Capítulo 3 · La autopsia
Lena no los dejó pasar.
Estaba en el umbral de la sala, con los guantes todavía puestos y el pelo recogido a medias. Detrás de ella se oía agua, una bandeja contra metal, una voz de hombre que pedía una etiqueta nueva.
—No necesitáis verlo —dijo.
Nora se detuvo.
—Necesito saberlo.
—Eso sí.
Lena cerró la puerta con la espalda. En el pasillo del Instituto Anatómico Forense hacía frío de edificio público y olía a lejía reciente. Sergio estaba a la izquierda de Nora, con el móvil en la mano y la pantalla apagada. No había escrito nada desde que habían salido de Los Naranjos.
—Despacho —dijo Lena.
Lena se quitó los guantes en el umbral. Los tiró al contenedor amarillo sin mirar.
El despacho de Lena tenía dos sillas, una mesa demasiado pequeña y una cafetera vieja.
En una esquina había un archivador con una pegatina torcida: NO TOCAR SI QUIERES VIVIR.
Sobre la mesa, tres carpetas, un vaso de café sin empezar y, aparte, el sobre precintado del papel con una etiqueta amarilla.
—Es preliminar, pero Rafael Cuesta no murió como parecía —dijo.
Nora abrió el cuaderno.
—Dilo limpio.
—Indicios de asfixia por compresión externa. Superficie blanda. Sin violencia visible para una auxiliar agotada a las seis de la mañana.
Sergio levantó la mirada.
—¿Almohada?
—Probable. No lo escribo como arma hasta que estén todas las muestras. Pero si me preguntas qué buscaría, buscaría almohada, funda y algo que no pertenece a ninguna de las dos.
—¿Defensa?
—Nada útil en manos. Uñas limpias. Muñecas sin marcas. Un hombre de 84 años, movilidad reducida, incorporado en cama, de noche. Si quien entra sabe lo que hace, no necesita pelea.
Nora anotó: superficie blanda. Sin defensa.
—¿Pudo hacerlo una persona sola?
Lena la miró.
—Sí.
—¿Fuerte?
—No mucho. Precisa. Paciente. Y con la ventaja de que Rafael confiaba lo bastante como para no pulsar el botón rojo.
Nora pensó en el botón de plástico en la muñeca izquierda. Blanco. Entero. Inútil.
—El sistema de pulsera da último movimiento a las 22:42 —dijo Sergio.
—La pulsera me da movimiento, no muerte.
—Pero no lo contradice.
—No. Me encaja con la ventana. Marisol lo vio vivo a las 22:36. La pulsera registra algo estable a las 22:42. Yo puedo trabajar con eso. No voy a firmar una hora de muerte solo por una pulsera barata.
—Rango —dijo Nora.
—Entre esa última visión y un rato después. Más cerca de las once que de medianoche. Eso es todo lo que puedo decir sin mentir.
Sergio encendió el móvil y escribió una línea.
—¿Qué has visto?
Lena abrió la primera carpeta. No enseñó fotografías. Solo un esquema impreso del cuello y la cara, con tres marcas hechas a bolígrafo rojo.
—Petequias discretas. No de manual bonito.
De las que un médico de guardia no quiere ver si la ficha dice 84, viudo y sin hijos.
Dos pequeñas hemorragias en conjuntiva. Una zona de presión tenue alrededor de boca y nariz.
No suficiente para que alguien entre y grite homicidio.
Suficiente para que yo no firme natural.
—¿Y la tela? —preguntó Sergio.
Lena cerró la carpeta con un dedo.
—No sé nada de objetos concretos.
Sergio no contestó.
—Tienes algo textil —dijo Nora.
—Tengo dos cosas que no me gustan. Una microfibra en zona peribucal y otra adherida al cuello del pijama.
Muy pequeñas. Quique las ha visto en preliminar.
No están identificadas. No son una prueba.
No son una confesión de nadie. Son mierda minúscula que, con suerte, dentro de dos días nos dirá si hemos perdido el tiempo.
—Compatible con qué.
—Algodón de fibra larga. Eso de momento. Limpia, de tejido bueno. No me hagáis decir más porque no lo sé.
Nora escribió: algodón fibra larga / no concluyente.
—¿Pijama? —preguntó.
—Puede ser transferencia. Puede ser la funda. Puede ser la mano de alguien que llevaba tela entre él y la piel. Puede ser una casualidad con mala leche. Por eso necesito comparar con todo lo de la habitación.
—Las sábanas son de la residencia —dijo Sergio.
—Y las residencias lavan a temperatura de castigo. Si esa fibra sale de una sábana, debería haber más. De momento no las tengo.
—¿Científica recogió la cama?
—Científica recogió lo que vio. Ahora quiero que recoja lo que parece normal.
Nora levantó la vista.
—Las almohadas.
—Las dos.
Sergio frunció el gesto.
—Había dos.
—Por eso he dicho las dos.
