El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 8 · Lavapiés
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Capítulo 8 · Lavapiés

Cuando Nora volvió de correr, la carpeta gris seguía donde la había dejado.

Eran las seis y diecisiete. Había corrido por calles que no daban al río.

Ronda de Valencia, Atocha, Santa Isabel, vuelta por Embajadores.

Nueve kilómetros exactos según el reloj.

Ninguno útil. Las piernas le dolían por debajo de la rodilla izquierda y la camiseta se le había pegado a la espalda con una humedad fría.

No se había cansado lo bastante.

Nada.

Se duchó con agua tibia. Después se puso unos vaqueros, una camiseta gris y la misma chaqueta de la noche anterior. No desayunó. Hizo café y lo dejó sobre la mesa del salón, al lado de la carpeta gris.

El móvil vibró.

Inés.

Raquel queda a las ocho y media. La caja espera.

Nora leyó el mensaje dos veces. Contestó con una sola palabra.

Bien.

Después apagó la pantalla.

La carpeta gris contenía tres copias de trabajo. Ficha colegial. Informe psicosocial. Solicitud de C. Alcántara de 2001. Las colocó en línea, como la noche anterior. Valls Riera. Valls Alcántara. Referencia paterna.

Tres papeles que no pesaban hasta que se tocaban entre sí.

El café empezó a enfriarse.

Nora fue al dormitorio. Abrió el cajón inferior de la mesilla. Dentro de una funda transparente sin etiqueta estaba la copia de trabajo de la fotografía que había llegado al final del caso Moral. El original seguía en custodia. Aquello era papel autorizado para mirar, no prueba para tocar.

La ficha del original decía: papel mate, tamaño postal, diez por quince, reverso amarillento, frase en mayúsculas de imprenta: SÉ LO QUE VISTE EN LA ESQUINA. Sin firma. Sin remitente. Sin huellas útiles.

No volvió a leer el reverso de la copia. Ya lo sabía.

Sacó la copia.

Monte Igueldo, 11. La esquina. La fachada baja.

El portal. Una franja de acera. La imagen tenía esa calidad plana de las fotografías impresas desde un archivo digital antiguo: demasiado limpia en unas zonas, demasiado sucia en otras.

En el margen izquierdo había una línea blanca fina, casi invisible, como una cicatriz de papel.

En la esquina inferior, la niña seguía allí. Nora no la miró primero. Había aprendido a rodearse a sí misma en las fotos antes de mirar lo que importaba alrededor.

Nora la llevó al salón.

No la puso sobre los papeles de Valls. La puso aparte.

Después fue al armario del pasillo.

La caja de Manuel Vidal —Alfonso para los expedientes, Manuel en casa— estaba en la balda de arriba, detrás de dos mantas de verano. No tuvo que buscarla. Desde hacía meses sabía dónde estaba cada cosa que no quería tocar. Bajó la caja. La dejó en el suelo. La abrió sin sentarse.

La cinta de embalar ya no pegaba bien. En una esquina conservaba una fibra gris de la manta. Nora la vio y no la quitó. Había aprendido que incluso las cosas inútiles podían empezar a importar cuando alguien movía el orden.

Dentro había carpetas viejas, sobres marrones y copias de expedientes que ya no pertenecían a ningún archivo oficial.

Nora no buscó el caso Sara entero. No esa mañana.

Solo sacó la funda transparente con las ocho fotografías de Monte Igueldo que había encontrado al cerrar el caso Moral.

Separó tres: las del portal. Tres ángulos parecidos.

El portal. La acera. Una cabina telefónica al fondo que en 1998 todavía estaba allí.

Las llevó a la mesa.

Cuatro fotografías.

La copia de la novena foto.

Tres del padre.

Nora se sentó.

La mesa daba para poco. Cabían los papeles si una aceptaba que todo se tocara con todo. Nora apartó la ficha colegial de Valls Riera, el informe psicosocial y la solicitud de 2001. Los dejó al borde, alineados. Luego colocó las cuatro imágenes en el centro.

El primer impulso fue mirar personas.

No lo hizo.

Miró esquinas.

La grieta del bordillo. La señal de prohibido aparcar. El poste torcido al fondo. La sombra de la cabina. La línea del portal. Las manchas en la pared, pequeñas, irregulares, demasiado feas para que nadie las hubiera inventado.

El suelo decía más que las caras.

La copia de la novena foto y la primera copia de Manuel compartían la misma grieta en el bordillo. La misma bolsa arrugada junto al portal. La misma mancha clara en la persiana del local cerrado. No se parecían: coincidían.

Eran la misma escena.

Nora cogió una regla metálica del cajón de la mesa. La usaba para abrir sobres sin cortarse. Alineó la base del portal en la copia de la novena foto y en la copia de Manuel. Después alineó la señal. Después la cabina.

La hoja de trabajo parecía más cerrada.

No tomada más cerca, al menos no por fuerza.

Quizá encuadrada así.

Lo comprobó con la señal. Si alguien hubiera hecho la foto desde más cerca, la señal habría cambiado de tamaño respecto al portal.

No cambiaba. Lo que cambiaba era el borde que no coincidía.

Faltaba calle. Faltaba aire. O faltaba una parte de la serie que Manuel nunca había guardado con las otras ocho.

Nora fue a la cocina y volvió con una lámina transparente de archivo y dos clips. Fijó la hoja de trabajo a la lámina, con cuidado, sin tocar la imagen. Al lado fijó la copia de Manuel.

