Capítulo 7 · La referencia
La ficha de Mateo Valls Riera parecía escrita para no molestar a nadie.
Inés Fuentes la dejó sobre la mesa de la Pecera a las cinco y veintiséis de la tarde, dentro de una funda transparente, como si el plástico pudiera volverla más oficial.
Al principio no la tocó.
Sergio sí. La giró hacia ella con dos dedos.
—Colegio Oficial de la Psicología de Madrid —dijo—. Colegiado desde 1985. Especialidad clínica. Psicología forense. Consulta privada en el barrio de Salamanca desde 1991. Sin sanciones, antecedentes ni denuncias activas.
—Limpio —dijo Inés.
—Demasiado limpio —dijo Sergio.
Nora leyó el nombre completo una vez más.
Mateo Valls Riera.
La palabra Valls seguía haciendo más ruido que las otras dos. No porque fuera rara. Porque ya estaba en un sitio de su cabeza donde los nombres no se borraban.
—Edad —dijo.
—64 —respondió Sergio—. Nacido en Madrid. Viudo desde 2009. Domicilio fiscal vinculado a la consulta. Particular, Chamberí. Sin sociedades activas. Contratos antiguos de supervisión externa.
—Consulta.
Sergio pasó otra hoja.
—Barrio de Salamanca. Calle Velázquez. Cuarta planta. Web básica, sin redes personales. Tardes. Duelo, trauma institucional, supervisión de equipos.
—Nadie llama —dijo Nora.
—Nadie llama —repitió Sergio.
—Ni para confirmar horario. Ni para pedir cita. Ni para comprobar si sigue abierta. Nada que pueda llegarle.
Inés levantó una mano sin apartarse del portátil.
—No me mires a mí. No he tocado teléfono.
No sonrió.
Inés bajó la mano y abrió una carpeta.
Raquel quedaba para primera hora del viernes. En la carpeta de Elvira, Inés había pegado una nota adhesiva: esperar a Raquel antes de tocar la caja.
—Aquí empieza lo útil.
Dos documentos no abrieron. Uno llevaba el nombre mal indexado. El cuarto era el que importaba.
La impresora pequeña de la Pecera seguía caliente. Había dejado sobre la mesa seis páginas con márgenes torcidos y códigos administrativos en la parte superior. Nora reconoció el mismo tipo de papel que llevaba todo el día mirándola desde los expedientes de Rafael y Elvira.
Papel que no decía nada hasta que otro papel lo tocaba.
—Contratos —dijo Inés—. Entre 1995 y 2014. Centros de menores, pisos tutelados, residencias concertadas y programas de supervisión. Directos, por fundaciones y subcontratados.
—¿Los Naranjos? —preguntó Nora.
—No como centro de menores. Como residencia geriátrica, sí. Programa de apoyo psicológico externo entre 2008 y 2012. Dos informes directos y dos subcontratados a través de una fundación. Nada penal. Nada raro a simple vista.
—¿Las Adelfas?
—Tres facturas indirectas. 2007, 2008 y 2011. Formación de personal. Manejo de duelo, final de vida, adaptación institucional.
Sergio no miró a Nora.
—Final de vida —dijo.
—Eso pone.
Inés pasó otra hoja.
—El cruce viejo pesa más. Convenio 14/98. Rafael, Elvira y Valls en la misma línea administrativa. Lo actual explica acceso. Lo de 1998 explica por qué esos nombres vuelven ahora.
—No digas vivos —dijo Nora.
Inés bajó la vista a la hoja.
—Perdón.
—Sigue.
Inés siguió.
—He pedido la nota protegida con el borrador de Sergio. No va a estar hoy. Con suerte, mañana.
—No vuelvas a escribirle —dijo Nora.
Inés cerró la boca.
Bien.
Nora cogió por fin la ficha. El plástico hizo un ruido breve contra la mesa. El nombre de Valls Riera estaba centrado arriba. Fotografía pequeña, en blanco y negro. Pelo blanco. Gafas finas. Boca cerrada.
La fotografía no añadía nada.
Una cara no bastaba.