Lena se sentó por fin. Tenía una marca roja en la muñeca donde el guante le había apretado.
—El que hizo esto sabía que, en una residencia, dos almohadas no llaman la atención. Una se mueve. Otra queda debajo. Nadie mira la segunda porque no sale en la primera foto del cuarto.
—No usamos fotos mentales —dijo Nora.
—Ya. Por eso estáis aquí.
Sergio se apartó hacia la ventana y llamó a Científica. Habló bajo. Pidió embalaje separado de ambas almohadas, fundas, sábana bajera, manta y pijama completo. Después escuchó. Su mandíbula se tensó.
—¿Qué? —preguntó Nora.
Sergio tapó el micrófono con la mano.
—La manta está en bolsa. Las almohadas también. Las fundas están separadas. El pijama viene separado, con sello judicial.
Lena señaló el sobre precintado de la mesa.
—Eso no es pijama. Es el papel.
Leyó la etiqueta amarilla. VISTO. Habitación 209. Recogida inicial no estéril.
—¿Lo has abierto?
—No soy idiota.
—No lo he dicho.
—No hacía falta.
Nora casi sonrió. No lo hizo.
Lena tocó el sobre con el dorso de un dedo, sin levantarlo.
—El papel os sirve para saber que alguien quiere que miréis. No para ponerle esposas a nadie. Bolsa de cocina, municipal con guantes malos, manos ajenas antes de llegar a vosotros. En sala, eso se convierte en barro.
—Patrón —dijo Sergio desde la ventana.
—Patrón, sí. Prueba limpia, no.
—Sin el papel —dijo Nora—, ¿qué habría pasado?
Lena no contestó enseguida. Se levantó, abrió el archivador y sacó una hoja de solicitud del juzgado. La dejó sobre la mesa sin mirarla.
—Habría pasado lo de siempre. Certificado inicial, traslado, familia avisada, entierro o incineración cuando tocara. Con suerte, alguien habría preguntado por la almohada torcida. Con menos suerte, nadie.
—Pero dejó el papel.
—Sí.
—Entonces quería que lo viéramos.
—Quería que alguien lo viera. No sé si vosotros, yo, el juzgado o quien lea el expediente dentro de diez años. Pero no se mata así y se deja una palabra por descuido.
Sergio apoyó el móvil boca abajo en la mesa.
—Eso nos lleva a motivación.
—Eso os lleva a perder tres días si no tenéis cuidado —dijo Lena—. El cuerpo es trabajo.
El papel seguía dentro del sobre precintado. Cinco letras. Azul. Una palabra con aspecto de sello.
—¿Y el cuerpo qué dice?
—Que alguien sabía dónde apretar y cuándo parar.
—¿Parar?
—Sí. No hay destrozo. No hay exceso. No hay rabia mal puesta. Hay control. Eso es peor para vosotros.
—¿Por qué?
—Porque el que controla una vez suele poder controlar dos.
Nora cerró el cuaderno un momento. Lo volvió a abrir.
—Iván dijo un roce de tela.
Lena dejó el café a un lado. No había bebido.
—¿Iván?
—El residente de al lado. Ciego de nacimiento. Oyó una tela, luego la cama, luego Rafael respiró distinto.
—¿Y sabe distinguir tela de plástico?
—Eso dice.
—¿Le crees?
Tardó en responder. El esquema seguía sobre la mesa. Tres marcas rojas. Una vida entera reducida a zonas donde la piel había cedido poco.
—Creo que oyó algo. No sé cuánto es suyo.
—Buena respuesta.
—No es una respuesta.
—Por eso es buena.
Sergio terminó la llamada.
—Científica entrega las almohadas en una hora. Las fundas por separado. Han pedido al centro que no toque lavandería de la planta hasta nueva orden.
—Más les vale —dijo Lena.
—¿Qué necesitas para el preliminar? —preguntó Nora.
—Dos horas. Te daré indicios de muerte violenta, asfixia por compresión compatible con superficie blanda, rango amplio y fibra pendiente. Nada de origen cerrado. Nada de objetos concretos. Nada de perfil.
Sergio guardó el móvil.
—¿Juez?
—Con esto, juez y fiscal. Sin espectáculo. Sin ruedas de prensa. Sin que nadie llame a ninguna residencia antes de que vosotros sepáis qué residencias toca mirar.
Nora apuntó eso último.
—¿Crees que habrá otro?
Lena miró el sobre precintado del papel. Luego la carpeta. Luego a Nora.
—Buscad antecedentes de Rafael Cuesta y revisad residencias vinculadas. Hoy.
Nora lo escribió.
Sergio abrió la puerta. Desde el pasillo llegó el ruido de un carro, dos pasos rápidos y una risa breve que se cortó al verlos salir.
Lena recogió las carpetas.
—Vidal.
Nora se volvió.
—Dime.
—Que no mezclen las almohadas con ropa de cama.