El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 10 · Velázquez
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Capítulo 10 · Velázquez

La consulta de Mateo Valls Riera no estaba en Salamanca. Estaba en el barrio de Salamanca.

Nora lo comprobó a las ocho y diecisiete, en la Pecera, mientras el escáner arrastraba la copia autorizada de Monte Igueldo con un ruido de animal viejo.

La máquina tardó cuarenta segundos en tragar la copia de Manuel.

Tardó otros treinta en devolver una imagen demasiado limpia en una pantalla que no sabía nada de miedo.

Inés amplió la zona de la cabina.

La sombra siguió siendo sombra.

—No hay cara —dijo Inés.

—No busco cara.

—Bien. Porque no tenemos.

Sergio estaba detrás de Nora, con los brazos cruzados. No había preguntado por qué ella no había contestado a su primer mensaje. Tampoco por qué había llegado con la funda cerrada con cinta y la etiqueta escrita de madrugada. Eso, en Sergio, era una pregunta que se estaba guardando.

—Raquel —dijo Nora.

—Conmigo a las ocho y media —respondió Inés—. La caja espera. Lo sé.

Nora asintió. Miró la sombra una vez más. Luego cerró la imagen.

A las ocho y media, Inés salió a tomar declaración a Raquel en una sala pequeña.

Volvió dieciocho minutos después con una libreta llena y la cara de quien ha conseguido poco pero ha evitado un desastre.

Raquel no había traído la caja. Raquel no quería hablar de la caja hasta saber si Elvira había muerto de verdad o si la policía estaba usando palabras para conseguir papeles.

—Tiene miedo —dijo Inés.

—¿De nosotros?

—De lo que haya dentro. No es lo mismo.

Nora dejó esa línea a un lado. Una caja no podía comerse un nombre. No esa mañana.

La autorización judicial para la nota protegida del convenio 14/98 seguía en trámite. Gálvez había mandado un mensaje a las siete y cincuenta y uno: juzgado avisado, no tocar consulta sin orden. Nora lo leyó dos veces y no contestó. No pensaba tocarla por vía oficial.

Todavía.

A las nueve y cuatro llamó desde una línea interior sin identificación externa.

La recepcionista contestó al tercer tono. Voz educada. Mujer mayor o mujer entrenada para parecer mayor. Había voces que sabían poner una mesa sin estar delante.

—Consulta del doctor Valls Riera, buenos días.

—Necesito cita con el doctor.

—¿Primera visita?

—Sí.

Nora tardó menos de un segundo.

—Nora Vidal.

Al otro lado hubo una pausa mínima. No ruido. No consulta. Pausa.

—El doctor tiene un hueco hoy a las seis de la tarde.

—Iré.

—¿Motivo de la consulta?

—Personal.

Otra pausa.

—A las seis, entonces.

Nora colgó.

Sergio la miraba desde la otra punta de la mesa.

—¿Qué acabas de hacer?

—Pedir una cita.

—No es una diligencia.

—No he dicho que lo sea.

—Vidal.

—No voy a llamarlo como policía antes de saber si puede oírnos como policía.

Sergio apoyó las manos en el respaldo de una silla. Las retiró enseguida.

—Eso en un informe no existe.

—Por eso no va en un informe.

—Y si te está esperando.

—Entonces prefiero saberlo antes de entrar con un equipo.

Sergio señaló el teléfono de la Pecera, todavía caliente por la llamada.

—Eso suena a decisión tomada antes de preguntar.

—Lo es.

Inés no levantó la vista del ordenador.

—Yo no he oído nada.

—Tú siempre oyes algo —dijo Sergio.

—Hoy tengo a Raquel, una caja que no puedo pedir todavía y tres PDFs que odian abrirse. No me cabe más riesgo procesal en la mañana.

Nada de aquello había salido limpio. Había salido a tiempo.

Nora cogió la carpeta gris. La copia de Monte Igueldo quedó dentro, encima de las copias de trabajo de Valls Riera. Papel viejo sobre papel nuevo. Dos épocas que empezaban a tocarse sin permiso.

A las cinco y cuarenta y siete, Nora aparcó en la calle de Velázquez.

El edificio tenía portero, mármol en el portal y una placa de latón junto al ascensor.

Dr. Mateo Valls Riera. Psicología Clínica.

Cuarta planta. La placa estaba limpia de dedos.

