El silencio de los portales (Nora Vidal 3) Capítulo 1 · Carabanchel, miércoles
6%

Capítulo 1 · Carabanchel, miércoles

El Manzanares a las seis y veintiséis tenía el color de las cosas que Madrid no limpiaba porque seguían funcionando.

Nora Vidal llevaba cuarenta minutos corriendo cuando el móvil vibró dentro del bolsillo de la malla. No paró al primer aviso. Tampoco al segundo. Al tercero, cuando ya estaba pasando bajo el puente de Toledo, redujo el paso y sacó el teléfono con los dedos húmedos.

Sergio.

Contestó sin dejar de caminar.

—Dime.

—¿Dónde estás?

—Ribera. Volviendo.

—Necesito que vengas a Carabanchel.

Observó el agua. Una garza quieta en la orilla, con una pata hundida en el barro. Un ciclista pasó detrás de ella sin timbre.

—¿Homicidio?

—No lo sé todavía. Residencia Los Naranjos. Ochenta y cuatro años. Muerte natural según el médico. El problema es el papel.

—¿Qué papel?

—Uno doblado en el bolsillo del pijama.

Nora se detuvo.

—¿Y?

—Una palabra. VISTO.

La garza levantó el cuello. El río siguió bajando con el mismo ruido bajo de siempre.

—Mándame dirección.

—Calle Eugenia de Montijo. Habitación 209. Estoy llegando.

—Voy.

Colgó.

A las seis y treinta y uno empezó a correr de vuelta a Lavapiés. Corrió más rápido de lo necesario. La residencia no iba a moverse. Rafael tampoco. Corrió porque las palabras solas, escritas en papel y dejadas en bolsillos, no aparecían nunca por accidente.

Subió los cuatro pisos sin esperar al ascensor.

El apartamento olía a café de la noche anterior.

En la repisa del recibidor, el segundo reloj de su padre seguía parado a las 17:42.

El primero se lo había tragado el Manzanares.

Este lo había encontrado su madre en una caja de Segovia, con la misma hora detenida.

Nora lo vio de lado, como se ven las cosas que llevan demasiado tiempo en el mismo sitio.

No lo cogió.

Se duchó en cuatro minutos. Camisa limpia. Vaqueros. Chaqueta. Pistola. Placa. El café de la cafetera estaba hecho y frío. Dio un sorbo. Lo dejó en el fregadero.

A las siete y ocho salía de Lavapiés.

Los Naranjos no olía a naranjos.

Olía a lejía rebajada y a caldo de cena que había pasado la noche en algún fogón apagado.

El edificio tenía tres plantas, fachada clara y un cartel verde junto a la entrada.

Residencia geriátrica Los Naranjos. Centro autorizado por la Comunidad de Madrid.

En la puerta había dos uniformados, una ambulancia ya sin prisa y una mujer de bata blanca fumando con la mano escondida detrás de una maceta.

Sergio la esperaba en recepción.

Sergio Aranda Alatriste en el DNI. Aranda para todos. Sergio para Nora. Alatriste en los papeles viejos y en alguna memoria del cuerpo.

—Buenos días —dijo.

—No lo son.

—No. Pero hay café de máquina en el pasillo.

—Luego.

Sergio asintió. No insistió. Llevaba la camisa bien abrochada y la cara de quien había dormido cinco horas sin pedir compensación por ello.

—Víctima: Rafael Cuesta. 84. Viudo. Habitación 209.

Movilidad reducida. Sin deterioro cognitivo grave.

El médico de guardia iba a firmar muerte natural.

El centro había avisado también a municipal por protocolo interno de muerte nocturna no esperada.

Al revisar pertenencias, el agente encontró el papel.

—¿Quién llamó?

—La auxiliar de noche. Marisol Torres. Entró a las seis.

—¿Por ronda?

—Por aviso del residente de la 207. Iván Lobato. Ciego de nacimiento.

Nora lo miró.

—Primero el cuerpo.

Subieron por la escalera. En la segunda planta había un pasillo largo, pintura color crema y puertas numeradas con placas doradas. En la 211 alguien tosía con un ritmo de motor viejo. En la 207 la puerta estaba cerrada. Nora la registró al pasar. No se detuvo.

