El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 5 · Las Adelfas
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Capítulo 5 · Las Adelfas

El jueves por la mañana, Nora había vuelto al aparcamiento del Instituto Anatómico Forense para esperar el informe formal de Lena.

El segundo papel llegó antes.

Tenía el cuaderno cerrado contra el muslo y el olor a lejía todavía metido en la nariz cuando el móvil de Sergio sonó dos veces.

Él miró la pantalla.

No contestó al primer aviso. Al segundo, sí.

—Aranda.

No preguntó. Las nubes bajas colgaban sobre los coches oficiales, las matrículas sucias, una bolsa de plástico moviéndose contra una rueda. Cuando Sergio se quedó quieto, ella abrió el cuaderno otra vez.

—¿Dónde? —dijo él.

Esperó.

—No lo toques. Nada. Ni el papel ni la habitación. Voy con Vidal.

Colgó.

—Otra residencia —dijo Nora.

—Vallecas.

La palabra cayó entre los dos con más peso que la lluvia que todavía no empezaba.

—¿Muerto?

—Muerta. Elvira Solé Rivera. 81. Residencia Las Adelfas.

—¿Natural?

—Eso iban a firmar.

Nora cerró el cuaderno.

—El papel.

Sergio asintió.

—VISTO.

Sergio abrió el coche. Nora entró sin preguntar nada más.

Sergio condujo. Nora se sentó a su lado y dejó el teléfono boca abajo sobre la rodilla. El navegador propuso una ruta por la M-30. Sergio no la aceptó. Tiró hacia el sur sin mirar a Nora.

—No tienes que venir si quieres que lo lleve otro equipo.

—No digas tonterías.

—No lo he dicho como jefe.

—Peor.

Sergio mantuvo las dos manos en el volante.

—Está cerca.

—Vallecas es grande.

—No tanto.

Por la ventanilla, los edificios cambiaron de altura y de color sin pedir permiso.

Tiendas con persianas a medio levantar. Un bar con la televisión encendida antes de las diez.

Un hombre barriendo agua de la acera hacia una alcantarilla que no tragaba.

Madrid siempre parecía más viejo cuando se acercaba a los sitios donde una había aprendido a tener miedo.

No pensó en Monte Igueldo.

Pensó en calles. En salidas. En portales. En dónde dejar un coche sin cerrar una vía. Pensó como policía porque era la única manera de seguir dentro del coche.

La Residencia Las Adelfas ocupaba un edificio bajo, de ladrillo claro, con una verja verde y un patio interior donde habían puesto tres maceteros de plástico. No parecía sórdida. Ese era el problema.

En la entrada había un municipal, una enfermera con los brazos cruzados y un hombre de traje barato que sujetaba una carpeta contra el pecho.

Sergio aparcó en doble fila.

—¿Elvira Solé? —preguntó Nora al bajar.

El hombre de traje se adelantó.

—Soy el director. Julián Mesa.

—Inspectora Vidal. Él es el inspector Aranda. ¿Quién encontró el papel?

Julián Mesa parpadeó y apretó la carpeta contra el pecho. Había ensayado una bienvenida más larga y Nora se la había quitado de las manos.

—Una auxiliar. Begoña. Está dentro.

—¿El cuerpo?

—Habitación 116. No hemos tocado nada desde que nos dijeron que no tocáramos.

Sergio miró al municipal.

—¿Quién os avisó?

—El médico de guardia —dijo el agente—. Iba a firmar. La auxiliar encontró el papel al cerrarle la bata. Le sonó raro. Jefatura había pasado una advertencia interna por Carabanchel.

—¿Aviso interno de quién?

—A médicos de guardia y municipales. Si aparecía una palabra en papel, no tocar y llamar. No figuraba como protocolo. Era una advertencia.

Se volvió hacia Sergio.

—Esta vez han esperado —dijo Nora.

Sergio no respondió. También era una respuesta.

Subieron por una escalera estrecha. En Las Adelfas olía a sopa limpia, a colonia barata y a humedad de patio.

Las paredes tenían fotos de excursiones antiguas: ancianos en una terraza, una tarta con velas, una mujer con gafas sosteniendo un ramo de papel.

Nadie sonreía del todo. En las residencias, las fotos felices siempre parecían tomadas por alguien que no iba a quedarse.

La habitación 116 estaba al final del pasillo.

