El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 2 · Iván Lobato
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Capítulo 2 · Iván Lobato

La puerta cedió sin ruido.

Iván Lobato estaba sentado en la butaca.

No llevaba gafas oscuras. Tenía los ojos abiertos, claros, quietos, sin enfocar nada. Las manos descansaban sobre los muslos. Dedos largos. Uñas cortas. En la pared, apoyado junto al armario, había un bastón blanco plegado en tres tramos.

—Buenos días —dijo Nora.

—Buenos días, inspectora.

Sergio se quedó medio paso detrás de ella. Cerró la puerta sin hacerla encajar del todo.

—Soy Nora Vidal. Él es Sergio.

—El apellido Vidal lo oí en el pasillo.

Nora fijó la vista en la mano.

—¿Y el apellido de él?

—No entero. Marisol me dijo que vendría una inspectora. Y ustedes llevan un rato en la puerta. Él pisa con el talón. Usted no. Usted espera antes de entrar.

Sergio bajó la vista a sus zapatos.

Iván sonrió apenas.

—No es una crítica.

—Nadie ha dicho que lo fuera —dijo Sergio.

—Lo ha dejado en el aire.

La habitación olía a algodón limpio y a madera antigua. No a colonia. No al olor del pasillo. El frío venía de la ventana, mal cerrada en la esquina superior. Nora lo registró sin abrir el cuaderno.

—¿Podemos sentarnos? —preguntó.

—Claro. Las sillas están a su derecha. Una rozó la pared cuando entraron los municipales. La otra está libre.

Nora cogió la silla libre. Sergio se quedó de pie.

Iván tosió una vez, hacia dentro, y apartó la cara. Después giró la cabeza hacia Nora. No hacia su voz. Un poco más abajo, a la altura de sus manos.

—¿Quiere que le cuente otra vez lo que dije?

—Quiero que me cuente lo que oyó.

—Eso es más corto.

—Me sirve.

Iván juntó las yemas de los dedos.

—Rafael se acuesta tarde. Ve la televisión hasta las diez y media. A veces hasta las once si ponen concursos. Respira fuerte. No ronca. Hace una pausa larga y luego vuelve. Yo lo oigo por la pared desde que llegué a esta habitación.

—¿Todas las noches?

—Casi todas. En las residencias uno acaba conociendo las costumbres de los demás sin querer. Quién arrastra zapatillas. Quién deja caer el mando. Quién llama dos veces al timbre porque tiene vergüenza de la primera.

Nora sacó el cuaderno.

—Anoche oyó algo distinto.

—Sí.

—¿Qué?

—Una visita.

Sergio levantó la mirada.

—¿Por los pasos?

—Por cómo esperó antes de llamar. El personal no espera así. Avisa y entra. Los familiares llaman de cualquier manera. Este llamó bajo. Dos golpes. Para una persona concreta.

—¿Había oído esos pasos antes? —preguntó Nora.

—Sí.

—¿Cuándo?

Iván tardó poco en contestar.

—Otras tardes. No muchas. Tres, quizá cuatro. Siempre con zapatos de cuero. Suela dura. Peso repartido. No iba buscando una habitación. Sabía dónde estaba.

Nora escribió: sabía dónde estaba.

—¿Reconoció la voz?

—No del todo.

—¿Pero habló?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Iván separó las manos y las volvió a unir.

—Buenas noches.

—¿Nada más?

—Antes de que cerrara, no. Dentro hablaron más bajo. La pared no deja pasar casi nada cuando uno habla hacia la cama. Deja pasar el tono. De Rafael sí pasó una frase.

—¿Y qué tono era?

—Educado.

Sergio soltó aire por la nariz. No llegó a risa.

—Eso no es un tono —dijo.

—Educado —repitió Iván—. No subió la voz. Eso también se oye.

Nora dejó de escribir durante un segundo.

Iván no cambió la cara.

—No digo que lo oyera matar. Digo que, si lo hizo, no necesitó forzar nada.

—¿Oyó a Rafael?

—Una frase.

—Dígala.

—Dijo: «Yo no hice nada».

El pasillo quedó al otro lado de la puerta. Una bandeja metálica sonó lejos. Alguien dijo el nombre de una residente y se perdió hacia la escalera.

Nora escribió la frase completa.

—¿Había hablado Rafael alguna vez de algo de entonces?

—Rafael no hablaba de antes. Hablaba de la sopa, de los sobrinos, de que la televisión estaba muy alta. A veces de una mujer que ya no venía. Nada más.

—Su esposa.

—Puede ser.

—Después de esa frase, ¿qué oyó?

Iván bajó la barbilla.

—Una tela.

—¿Una tela?

—Sí. No plástico. No bolsa. Un roce de tela. Y después la cama. Muy poco. Luego Rafael respiró distinto.

Sergio buscó a Nora. Ella mantuvo la vista en el cuaderno.

—¿Cuánto duró?

—No sé medirlo así. Menos de lo que tardan en cambiar una sábana. Más de lo que tarda alguien en apagar una luz.

—Luego silencio.

—Luego el pasillo. La puerta. Los pasos hacia la escalera.

Nora pasó una página.

—Marisol dice que usted llamó a las cinco y cincuenta y ocho.

—Sí.

—¿Por qué no llamó antes?

Iván apretó los dedos. Las uñas blanquearon.

—Porque uno se acostumbra a no molestar.

—Un vecino deja de respirar y usted espera hasta la ronda.