La habitación 209 tenía la cortina corrida a medias.

Rafael Cuesta estaba en la cama, boca arriba, con el embozo colocado hasta el pecho.

Pelo blanco. Cara estrecha. Manos sobre la sábana, una encima de otra, como si se las hubieran ordenado.

En la mesilla había un vaso de agua, una caja de pastillas, un mando a distancia y una fotografía en blanco y negro de una mujer joven con abrigo claro.

Nora se acercó sin tocar nada.

En una muerte natural, la habitación suele delatar negociación. Un vaso volcado. Una manta caída. Una almohada torcida. Algo que dice que el cuerpo ha intentado pactar con lo que venía.

Rafael Cuesta no había negociado nada.

—Lena viene subiendo —dijo Sergio.

—¿Hora?

—Marisol lo vio con vida a las 22:36. Le llevó agua. La pulsera de control registró el último movimiento estable a las 22:42. Después, nada útil. El sistema no es médico. Es barato.

La pulsera de plástico seguía en la muñeca izquierda. Blanca. Con un botón rojo que nadie había pulsado.

—¿Cámaras?

—Pasillos comunes. Recepción. Entrada principal. La escalera de servicio no tiene cámara en el tramo entre la primera y la segunda planta. Hay una averiada desde marzo.

—¿Registro de entrada?

—Una visita autorizada a las 21:18. Firma ilegible. DNI incompleto. La recepcionista de tarde dice que venía por Rafael.

—¿Cámara de entrada?

—Imagen alta, contraluz y reflejo en el cristal. Confirma abrigo, paraguas y maletín. No cara. La cámara lo deja en la sala de visitas a las 21:21. Después, solo una sombra de paso en el vestíbulo. Nada útil hasta la salida.

—Quiero copia de todo.

—Ya está pedida.

—Claro.

Sergio le tendió una bolsa de pruebas.

Dentro, aún en la bolsa de cocina transparente, estaba el papel. Pequeño. Blanco. Doblado dos veces. La palabra ocupaba el centro, escrita con bolígrafo azul, en letras de imprenta.

VISTO.

Cinco letras. Ningún artículo. Ninguna amenaza. Ningún nombre.

Una palabra de expediente.

Nora sostuvo la bolsa contra la luz de la ventana. El trazo era limpio. Ni rápido ni decorativo. El tipo de letra que usaba alguien cuando no quería que su letra dijera nada de él.

—¿Quién lo ha tocado?

—El policía municipal lo sacó del bolsillo con guantes. Malos guantes, pero guantes. Lo metió en una bolsa de cocina antes de que yo llegara. He pedido que no vuelva a tocar nada en su vida.

—Generoso.

—Le he dicho «en una escena». Me ha parecido más institucional.

Detrás de ellos, Lena Mora apareció en la puerta con una bata doblada sobre el brazo y un vaso de café en la mano.

—Qué sitio para morirse —dijo.

—Buenos días, Lena.

—Eso está por ver.

Lena miró la mesilla. Luego el café. Lo pensó mejor y lo dejó en el pasillo, junto al marco de la puerta. Se puso guantes. Miró el cuerpo sin prisa. La boca. Los párpados. El cuello. Las manos. La almohada. No movió nada más de lo necesario.

—¿Natural? —preguntó Nora.

—Natural es que una persona de 84 años muera. Lo que hay que ver es si le han ayudado.

—¿Le han ayudado?

Lena levantó la vista un segundo.

—No firmo muerte natural hoy.

Sergio sacó el móvil y escribió algo.

—¿Algo visible?

—Nada que vaya a gustar a un juez de guardia a primera vista. Sin defensa en manos. Sin sangre. Sin golpe. Sin espectáculo. Muy limpio todo.

—Lena.

—Ya. Callo. Pero si alguien mata así, Vidal, lo hace para que una auxiliar piense que no tiene que llamar a nadie.

Nora volvió a mirar a Rafael Cuesta. Después miró la fotografía de la mesilla.

—¿La mujer?

