Capítulo 6 · El nombre Valls
La base de datos tardó cuatro minutos en negar que Elvira Solé Rivera hubiera trabajado alguna vez para la Comunidad de Madrid.
Inés Fuentes no levantó la vista de la pantalla.
—No cuadra.
La Pecera tenía tres portátiles abiertos, dos carpetas de cartón, una impresora pequeña y cinco vasos de café. Afuera, la comisaría seguía con su ruido de mañana avanzada.
Dentro, solo teclas.
Nora estaba de pie junto a la mesa, con el pelo todavía húmedo por la lluvia de Vallecas. Había dejado la chaqueta en el respaldo de una silla. No se había sentado.
—¿Qué falla? —preguntó.
—Todo lo que puede fallar cuando alguien digitaliza expedientes en 2006 con prisa —dijo Inés—. Elvira no aparece como Solé Rivera. Aparece como Soler, Sole y Elvira S. R.: una forma muy limpia de perder a alguien en una base de datos.
Sergio dejó sobre la mesa la copia de la ficha social de Las Adelfas.
—En residencia la tienen como Solé Rivera.
—En residencia tienen la ficha buena. En Función Pública tenemos una migración que perdió acentos y ganó errores.
—Bien —dijo Nora.
Inés abrió tres ventanas. En la primera, una ficha laboral. En la segunda, un PDF escaneado. En la tercera, una tabla con filas partidas.
—Aquí está —dijo—. Elvira Solé Rivera. Cuerpo administrativo. Consejería de Servicios Sociales. Protección de menores. Programas residenciales. Luego coordinación administrativa. Alta en el área, 1994. Baja por jubilación, 2009.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sabíamos la etiqueta. Esto es el sitio donde la etiqueta empieza a tocar papeles.
Inés movió el cursor. La pantalla tardó en responder. Un círculo azul giró seis segundos.
—Vamos a Rafael —dijo Sergio.
—Rafael es peor.
—Siempre animando.
—No aparece con segundo apellido en la ficha de Los Naranjos. Hay diecisiete Rafael Cuesta nacidos entre 1941 y 1945 con historial en administración pública. Dos jubilados de la Comunidad. Solo uno casa por fecha de nacimiento y DNI parcial.
Nora se acercó medio paso.
—Centros concertados de qué.
Inés hizo clic.
El PDF tardó en abrir.
—Menores —dijo.
Sergio dejó de girar el bolígrafo entre los dedos.
Evitó a Sergio y atendió al documento.
El encabezado estaba torcido. Fotocopia de una fotocopia. Consejería de Servicios Sociales. Dirección General de Atención a la Infancia. Programa de supervisión de centros residenciales colaboradores. Año 1998.
En la parte inferior, una firma.
R. Cuesta.
No hacía falta saber leer bien el apellido para reconocer una mano acostumbrada a autorizar.
—Rafael no era técnico de menores —dijo Inés—. Firmaba convenios, autorizaba pagos, validaba supervisiones externas. Menos huella humana. Más huella administrativa.
—Pero deja huella —dijo Nora.
—Sí.
Inés cambió de ventana.
—Elvira estaba al otro lado del circuito: plazas, traslados, incidencias. Gestión menor, hasta que un caso desaparecía dentro de una carpeta.
La frase quedó sobre la mesa.
Inés bajó la vista.
—Perdón.
—Sigue —dijo Nora.
Inés siguió.
—He cruzado años. Rafael y Elvira coinciden en la misma estructura entre 1997 y 2001. No en el mismo despacho. No en el mismo equipo directo. El cruce está en expedientes de centros colaboradores. Rafael firma desde contratación. Elvira tramita desde programas residenciales.
Sergio se inclinó sobre la mesa.
—¿Centros concretos?
—Doce nombres. Algunos cerrados, tres activos con otra función y un bloque de 1998 con índice roto.
—Roto cómo.
—Roto como esto.
Inés amplió una imagen.
La tabla tenía cuatro columnas. Fecha. Centro. Responsable administrativo. Supervisor externo.
La primera fila se podía leer. La segunda no. La tercera tenía un borrón vertical justo encima de la columna de supervisor.
Nora apoyó las dos manos en la mesa.
—Léelo.
—No puedo. El OCR devuelve basura. Pero la imagen original tiene más resolución. Estoy pidiendo el TIFF al archivo.
—¿Cuánto?
—Si me lo piden ustedes por oficio, dos días. Si lo pido yo a Pilar, veinte minutos y una bronca.
—Pilar.
—Archivo de San Bernardo. Me odia desde que le devolví una caja con las carpetas ordenadas por fecha y no por color de etiqueta.
Sergio miró a Inés.
—¿Eso pasó?
—Pasó.