Eso le llamó la atención. En Madrid, las placas de los médicos tienen huellas, polvo o las dos cosas. Aquella parecía repasada cada mañana.

Nora subió sola.

En el ascensor había un espejo estrecho y una pegatina de mantenimiento con fecha del mes anterior.

Nora no se miró. Miró el número de planta.

Tres. Cuatro. En el bolsillo interior llevaba la copia del convenio doblada una vez.

En el otro, el móvil con la grabadora preparada.

Aquello no valía como prueba judicial. Era memoria externa.

No iba a salvarla en sala, pero podía salvarle la memoria.

La activó antes de abrir la puerta.

La recepción era pequeña. Dos butacas tapizadas en gris, una mesa baja con revistas que nadie había abierto, una jarra de agua con rodajas de limón y una planta demasiado verde para ser real.

En la pared había tres diplomas enmarcados.

Complutense. Psicología clínica. Supervisión institucional. Nada que no esperara encontrar.

La recepcionista levantó la vista.

—Inspectora Vidal.

No corrigió el tratamiento.

La recepcionista la había llamado inspectora antes de que Nora dijera nada. También era una respuesta.

—Nora.

—El doctor la espera.

Una mujer salía del despacho. Cincuenta años, bolso pequeño, labios apretados. No miró a Nora. Miró al suelo. Algunos pacientes de un psicólogo salen con una cara que no quiere pertenecer a ninguna habitación.

La recepcionista abrió la puerta.

Mateo Valls Riera estaba de pie detrás de una mesa de nogal.

No parecía nada.

Eso no servía para nada.

Tenía el pelo blanco corto, gafas de montura metálica y una camisa azul sin arrugas. Era delgado. Las manos, largas. La piel de las manos, cuidada. En el despacho olía a papel, a madera encerada y a una colonia antigua que Nora no supo nombrar. Limpia. Seca. De otro tiempo.

—Inspectora —dijo él.

No dijo Nora.

—Doctor.

—Gracias por venir.

—He pedido cita yo.

—Aun así.

Le señaló una silla. Nora se sentó. Él no lo hizo hasta que ella estuvo sentada. Un gesto educado. También un gesto calculado. En algunas personas las dos cosas no se distinguen.

—¿Agua? ¿Té?

—Agua.

Valls Riera sirvió un vaso de una botella de cristal. No preguntó si fría. No puso hielo. Lo dejó sobre la mesa, a la derecha de Nora. Ella no lo tocó.

—Conozco su trabajo —dijo él.

—Eso he supuesto.

—La leí durante el caso Paredes. Después, durante el caso Moral. Madrid tiene pocos policías que aparezcan en prensa sin buscarlo.

—Y muchos psicólogos que leen periódicos.

Valls Riera sonrió con una parte pequeña de la boca.

—Yo diría que leo expedientes mejor que periódicos.

—Entonces entenderá por qué estoy aquí.

—Aún no.

Nora sacó una hoja doblada. Una copia de trabajo del convenio 14/98. La dejó sobre la mesa sin acercársela.

—Rafael Cuesta. Elvira Solé Rivera.

Valls Riera bajó los ojos a los nombres. No tocó la hoja.

—Los recuerdo.

—Los tiene presentes.

—Hay nombres que vuelven en los informes. Cuesta firmaba. Solé resolvía. Eso deja rastro.

—No figuraban como pacientes suyos.

—No en el sentido estricto.

—¿En qué sentido sí?

Valls Riera rozó con dos dedos el borde de la mesa. No tamborileó. Solo comprobó dónde terminaba la madera.

—En los noventa, inspectora, la palabra paciente se usaba con demasiada alegría en instituciones donde nadie quería decir usuario, menor, residente o problema. Yo supervisaba. Eso significa que muchas personas pasaban por mi mesa sin pasar por mi consulta.

—Rafael y Elvira pasaron.

—Sus firmas pasaron. Sus decisiones también.

—Entonces no eran nombres perdidos.

—Recuerdo funciones, no biografías. Cuesta autorizaba pagos. Solé resolvía incidencias. Personas eficaces. No siempre fáciles.

—Han muerto.

La mirada de Valls Riera no cambió. Eso fue lo que cambió la habitación.

—Lo lamento.

—¿Causa?

—Me parece que esa pregunta suele hacerla usted.

—Hoy la hago yo.

