El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 12 · Segovia
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Capítulo 12 · Segovia

A la mañana siguiente, Nora no fue a la Pecera.

A las siete y treinta y nueve, Inés le había escrito.

Raquel aún no entrega la caja. Sergio está aquí. Juzgado, nada hasta el lunes.

Nora contestó:

Sin presionar. Nada de caja por teléfono.

Después dejó el móvil boca abajo.

No había mensajes de Sergio.

Se duchó. Se puso unos vaqueros, camiseta negra, chaqueta. Guardó en el bolso la funda con la copia completa de Monte Igueldo, la copia del convenio 14/98 y el cuaderno rosa. No volvió a escuchar la grabación de Valls Riera.

Bajó al portal a las ocho y doce.

Madrid estaba limpio de lluvia y sucio de tráfico. Nora pasó junto a una tienda que todavía no había abierto sin mirar atrás.

Tenía que ver a Clara antes de subir a Segovia.

Tenía que verla porque no servía para el caso.

El piso tutelado estaba en una calle tranquila. No había recepción como tal. Solo un telefonillo, una cámara pequeña y una placa blanca con el nombre de la asociación. Nora llamó.

—Soy Nora Vidal.

La cerradura sonó dos segundos después.

Subió en ascensor. Tercero. Pasillo corto. Puerta abierta antes de llegar.

Clara la esperaba con un jersey azul y el pelo recogido con una goma negra. Tenía una cara que todavía no había decidido qué edad aceptar. En la mano izquierda sujetaba una taza. En la derecha, un lápiz.

—Has venido pronto —dijo.

—Sí.

—Aquí pronto significa antes de las diez. En tu idioma no sé.

La taza estaba entre sus manos.

—¿Café?

—Té. Malo.

—Entonces estás mejor.

Clara dejó pasar la frase. Se apartó para dejarla entrar.

El piso olía a detergente, a pan tostado y a madera barata. Había una mesa pequeña junto a la ventana, dos sillas y un calendario con citas médicas escritas en rotulador verde.

Clara se sentó en la silla de la ventana. Nora eligió la otra.

Durante unos segundos no hablaron.

Eso era lo más parecido que tenían a una costumbre.

—Voy a Segovia —dijo Nora.

Clara miró el lápiz. Lo hizo rodar entre los dedos.

—A ver a Lola.

—Sí.

Claudia Dolores Cabrera en los papeles. Lola en casa. También para Clara, que había aprendido ese nombre antes que otros.

—Dile que no me mande más mermelada.

—Le hará ilusión saber que te quejas.

—Me manda de ciruela. Nadie quiere tanta ciruela en una vida.

Nora casi sonrió.

—¿Trabajo? —preguntó.

—También.

—Eso quiere decir sí.

—Eso quiere decir que no puedo contarte mucho.

Clara dejó el lápiz sobre la mesa. Antes lo habría alineado con el borde. Ya no.

—Cuando no puedas decirme la verdad, no me des una mentira pequeña —dijo Clara.

Nora la miró.

—Vale.

—Las mentiras pequeñas son peores. Te dejan hambre.

Nora apoyó las manos sobre las rodillas.

—Ha aparecido un nombre.

Clara esperó.

—Un nombre viejo.

—¿De lo mío?

—Puede.

La palabra quedó.

Clara cogió la taza con las dos manos. Bebió un sorbo. El té debía de estar ya frío, pero no hizo ningún gesto.

—¿El nombre es de una persona viva?

—Sí.

—Entonces ten cuidado.

—Eso me dicen mucho.

—Porque no escuchas.

Nora bajó la vista al suelo.

—¿Tú estás bien? —preguntó.

Clara movió la taza un centímetro hacia la izquierda.

—Ayer salí sola a comprar pan.

Nora levantó la mirada.

—¿Sola?

—Hasta la esquina. La trabajadora social iba detrás, pero lejos. Como en las películas malas de espías.