—Un vecino respira raro muchas noches. Un vecino viejo puede morir sin que lo maten. Y yo llevo años oyendo cosas que no son asunto mío.

La respuesta no sonó a disculpa. Sonó a frase trabajada muchas veces contra sí mismo.

—¿Qué más oyó de la visita? —preguntó Sergio.

—El olor.

—¿Qué olor?

—Colonia antigua. De hombre mayor. Limpia. Se quedó en la pared un rato. Olía a consulta. A hombre que pregunta poco y se va. No sé decirlo mejor. No pertenecía al personal. Aquí la gente huele a jabón barato, a crema y a turno largo. Aquello venía de fuera.

En el cuaderno dejó solo: colonia antigua.

—¿Algo más?

—El paraguas.

—No llovía cuando entró.

—No. Pero llevaba uno. Lo apoyó junto al armario de Rafael. Golpeó madera hueca. Después, al salir, el metal rozó el marco.

—Eso pudo oírlo —dijo Nora.

—Sí.

—¿Qué no pudo oír?

Iván movió la cara hacia ella.

Nora bajó la vista al cuaderno. Era absurdo. Él no la estaba mirando.

—Una bufanda. Un borde que no era mío.

Sergio no se movió.

Nora mantuvo el bolígrafo sobre la página.

—¿Qué ha dicho?

—Lo he dicho con palabras que no eran mías.

—Usted es ciego de nacimiento.

—Sí.

—No sabe lo que es claro.

—Sé lo que me han dicho que es claro.

La frase cayó entre los tres sin ruido.

Iván giró un poco la cabeza hacia la ventana.

—Perdón. No quería decirlo así.

—¿Cómo quería decirlo?

—Quería decir que la gente habla. Describe. Uno aprende palabras que no le pertenecen.

Nora anotó la expresión.

No escribió la otra frase.

—¿Quién le describió esa bufanda?

Iván tocó con el pulgar la costura del pantalón. Ida y vuelta. Dos centímetros. El mismo gesto de Marisol, pero más lento.

—No sé si era una bufanda.

—Acaba de decir que sí.

—Dije una palabra.

—Las palabras salen de algún sitio.

—A veces salen de donde no deben.

Sergio cambió el peso de un pie a otro.

—Iván —dijo—. Esto no es una sala de juicio. Todavía. Si alguien le ha pedido que diga algo, ahora es el momento de separarlo.

—¿Separar qué?

—Lo suyo de lo ajeno.

Iván cerró los ojos. Los párpados tardaron en bajar.

—Lo mío es que Rafael dejó de sonar. Lo ajeno es casi todo lo demás.

Mantuvo la vista en el cuaderno.

—¿Quién le dio lo ajeno?

—No he dicho que me lo dieran.

—No. Ha dicho que no era suyo.

Iván sonrió sin alegría.

—Usted escucha bien.

—Es mi trabajo.

—El mío también lo era.

—¿Afinador?

—Pianos. Treinta y seis años. Un piano miente peor que una persona. Si una cuerda está medio tono baja, se oye. Algunas personas pueden no sonar mal durante años.

—¿Sigue afinando?

—Aquí no hay pianos. Hay una televisión en la sala común que siempre está alta y una radio que pierde la onda cuando pasa el ascensor. Eso también se oye. Lo que falla.

Nora dejó que la frase se quedara en la habitación. Había frases que un testigo decía para protegerse y frases que se le escapaban por una grieta. Aquella no era de atestado. Aquella era suya.

—¿La visita había estado antes con Rafael? —preguntó.

—Sí.

—¿Y con usted?

Iván negó con la cabeza. Demasiado pronto.

—No.

Nora lo vio.

Sergio también.

—¿Seguro? —dijo Sergio.

—No recibo muchas visitas.

—No le he preguntado cuántas.

Iván buscó el vaso con la mano derecha. Lo encontró sin tocar la radio ni nada más. Bebió un sorbo pequeño.

—Inspectora —dijo—. A veces uno oye las cosas antes de entenderlas.

—Por eso estoy aquí.

—No. Usted está aquí porque alguien encontró algo en un bolsillo. Lo dijeron fuera.

Nora cerró el cuaderno despacio.

—¿Sabe qué encontraron?

—No.

—¿Marisol no se la dijo?

—Marisol hablaba muy rápido. Le temblaba la voz. No dijo la palabra.

—No ha llorado —dijo Sergio.

—No he dicho eso.

Sergio miró la puerta. Fuera, dos auxiliares hablaban bajo.

—Vamos a necesitar una declaración formal —dijo Nora.

—Lo sé.

—Y que no añada nada que no sea suyo.

Iván mantuvo las manos quietas.

—Entonces mi declaración será más corta.

—Mejor.

—Pero menos útil para ustedes.

—Eso lo decido yo.

Iván inclinó la cabeza. Aceptó la frase sin discutirla.

Nora se levantó. La silla hizo un sonido breve contra el suelo. Iván no se sobresaltó. Solo movió un dedo. La distancia no le sorprendió.

—Volveremos a hablar —dijo ella.

—Sí.

—No salga de la residencia.

—No salgo nunca.

Sergio abrió la puerta. El pasillo entró de golpe, con lejía, voces bajas y ruedas de carro.

Antes de salir, repasó otra vez la mesilla. Vaso. Radio. Reloj en relieve.

Iván Lobato no había visto a quien entró.

Pero alguien le había prestado los ojos.