Elvira Solé Rivera no tenía la habitación ordenada para morir.

El desorden fue lo primero que registró Nora.

Una zapatilla caída de lado. Un papel arrugado en el suelo. Un vaso con la marca de unos labios en el borde. La manta torcida hacia un lado de la cama. Encima de la cómoda, tres libros de letra grande, una radio apagada y una caja de galletas abierta.

La mujer estaba en la cama, boca arriba, con la bata desabrochada hasta el pecho. Pelo corto. Blanco. Boca cerrada. Manos a los lados del cuerpo, no colocadas una encima de otra. Una muerte con menos teatro que la de Rafael. O con otro teatro.

Se mantuvo sin tocar nada.

—¿Hora? —preguntó.

Sergio leyó la primera hoja que le pasó el director.

—La vieron viva a las 23:10. Se quejó de frío. Le subieron una manta. A las 06:20 no respondió a la ronda. Médico a las 06:41. Papel encontrado a las 07:03.

—¿Pulsera?

—No llevan. Aquí no usan sistema de control en habitaciones. Solo timbre.

El botón junto a la cama estaba entero.

No estaba pulsado.

—¿Cámaras?

Julián Mesa tragó saliva.

—Entrada principal. Pasillo de planta baja. No habitaciones ni pasillos de residentes.

—Registro de visitas.

—Hasta las nueve. Después solo familiares autorizados.

—¿Entró alguien?

—No lo sé.

Nora se volvió hacia él.

—Esa respuesta es la primera útil que ha dado.

El director bajó la mirada a la carpeta.

Begoña esperaba en la sala de curas. Cincuenta y pocos, pelo recogido con una pinza marrón, uñas cortas, la cara de quien llevaba dos horas pensando en una sola cosa.

—No la moví —dijo antes de sentarse.

—Ha dicho que encontró el papel al cerrarle la bata —dijo Nora.

—Iba a cerrársela. Por decencia. Elvira era muy suya para eso.

—¿Dónde estaba?

—En el bolsillo derecho. No lo saqué. Vi blanco. Vi una V asomada en el doblez. Me acordé del aviso.

—¿Qué hizo?

—Llamé al médico. Luego al director. Luego vino el municipal.

—¿La leyó entera?

Begoña miró a Nora por primera vez.

—Luego, al embolsarlo, el municipal leyó la palabra entera.

—Dígala.

—VISTO.

La palabra no cambió de tamaño dentro de la sala. Siguió siendo la misma. Cinco letras. Azul. Quietas.

—¿Elvira tenía visitas? —preguntó Sergio.

—Pocas. Una sobrina los sábados, a veces también los jueves. Un voluntario de lectura los jueves. Y gente de antes, a veces.

Nora levantó la vista del cuaderno.

—¿Qué gente de antes?

Begoña se encogió de hombros.

—No lo sé. Elvira hablaba poco de su vida. Decía que había trabajado con críos difíciles. No decía niños. Decía críos. Como si todavía estuvieran dando guerra.

Sergio dejó de escribir.

—¿Centro educativo?

—Servicios Sociales, creo. O menores. Yo no pregunto mucho. Aquí la gente tiene derecho a no contar lo que hizo cuando podía subir escaleras sin ayuda.

Nora anotó: menores / servicios sociales.

No miró a Sergio.

—Necesito su ficha social —dijo.

El director abrió la carpeta demasiado rápido. Tenía los dedos húmedos y dejó una marca en la solapa de cartón. Dentro había fotocopias, medicación, autorizaciones antiguas y una fotografía de carnet en la que Elvira miraba a la cámara como si la cámara le debiera dinero.

—Aquí —dijo Julián—. Funcionaria jubilada. Comunidad de Madrid.

—¿Área?

Él buscó con el índice.

—Protección de menores. Programas residenciales. Luego coordinación administrativa. No tengo más.

—¿Años?

—Desde los 90 hasta 2009.

No escribió la frase completa. Dejó solo: menores / años noventa.

Sergio seguía callado. Eso le dijo más que cualquier pregunta.

—¿Elvira conservaba papeles de su trabajo? —preguntó Nora.

Begoña negó.

—No aquí. Tenía una caja. Fotos, cartas, cosas viejas. La sobrina se la llevó hace meses porque Elvira decía que le daba vergüenza que se la vieran.

