Capítulo 13 · La libreta del padre
La libreta de Manuel Vidal no estaba escondida.
Por eso costaba más abrirla.
No se trataba de la libreta negra con goma que Lola le había dado en el desván un año antes. Esta era otra. Un cuaderno anterior, sin goma, guardado bajo la carpeta azul de Sara.
No contestó al primero.
Contestó a la segunda con una frase.
Mañana te llamo.
Inés respondió al minuto.
Eso nunca significa mañana.
No contestó.
La autopista estaba vacía en los tramos donde una carretera nunca debería estar vacía.
Camiones con luces bajas. Coches separados por demasiados metros.
Una moto que adelantó por la izquierda y desapareció antes del túnel.
Nora condujo sin radio. El silencio del coche no era silencio. Llevaba la voz de Lola dentro.
No me gustó.
No vuelvas a poner los pies en mi casa.
Sara no quiso darle un beso.
A las siete y cuarenta y ocho entró en Lavapiés. Aparcó lejos. Caminó cinco calles con el bolso cruzado y la mano apoyada encima, como si el cuero pudiera impedir que la fotografía respirara.
En el portal, una vecina del segundo estaba bajando la basura.
—Buenas noches, Nora.
—Buenas.
—¿Todo bien?
—Sí.
La mujer siguió bajando. Nora subió los cuatro pisos.
Al entrar, no encendió la luz del salón. Primero cerró con llave. Después echó el pestillo. Después dejó el bolso sobre la mesa baja y fue al recibidor.
El reloj de su padre seguía en la repisa.
17:42.
Nora lo cogió.
No lo hacía nunca.
Pesaba más de lo que recordaba. La correa de cuero estaba dura por los años sin muñeca. El cristal tenía una raya fina en el borde, casi escondida junto al número tres. Le dio la vuelta. La inscripción del fabricante seguía allí, gastada. Nada más.
Lo dejó otra vez en la repisa, en el mismo sitio, con las agujas mirando hacia fuera.
Después fue al armario del pasillo.
La caja de Manuel Vidal seguía en la balda alta. La bajó sin apartar las mantas. Las mantas cayeron al suelo. Nora no las recogió.
El nombre de casa ya no la confundía.
Llevó la caja al salón. Encendió la lámpara de mesa, no la del techo. Una luz pequeña. Una luz que obligaba a los papeles a acercarse.
Dentro estaban las carpetas que ya había tocado el día anterior.
Fotos de Monte Igueldo. Sobres con expedientes antiguos.
Copias sin membrete. Un paquete de cartas atado con una goma que se había vuelto marrón.
Y, al fondo, debajo de una carpeta azul con el nombre SARA escrito en el lomo, la libreta.
Nora la había visto muchas veces.
Nunca la había abierto hasta el final.
Era negra, de tapas blandas, con las esquinas comidas. No tenía etiqueta. No hacía falta. La letra de Manuel empezaba en la primera página y ocupaba el papel como si todavía estuviera sentado en la mesa, con el bolígrafo en la mano y el café a un lado.
Nora se sentó en el suelo.
La mesa baja quedó a la altura de su hombro. Puso encima la fotografía de 1996, la funda con el sobre y el cuaderno rosa. Después abrió la libreta.
Las primeras páginas eran de 1995.
Turnos. Nombres. Teléfonos. Direcciones. Anotaciones cortas que no decían nada si una no sabía leerlas.
Fuentes / archivo tarde. Fuentes podía ser Ramón. O no. En una libreta de Manuel, un apellido no siempre era una acusación.
Quesada no llamar desde casa.
Menores. San Bernardo. Carpeta gris.
Portales. Sin índice.
Nora pasó páginas.
La letra de Manuel era pequeña, inclinada a la derecha, con las aes cerradas y las tes clavadas. No había adornos. No había frases largas. Su padre escribía como hablaba cuando no quería que nadie supiera lo que estaba pensando.
En la página de marzo de 1996 había una nota.
Valls Riera. Curso. Buen análisis. Mala mirada.
Nora dejó el dedo sobre la línea.
