Capítulo 14 · Lo que vio el inspector
El inspector vino a buscarme dos días después de que se llevaran a la niña.
Aquella fue la primera vez. La otra vendría después.
Yo entonces no vivía en una residencia. Vivía en la calle Monte Igueldo, en un segundo interior que daba a un patio con dos cuerdas de tender. Afinaba pianos cuando me llamaban y arreglaba teclas cuando el dueño no quería pagar a un técnico mejor.
El inspector llamó una vez.
No dos.
Una.
Eso ya me dijo algo de él. La gente que viene a preguntar llama dos veces porque cree que la segunda llamada tiene más derecho que la primera. Él no. Él llamó una vez y esperó a que mi mano encontrara el pomo.
—Iván Lobato —dijo.
—Sí.
—Inspector Vidal.
No dijo el nombre de pila. Vidal no lo hizo cuando todavía no sabía si iba a necesitar que yo lo odiara.
Olía a café, a tabaco apagado y a calle caliente. No a colonia. Eso también lo recuerdo. Entró despacio, no porque pensara que yo iba a tropezar, sino porque estaba escuchando la casa.
Me pidió permiso para sentarse.
Se lo di.
La silla de la cocina cojeaba un poco. Él lo notó al apoyar el peso. No dijo nada. Sacó una libreta. El bolígrafo hizo un clic pequeño.
—Me han dicho que usted oye bien —dijo.
—Uno aprende a oír cuando no puede hacer otra cosa.
No se rió. Se lo agradecí.
Me preguntó por aquel día. Por la hora. Por los coches.
Por la voz de una niña. No me preguntó si la había visto.
Eso fue lo primero que hizo bien. La mayor parte de la gente, cuando habla conmigo, olvida mi ceguera o la convierte en la única cosa que hay en la habitación. Él no hizo ninguna de las dos.
—No quiero que me diga lo que no sabe —dijo—. Quiero que me diga qué cambió en la calle antes de que la madre gritara.
Eso sí era preguntar.
Yo le conté el motor de un coche que no era del barrio.
Más suave. Nuevo o cuidado. Le conté una puerta que cerró sin golpe.
Le conté una voz joven que dijo algo que no pude entender entero.
Le conté que la niña no gritó. Eso me había molestado desde el principio.
Los niños gritan incluso cuando juegan. Aquella niña no gritó.
El inspector no me interrumpió.
Apuntó.
El bolígrafo hacía una raya corta y luego se detenía. Raya. Pausa. Raya. Pausa. Como si no quisiera que la escritura mandara sobre el oído.
Después me preguntó:
—¿Había alguien más?
Yo dije que sí.
No porque lo supiera con pruebas. Porque el aire lo había dicho. Hay calles que sostienen a una persona y calles que sostienen a dos. Ese día había dos silencios. El de quien se lleva a una niña. Y el de quien mira cómo se la llevan.
El inspector tardó en escribir.
—¿Dónde? —preguntó.
—Al fondo. Cerca de la cabina.
—¿Seguro?
—No.
—Bien.
Eso también lo hizo bien. Aceptó mi no.
Antes de irse, me dijo una frase que todavía tengo guardada.
—Si alguien viene a preguntarle por esto sin placa, no le dé nada.
Yo le pregunté cómo iba a saber si la placa era buena.
El inspector se quedó callado.
Tardó en contestar.
—No lo sabrá —dijo—. Por eso no abra.
Pero abrí.
No aquel mes. Después.
El otro hombre no vino con placa. Vino con una voz limpia y con preguntas que no parecían preguntas.
Dijo que el inspector Vidal había hecho bien en escucharme.
Dijo que mi memoria era especial. Dijo que algunas personas tienen imágenes y otras tenemos estructuras. Me gustó esa palabra. Estructuras.
Al principio no me pidió mentir.
Eso habría sido fácil.
Me pidió ordenar.
Me pidió repetir.
Me pidió separar.
—Lo suyo de lo ajeno, Iván.
Eso decía.
Y luego me daba lo ajeno en frases pequeñas.
Una puerta azul.
Un borde claro.
Una bufanda.
Un hombre que no se detiene porque duda, sino porque mide.
Yo no acepté todo de golpe. Las mentiras llegan mejor en piezas pequeñas. Un día las usas sin darte cuenta.
Eso hizo conmigo.
No me enseñó a ver.
Me enseñó a decir que había visto.
El inspector Vidal volvió una segunda vez. Meses después. Más cansado. Traía la misma libreta y menos paciencia en los zapatos. Me preguntó si alguien me había visitado.
Yo dije que no.
Mentí.
Él lo oyó. No sé cómo. Quizá por la taza. La moví dos centímetros antes de contestar. Quizá por la forma en que dije nadie.
No me llamó mentiroso.
Solo dijo:
—Tenga cuidado con los hombres que le ayudan a recordar.
Luego se fue.
No supe que en su casa le llamaban Manuel. Para mí era Vidal. Inspector Vidal. El hombre que aceptó mi no y no volvió a preguntarlo igual.
Cuando la inspectora me preguntó, tantos años después, quién me había dado lo ajeno, no contesté.
No pude.
Ella también se llama Vidal.
Por eso no dije el nombre.