Capítulo 11 · Sergio
Sergio escuchó la grabación sin tocar el móvil.
Lo dejó sobre la mesa de la Pecera, boca arriba, con la pantalla apagada.
No preguntó por qué Nora había ido sola.
No preguntó por qué había pedido cita como paciente.
No preguntó por qué la grabación empezaba con una recepcionista llamándola inspectora y terminaba con la puerta de un ascensor cerrándose.
Sergio no preguntó. Nora habría preferido que lo hiciera.
Escucharon la grabación dos veces. La segunda, Sergio pidió volver a tres momentos: cuando Valls nombró las residencias sin que Nora se las diera, cuando esquivó a Mateo Alcántara, cuando convirtió la conversación en búsqueda antigua.
Sergio bajó la mirada. El bolígrafo siguió quieto.
Eran las ocho y veintisiete de la tarde. La comisaría había bajado de volumen, pero no de cansancio. Afuera quedaban teléfonos, teclas sueltas y una discusión lejana en el pasillo de denuncias. Dentro de la Pecera estaban Nora, Sergio y el móvil apagado.
Inés se había ido hacía veinte minutos. Había dejado en la pizarra tres columnas: Valls Riera, convenio 14/98, novena foto / encuadre posible. Debajo, con letra pequeña, una nota: Raquel / caja / pendiente.
La declaración de Raquel no había dado caja. Había dado una sobrina agotada, dos contradicciones menores sobre las visitas de Elvira y una frase que Inés había subrayado sin convertirla todavía en pista: mi tía decía que los hombres más correctos daban más trabajo. Nada más.
Nora la dejó en lateral. Podía ser memoria de una sobrina, resentimiento familiar o una verdad sin sitio. El centro estaba en una consulta de Velázquez con agua intacta sobre una mesa.
Sergio leyó la pizarra. Luego volvió a Nora.
—Esto es personal.
—Es un caso.
—Las dos cosas.
—Entonces estamos acostumbrados.
Sergio no sonrió.
—No a esto.
Nora se apoyó en el borde de la mesa. Llevaba la chaqueta puesta. No se la había quitado desde que volvió de Velázquez. En el bolsillo interior estaba la copia del convenio. En el bolso, la funda con la copia completa de Monte Igueldo. Los papeles pesaban demasiado para ser solo copias.
—No he ido a detenerlo —dijo ella.
—Has ido a dejar que te mirara.
—También yo lo he mirado.
—Él lleva ventaja.
—Eso no lo sabes.
Sergio puso un dedo sobre el móvil. No lo movió.
—Sabe todo lo que ha dicho. Cuesta. Elvira. Instituciones. Monte Igueldo sin nombrarlo. Mateo Alcántara sin nombrarlo. La forma en que la había reducido a una búsqueda antigua. No ha contestado a casi nada, pero ha salido de la conversación con más de lo que tenía.
—También ha cometido errores.
—¿Cuáles?
—Nombró Los Naranjos y Las Adelfas sin que yo se los diera.
—Dice que por memoria.
—No le crees.
—No importa si le creo. Importa lo que puedo sostener.
Nora guardó silencio.
Sergio bajó la voz.
—Tienes que dejar de entrar sola.
Nora fijó la vista en la mano.
—No.
—Si no te proteges tú, lo harán ellos. La fiscal en cuanto vea el apellido. Gálvez cuando le llegue la grabación. Cualquier juez si Valls Riera cuestiona tu intervención en una diligencia que no existe.
—No estoy instruyendo nada.
—Estás tomando decisiones que luego tendremos que convertir en algo que parezca procedimiento. Y si hay que maquillarlo demasiado, se rompe.
—No maquilles nada.
—No hablo de mí. Hablo de lo que verá un juez cuando Valls Riera decida que le conviene parecer víctima de una inspectora obsesionada con 1998.
La pizarra ocupaba la pared.
Sergio no respondió.
Tampoco hacía falta.
—Estás entrando sola en la consulta de un hombre que está conectado con el secuestro de tu hermana, con Mateo Alcántara y con dos muertes en residencias.