Mala mirada.
No lo subrayó. No lo necesitaba.
Miró la fotografía. Octubre de 1996. Manuel junto a Valls Riera. Curso intervención menores. El mismo nombre. La misma época. La misma letra desde otro papel.
Siguió.
Abril. Mayo. Junio. Más notas. Casos. Reuniones.
Un recordatorio doméstico: comprar bombilla cocina.
Nora se quedó mirando esa línea más tiempo del que merecía.
En 1996, su padre compraba bombillas. En 1996, Sara estaba viva.
En 1996, Valls Riera entraba en salas de formación con una sonrisa pequeña y Manuel escribía mala mirada en una libreta negra.
Pasó a 1998.
La letra cambió en agosto.
No mucho. Lo bastante.
Las frases se hicieron más cortas. Más números. Más flechas. Más nombres sin verbo.
Nueve de agosto.
Agosto era el secuestro. Octubre era la esquina. La libreta de octubre no cambiaba la fecha. Cambiaba el foco. El Cerro del Tío Pío era el secuestro; Monte Igueldo, la última vida normal. Sara tenía siete años. Nora, once. Eso no cambiaba en ninguna versión. Dos escenas.
Cerro. Madre habla con mujer. Sara se suelta. Nora no está. No forzar relato ajeno.
La frase ocupaba una línea entera.
Durante unos segundos, el salón perdió tamaño.
Pasó el dedo por la página sin tocar la tinta.
Diez de agosto.
Niño del columpio. Nombre posible: Mateo. No confirmable.
Once de agosto.
Portal Monte Igueldo. Cabina. Foto revisar. Vecino ciego. Dice oír coche. No usar todavía.
La cabina aparecía dos veces en la vida de su padre: agosto, como ruido; octubre, como herida.
Agosto era el hecho. Octubre, la forma en que Manuel empezó a entenderlo. La libreta no cambiaba la fecha. Cambiaba el foco.
Nora se quedó inmóvil.
Vecino ciego.
Iván.
No aparecía el apellido. No hacía falta. En 1998, Manuel Vidal ya había hablado con un vecino ciego de Monte Igueldo. En 2027, un vecino ciego había dado un testimonio demasiado pulcro sobre un hombre que entraba en residencias.
Nora giró una página.
Doce de agosto.
En el margen izquierdo, a media altura, estaba la palabra.
VISTO.
Mayúsculas.
Bolígrafo azul.
Tachada una vez.
Debajo, la misma palabra.
VISTO.
Tachada dos veces, con más presión.
Debajo, una tercera.
VISTO.
Esta vez la línea atravesaba las cinco letras de punta a punta y había roto un poco la fibra del papel.
Nora se acercó.
La palabra no estaba escrita con la letra de Manuel.
O no del todo.
Él la había copiado.
Eso fue lo que entendió primero. No la había escrito como escribía sus notas. La había reproducido. Imitación de una letra de imprenta. Ensayo. Registro. Un policía copiando una palabra para no perder la forma exacta que tenía cuando la vio en otro sitio.
Al lado de las tres palabras tachadas había dos iniciales.
MVR.
Y debajo:
No citar. Sin prueba. Proteger a N.
La N no estaba tachada.
La página no cambió.
Nora tuvo que apartar la mano.
Apoyó la libreta sobre la mesa. Se levantó. Caminó hasta la cocina. Abrió el grifo. Llenó un vaso de agua. No bebió. Volvió con el vaso en la mano y lo dejó junto a la libreta sin probarlo.
Miró otra vez la línea.
Proteger a N.
Nora no necesitaba que nadie le dijera a quién correspondía esa letra.
Tampoco necesitaba que nadie le dijera qué había hecho su padre con aquella sospecha: guardarla.
Morderla. Doblarla dentro de una libreta.
Seguir trabajando. Seguir cenando en casa.
Seguir mirando a su hija de once años sin preguntarle nada.
Lo de la esquina vendría después. O ya estaba viniendo.
Pensó en la otra libreta. No la abrió. Aquellas tres letras y la frase de Lola necesitarían otra luz.