Inés cogió el móvil y escribió un mensaje.
Durante diecisiete minutos, Sergio revisó el registro de Las Adelfas. Inés cerró dos carpetas sin salida.
La copia del papel de Elvira estaba sobre la mesa. VISTO. El segundo papel. La segunda muerte con patrón. Homicidio, todavía no. Lena no había firmado nada sobre Elvira. Solo Rafael tenía preliminar claro.
Pero alguien había dejado la misma palabra.
Con eso bastaba para saber que no dormiría.
—La visita de las 18:12 —dijo Nora.
Sergio abrió otra carpeta.
—Registro de Las Adelfas. Miércoles doce de mayo. Entrada a las 18:12. Firma ilegible. DNI incompleto. Sin salida. Recepción dice que era una mujer o alguien con voz de mujer. Cámara de entrada con ángulo malo. Estamos esperando copia limpia.
—No deis por buena esa entrada todavía —dijo Inés.
Nora la miró.
—Explícate.
—Ese registro es una anomalía, no una identificación. Esa voz espera. Hoy no.
Sergio no contestó.
Nora sí.
—Bien.
Inés no sonrió. Volvió a la pantalla.
—Raquel queda para mañana a las ocho y media. La caja espera hasta que hablemos con ella.
—La caja se pide —dijo Nora.
—Sí. Pero después. Ahora nos dirá que era de fotos y cartas y llorará o no llorará dependiendo de cómo sea. Si la caja importa, importará cuando sepamos qué buscamos en ella.
—Después de hablar con ella —dijo Nora.
—Y el capellán.
—Registrado tres veces en Las Adelfas el último mes. Martes y jueves. Siempre antes de las siete. Salida firmada. Nombre completo y DNI. No lo saco de la lista, pero tampoco lo pongo arriba.
Nora asintió.
Sergio pasó una página.
—Raquel y capellán, segunda línea.
—No segunda —dijo Nora—. Lateral. Segunda es demasiado cerca.
Sergio lo escribió.
El móvil de Inés vibró sobre la mesa. Ella lo cogió, miró la pantalla y soltó aire por la nariz.
—Pilar me ha llamado irresponsable documental.
—¿Eso es sí? —preguntó Sergio.
—Eso es que me manda el TIFF.
Y una advertencia: una más y lo registra. Los favores de Pilar venían con fecha de devolución.
Inés cerró la tercera carpeta sin abrirla. Hasta oficio, no había más. Entonces llegó el archivo.
Inés lo abrió. La imagen tardó en cargarse de arriba abajo, en franjas. Primero el encabezado. Después las columnas. Después las firmas. Por último, el borrón que había tapado el nombre.
Aquello no parecía un borrón.
Era una doblez de papel.
La doblez había partido la línea, pero no la había destruido.
Inés aumentó la imagen al 180%.
La columna de supervisor externo mostró tres palabras.
Mateo Valls Riera.
Nora leyó primero Valls. Después Riera. No lo dijo en voz alta.
Sergio dejó el bolígrafo sobre la mesa.
No lo soltó. Lo dejó.
Nora vio el gesto. No dijo nada.
—Repite —dijo.
Inés no repitió. Giró la pantalla hacia ella.
Mateo Valls Riera.
Psicólogo clínico. Supervisor externo. Programa de centros residenciales colaboradores. Segundo semestre de 1998.
Nora llevaba dos días con el otro Valls en la cabeza. El viejo. Garrido. El que venía de Federico Pardo. Este no tenía la misma edad. Ni la misma profesión. Ni la misma biografía.
—No es Garrido —dijo Nora.
Inés no preguntó a quién se refería. Tenía abierta, en una pestaña lateral, la carpeta marrón del otro Valls.
—No. Mateo Valls Garrido: setenta y ocho, médico psiquiatra, consulta en Monte Igueldo y después Almagro, cerrado desde 2005. Este es Mateo Valls Riera: sesenta y cuatro, psicólogo clínico, contratos institucionales. Mismo nombre de pila. Mismo apellido. Dos hombres.
—¿Relación?
—No documentada como familia. Garrido firma una evaluación externa en 1996; Riera aparece como asistente técnico en un anexo de la misma jornada. Suficiente para no cerrar el otro Valls.
Sergio siguió la línea del convenio.
—El doctor V. de Federico Pardo sigue en lateral —dijo Nora.
Inés abrió la carpeta de Pardo sin levantarla de la mesa.
—No lo cierro.
—Déjalo abierto.
Debajo, en la misma línea, una referencia de convenio. A la derecha, dos firmas. Una administrativa. Otra de recepción de informes.
R. Cuesta.
E. Solé.
Leyó los nombres en silencio.
Rafael. Elvira. Valls.
