Capítulo 9 · Lo que mi cuerpo recuerda
Hay cosas que mi cuerpo recuerda sin pedirme permiso.
No las recuerda con imágenes. Las imágenes vienen de otros.
Vienen de las personas que han creído que contarme el mundo era lo mismo que dármelo.
Una puerta azul. Un jersey gris. Una bufanda con un borde que no era mío.
Esas frases no pesan igual que las mías.
Las mías tienen temperatura. Tienen distancia. Tienen ruido.
Mi cuerpo recuerda la madera del bastón cuando llueve.
Se hincha un poco. Recuerda la baldosa rota del pasillo, la tercera después del ascensor, porque el caucho de la contera se engancha siempre en la misma esquina.
Recuerda las manos de Marisol cuando me cambia el vaso de sitio aunque intente dejarlo donde estaba.
También recuerda al hombre.
No por su cara.
Por la pausa antes de llamar.
Dos golpes bajos. Una espera medida. Nadie que venga a ver a un hombre mayor en una residencia espera así. Los familiares llaman con culpa. El personal llama con cansancio. Los médicos no llaman. Él llamó como si la puerta ya supiera que tenía que abrirse.
Después estuvo el olor.
Al principio no quise darle nombre. Era una colonia francesa antigua, seca y limpia. La conocía de salas donde las sillas están demasiado separadas y de hombres que hablan bajo.
La inspectora me preguntó qué más había oído.
No me preguntó qué había olido.
Eso lo agradecí. A veces uno necesita que no le pregunten para poder responderse por dentro.
El olor quedó en mí hasta el desayuno, hasta la cucharilla golpeando el vaso, hasta que Marisol preguntó si quería más leche. No quería. Quería que la pared de Rafael volviera a sonar.
Los pasos también los recuerdo. Zapato de cuero.
Suela dura. Peso contenido. No arrastraba.
No pisaba fuerte. Pisaba como pisa quien ha aprendido a entrar en habitaciones donde alguien duerme o finge dormir.
Eso lo hacen enfermeros buenos, médicos antiguos y hombres que llevan mucho tiempo entrando donde no deberían.
No todos los pasos pesan igual. Los de los jóvenes se adelantan al cuerpo. Los de los mayores se quedan detrás. Los de los culpables se detienen en los marcos de las puertas. Este hombre no se detenía porque dudara. Se detenía para medir.
Un afinador aprende eso pronto. Antes de tocar una tecla, uno escucha la madera.
Escucha si la sala devuelve el sonido limpio o si lo rompe.
Una cuerda desafinada no se esconde. Una persona sí.
Pero cuando una persona entra muchas veces en habitaciones ajenas acaba dejando una nota propia. Pequeña. Baja. Una nota que se repite.
Yo ya había oído esa nota.
No aquella noche.
Antes.
No entonces.
Después vino la tela.
Roce de tela. Cama. Aire detenido. Rafael dejando de hacer el ruido que hacía cada noche.
Eso es mío.
La bufanda no.
El borde claro no.
La forma del hombre en la puerta tampoco.
Hay una parte de mi declaración que puedo apoyar con las manos. La otra tengo que separarla.
Sé más.
Aún no sé separarlo.