—Dos muertes con patrón.
—No me corrijas ahora.
Sergio se oyó tarde. Miró hacia la puerta, como si hubiera dejado allí una salida que todavía podía usar.
—Perdón —dijo.
—No.
—Nora.
—No me borro.
Sergio cerró los ojos un instante. No para pensar. Para no decir algo demasiado pronto.
—Ese hombre ha conseguido que vayas a su terreno antes de que tengamos orden sobre sus archivos.
—No era su terreno.
—Era su consulta.
—Era una habitación.
—Para ti quizá.
Nora se separó de la mesa.
—¿Qué sabes?
Sergio levantó la vista.
—¿Qué?
—Desde que apareció Valls te cambia la cara. En la Pecera dejaste el bolígrafo como si quemara. En Velázquez no has preguntado por la consulta. Me pides que deje de entrar con una prisa que no es solo procedimiento. ¿Qué sabes?
Sergio se quedó quieto.
No negó.
Ese fue el problema.
—Sé que este caso te puede romper —dijo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte ahora.
—¿Ahora?
—Sí.
La palabra quedó entre los dos. Pequeña. Suficiente.
En la pizarra seguían las líneas abiertas. Valls Riera. Convenio 14/98. Novena foto / encuadre posible. Raquel. Caja. Pendiente.
—Sergio.
—No.
—No sabes qué voy a preguntar.
—Sí lo sé.
El pulso le latió en la muñeca derecha. No en el pecho. En la muñeca. Una línea pequeña bajo la piel. La misma con la que sostenía el bolígrafo cuando una escena no admitía más demora.
—Si hay algo de mi padre en esto, me lo dices.
Sergio no apartó la vista.
—No me hagas elegir entre tú y el caso.
La frase llegó con demasiados años dentro.
La frase no pertenecía solo a esa tarde.
Venía de otras noches en las que Sergio había esperado en un coche sin preguntar.
De llamadas a las tres de la mañana. De informes que firmaban juntos y silencios que cada uno dejaba en la parte del otro para no hacerlo más difícil.
Nora lo supo. No retrocedió.
—No te lo estoy pidiendo.
Pero la frase no sonó verdadera ni siquiera dentro de su propia boca.
Sergio cogió el móvil de la mesa y se lo devolvió. Lo hizo con cuidado. Como si una pantalla pudiera romperse por el sitio equivocado.
—Mañana esto puede acabar en una petición formal de apartamiento si sigues entrando sola —dijo—. Voy a proponerle a Gálvez que lo deje así: tú como apoyo operativo en lo que autorice, Inés y yo en documental. Nadie más por ahora.
—Has decidido mucho.
—Estoy intentando que puedas seguir dentro sin que él te saque.
—Él.
—Sí.
—¿Valls?
—Valls. La fiscal. El juez. Cualquiera.
Nora guardó el móvil en el bolsillo.
—No voy a hacerme a un lado.
—Entonces lo decidirá otro por ti.
No sonó a amenaza. Sonó a trámite.
Sergio se levantó. No cogió la chaqueta. Estaba en el respaldo, detrás de él. La dejó allí.
—Necesito aire.
—Estamos en una comisaría.
—Por eso.
Caminó hasta la puerta. No dio un portazo. Sergio no daba portazos. Cerró despacio, con la mano en la manilla hasta que el pestillo encajó sin ruido.
Nora se quedó sola.
La Pecera quedó más quieta.
La chaqueta que Sergio había olvidado en el respaldo seguía allí. Nora no la tocó.
El móvil vibró dentro del bolsillo cuando llegó un mensaje.
Autorización judicial admitida a trámite. Nada más hasta mañana.
Nora lo sacó. Venía de Inés. Leyó el mensaje. Después miró la puerta por la que Sergio acababa de salir.
Sacó el cuaderno rosa del bolso.
Lo abrió por una página limpia. No escribió Valls. No escribió Velázquez. No escribió fotografía. No escribió padre.
Escribió una sola línea.
Sergio sabe algo que no me ha dicho.