Tres columnas que hasta hacía diez minutos no se tocaban.
—No es una prueba —dijo Inés.
—Nadie ha dicho prueba —respondió Nora.
—Lo digo antes de que alguien lo convierta en titular interno. Un psicólogo externo pudo supervisar veinte centros. Rafael pudo firmar 100 expedientes. Elvira pudo tramitar 200. Que coincidan en una tabla no lo pone en ninguna habitación.
—Lo pone en el mismo año.
—Eso sí.
—Y en el mismo circuito.
—Eso también.
Sergio seguía mirando la pantalla.
—¿Hay más apariciones? —preguntó.
Su voz salió normal. Demasiado normal.
Inés buscó el nombre. El sistema devolvió cero resultados.
—No sale.
—Acabamos de verlo —dijo Sergio.
—Lo hemos visto en una imagen. Para la base de datos, esa línea no existe. Está escaneada, mal indexada y partida por una doblez. Si busco Valls, nada. Si busco Mateo, doscientos. Si busco Riera, me devuelve facturas de reparación de riego.
Nora señaló la línea.
—Entonces no buscamos por nombre. Buscamos por convenio.
Inés se quedó quieta medio segundo.
—Eso sí.
Tecleó el número de referencia. El sistema respondió con otra ventana. Esta vez no tardó cuatro minutos. Tardó nueve segundos.
Apareció una lista.
Convenio 14/98. Supervisión psicológica externa. Centros residenciales colaboradores. Informes mensuales. Evaluaciones individuales. Protocolos de derivación. Incidencias especiales.
Inés abrió el primer documento asociado.
La pantalla mostró otra tabla.
Rafael Cuesta figuraba como responsable de autorización económica.
Elvira Solé Rivera figuraba como coordinación administrativa.
Mateo Valls Riera figuraba como supervisor externo.
Nora leyó los tres nombres de arriba abajo.
Una vez.
Otra.
A la tercera, se apartó.
—Fechas.
—Julio a diciembre de 1998 —dijo Inés.
Sergio no levantó la vista.
—Agosto incluido.
Entonces se volvió hacia Sergio.
Él seguía con la cara puesta en la pantalla, pero la mandíbula había cambiado. Poco. Lo suficiente.
—Sí —dijo Inés—. Agosto incluido.
En la mesa, la copia del mapa de Vallecas seguía abierta junto al registro de Las Adelfas. El punto de la residencia. El punto gris de Monte Igueldo, 11. Algo más de 400 metros a pie.
Nora tapó el mapa con la mano.
—Aún no.
Sergio la miró.
—Vidal.
—He dicho que aún no.
Nadie habló durante cinco segundos.
Inés rompió el silencio con una tecla.
—Hay una nota de incidencia asociada al convenio.
—Ábrela.
—Está protegida.
—Ábrela.
—No puedo abrirla sin credencial de archivo histórico o autorización judicial.
Se volvió hacia Sergio.
—Pide autorización judicial por Rafael. Incluye segundo papel, patrón, registro de Las Adelfas, cruce institucional y necesidad de acceso urgente a convenio 14/98.
—Elvira aún no tiene preliminar.
—No la llames homicidio. Llámala segunda muerte con patrón y hallazgo de papel compatible.
Sergio ya estaba escribiendo.
—¿Y Valls?
Volvió al nombre.
No había una fotografía. No había una dirección. No había una confesión. Solo un nombre entero, limpio, salido de una línea que alguien había doblado y que la base de datos había decidido no leer.
—De momento, Valls es cruce documental —dijo Nora—. Quiero todo lo que podamos pedir sin generar alertas fuera del equipo autorizado. Colegio profesional, contratos, centros, informes, pagos, domicilios laborales. Sin llamadas. Sin visitas.
Inés asintió.
—Puedo tirar de convenios.
—Tira.
—Y de facturación.
—También.
—Si sigue colegiado, saltará.
—Que salte aquí, no fuera.
Sergio dejó el móvil.
—El borrador sale en diez minutos.
Nora cogió la copia impresa de la tabla. La sacó de la bandeja de la impresora antes de que terminara de enfriarse. El tóner dejó una mancha leve en la yema de su dedo índice.
La miró.
Rafael Cuesta.
Elvira Solé Rivera.
Mateo Valls Riera.
Tres nombres en la misma página.
Sergio se acercó a su lado.
—¿Cómo lo quieres jugar?
Nora dobló la hoja una vez. Solo una. La guardó en el cuaderno.
—No lo jugamos.
Inés levantó la vista.
—¿Entonces?
Nora cogió la chaqueta del respaldo.
—Lo seguimos.
En la pantalla, el nombre seguía abierto.
Mateo Valls Riera.
La palabra del bolsillo tenía expediente.