Miedo, sí. Y algo más.
Un motivo no devolvía nada.
La foto de 1996 no iba a sostenerse sola. Lola la había abierto. Nora la había metido después en una funda con guantes.
El móvil vibró sobre la mesa.
Sergio otra vez.
La pantalla vibró hasta apagarse.
Después llamó a Inés.
Contestó al segundo tono.
—Tú has dicho mañana —dijo Inés.
—Necesito una búsqueda.
—Claro. Porque esto nunca espera a mañana.
—Alfonso Manuel Vidal Santamaría. Consultas internas, peticiones de archivo, cursos, cruces con psicólogos externos entre 1995 y 1998. Todo lo que toque a Mateo Valls Riera, MVR, Valls, Riera o intervención de menores.
Silencio.
—Repítelo.
Nora repitió.
Inés no tecleó de inmediato. Nora conocía ese tipo de pausa.
—¿Esto sale de lo que no me estás contando?
El sobre marrón quedó delante.
—También.
—¿Sergio lo sabe?
—No.
Otra pausa.
—Vidal.
—No me des lecciones esta noche.
—No iba a dártelas. Iba a preguntarte si quieres que prepare una búsqueda interna sin mover oficios hasta tener algo defendible.
Nora bajó la vista a la libreta.
Sabía que aquello podía costarle el caso. Miró la libreta. Ya no estaba sentada en el mismo lugar.
—Sí.
—Entonces no me lo has pedido.
—Gracias.
—Eso tampoco lo he oído.
Inés colgó.
Nora dejó el móvil sobre la mesa. Esta vez no lo puso boca abajo. Lo dejó mirando hacia arriba, como una cosa que podía acusarla.
Volvió a la libreta.
Después de la página del doce de agosto había tres hojas arrancadas.
No cortadas.
Arrancadas.
Los restos seguían pegados al lomo, con los bordes irregulares. Manuel no arrancaba hojas. Nora lo sabía. Manuel doblaba, tachaba, marcaba. Nunca arrancaba. Arrancar una hoja era admitir que el cuaderno tenía un hueco. Su padre no dejaba huecos si podía evitarlos.
Tres hojas.
Después había una anotación del dieciséis de agosto.
Leyó una línea breve, la marcó con una tira de papel y siguió.
Nora sacó el cuaderno rosa.
En la página donde había escrito Sergio sabe algo que no me ha dicho, añadió debajo:
Manuel copió VISTO.
MVR.
Proteger a N.
Tres hojas arrancadas.
Miró la lista.
El cuaderno rosa no respondía. Solo añadía trabajo.
Hasta esa noche, Rafael Cuesta y Elvira Solé eran dos muertes de una semana. Ahora estaban también en un camino que Manuel Vidal había pisado antes.
Nora cogió la fotografía de 1996 y la puso junto a la página del doce de agosto.
Manuel Vidal joven. Mateo Valls Riera joven. Octubre de 1996.
VISTO tachado tres veces. Agosto de 1998.
MVR.
Proteger a N.
El móvil vibró de nuevo.
Sergio.
Esta vez, Nora cogió.
No dijo nada.
Al otro lado, Sergio tampoco habló al principio.
Cinco segundos.
—Vidal —dijo él.
—Mi padre conocía a Valls Riera antes de Sara.
Sergio no contestó.
Eso fue respuesta suficiente.
—Tengo una foto de 1996 —dijo Nora—. Y una libreta.
Sergio soltó aire al otro lado. No fuerte. No de sorpresa. De algo más antiguo.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—Voy.
—No.
—Nora.
—Mañana.
—No hagas esto sola.
La página arrancada dejó solo bordes blancos. La ausencia.
—Ya está hecho.
Sergio tardó en contestar.
—No. Lo que está hecho es lo que hizo él. Lo que hagas tú empieza ahora.
Nora cerró la libreta despacio.
No colgó.
Tampoco le pidió que viniera.
Entre los dos quedó abierta una línea de teléfono y una página con tres hojas arrancadas.
La línea no empezaba en Nora.