—Antecedentes limpios —dijo Nora.
—Limpios —dijo Sergio.
—Sanciones limpias.
—Limpias.
—Contratos suficientes para conocer Los Naranjos y Las Adelfas.
—Sí.
—Y convenio suficiente para conocer a Rafael y Elvira en 1998.
—Sí.
Nora dejó la ficha.
—Ahora Mateo Alcántara.
Nora esperó la pregunta.
No llegó.
Durante tres segundos, la Pecera se quedó sin ruido. Afuera sonó un teléfono. Alguien rió en el pasillo y la risa murió al acercarse a la puerta cerrada.
Sergio abrió otra carpeta. Tenía el lomo gastado y una etiqueta blanca en la esquina superior.
PAREDES / MATEO / INGRESO 2025.
Esa carpeta quedó sin tocar.
La había tocado demasiadas veces.
—No he pedido nada nuevo al centro penitenciario —dijo Sergio—. Solo he tirado del expediente que ya teníamos. Detención de 2025. Filiación. Informes de ingreso. Cruces de identidad. Lo que entró después.
—¿Después?
—Anexo penitenciario posterior al ingreso. No estaba en la pieza que trabajamos en 2025.
—Dilo.
Sergio pasó dos hojas.
—Mateo Valls Alcántara. La ficha del caso Paredes lo daba por huérfano desde 1998: padre muerto, madre muerta, hermano mayor Tomás Valls Alcántara. Eso era el expediente limpio. O lo parecía.
—Eso ya lo sabíamos.
—Esto no.
Sergio le pasó una copia.
Era un informe psicosocial adjunto al ingreso penitenciario. Una página con sello, fecha, firma digital y una entrevista de admisión resumida en frases demasiado neutras para lo que contenían.
Nora leyó sin mover los labios.
«El interno refiere figura paterna no conviviente, psicólogo clínico, contacto intermitente durante infancia y adolescencia. Identifica a dicha figura como M. Valls Riera.»
Nora levantó la vista.
Sergio no la estaba mirando. Miraba la mesa.
—No es una prueba de paternidad —dijo él—. Es una declaración del interno. Y además contradice la biografía anterior.
—Entonces no tenemos padre.
—Tenemos una referencia paterna.
—Y una biografía escrita dos veces.
—Sí.
—¿Hay más?
Inés sacó otra hoja.
—Sí. Esta sale de Servicios Sociales. Carmen Alcántara Ruiz, C. Alcántara en los formularios recientes. Año 2001. Solicitud de ayuda. Observaciones familiares. Frase manuscrita del trabajador social.
Nora cogió la copia.
La letra era mala. El escaneo, peor. Pero se leía.
«Progenitor referido: Mateo Valls Riera. Sin aportación económica estable. Contacto irregular con menor.»
—Si la madre murió en 1998, no puede pedir una ayuda en 2001 —dijo Inés.
—Entonces una de las dos fechas es mentira —dijo Nora.
—O las dos pertenecen a dos mujeres usadas como una sola.
Nora leyó la frase dos veces.
Referencia paterna.
Mateo Valls Riera.
Contacto irregular con menor.
La mesa se quedó igual. Los papeles también. Nada cambió de sitio.
La lectura no.
—Una referencia —dijo Inés—. No padre. No con esto.
—¿Y Tomás Valls? —preguntó Nora.
—El hermano mayor —dijo Sergio—. Lo tengo en lateral. No toca este convenio, pero no lo hemos perdido.
Sergio cerró despacio la carpeta de Paredes. No del todo. Dejó un dedo dentro, marcando la página.
—Vidal.
—No.
—No he dicho nada.
—Lo ibas a decir.
—Iba a decir que esto te toca a ti.
La carpeta quedó cerrada a medias delante de ella.
—Todo este caso me toca desde que apareció Monte Igueldo en una pantalla.
—Eso no significa que tengas que entrar sola.
—No he dicho que vaya a entrar sola.
—Tampoco has dicho lo contrario.
Inés no miraba a ninguno de los dos. Había encontrado algo urgente en una esquina vacía de su portátil.
