El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 4 · Yo vi
14%

Capítulo 4 · Yo vi

Yo vi al hombre entrar.

Si lo digo despacio, cada palabra ocupa su sitio.

Entró después de dos golpes bajos.

No llamó como llama el personal. El personal llama con prisa, incluso cuando intenta ser amable. Dos nudillos, una espera corta y la puerta se abre. Eso es el trabajo. Eso es la residencia. Eso es una noche que quiere acabarse.

Él no llamó así.

Él llamó para ser escuchado por un solo hombre.

Yo estaba en la habitación 207. Rafael, en la 209.

Entre los dos había una pared que no era buena ni mala.

Era una pared vieja, llena de tuberías y de golpes de cama.

Por esa pared pasan las cosas que nadie quiere contar: un vaso contra la mesilla, una tos seca, el mando de la televisión cayendo al suelo, una oración dicha sin fe.

Las palabras no pasan enteras. Algunas cosas sí.

Oí a Rafael decir adelante. Oí la otra voz contestar buenas noches. La voz era limpia. No quiero decir buena. Quiero decir clara.

Después la puerta se cerró.

El silencio no empezó de golpe. Primero hubo una conversación baja. Rafael dijo algo que no pude entender. La otra voz respondió poco. Rafael respiraba desde su cama. Lo hacía siempre. Dos tiempos. Uno largo. Uno corto. Aquella noche el segundo se le quedó más pequeño.

Luego Rafael dijo:

Yo no hice nada.

Eso sí lo oí. No porque la pared quisiera dármelo. Porque él lo dijo más alto que todo lo anterior. Lo dijo hacia fuera, no hacia el hombre.

Después llegó la bufanda.

No debería decir eso. Lo sé. Había palabras que no me pertenecían. Bufanda. Borde. Claro.

La frase vino armada: una bufanda, un borde, una claridad ajena.

Yo no coloco telas alrededor de cuellos. Yo coloco sonidos: una suela dura en el pasillo, un paraguas junto a un armario, una respiración que se parte.

Los que no vemos necesitamos izquierda, derecha, cerca, lejos, aire, paso. Que una taza esté donde estuvo ayer. Que nadie mueva una silla sin avisar.

Las auxiliares dicen la bata verde, la puerta azul, el señor del abrigo oscuro. Uno aprende. Uno guarda. A veces una de esas palabras se abre sola.

Hubo un roce de tela. Hubo una cama que cedió poco. Hubo el ruido pequeño de un cuerpo que deja de negociar. No fue una pelea. No fue un golpe. No fue una caída. Fue algo hecho con las manos de quien no quiere mancharse.

Después la habitación tardó en quedarse quieta.

Primero quedó el aire moviéndose. Luego una sábana. Luego la pared.

Poco antes de las seis llamé.

Debí llamar antes. Puedo decirlo delante de una inspectora o delante de un juez. No cambia nada. Rafael ya no sonaba.

Cuando la inspectora entró, supe que no venía a preguntarme por Rafael. No venía por Rafael a secas. Venía a separar lo que yo oí de lo que yo dije. Tiene esa manera de esperar. No llena el cuarto. Lo deja trabajar.

Yo le di una parte mía.

La otra no sé de quién es.

Si me lo preguntan otra vez, diré lo que puedan escribir.

Aunque una parte no sea mía.