—¿Nombre de la sobrina?

—Raquel. La tienen avisada, creo. Viene los sábados y algunos jueves. No le gusta quedarse mucho.

—Hoy es jueves.

Begoña miró al director.

—Venía a mediodía. Le habíamos dejado aviso antes de que llegaran ustedes.

Nora cerró la carpeta sin llevarse nada.

—Nadie vuelve a llamar a esa mujer sin pasar por nosotros.

—Es familia —dijo Julián.

—Por eso.

Julián bajó la vista.

—¿Anoche vio a alguien que no fuera de la residencia?

—No en planta. En recepción hubo una visita al final de la tarde, pero no subió conmigo.

—No la registré yo.

—¿La?

—Eso dijeron abajo. Una mujer. O alguien con voz de mujer. Yo estaba arriba. Elvira llamó por el timbre a las once y diez. Tenía frío. Le puse la manta.

—¿Estaba nerviosa?

—Elvira siempre parecía enfadada. Pero anoche no. Anoche estaba cansada.

—¿Dijo algo raro?

Begoña apretó la pinza del pelo hasta que crujió.

—Dijo que no hacía falta.

Sergio levantó la cabeza.

—¿Por qué iba a decir eso?

—Le pregunté si quería que avisáramos al capellán. A veces venía. Creo que quiso decir que no hacía falta rezar. Luego me pidió que apagara la luz.

Nora dejó el bolígrafo parado.

—¿Capellán de aquí?

—No. Uno de fuera. Venía a ver a varias personas. Martes y jueves, creo.

El director, desde la puerta, intervino demasiado rápido.

—Está registrado. Todo está registrado.

—Eso espero —dijo Nora.

El papel estaba ya dentro de una bolsa limpia, sobre una bandeja metálica. Científica había llegado antes de que Nora terminara con Begoña. Otro municipal. Otros guantes. La cadena nacía menos rota.

A través del plástico, la hoja parecía más pequeña.

Papel blanco. Doblado dos veces. Bolígrafo azul. Letras de imprenta. VISTO en el centro.

No idéntico. Eso era lo peor.

El trazo era un poco más bajo. La O, más estrecha. La T, clavada con la misma presión. Alguien no copiaba una letra. Copiaba una decisión.

—Esto ya no es un caso aislado —dijo Sergio.

—Tenemos dos personas mayores muertas y una palabra —dijo Nora.

—Entonces es trabajo.

Sergio no discutió.

Bajaron al vestíbulo con la copia del registro de visitas, las horas de ronda y el nombre completo de Elvira Solé Rivera. Afuera había empezado a llover de verdad. La verja verde dejaba gotas en líneas verticales. Un autobús pasó despacio al otro lado de la calle, casi vacío.

Nora se quedó bajo el pequeño alero de la entrada.

—Dame la ubicación —dijo.

Sergio abrió el móvil.

—Las Adelfas. Vallecas.

Nora conocía esa zona. Eso no le gustó nada.

Sergio tardó menos de lo que ella habría querido.

—Vidal.

No hacía falta que dijera nada más.

Le enseñó la pantalla.

Un punto azul. Residencia Las Adelfas.

Otro punto, gris, al norte.

Monte Igueldo, 11.

El Cerro del Tío Pío era el secuestro. Monte Igueldo, la última vida normal. No eran el mismo sitio. Eran la misma herida.

Algo más de 400 metros a pie.

La pantalla quedó delante de ella, intacta. La lluvia golpeaba el alero con un ritmo pequeño, de uñas sobre chapa.

—No es una coincidencia —dijo Sergio.

Nora guardó el cuaderno en el bolsillo interior de la chaqueta.

—No vuelvas a decir esa palabra.

—¿Cuál?

—Coincidencia.

Sergio apagó la pantalla.

—¿Qué quieres?

La calle seguía delante. Nora evitó Monte Igueldo.

—Todo lo de Elvira Solé Rivera. Trabajo, expedientes, centros, juzgados, compañeros. Desde 1998 hacia atrás y hacia delante.

—Eso es mucho.

—Por eso vas a llamar a Inés.

Sergio ya estaba buscando el contacto.

Nora dio un paso fuera del alero. El agua le cayó sobre el pelo y la frente. No se apartó.

Vallecas no había vuelto.

La habían puesto allí.