Nora apoyó las dos manos sobre la mesa.
—No vamos aún al centro penitenciario.
Sergio levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque si Mateo Alcántara sabe que estamos mirando esa referencia, va a elegir qué nos cuenta.
Y si no lo sabe, también. Antes de entrar ahí quiero contratos, línea temporal, todos los centros, todos los pagos y la nota de incidencia del 14/98.
Quiero saber qué preguntar antes de sentarme delante de él.
—Tiene sentido.
—Es supervivencia.
Sergio no discutió.
Inés escribió PRISIÓN en una nota adhesiva y la pegó en el borde de la pantalla. Después la dobló por la mitad para que no se leyera desde la puerta.
—Para no hacerlo —dijo.
—Bien.
La puerta de la Pecera estaba cerrada. Al otro lado del cristal esmerilado pasaron dos agentes. El nombre de Valls Riera todavía no había salido de aquella sala.
Nora abrió la carpeta de Paredes por la página marcada. Había una transcripción antigua. Interrogatorio. Otoño de 2025. Una sala con dos cámaras. Mateo Valls Alcántara al otro lado de la mesa. Nora recordaba sus manos. Recordaba que no paraban quietas. Recordaba una uña mordida hasta la carne.
No necesitaba recordar más.
Leyó una línea subrayada en amarillo por alguien que no había sido ella.
«Paredes me enseñó a matar.»
Eso sí estaba.
La había leído en 2025. La había leído después. La había metido en el expediente como una frase más de un hombre roto intentando repartir culpas.
La palabra padre no estaba en aquella frase.
Venía de otra carpeta: el anexo penitenciario, la solicitud de 2001 y esa biografía duplicada que acababan de ponerle encima de la mesa.
—Vidal —dijo Sergio.
Nora cerró la carpeta.
—Leí mal esa frase.
—No tenías la otra pieza.
No respondió.
Sergio tardó un segundo en contestar.
—Entonces ahora no lo hacemos.
Inés miró una carpeta lateral sin abrirla del todo.
—Hay una fundación asociada —dijo—. Lateral. Va por oficio.
Atendió a la pantalla.
La hora era 18:47. Afuera seguía siendo jueves. Entre Rafael, Elvira y Mateo Alcántara había un psicólogo limpio y una frase que Nora había leído dos años antes sin saber leerla.
Sergio guardó la copia del informe psicosocial en una carpeta nueva.
En la pestaña escribió a mano:
VALLS RIERA / REFERENCIA PATERNA.
Su letra era más lenta de lo habitual.
—Esa palabra no significa lo mismo para todos —dijo Nora.
Sergio paró el bolígrafo.
—¿Por qué?
—Por eso.
Sergio no tachó nada. No había escrito la palabra. Solo dejó la pestaña como estaba.
—VALLS RIERA / REFERENCIA PATERNA —leyó Inés en voz baja—. Vale.
Nora cogió el cuaderno. En la última página había escrito el nombre de Elvira, el de Rafael y el convenio 14/98. Debajo, añadió una línea.
Mateo Valls Riera / Mateo Valls Alcántara.
No escribió padre.
A las nueve y diez de la noche, Nora salió de comisaría con tres copias de trabajo en el bolso. Copias, no originales. Debían volver al expediente por la mañana. Sergio se ofreció a llevarla. Nora dijo que no. Él no insistió.
En Lavapiés, el piso estaba oscuro. El café de la mañana seguía en el fregadero. El reloj de su padre seguía parado a las 17:42. Nora dejó las copias sobre la mesa del salón, una al lado de otra, sin encender la lámpara grande.
Encendió solo la pequeña.
La luz cayó sobre los tres papeles.
Valls Riera.
Valls Alcántara.
Referencia paterna.
Nora se sentó en el sofá. No se quitó la chaqueta. No abrió el móvil. No llamó a Sergio. No llamó a Lena. No llamó a nadie.
A las cuatro y treinta y ocho seguía sentada.
A las cuatro y cincuenta y nueve, guardó las copias en una carpeta gris.
A las cinco, salió a correr.