—Esposa —dijo Sergio—. Fallecida en 2016. Según ficha social, no tenía hijos. Dos sobrinos en Alcorcón que venían una vez al mes. El último registro de visita es del domingo.

—Quiero a Marisol.

—Está en la sala de familiares.

Marisol Torres tenía treinta y dos años y un uniforme azul lavado más veces de las que el tejido permitía. Estaba sentada con las manos entre las rodillas. No lloraba. Miraba sus zapatos.

Nora se sentó frente a ella. Sergio se quedó de pie, junto a la puerta.

—Marisol. Soy la inspectora Vidal.

—Ya me lo han dicho.

—Cuénteme desde el principio.

Marisol se pasó el pulgar por la costura del pantalón. Ida y vuelta. Dos centímetros.

—A las seis hago ronda. Pero hoy entré antes en la 209 porque llamó el señor Lobato.

—Iván Lobato.

—Sí. El de al lado. Me llamó por el timbre a las cinco y cincuenta y ocho. Dijo que Rafael no sonaba.

Nora levantó la vista del cuaderno.

—¿No sonaba?

—Eso dijo. «Rafael no suena.» Yo le pregunté qué quería decir. Me dijo que todas las noches oye la respiración de Rafael por la pared. Que anoche la oyó rara. Que luego dejó de oírla. Que a las seis ya no había nada.

—¿Por qué esperó hasta las seis?

—Dice que pensó que estaría dormido. O que era cosa suya. El señor Lobato no quiere molestar nunca.

—¿Usted entró?

—Sí. La puerta estaba cerrada, sin llave. Rafael estaba como lo han visto ustedes. Pensé que dormía. Le toqué el hombro. Estaba frío. Llamé a enfermería. Luego al médico.

—¿Vio el papel?

—No. Lo vio el municipal. Yo no meto la mano en los bolsillos de los residentes.

Nora anotó.

—Anoche. ¿Vio a alguien que no fuera personal?

Marisol tardó cuatro segundos.

—Gente entra y sale. Familiares. Proveedores. Un sacerdote los martes. Un fisio que viene tarde porque dice que así aparca.

—Entre las diez y media y las once.

—Un hombre salió por recepción. Yo estaba allí.

—¿Lo conoce?

—Creí que sí. O creí que debía conocerlo. Iba tranquilo. Abrigo oscuro. Paraguas cerrado. Me dijo buenas noches.

—¿Le vio la cara?

—No bien. Miré el móvil. Fue un segundo.

—¿Dónde está registrado?

Marisol negó con la cabeza antes de hablar.

—Ahí está el problema. No firmó salida. La puerta se abre desde dentro con botón. Si alguien baja por la escalera y sale, recepción lo ve. O no lo ve.

Nora dejó de escribir.

—¿A qué hora?

—Diez y cincuenta. O diez y cincuenta y dos. Me acuerdo porque acababa de mandar un mensaje a mi hermana a las 22:49.

—Necesito ese móvil.

—Lo tiene el municipal.

—Bien.

Marisol se frotó los dedos. Tenía una uña rota en el índice.

—Rafael era bueno —dijo—. No daba guerra. De los que piden perdón cuando piden agua.

Nora cerró el cuaderno.

—Gracias. No se vaya de la residencia.

—No pensaba.

En el pasillo, Sergio caminó con ella hasta la puerta de la 207. Desde dentro no llegaba ningún ruido.

—Vidal.

—Dime.

—Es ciego de nacimiento.

—Ya.

—Va a darnos una pista de las que se rompen en sala.

Se fijó en el número de la puerta. Dos, cero, siete. Debajo, una etiqueta con letra de imprenta: IVÁN LOBATO.

—No quiero una pista —dijo—. Quiero saber quién le ha enseñado a hablar.

Sergio esperó.

—¿Entramos?

Nora guardó el cuaderno en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Entramos.

Llamó una vez.

Desde dentro, una voz de hombre dijo:

—Adelante, inspectora.

Sergio miró a Nora.

Se quedó quieta durante dos segundos.

Luego bajó la manilla.

Empezaban por el hombre que no podía haber visto nada.