La comparación funcionó.

La línea blanca del margen izquierdo no parecía un defecto de impresión. Era un límite que no coincidía. En la copia de Manuel, en ese mismo margen, había tres centímetros más de calle. Tres centímetros de pared, un trozo de acera y el borde de la cabina telefónica.

Y dentro del cristal de la cabina, una sombra.

Nora se quedó inmóvil.

No llegaba a persona entera. Tampoco a cara. Era menos que eso y por eso pesaba más. Una forma oscura reflejada en el cristal, a la altura del hombro de un adulto. Un brazo quizá. Una línea vertical que no pertenecía a la cabina ni a la farola ni al marco de la puerta.

Nora cogió la tercera foto de Manuel.

Otro ángulo. Otro segundo. La misma calle.

La sombra seguía allí.

Más pequeña.

Más al fondo.

La hoja de trabajo no la mostraba.

La segunda copia de Manuel no ayudaba. Demasiada luz, demasiado grano. La tercera sí. En la tercera, la sombra aparecía medio paso más atrás, deformada por el cristal de la cabina. Dos copias y dos ángulos bastaban para descartar una mancha.

Nora se puso de pie. La silla rozó el suelo. El ruido le pareció demasiado alto para el piso vacío.

Fue al dormitorio y sacó una lupa de plástico que había comprado para leer etiquetas minúsculas de medicamentos de su madre.

Volvió. Puso la lupa sobre la copia de Manuel.

La sombra se hizo grande y perdió definición, pero no desapareció.

Al contrario. Bajo el grano del papel apareció una línea que parecía el borde de una manga.

Y algo más abajo, donde el cristal de la cabina devolvía la calle torcida, una mancha clara.

Una mano.

O algo que estaba donde una mano podía estar.

Nora dejó la lupa antes de llamar a Sergio.

Consultó la ficha del original, grapada a la copia de trabajo. Decía lo mismo: SÉ LO QUE VISTE EN LA ESQUINA. Sin firma. Sin remitente. Sin huellas útiles.

La copia de Manuel tenía otra clase de marca. No una frase. Una fecha en bolígrafo negro y la letra pequeña de su padre: Catorce de octubre de 1998.

Nora pasó el pulgar por el borde sin tocar la tinta.

Agosto era el secuestro. Octubre era la esquina. La libreta de octubre no cambiaba la fecha. Cambiaba el foco. Dos escenas. Dos capas del mismo hueco. El Cerro del Tío Pío era el secuestro; Monte Igueldo, la última vida normal. Sara tenía siete años. Nora, once. Eso no cambiaba en ninguna versión.

La novena foto era la novena. Eso no cambiaba.

No sabía si la novena había sido tomada así o si alguien había cerrado el encuadre antes de enviarla. Las dos opciones señalaban lo mismo: alguien había elegido qué parte enseñarle.

Había dejado el portal, la esquina, la niña, el mensaje. Si era un encuadre cerrado, había dejado fuera tres centímetros de calle.

El borde importaba.

El móvil volvió a vibrar.

Sergio.

¿Has vuelto?

Leyó el mensaje. Volvió a la sombra. El reloj de su padre estaba en el recibidor, visible desde el salón, parado en su hora muerta.

No contestó.

No porque quisiera ocultarlo. Sergio pediría una explicación y Nora no tenía una explicación todavía. Tenía un borde que no coincidía. Una sombra. Dos fechas. Tres cosas que podían convertirse en una pista o en otra forma de ruido si las sacaba demasiado pronto de la mesa.

Sacó el cuaderno. En la página donde la noche anterior había escrito Mateo Valls Riera frente a Mateo Valls Alcántara, añadió debajo:

Novena foto / encuadre posible.

Luego dudó.

La duda duró poco.

Debajo escribió otra línea:

Figura al fondo.

No escribió quién. No escribió Valls. No escribió padre. No escribió Sara. No escribió nada que no pudiera sostenerse aún con una regla, una lupa y una sombra en un cristal viejo.

El café ya no echaba vapor.

Nora colocó la lámina transparente sobre la copia de Manuel. Marcó la sombra con un círculo pequeño en el plástico, no en el papel.

Después marcó el margen blanco de la hoja de trabajo en otra zona de la misma lámina.

Dos marcas.

Una alrededor de lo que estaba.

Otra alrededor de lo que faltaba.

A las siete y doce, el edificio de enfrente empezó a despertarse. Una persiana subió a tirones. Una mujer abrió una ventana y sacudió una sábana. En la calle, alguien arrastró una caja de fruta sobre el suelo mojado.

Madrid seguía haciendo ruido.

Nora metió la hoja de trabajo, la copia de Manuel y la lámina transparente en una funda limpia. La cerró con cinta. En la etiqueta escribió solo:

Monte Igueldo / copia autorizada / no original.

Luego guardó la funda en la carpeta gris, encima de los tres papeles de la noche anterior.

La carpeta cerraba mal.

Nora la sostuvo con las dos manos.

El móvil vibró otra vez. Sergio otra vez.

Esta vez sí contestó.

No llamó.

Escribió:

Necesito el escáner de la Pecera a las 8:15.

El mensaje quedó entregado.

Repasó una vez más la marca transparente alrededor de la sombra.

Al otro lado de la fotografía, alguien había estado allí.

Alguien más.