¿Apartada?

—En lo formal, no todavía. En la práctica, desde ahora.

—Eso no existe.

—Existe cuando la alternativa es que la fiscal te aparte por escrito en una hora y media.

Sergio dejó la bolsa en la bandeja y se la entregó al agente de científica.

—Llévalo separado. Misma cadena que los otros, pero sin contenido visible en la etiqueta. Solo código.

El agente asintió.

Se volvió hacia Sergio.

Él seguía trabajando. Esa fue la forma que eligió para no pedirle perdón.

—¿Matilde Ocaña trabajó en menores? —preguntó Nora.

Gálvez contestó antes que Sergio.

—No lo sabemos.

—Lo sabes.

—Sabemos que aparece en una base antigua de programas residenciales. No sabemos si es la misma Matilde. No sabemos si importa. Y tú no vas a buscarlo desde tu móvil.

Nora sonrió sin ganas.

—Qué rápido aprendéis todos.

—Tarde, Vidal —dijo Gálvez.

Sergio se volvió.

—Gálvez.

—No. Tiene que oírlo. Si ese hombre la está nombrando, está marcando el terreno. Si ella entra, le da la mitad del trabajo hecho.

Nora dio un paso hacia la ventana.

Desde allí se veía un patio interior con cuatro bancos, una fuente apagada y un limonero en una maceta grande. Alguien había colgado una manta amarilla en una barandilla.

—¿Quién encontró el cuerpo?

—Isabel Martín —dijo Sergio—. Auxiliar de mañana. Lleva nueve años aquí. Sin antecedentes. Sin relación aparente con Las Adelfas ni Los Naranjos.

—¿Matilde tenía familia?

—Una hija en Alcalá. Un nieto. Venían los domingos por la tarde.

La fotografía de la mesilla seguía allí.

—Hoy iban a venir.

—Sí.

La palabra quedó en la habitación.

Matilde seguía en el sillón. No había teatro en sus manos. No había rabia. No había prisa. La muerte parecía haber entrado y salido cerrando bien la puerta.

—¿Fibra? —preguntó Nora.

—Lena aún no ha visto el cuerpo.

—Pero tú has mirado.

Sergio tardó un poco.

—Hay una fibra en el cuello de la bata. Lo ha marcado Científica al fotografiar. Puede ser de ella. Puede ser de cualquiera. No lo diré fuera de esta habitación.

—Bien.

Gálvez dio un golpe suave con los nudillos en el marco.

—Vidal.

Nora fijó la vista en la mano.

—Ahora.

Nora salió de la habitación.

En el pasillo, Isabel Martín seguía junto al control de enfermería. Sujetaba una taza de plástico con las dos manos. El café temblaba un poco. Cuando vio a Nora, bajó la mirada.

Nora quiso preguntarle si Matilde había tenido miedo. Si la ventana estaba abierta. Si alguien le había llevado agua. Si había dicho un nombre antes de morir.

No preguntó.

Siguió andando hasta el ascensor.

Gálvez la acompañó. Sergio se quedó en la puerta de la 304 hablando con científica. Nora lo vio de perfil un segundo. La camisa arrugada. Los guantes puestos. La cara cerrada.

El ascensor tardó.

—No estás fuera del caso —dijo Gálvez.

—Acabas de decir lo contrario.

—Estás fuera de la escena.

—Por ahora.

Las puertas se abrieron.

Bajaron solos.

En el espejo del ascensor, Nora vio su cara entre el número dos y el número uno. No parecía enfadada. Eso la preocupó más.

—¿El papel con mi nombre está ya en conocimiento de la fiscal? —preguntó.

—Sí.

—¿Y de prensa?

—No.

—¿Familia?

—No.

—¿Valls Riera?

Gálvez no contestó.

Nora giró la cabeza.

—¿Valls Riera lo sabe?

—No por nosotros.

—Eso tampoco contesta.

—No tengo respuesta.

El ascensor llegó al vestíbulo.

La puerta se abrió.

En recepción, el director de guardia hablaba por teléfono junto a una planta de plástico. Al ver a Gálvez, bajó la voz.

Nora salió a la calle.

El aire de Hortaleza olía a pan reciente y tubo de escape. Un autobús pasó despacio. Todo seguía funcionando. Nora apartó la mirada.

Gálvez se quedó a su lado.

—No vuelvas a casa sola.

—No empieces.

—No es protección. Es procedimiento.

La entrada de la residencia quedó delante de ella.

—¿Desde cuándo el procedimiento me lleva a casa?

—Desde que un asesino escribe tu nombre y lo deja en el bolsillo de una víctima.

Nora metió la mano en el bolso. Tocó el cuaderno rosa. No lo sacó.

El móvil vibró.

Inés.

Nora leyó el mensaje.

Raquel no ha entregado la caja. Y hay algo más. Llámame cuando puedas hablar sin nadie mirando.

Nora apagó la pantalla.

Gálvez la vio hacerlo.

—¿Trabajo? —preguntó.

—Nada que puedas sostener todavía.

—No me obligues a pedirlo por escrito.

Nora lo miró.

—No me obligues a convertirlo en otra cosa.

Por primera vez desde que había llegado, Gálvez pareció cansado.

—Vidal, si quieres seguir dentro de esto, deja que parezca que estás fuera.

Volvió hacia la tercera planta. No podía ver la ventana de Matilde desde allí. Solo ladrillo, cristales cerrados y una cortina beige moviéndose apenas.

Sergio apareció en la puerta de la residencia con los guantes ya quitados. No cruzó la calle. Habló con un agente, señaló el acceso lateral y volvió a mirar hacia arriba.

Nora entendió lo que hacía.

Ocupar su sitio.

No por ella.

Por el caso.

Guardó el móvil en el bolso.

—Dile a Sergio que quiero copia de lo que se pueda copiar —dijo.

—No.

—Gálvez.

—Lo que se pueda sostener, te llegará por vía limpia. Lo demás no existe.

Nora asintió.

Había oído la frase completa.

El asesino había dejado su nombre en un bolsillo.

El juzgado acababa de sacarla del cuarto.