Valls Riera se apoyó en el respaldo de la silla. No cruzó las piernas. No buscó el vaso. No necesitaba ocupar las manos.

—Eran mayores. Madrid está lleno de personas mayores que mueren en instituciones donde nadie mira demasiado. Usted lo sabe mejor que yo.

—Yo no he dicho residencias.

El despacho no tenía ruido de calle. El doble cristal lo dejaba todo fuera. Incluso los coches parecían pasar en otro barrio.

—No —dijo él—. No lo ha dicho.

Sostuvo la vista.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Supongo que mi memoria. Cuesta terminó en Los Naranjos. Elvira en Las Adelfas. He seguido colaborando con instituciones durante muchos años, inspectora. A veces los nombres vuelven.

—Los dos aparecen bajo su supervisión externa en 1998.

—Como otros muchos.

—¿Murieron otros muchos esta semana?

—No que yo sepa.

—Entonces no son otros muchos.

Valls Riera dejó de mirar la copia y miró a Nora. La corrección no le había molestado. Le había interesado. Eso era peor.

—Está usted acostumbrada a que la precisión sea una forma de defensa.

—Y usted a usarla como puerta de salida.

—¿Cuántos?

—No podría responder sin archivo.

—Tiene buenos archivos.

—Tengo orden.

—Y memoria.

—La memoria también ordena.

Nora dejó que la frase muriera sola.

—También aparece Mateo Valls Alcántara.

Por primera vez, Valls Riera parpadeó fuera de ritmo.

Una vez.

Nada más.

—No esperaba oír ese apellido en mi consulta.

—¿Cuál de los dos?

—Valls.

—También es el suyo.

—Los apellidos no explican a nadie.

Valls Riera no añadió nada.

—¿Tiene relación con él?

—Ninguna que pueda servirle ahora.

—No he preguntado eso.

—Es mi respuesta.

El vaso de agua seguía quieto. Ni una vibración. El edificio entero parecía sostenido para que aquel hombre hablara sin tener que levantar la voz.

—Doctor, ¿dónde estaba usted el martes entre las diez y media y las once de la noche?

Valls Riera no sonrió.

—En mi casa.

—¿Puede acreditarlo?

—Vivo solo.

—Eso no contesta.

—Contesta lo suficiente.

—¿Y el miércoles entre las once y medianoche?

Esta vez Valls Riera miró el vaso de agua. No a Nora. Al vaso. Menos de un segundo.

—En mi casa también.

—Mucho tiempo en casa.

—A mi edad, inspectora, se sale menos.

—Tiene 64.

—La edad no aclara tanto.

—La administrativa no.

Valls Riera inclinó apenas la cabeza. Como si concediera una pieza pequeña en una partida que no pensaba perder.

—Si quiere mis horarios, pídalos.

—Lo haré.

—Si quiere mis archivos, tráigame una orden.

—También.

—Y si quiere una conversación sincera, no entre con una copia doblada en la mano.

Nora recogió la copia del convenio. Esta vez Valls Riera sí la miró moverse.

—No he venido a pedir sinceridad.

—¿Y qué ha venido a pedir?

—Que no mienta en lo comprobable.

Valls Riera volvió a sonreír. Esta vez sin boca. Solo con una pequeña relajación alrededor de los ojos.

—Eso es una exigencia razonable.

—Bien. Entonces empiece por no fingir que no sabía quién era yo cuando me dieron cita.

—No lo fingí.

—Tampoco lo dijo.

—Hay silencios que no dicen lo mismo.

—En mi trabajo, casi siempre es un comienzo.

—Entonces ha venido al lugar equivocado.

—Eso todavía no lo sé.

Valls Riera se levantó cuando ella se levantó. La acompañó hasta la puerta del despacho. No hasta recepción. Solo hasta la puerta. Controlaba los límites incluso cuando cedía el paso.

—Inspectora.

Nora se volvió.

—Dígame.

—La cita no era lo importante.

No respondió.

—Tenga cuidado con creer que todo lo que encuentra le pertenece.

La recepcionista levantó la vista al otro lado de la sala.

Nora abrió la puerta.

—Gracias por el agua.

Bajó por el ascensor sin tocar el espejo.

En la calle de Velázquez, a las seis y cuarenta y nueve, Madrid seguía haciendo ruido. Nora se quedó en la acera con la copia del convenio dentro del bolso y la boca seca.

El vaso de agua se había quedado arriba.