—Eso cuenta.

—Lo sé. Por eso te lo he dicho.

Nora asintió.

—Bien.

—No digas bien como policía.

—No sé decirlo de otra manera.

—Ya.

Clara se levantó. Fue a la cocina. Volvió con una bolsa de papel pequeña.

—Para Lola —dijo.

Nora la cogió. Pesaba poco.

—¿Qué es?

—Un libro. De pájaros. Me lo mandó ella por error. Creía que era de flores. No voy a explicarle la diferencia por teléfono.

—Le gustará que se lo lleve.

—No. Le gustará que hayas venido.

Nora guardó la bolsa en el bolso.

Clara se quedó junto a la ventana.

—Nora.

—Dime.

—Cuando veas a Lola, no le preguntes todo de golpe.

—No iba a hacerlo.

Clara volvió la cabeza.

—Sí ibas.

No contestó.

Clara sonrió otra vez. Menos que antes.

—Te pareces a papá cuando crees que no.

La frase no traía reproche. Por eso dolió.

Nora se levantó.

—Tengo que irme.

—Sí.

En la puerta, Clara no la abrazó. Nora tampoco. Habían aprendido que algunas cercanías necesitaban permiso cada vez.

—Llámame cuando vuelvas —dijo Clara.

—Lo haré.

—Y si no puedes contarme nada, no me cuentes nada.

—Vale.

Nora bajó por la escalera. No esperó al ascensor.

En la calle, antes de abrir el coche, miró la bolsa de papel con el libro de pájaros. Clara había escrito en una esquina, con letra pequeña:

Para Lola. No son flores.

Nora guardó la bolsa en el asiento del copiloto.

Salió hacia Segovia a las nueve y diecisiete.

La A-6 se abrió después de Las Rozas. Madrid fue quedándose atrás por tramos. No puso la radio.

A la altura de Guadarrama, el móvil vibró.

Sergio.

No cogió.

El teléfono dejó de sonar.

Veintidós segundos después, entró un mensaje.

Dime que estás bien.

La pantalla seguía en el soporte del coche. No la tocó. Siguió conduciendo.

Al otro lado de la sierra, Castilla apareció con una luz fría.

A las once menos diez, entró en Segovia.

No fue al centro. Tomó la carretera hacia la antigua casa de veranos de Lola y Manuel, una vivienda baja con jardín estrecho, verja verde y una puerta que cerraba mal desde hacía quince años. La casa familiar de Chamartín se había cerrado.

En los papeles era Claudia Dolores Cabrera.

En casa, Lola. Santa Teresa seguía constando en los informes antiguos como Residencia Santa Teresa; desde hacía dos años funcionaba para ella como centro de día: visitas externas, autonomía limitada y Berta con una llave.

La casa tenía demasiados rosales. Eran de Manuel.

Lola decía que las flores daban trabajo y no había arrancado ninguno.

Había una bolsa de pan colgada de la manilla.

Nora aparcó delante.

Antes de bajar, contestó a Sergio.

Estoy bien. Segovia.

Tardó tres segundos en llegar la respuesta.

¿Con Lola?

Nora escribió:

Sí.

No añadió nada más.

La puerta se abrió antes de que llamara.

Lola estaba en el umbral con una chaqueta de punto gris sobre los hombros y el pelo recogido hacia atrás. Tenía la cara más delgada que la última vez. O quizá era la luz.

—Llegas tarde —dijo.

—No habíamos quedado a una hora.

—Por eso.

Nora entró.

La casa olía a caldo, a cera de muebles y a ropa secándose cerca de un radiador apagado. En el salón, la fotografía de Sara de niña ya no estaba sola. Al lado había una fotografía reciente de Clara, con un jersey verde y la mirada fuera de cámara.

Nora la vio.

Lola también la vio verla.

—Me la mandó la chica del piso. No me acuerdo del nombre —dijo.

—Está bien.

—Está de pie.

—Eso también.

Lola caminó hacia la cocina.

—He hecho sopa.

—No tengo hambre.

—No he preguntado.

Nora dejó el bolso en una silla. Encima puso la bolsa de Clara.

—Te manda esto.

Lola abrió la bolsa. Sacó el libro. Miró la cubierta. Aves comunes de la península ibérica.

Leyó la nota.

Para Lola. No son flores.

Lola cerró el libro con cuidado.

—Tiene mala leche.

—Sí.

—Eso es bueno.

Puso el libro sobre la mesa de la cocina, junto al salero.

Comieron sopa, pan de Berta y un poco de queso. Lola no señaló el hambre.

Cuando terminaron, Lola recogió los platos.

—Déjalo —dijo Nora.

—Siéntate.

—Mamá.

Lola dejó un plato en el fregadero.

—Siéntate.

Nora se sentó.

Lola salió de la cocina. Nora oyó sus pasos en el pasillo, lentos, regulares. La puerta del dormitorio. Un cajón. Otro. El roce de algo de papel. Después, los pasos de vuelta.

Lola entró con un sobre marrón en la mano.

Era pequeño. Papel grueso. Abierto ya por un extremo. Sin sello. Sin matasellos. Sin remitente.

La ausencia de remitente fue lo que la detuvo.

—¿Qué es?

Lola puso el sobre en la mesa, entre las dos.

—Lo metieron en el buzón el miércoles.

No lo tocó.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Lo viste?

—No.

—¿Por qué no me llamaste?

—Porque no sabía qué era.

—Luego lo abriste.

—Sí.

—Y tampoco me llamaste.

Lola apoyó las dos manos en el respaldo de la silla.

—No sabía cómo decírtelo por teléfono.

El sobre estaba delante.

El papel marrón tenía una esquina doblada. Había una mancha pequeña en el borde, quizá agua. Quizá saliva. Quizá nada.

—¿Lo has tocado mucho?

—Lo justo.

—¿Berta?

—No.

—¿Alguien más?

—No.

Nora sacó del bolso un par de guantes de nitrilo. Lola miró los guantes sin cambiar la cara.

—Siempre llevas de eso.

—Sí.

—Tu padre también.

Nora se puso los guantes. Abrió el sobre.

Dentro había una sola fotografía.

Blanco y negro. Papel fotográfico mate. Dos hombres en una sala de comisaría o en un aula de formación. Una mesa al fondo. En la pared, un cartel institucional medio cortado. Uno de los hombres era Manuel Vidal, más joven, camisa clara, corbata floja, la mano izquierda apoyada sobre una carpeta.

El otro hombre estaba de perfil.

Pelo oscuro. Gafas de montura fina. Cuerpo delgado. Manos largas. Una sonrisa pequeña, colocada para la cámara.

La ficha colegial no hacía falta.

Lo reconoció por la quietud.

Mateo Valls Riera.

Dio la vuelta a la foto.

En el reverso había una fecha escrita a mano.

Octubre 1996.

Debajo, en letra más pequeña:

A. Vidal / M. Valls Riera. Curso intervención menores.

Nora dejó la fotografía sobre la mesa.

No hizo ruido. Lola miró la madera.

—¿Lo conocías? —preguntó Nora.

Lola tardó en contestar.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

—Mamá.

—No lo sé, Nora.

La respuesta salió seca. Sin defensa.

Nora apoyó los dedos sobre el borde de la fotografía. No tapó ninguna cara.

—¿Vino a casa?

Lola miró la ventana de la cocina. Fuera, el jardín tenía las hojas quietas. Ni una rama movida.

—Una vez.

—¿Cuándo?

—Antes.

—Antes de que se llevaran a Sara.

Lola asintió.

—Mucho antes.

—¿Qué hacía aquí?

—Cenó.

—¿Con nosotros?

—Tú estabas en tu cuarto. Sara dormía. O eso creo. Tu padre dijo que era un psicólogo que le ayudaba con casos de críos. Yo lo había llevado a casa una vez.

Nora levantó la vista.

—¿Tú?

—Lo recogí en la estación. Manuel estaba trabajando. Me pidió que lo acercara.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

Lola soltó el respaldo de la silla. Se sentó despacio.

—Porque no me acordaba de su nombre.

—Pero sí de la cara.

—A veces sí. A veces no.

—¿Y ahora?

Lola señaló la foto.

—Ahora, con la foto, sí.

Después de decirlo, Lola miró el sobre como si no recordara haberlo traído ella.

No habló.

Lola juntó las manos sobre la mesa. En el dedo anular llevaba todavía el anillo de Manuel.

—No me gustó —dijo.

—¿Por qué?

—Porque miraba demasiado la casa.

La sangre le golpeó contra el nitrilo.

—¿Manuel volvió a verlo?

—Sí.

—¿Muchas veces?

—No en casa.

—¿Hablaban por teléfono?

—Algunas noches. Tu padre se iba al pasillo. Bajaba la voz. Yo oía el nombre alguna vez. Valls. El doctor joven. El de la foto. Luego dejó de sonar.

—¿El de la foto?

—Este Valls —dijo Nora, señalando la foto.

Lola miró la imagen.

—Ese.

—¿Cuándo?

Lola apretó los labios.

—Después de una discusión.

—¿Qué discusión?

—No la oí entera.

—Lo que oíste.

—Tu padre dijo: «No vuelvas a poner los pies en mi casa». Eso sí lo oí.

La cocina se quedó quieta.

Volvió a la foto.

Manuel Vidal. Mateo Valls Riera. Octubre de 1996. Dos años antes de que se llevaran a Sara. Dos años antes de Monte Igueldo.

—¿Por qué no lo denunció?

Lola la miró.

—Eso tienes que preguntárselo a él.

—Está muerto.

—Ya.

La frase no fue dura. Fue exacta.

Nora guardó la foto dentro de una funda limpia. Después metió el sobre marrón en otra. Se levantó.

—Necesito llevarme esto.

—Por eso lo dejé encima de la cómoda.

—No me has llamado.

Lola bajó la vista.

—No. Pero sabía que vendrías en cuanto pudieras.

Nora se quedó de pie, con la funda en la mano.

—¿Qué más recuerdas?

—Un abrigo beige. Una colonia fuerte. La manera en que Sara no quiso darle un beso.

La funda limpia seguía en su mano. La cerró.

—Sara era una niña.

—Y no quiso.

Eso no cerraba lo que Lola había dicho meses atrás: las dos lo visteis. La casa no era la esquina. O no solo.

Lola se levantó también.

—Los niños se apartan por algo —dijo.

Nora guardó la funda en el bolso.

—Voy a revisar la libreta de papá.

Lola asintió.

—Hazlo.

—¿Sabes qué hay?

—No.

—¿Nunca la abriste?

—Era suya.

—Mamá.

—Era suya —repitió Lola—. Y después era tuya. Eso también lo sabía.

Nora cogió el bolso.

En el pasillo, antes de abrir la puerta, miró el sobre marrón a través de la funda.

No lo habían mandado por correo.

Alguien había llegado hasta la verja verde, había empujado la tapa del buzón de Lola y había dejado allí una fotografía de 1996.

En el coche, antes de arrancar, llamó a Berta.

No le explicó nada. Le pidió que esa noche durmiera con el teléfono cerca y que, si veía un coche parado más de cinco minutos junto a la verja, llamara al 091.

También mandó a Sergio la dirección exacta. No pidió patrulla. Pero dejó un hilo abierto.

Después escribió a Sergio.

Segovia. Lola. Discreción.

La respuesta llegó antes de que guardara el móvil.

Entendido.

Repasó una vez más la verja verde.

Alguien había subido hasta la casa de su madre.